Elogio a las pequeñas cosas

Este artículo se publicó (impreso) en el periódico El Observador Prensa Libre y, un mes más tarde, se puede leer en línea aquí y en mi blog.
Desde nuestro último encuentro vivimos por estos pagos las idas y venidas del presidente del gobierno, Mariano Rajoy, y del president de la Generalitat, Artur Mas, para ver qué pasará el 9N. Mas ha aprovechado la coyuntura que le daba el erigirse en libertador de la patria para esconder los problemas de su mandato, de su propio partido y de sus cuentas bancarias. Pero ante la prohibición del Tribunal Constitucional de llevar a cabo la consulta sobre la independencia, comenzó una serie de reformas para cumplir con la legalidad que tiene a toda la población en armas (metafóricamente hablando). Al final, el referendo está cada vez más descafeinado. Por otro lado, el periódico Eldiario.es destapó un nuevo escándalo de corrupción, el de las «tarjetas opacas» o las «Pacas» como ya las han rebautizado (es una época dorada para los humoristas). Bankia, uno de los bancos rescatados, «pagaba» en negro mediante dichas tarjetas a una larga lista de políticos de todos los partidos. Eso sí, sobre el dinero que deben por el rescate, ni rastro. Pero no acaban ahí las malas noticias sino que además España tuvo el primer caso del ébola de Europa. Los desaguisados del Ministerio de Sanidad, y su ministra Ana Mato, y de la Consejería de Sanidad de Madrid, y su consejero Javier Rodríguez, recordaban al camarote de los hermanos Marx; era imposible creer que alguien con el sentido común intacto pudiera hacer declaraciones tan desatinadas y cometer tantos errores en tan solo unos días. Suerte que aún no han acabado con la medicina pública por completo y que el caso se produjo justo antes de desmantelar la sección de enfermedades infecciosas del hospital Carlos III. Por un momento pensé que cuando mataron al perro de Teresa Romero, la auxiliar de enfermería infectada, sin aparente motivo y sin la protección necesaria para justificar ese sacrificio inútil, tendríamos la suerte de que cayera el gobierno. Pero no fue así, en un mundo donde las noticias duran lo que un tuit, todo pareció olvidarse con la misma rapidez con que se extiende el virus, menos para Excalibur, que así se llamaba el perro, y sus dueños quienes han prometido iniciar todas las acciones legales a su alcance para hacer justicia, si es posible. La auxiliar continúa su recuperación para alivio del consejero y de la ministra, y la privatización del hospital sigue su curso. Y como telón de fondo a estas alegres noticias, parece ser que la Unión Europea y Estados Unidos negocian bajo cierto secretismo el Tratado Trasatlántico de Libre Comercio (conocido por las siglas inglesas TTIP) que, aunque su nombre pudiera indicar que se trata de un acuerdo beneficioso, pretende otorgar más poder a las multinacionales sobre los gobiernos. Historias para no dormir.
Para no perder el equilibrio mental, pensé que al final, y aunque el contexto histórico que nos toca vivir es clave para entender nuestro presente y futuro, lo más importante de la vida está relacionado con hechos más pequeños y el poder disfrutar de ellos es lo que da un sentido a nuestro paso por el planeta. ¿O me estoy conformando? En cualquier caso, nos ha tocado vivir un tiempo en el que parece que cuanto más grande es el logro, mejor. Las personas se afanan en conseguirlos: correr una maratón, coronar una cumbre, dar la vuelta al mundo, tener nueve titulaciones, saber inglés, francés y ruso. Una carrera por alcanzar las metas; puede que motivada por la pérdida de control de todo lo demás. Tengo la sensación, sin embargo, de que buscando los grandes hitos perdemos el sabor de lo pequeño; aquello que es fácil de conseguir y a la larga da más satisfacciones. Quizás, como dice Beckett, al final todo es una excusa para pasar el tiempo mientras esperamos el desenlace inevitable. Cada uno hace lo que puede, unos corriendo una maratón y otros charlando con un amigo. Sin embargo, si nos desconectamos mucho de esas pequeñas cosas, algo frecuente en la era digital, y no nos sentamos en una plaza a que nos dé el sol, acabaremos todos en una loca carrera hacia ninguna parte.
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