Llamada perdida

Este artículo se publicó (impreso) en el periódico El Observador Prensa Libre en junio de 2015. Ahora, se puede leer en línea aquí y en este blog.

phone-499991_1920Hanan Mahmoud Abdul Karim vive en Amán, Jordania. Tiene treinta y seis años, y hace tan solo cuatro días, tuvo a su primer hijo en una clínica privada del centro de la ciudad. El niño al que quieren llamar Abdul, en honor a su bisabuelo, pesó al nacer nada menos que 4,8 kg. El día 24 de abril el ginecólogo de Hanan decidió practicarle una cesárea porque el niño no estaba bien colocado, venía de nalgas. 

Cuando le dan el alta en el hospital, le informan que se sentirá cansada durante la primera semana pero que luego todo volverá a la normalidad. Hanan nunca imaginó que ese cansancio le impidiera casi moverse. Sí, piensa, está feliz por haber tenido al primogénito que tanto deseaba y que tanto había tardado en llegar, pero le cuesta compartir la alegría de sus familiares y amigos. A veces le duele hasta reírse. Da gracias a Alá por su pequeño milagro y le pide que le dé fuerzas para recuperarse. Por ahora, su madre, Majeda, se encarga de todas las tareas del hogar mientras ella intenta aprender a darle el pecho a su hijo que siempre parece tener hambre, justo al revés de lo que le ocurre a ella. 
Al segundo día de estar en casa, Hanan siente unos fuertes dolores abdominales que ella piensa son debidos a la operación y el agotamiento. Hanan duerme una media de tres horas diarias. Decide, entonces, que se recostará un rato en la cama mientras Majeda le prepara una tisana. Sólo necesita descansar. Cuando Majeda vuelve a la habitación, encuentra a su hija muy pálida y a su nieto llorando. Hanan no puede casi moverse y suplica a su hijo que deja de llorar. Pero el niño pasa de un llanto quejoso a un berreo desesperado. Su abuela intenta tranquilizarlo sin éxito así que lo coloca en el regazo de su madre mientras ayuda a su hija a darle de mamar. Así, logran que se tranquilice durante unos momentos.
Los dolores abdominales no cesan, Majeda advierte que su hija pierde en ocasiones el conocimiento a causa del dolor y decide salir a la calle y pedir a un taxista que la ayude a llevar a su hija de vuelta a la clínica para que la examinen. Desde el taxi, llama a su yerno, Jamal, quien casi no puede entender las explicaciones de la suegra porque su hijo ha comenzado a llorar de nuevo y el ruido es ensordecedor. Finalmente, quedan en encontrarse en la puerta de la clínica.
Una vez allí, el médico de guardia les explica que los dolores son frecuentes en los casos de cesárea y que tanto Hanan como su hijo se encuentran en un óptimo estado de salud y añade que el ginecólogo realizó un gran trabajo teniendo en cuenta la posición tan complicada del feto. Se deben considerar afortunados, les dice. Majeda insiste, presiona, vuelve a explicar que su hija ha perdido el conocimiento por el dolor y pide que la ingresen. Pero el médico la invita a que se tranquilice y que vuelvan todos a casa, así, en ese ambiente de comodidad, aclara, la recuperación será más rápida. Jamal le dice que es mejor que se vayan.
En el camino de vuelta, Abdul deja de llorar y se queda dormido plácidamente en el coche de su padre. Sin embargo, Hanan se sigue quejando del dolor y comienza a decir frases incoherentes, y a gritar: «¡Quitadme al diablo! ¡Quitádmelo! ¡Alá, ten piedad de mí y haz que me ayuden!» Majeda toca el vientre de su hija —que todavía está abultado— y siente una vibración. Esta se detiene unos segundos y luego vuelve a reanudarse. Tras varios intervalos, la vibración finalmente se detiene. Majeda y Jamal se miran unos instantes y llegan a un acuerdo tácito. Jamal da un volantazo, gira a la izquierda en Príncipe Al Hasan y toma Al Taj hasta llegar a la puerta de urgencias del hospital público Al Bashir.
El equipo de urgencias de Al Bashir examina a Hanan, escucha la explicación de sus síntomas y decide hacerle una radiografía. Los médicos descubren atónitos un objeto extraño –demasiado parecido a un celular– en el abdomen de la mujer y deciden operarla de urgencia esa misma tarde. Durante la operación, extraen el objeto que es, en efecto, un teléfono de una conocida marca de celulares con múltiples llamadas perdidas. Por fin, Hanan está fuera de peligro.
El despistado ginecólogo acude ese mismo día al shopping Taj Mall para adquirir el último modelo en celulares porque no puede recordar, por mucho que lo intenta, dónde extravió el anterior y, la verdad, es que sin el celular se siente como perdido.
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