El remoto

Este artículo se publicó (impreso) en el periódico El Observador Prensa Libre y, un mes más tarde, se puede leer en línea aquí y en este blog.

feminismoEn mi visita anual a la ginecóloga derivamos en una conversación informal sobre las consultas que recibía y cuál no fue mi sorpresa al decirme que ella creía, según los datos que constataba a diario en su consultorio, que, en general, una gran cantidad de mujeres no decidían libremente sobre su vida sexual. Y me aclaró: «Podría entenderlo en señoras grandes que a veces me dicen que les de algo que les alivie cuando su marido quiere sexo, pero me sorprende cuando son jóvenes en la veintena o menos». ¿Cómo? No salía de mi asombro. Yo pensaba que las mujeres más jóvenes tenían una relación más abierta con su cuerpo que las generaciones anteriores. Le pregunté si no creía que las jóvenes estaban más expuestas a una educación y libertad sexual y, por tanto, sabían mejor lo que querían. «Creo que menos que nuestra generación. Ha habido un retroceso. Yo les digo incluso: ¿no deberías decir primero si tú quieres tener sexo con este chico en lugar de hacerlo porque él te presiona? ¿No tienes otras motivaciones en la vida que lo que piense tu novio?». Salí de la consulta meditativa. Es natural y comprensible que los cambios sean lentos pero ¿un retroceso? Pensé que se trataba de un solo testimonio y que no debía generalizar.
Días más tarde, sin embargo, participé en un encuentro de profesionales de la lengua al que asistían periodistas, escritores, correctores, profesores y un gran número de traductores. Durante la comida del último día comentamos las distintas ponencias y también los talleres a los que habíamos asistido. Un compañero traductor comentó que, aunque en los eventos sobre lengua a los que asistía el 70% eran mujeres, al final un «tipo les contaba cómo iba la película». En efecto, hice un cálculo y de los 30 instructores de todos los talleres, 19 eran hombres y de los 6 ponentes, 4 eran hombres en este encuentro en concreto. El porcentaje era justamente inverso al de asistentes: casi el 70% de los que contaban la película eran hombres. De hecho había más colaboradoras y organizadoras que ponentes. Entonces, nuestro compañero dijo: «Chicas, ¿cuándo van a agarrar el control remoto y empezar a dirigir todo esto?». Hubo un poco de revuelo en la mesa. Lamentablemente, estamos más acostumbradas a hacer que las cosas pasen mientras permanecemos en la sombra que a convertirnos en referentes para otros y, si lo hacemos, muchas veces es con el beneplácito o aprobación de una figura masculina de la forma más tradicional.
Estoy de acuerdo con mi colega en que las mujeres tenemos que agarrar el remoto pero también pienso que estamos todos, hombres y mujeres, tan acostumbrados a unos referentes anticuados que tendemos a juzgar con unos baremos muy exigentes y no equitativos a aquellas mujeres que ostentan posiciones de referencia. Y que la crítica que hacemos no está basada en lo que hacen sino en lo que creemos que deberían ser. No es que no se pueda criticar o alabar la ponencia, la gestión política, la clase de traducción de una mujer, es que debemos dejar de hacerlo por lo que creemos que son y más bien ceñirnos a lo que hacen. «Se cree superior», «Es una mandona», «Quién se cree que es», «Es ambiciosa», «Va vestida de tal o cual manera», «No sólo es inteligente sino guapa», «Es simpática además de organizar bien». No tenemos que «ser» nada para desempeñar un cargo, debemos saber o tener experiencia en ese campo. Debemos de dejar de creer que todas las mujeres tienen que saber y, además, ser dulces, amables, conciliadoras, transparentes y perfectas mientras buscamos en los hombres la aprobación implícita de lo que es política, cultural, económica o éticamente correcto.
Ya sé que muchas mujeres dirán que a ellas no les pasa esto y que incluso negarán estar supeditadas a una aprobación de una sociedad «patriarcal», pero quizás sean las mismas que se morirían antes de decir que son feministas precisamente por miedo a ser rechazadas y perder ese lugar cómodo al que se acostumbraron. Esto no es una guerra, sino que, simplemente, ya nos llegó la hora de tomar el control remoto de nuestra vida.
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