Lazos de familia

Este artículo se publicó (impreso) en el periódico El Observador Prensa Libre en mayo de 2015. Ahora, se puede leer en línea aquí y en este blog.

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Los medios de comunicación internacionales se hicieron eco de una noticia ocurrida el pasado 3 de abril en Throop, una localidad del estado de Pensilvania. La historia es sencilla de contar pero se hizo viral no sólo porque es trágica sino por la increíble vuelta de tuerca que descubrirán si continúan leyendo estas líneas. 

Stephen Woytack de 74 años está ya retirado, fue cocinero y ahora es un devoto cristiano involucrado en su parroquia además de jugar al golf y cuidar de su jardín. Lleva 46 años casado con Lucy Ann Gardner y no tiene hijos. La pareja acude cada año al cementerio de Saint Joseph de Throop ‑una localidad de cuatro mil habitantes‑ desde Scranton donde viven. Allí está enterrada la madre de Lucy y es costumbre decorar la tumba de los familiares con adornos y flores durante la Semana Santa. Stephen elige las flores cuidadosamente. El inicio de la primavera es la época del año que le gusta más porque puede dedicarle más tiempo al jardín, ya sin nieve. Se pasa horas fertilizando la tierra, desinfectando las rosas y cortando las malas hierbas. Lucy suele ayudarlo cuando se trata de regar o recoger las hojas caídas pero no se involucra con las plantas, no es su territorio. Como es pronto para llevar flores de su jardín al cementerio, Stephen las compra en su floristería favorita mientras que Lucy elige la cruz de madera para coronar la tumba de su madre. Después de la visita, suelen ir a almorzar a Casa Bella en Scranton, un restaurante de comida italiana donde Stephen pide invariablemente la ternera Bella y Lucy, el pollo relleno. De postre, ambos comparten una tarta de manzana con helado de vainilla y café. Más tarde, vuelven a casa y se sientan a mirar la televisión, cualquier programa de entretenimiento que sintonicen, hasta que llega la hora de acostarse, siempre temprano. No es un día particularmente alegre pero intentan disfrutarlo sin grandes extravagancias a la vez que cumplen con las normas de la Iglesia.
Este año, como todos los anteriores, llegan el cementerio con las flores y la cruz. Stephen ha preparado un ramo con unas rosas rojas y blancas, y unos gladiolos también blancos. Lucy quería comprar además unos crisantemos anaranjados pero él se opuso porque no armonizaban con el resto de las flores. Tenía razón. Es un día gris y todavía frío de primavera. Se dirigen a la tumba de la señora Gardner que se encuentra en la parte central del cementerio custodiada por dos arbustos pequeños de menos de un metro de altura. Dejan la bolsa sobre el césped aún reseco y marrón, pero ya descongelado, y se disponen a decorar la lápida de granito que se levanta sobre una base rectangular. Lucy, de pie, se coloca detrás para atar la cruz en la parte superior de la lápida mientras Stephen, de rodillas, comienza a preparar el ramo. Realizan estas acciones en silencio en un acto de respeto y recogimiento. Una vez esté todo listo, rezarán juntos antes de marcharse. De repente, mientras Lucy cuelga la cruz, algo cede en el suelo y la lápida de granito se mueve, vuelca y cae pesadamente sobre Stephen que está arrodillado delante arreglando las flores. Los 180 kilos de lápida de su suegra aplastan a Stephen y lo dejan inmóvil como si se tratara de un pisapapeles gigante. Lucy corre a su lado e intenta mover la lápida pero no tiene fuerzas. Entonces, busca desesperada al cuidador del cementerio, Ed Kubilus, que está trabajando a unos cuantos metros para que la ayude. Llaman a los servicios de urgencia primero y, luego, intentan mover la piedra pero es inútil, pesa demasiado. Finalmente, varios miembros de los servicios de urgencias pueden desplazar la mole de granito. Kubilus sabe que cada primavera cuando se descongela el suelo, algunas de las bases se inclinan y las lápidas pueden caerse pero nunca había imaginado que pudiera ocurrir algo así. Es demasiado tarde, Stephen muere allí mismo a consecuencia del accidente. 
Unos días más tarde, y tras la misa que se celebra en Throop, se da sepultura a Stephen en el terreno que el matrimonio había comprado justo delante de la ya restaurada lápida de su suegra: la señora Gardner. Dios tenga en su gloria.

Vendetta de Lago Constanza

Este artículo se publicó (impreso) en el periódico El Observador Prensa Libre en abril de 2015. Ahora, se puede leer en línea aquí y en este blog.
crash-landing-63011_1920El 1 de julio de 2002, Vitaly Kaloyev, arquitecto de la república de Osetia del Norte, espera en el aeropuerto de Barcelona la llegada de su mujer e hijos. Ha pasado los últimos dos años cumpliendo un contrato de construcción y los espera con impaciencia para pasar un mes de vacaciones. Quiere recuperar el tiempo perdido. Diana, de 4 años, casi no lo conoce y Konstantin, de 10, extraña sus paseos por las calles de Vladikavkaz.
Peter Nielsen, controlador aéreo danés, está solo en la torre de control del aeropuerto de Zúrich mientras su compañero descansa. Es una práctica habitual de Skyguide como parte de su política de recortes económicos. También, esa misma noche, se han cortado el sistema telefónico y el sistema anticolisión de tierra para realizar tareas de mantenimiento. Por tanto, Nielsen tiene que atender a varios monitores y lecturas. 
Ahora mismo, está atento a la llamada de un Airbus 320 retrasado que pide instrucciones de aterrizaje. Al mismo tiempo, observa el radar y nota que dos aviones vuelan a la misma altura cerca de la zona del Lago Constanza. Mientras atiende al Airbus, se da cuenta de que los otros dos aviones se aproximan peligrosamente. Decide avisar a los pilotos del avión Tupolev 154 de Bashkirian Airlines, procedente de Moscú, que desciendan para evitar un choque. Aunque el sistema anticolisión del avión (TCAS) les indica un ascenso, los pilotos siguen las instrucciones de Nielsen. Los pilotos del avión Boeing 757, propiedad de DHL, en cambio, siguen las instrucciones de su sistema TCAS y descienden. 
El piloto del Tupolev se da cuenta en los últimos segundos que va chocar con el Boeing y cambia el curso del avión. Aun así no logra evitar el accidente que se produce en la localidad alemana de Überlingen. Nadie sobrevive: ni los pilotos de DHL ni las 69 personas del avión de Moscú, en su mayoría adolescentes que iban de vacaciones a España por iniciativa de la UNESCO. 
Vitaly Kaloyev, consternado, viaja al lugar del accidente y participa en las tareas de rescate. Encuentra el cuerpo casi intacto de su hija y los restos de su mujer e hijo. A su regreso a Rusia, se sume en una gran depresión. Visita con frecuencia el cementerio y llora frente a la enorme lápida con tres retratos. Inicia un vía crucis para descubrir quiénes son los responsables. Exige respuestas a Skyguide durante el acto de conmemoración que se celebra un año después del accidente, pero no obtiene ninguna. Tras dos años de vanos intentos, recibe una carta donde la compañía le ofrece unos 60.000 euros de indemnización. Kaloyev se siente insultado.
El 24 de febrero de 2004, Peter Nielsen está en su casa de Kloten, cerca del aeropuerto de Zúrich. Su mujer, Mette, acaba de regresar del colegio con sus tres hijos. Alguien grita en el jardín de atrás. Nielsen sale y se encuentra con Kaloyev que le muestra las fotografías de su familia. Nielsen, sorprendido y aturdido, aparta a Kaloyev y las fotos caen al suelo. Kaloyev saca una navaja y apuñala a Nielsen repetidamente. A pesar de las llamadas de auxilio de Mette, el ex controlador muere desangrado.
Kaloyev huye de la escena del crimen, pero es detenido dos días más tarde y sentenciado a 8 años de cárcel por homicidio premeditado. Cumple 3 años de condena y al salir es tratado como un héroe en su ciudad natal. Dice no sentir remordimientos por el asesinato del controlador, pero confiesa que tampoco le ha ayudado a superar la trágica muerte de su familia. 
En la actualidad, Kaloyev vive entregado a su trabajo de viceministro de Construcción en Osetia del Norte-Alania. La familia de Peter Nielsen vive su luto en la más estricta privacidad. 
En 2004, cuatro responsables de la compañía Skyguide fueron declarados culpables de homicidio múltiple por negligencia.
En 2012, un tribunal de Barcelona condenó a las empresas Honeywell y ACSS a pagar indemnizaciones millonarias a los familiares de los fallecidos al considerar que los manuales del sistema TCAS no especificaban claramente que, ante un conflicto entre este y la torre de control, se debían seguir siempre las instrucciones del primero. 

El pequeño Wang de Nantong

Este artículo se publicó (impreso) en el periódico El Observador Prensa Libre en marzo de 2015. Ahora, se puede leer en línea aquí y en este blog.

roast-801916_1920Este mes les traigo una historia nada más y nada menos que de la China. Hace un par de años que trabajo para una empresa del país asiático y creo conocer ciertas peculiaridades que, a veces, me inquietan. Una de ellas es la relación jerárquica que se establece entre todos los trabajadores. El poder, es decir el cargo dentro de la empresa, ejerce una gran influencia en la reputación y las relaciones personales. Incluso aquellas personas con cargos directivos se consideran también más atractivas físicamente y, de alguna forma, se las venera. Si ese poder lo ostenta el gobierno y desde allí lanza consignas sobre cómo debe comportarse la población, el resultado puede ser una noticia como la aparecida en el diario británico The Telegraph el 3 de febrero pasado. 

El joven Wang, de 19 años, vive en la ciudad de Nantong, situada a orillas del Yangtzee. La proximidad al río le brinda un clima benigno durante todo el año. Aunque tiene más de siete millones de habitantes, la vida allí es apacible y próspera. Wang está cursando Ciencias de la Información en la Universidad de Nantong donde se le vaticina un futuro brillante. Wang es aplicado pero los profesores ignoran que es un adicto a internet. Siempre que puede se sienta frente al ordenador y juega solo o con otros adictos como él. Ha engordado diez kilos en el último año. Su madre está preocupada porque ya no sale con Jie, su mejor amigo y, además, se relaciona cada vez menos con ella. Desde que murió el padre de Wang, han estado muy unidos. Antes, todos los domingos, iban a pasear por el río Hao o por los jardines Shuihuiyuang pero ahora él prefiere encerrarse en su habitación y elegir un juego de Zhengtu. Sólo sale para entrar furtivamente en la cocina, llevarse lo que su madre haya preparado y comerlo sentado frente a la pantalla.
La noche del 28 de enero, sin embargo, todo cambia. Su madre va a su habitación a darle las buenas noches pero no hay nadie. En su lugar, sobre la cama hay una nota que dice: Mamá, tengo que ir al hospital por un tiempo. No te preocupes. Seguro que estaré de vuelta esta noche. ¿Al hospital? Si lo ha visto aquella tarde y no parecía sufrir ninguna enfermedad. Y no sólo eso, sino que, además, le pareció más alegre que de costumbre. Duda entre llamar a todos los hospitales de la zona preguntando por su hijo o esperarlo hasta que llegue. Presa del pánico, corre a casa de su vecina.
El joven Wang sale de su casa a eso de las siete de la tarde cuando la ciudad ya está oscura. Antes de marchar, entra en la cocina, pero esta vez no para buscar comida sino para llevarse un cuchillo grande con el que su madre trocea el pollo. Camina un largo rato hacia el parque Wenfeng y, una vez allí, se sienta en un banco algo nervioso. Pero la decisión está tomada. Sabe que es un adicto y, por tanto, una vergüenza para su familia y su patria. Esta adicción debe arrancarse de raíz como dicen los líderes del país. Su madre nunca podría costearla los seis meses necesarios para curarse en un campamento militar. Entonces, se arma de valor, saca el cuchillo que trae en la mochila, coloca la mano derecha sobre el banco y con la otra levanta el cuchillo y le asesta un golpe que la corta de cuajo. Ve la mano que mueve los dedos sobre el césped justo debajo del banco manchado de sangre. Está algo aturdido pero no siente dolor, entonces marca con la izquierda en el celular, que ha dejado sobre el banco, el número del hospital y pide un taxi que lo lleve a las urgencias del hospital más próximo.
Los médicos consiguieron volver a pegarle la mano a Wang aunque dicen que ya no volverá a utilizarla con normalidad. ¿Se habrá curado de su adicción? ¿Tendrá un futuro laboral brillante sin el uso de las dos manos? Su madre acosada por la prensa no sabe cómo explicar lo que llevó a su hijo a mutilarse y sólo puede repetir: No entiendo. Es un chico tan inteligente.

El atraco

 Este artículo se publicó (impreso) en el periódico El Observador Prensa Libre y, un mes más tarde, se puede leer en línea aquí y en este blog.

El atraco 

pistol-29549_1280En esta nueva sección del periódico que se estrena con este año 2015, les quiero contar historias reales perdidas entre las páginas de una revista o de un diario y que son, como dicen en inglés, «más extrañas que la ficción». Historias que de ser encontradas en una novela o un cuento seguramente se catalogarían de «poco creíbles». 
Quizás porque desde chica intenté maquillar detalles de mi historia familiar porque nadie creería la verdad –mi realidad superaba o, al menos, se igualaba con el realismo mágico de una novela de García Márquez‑, estas noticias siempre me han atraído. De hecho, me sorprende cuando alguien dice de una ficción: «¡Eso no es posible!» Realmente lo único que suele pasar es que el desarrollo de los hechos no es lógico o que se nos presenta una solución de última hora sacada de la chistera de un mago pero rara vez que el hecho en sí no pueda ocurrir. 

La primera historia que les quiero relatar es, entonces, una aparecida en el diario catalán La Vanguardia el 29 de diciembre de 2014. Una mujer española de 47 años acude el 22 de diciembre a las 13:45 a una sucursal bancaria en el barrio de Santa Coloma de Gramanet –un barrio popular de Barcelona. El banco está a punto de cerrar ‑aquí cierran a las 14:00‑ y todavía quedan algunos clientes que han apurado hasta el último minuto para ir al banco. La mujer relativamente alta, morena y delgada, va vestida con unos vaqueros, una camisa blanca y unos zapatos de taco. Se dirige con determinación a uno de los trabajadores de la ventanilla que habla por teléfono, le apunta con un revólver, le pide que, por favor, cuelgue el aparato porque está atracando la entidad y no es momento para la cháchara (la verdad es que no). A continuación, le exige la recaudación del día. Todos en la sucursal dejan lo que están haciendo y miran a la mujer como congelados en una pantalla. No se creen que lo que está pasando es verdad y que la mujer, a la que todos describirían más tarde como una clienta “normal y corriente”, es una ladrona y no una profesora o funcionaria del estado. Hasta aquí los hechos podrían catalogarse de lógicos en el marco de un atraco a mano armada de una sucursal bancaria y es justamente a partir de este punto cuando la realidad se torna más extraña que la ficción. 

En la cola de los clientes rezagados se encuentra un mosso d’esquadra (un miembro de la policía autonómica catalana) que acaba de entrar en el último minuto para hacer un ingreso. Está fuera de servicio y, por tanto, va vestido de paisano. El mosso observa a la mujer y algo en su gesto le llama la atención: sostiene el arma como si fuera demasiado ligera. Mientras el cajero prepara el dinero y la mujer, sin dejar de observarlo, lo apunta con la pistola, el policía se desplaza con sigilo pero rápidamente hasta colocarse por detrás de la mujer y, con un movimiento certero, la desarma. En ese momento confirma su sospecha: la pistola es de juguete. La mujer lo mira sorprendida pero también de una forma altiva, como si le dijera: «Pero tú, ¿quién eres?» y «Sí, es de juguete ¿y qué?»
Mientras un par de clientes voluntarios ‑ahora que saben que la mujer es inofensiva‑ la sujetan, el mosso abre la cartera y descubre una segunda pistola de juguete. ¡Una segunda pistola de juguete! Se produce un revuelo de sorpresa entre todos los presentes y, entonces, el policía la mira de forma acusadora: una pistola de juguete vaya y pase, pero ¡dos!, eso es alevosía y premeditación. Ella, esta vez, baja la mirada y se concentra demasiado tiempo en sus zapatos de taco alto. «No hacía falta mancillar así mi dignidad», piensa. El cajero ya ha llamado al 112 y la mujer es detenida por ser la presunta autora de un delito de robo con intimidación. 
Es cierto que el plan de nuestra ladrona de Disney era descabellado pero su final me dejó un mal sabor de boca. ¡Cuánta mala suerte! Justamente en el último minuto entra en la sucursal un policía vestido de paisano y con la suficiente prestancia y agilidad como para resolver el conflicto sin estar de servicio ni armado. Mi primera reacción fue pensar que la mujer padecía algún tipo de trastorno psicológico, y es posible que así sea, pero el hecho de que fuera un 22 de diciembre en un barrio trabajador del extrarradio barcelonés me hace pensar que quizás nuestro personaje hubiera querido recaudar fondos para las celebraciones que se avecinaban. Por un momento, y sin desestimar el miedo lógico del cajero y de los clientes, deseé que la mujer se hubiera llevado el botín y que hubiera celebrado una gran fiesta o se hubiera hecho un inmenso regalo el final del que fuera, quizás, el peor año de su vida. No lo sé, la realidad será aun más increíble, sin duda, pero lo que es del todo seguro es que la banca siempre gana.

Marin Sorescu: antología poética en catalán «Per entre els dies»

marin-sorescu-antologiaHace tiempo que no escribo en el blog y hoy cuando vuelvo, me encuentro con este borrador de la Antología poética de Marin Sorescu en catalán: Per entre els dies.

Lo curioso es que desde que escribí el borrador, he tenido la suerte de conocer a Corina Oproae, una de los traductores del libro, en la Setmana del Llibre en Català. Fue Corina quien me comentó que están trabajando junto con Xavier Montoliu, el otro traductor, en una antología más ampliada que saldrá este año. Estén atentos para comprarla en cuanto salga.

Marin Sorescu los llevará a lugares sencillos pero cargados de existencialismo, ironía, positivismo, que no tiene nada que ver con el pensamiento positivo que nos invade estos días (de forma algo burda), sino con un espacio de reflexión profunda que es también un canto a la vida, incluso en los momentos más complejos.

En 2013, Lleonard Muntaner Editor publica esta primera antología poética del poeta rumano Marin Sorescu (Bulzești, 1936 – Bucarest 1996) en catalán. Los ya mencionados, Corina Oproae y Xavier Montoliu, son los encargados de la traducción al catalán y Francesc Parcerisas escribe el prólogo.

La antología recoge poemas de varios de sus libros, desde Poemas (1965) hasta el último, El puente, publicado en 1996.

Aquí les dejo uno de mis poemas favoritos en su versión en rumano, catalán y español (traducción de Omar Lara).

Am legat copacii la ochi

Cu-o basma verde
Si le-am spus sa ma gaseasca.
Si copacii m-au gasit imediat
Cu un hohot de frunze.

Am legat pasarile la ochi
Cu-o basma de nori
Si le-am spus sa ma gaseasca.

Si pasarile m-au gasit
Cu un cantec.

Am legat tristetea la ochi
Cu un zambet,
Si tristetea m-a gasit a doua zi
Intr-o iubire.

Am legat soarele la ochi
Cu noptile mele
Si i-am spus sa ma gaseasca.

Esti acolo, a zis soarele,
Dupa timpul acela,
Nu te mai ascunde.

Nu te mai ascunde,
Mi-au zis toate lucrurile
Si toate sentimentele
Pe care am incercat sa le leg
La ochi.

He vendado

Vendé los ojos de los árboles
Con un pañuelo verde
Y dije: búsquenme.

Y los árboles me hallaron en seguida
Con una carcajada de hojarasca.

Vendé los ojos de los pájaros
Con pañuelo de nubes
Y dije: búsquenme.

Y me hallaron los pájaros
Con un trino.

Vendé los ojos de la tristeza
Con una sonrisa,
Y me halló la tristeza al día siguiente
En un amor.

Vendé los ojos del sol
Con mis noches
Y dije búsquenme.

Allí estás, dijo el sol,
Detrás de ese tiempo,
No te ocultes más.

No te ocultes más
Me dijeron todas las cosas
Y todos los sentimientos
A los que intenté vendar los ojos.

He tapat els ulls

He tapat els ulls als arbres
amb un mocador verd
i els he dit que em trobin.

I els arbres m’han trobat tot seguit
amb una rialla de fulles.

He tapat els ulls als ocells
amb un mocador de núvols
i els he dit que em trobin.

I els ocells m’han trobat
amb una cançó.

He tapat els ulls a la tristor
amb un somriure
i l’endemà la tristor m’ha trobat
enmig d’un amor.

He tapat els ulls al sol
amb les meves nits
i li he dit que em trobi.

Ets allà, diu el sol,
darrere d’aquell temps,
prou d’amagar-te.

Prou d’amagar-te,
em diuen totes les coses
i tots els sentiments
a qui he intentat tapar
els ulls.

Versión al catalán de Corina Oproae y Xavier Montoliu.

Versión al español de Omar Lara.