El año del caballo

Artículo publicado en El Observador Prensa Libre disponible aquí

China entró el 31 de enero en el año del caballo. Mi compañera Hazel, que en realidad se llama Jing, dice que no le gustaba el anterior, el de la serpiente. Como la mayor parte de mis colegas chinos, ella también tiene dos nombres que en lugar de simplificar la comunicación, me crea cierta confusión porque tengo que memorizar los dos y, al final, acabo por no recordar ninguno. Le doy la razón, a mí tampoco me gustó el de la serpiente. Tenemos muchas esperanzas depositadas en el caballo; tiene fuerza, es elegante, creativo y libre. Pero ningún mensaje agorero podría empañar el crecimiento y el dinamismo chinos. Beijing está cubierta de grúas, allá donde se mira se construye un bloque de oficinas, una estación de trenes, un centro comercial, departamentos. Es una ciudad en efervescencia. La población está deseosa de crear, construir, aprender. Por momentos, es cierto que parece una copia deslucida de cualquier ciudad de EE.UU. y digo deslucida porque de alguna manera los acabados no son los mismos y el uso tan intenso acaba deteriorándolos. Se trata de una impresión pasajera porque pesa más el empuje de una economía que el año pasado creció alrededor del 7%. Sí, menos que otros años pero que Europa y EE.UU. observan con envidia (con tímidos crecimientos) y Argentina no logra arañar (con un 2,5%). Uno acaba contagiándose de ese entusiasmo, de la energía de una población joven que tiene la esperanza en un futuro que imaginan es suyo. Ese futuro tiene un coste, contaminación, largas jornadas laborales, desplazamientos prolongados, precios elevadísimos de la vivienda, encarecimiento de los productos básicos. La contaminación en Beijing es tan alta que durante los primeros días siento una opresión en el pecho constante y sequedad en la garganta y nariz. Ellos me dicen que tengo suerte porque justo esa semana está a unos niveles “normales para Beijing”. La contaminación se mide en microgramos (un índice de partículas “peligrosas”) y estos días está en 300 en contraposición a los casi 700 de la semana anterior. Para que se hagan una idea la OMS recomienda 25 de máxima. No puedo evitar notar un polvo marrón sobre todos los autos (en su mayoría nuevos modelos). Me pregunto en cuánto acortará la esperanza de vida estar expuesto desde el nacimiento a estos niveles de polución. Me dicen que en las ciudades pequeñas (esas de 4 millones de habitantes) los índices son más bajos, pero con el crecimiento imparable y no regulado llegarán a igual destino. Sé que las condiciones salariales de algunos han mejorado en los años de prosperidad e imagino que, como consecuencia, la calidad de vida de muchos habrá aumentado pero el coste que paga la sociedad es elevado. Como a un niño que le hayan negado unos caramelos o jugar a la Play durante la semana y que el fin de semana se lanza desbocado a todo, así ha abrazado China al capitalismo, con una fuerza que produce vértigo.En general, los comentarios que me han hecho sobre los chinos a raíz de mi visita no han sido del todo benévolos: que si maleducados, que si “guarros” (es decir unos “chanchos”), que si mentirosos. Mi experiencia laboral-digital se ha caracterizado por una gran incomprensión mutua, como si intentáramos hablar un mismo idioma (el inglés en nuestro caso) pero cada palabra significara algo diferente en cada cultura. Como si un zapato fuera un sombrero y un sombrero, un paraguas. Pero al llegar, al estar allí cara a cara, las palabras parecen volver a su cauce y logramos comprendernos. Los encuentro amables y hospitalarios en las distancias cortas, mucho más cercano al carácter de un sudamericano que al de un europeo. En todo lo que es público me da la impresión de que se trata de un sálvese quien pueda, si hay que pisar, se pisa. Sin embargo, en un tren repleto (todo parece saturado de personas en China) siempre noto una sonrisa que parece decir que están allí para ayudarte si no entiendes su lengua. Debemos de parecer extraterrestres intentando descifrar los símbolos a nuestro alrededor. Aún así, ciudades como Beijing o Shanghái son amables con el visitante y los carteles también están escritos con alfabeto latino que ayudan a no perderse del todo. Pero es en las comidas donde realmente despliegan sus habilidades de grandes anfitriones, siempre se pide una gran variedad y en exceso pero a decir verdad todo está delicioso. Esta hora se transforma para mí en una fiesta, primero por la degustación de esos manjares y segundo por las traducciones de las fotos en los menús. No tienen precio. Puedes pedirte unos brotes de soja estúpidos de madre (mi traducción del inglés) por ejemplo, por el simple hecho de matar la curiosidad.China, aunque mi visita sea demasiado breve, me deja buen sabor de boca, con todos esos contrastes que veo y otros que sólo puedo intuir. Me gusta especialmente cuando te explican con detenimiento lo que significa un nombre, cómo cada carácter actúa para descifrar una personalidad. Y una se llama Águila que además significa ser independiente y otra se llama Jazmín pero uno de sus caracteres significa alegría. Es aquí cuando la China más capitalista e implacable desaparece y adquiere un toque humano y poético que, aunque más inaccesible para un occidental, no deja de ser el más interesante.Queda mucho por ver, en efecto.

 

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