Una escritora en un piso vacío

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¿Qué hace una escritora sin su gato?

La literatura es imposible.

 

El piso ha pasado de 70 a 400 metros cuadrados

o allí vive alguien que ha encogido como Alicia.

Y es tan silencioso…

como un iceberg que camina de puntillas.

La terraza, antes soleada y faro de Alejandría vecinal,

es ahora un balcón gris con dos geranios.

 

En el mundo se ha extinguido una lengua minoritaria

de los dos últimos habitantes de un país sin mapa.

Y falta alguien que huya de los cuatro jinetes apocalípticos

de la aspiradora,

o se interponga tenaz en las charlas telefónicas.

 

El manantial —¡el elixir de la vida!—

es ahora, más que nunca, agua de la ducha.

Y un mes es un minuto,

y es un por siempre.

 

Lo más grave es que nadie se tumbará en el folio

dejando entrever los mejores versos.

Y aún peor, nadie filtrará las visitas

para descubrir a las verdaderas amistades.

 

Sí, se puede publicar un libro,

escribir una dedicatoria,

regalarla a algún amigo.

Pero, una escritora sin su gato

es una apátrida,

es una mujer nómada.

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