Muerte en el Everest

Este artículo se publicó impreso en diciembre de 2015 en El Observador Prensa Libre y también se puede leer en su versión digital aquí. Fue el último artículo (por ahora) de la serie La realidad supera a la ficción. A partir de enero, comenzamos una nueva sección llamada La máquina del tiempo.
everest-newLa altura de este imponente pico, 8848 metros sobre el nivel del mar, lo convierte en un trofeo codiciado por montañeros y alpinistas de todo el mundo. La ambición por alcanzar la cumbre —lograda por unas 1000 personas después de que Hillary y Norgay lo hicieran por primera vez en 1953— ha dejado también un reguero de desesperación y muerte, más de 200 personas han perecido en el intento. Sus cadáveres, todavía presentes en la montaña, simbolizan el alto precio a pagar para lograrlo. A esta altitud, las condiciones son tan extremas —hasta -40º, tormentas, avalanchas, hipoxia, hipotermia— que volver vivo es un verdadero milagro. Sin embargo, la crónica que les traigo hoy no habla de esta ambición sino de la solidaridad ejercida contra todo pronóstico en circunstancias del todo adversas.
Lincoln Hall, un alpinista australiano de 50 años y con una dilatada experiencia, había intentado alcanzar la cima en dos ocasiones anteriores sin éxito. En 2006 es invitado a una gran expedición liderada por Alexander Abramov; sabe que es su última oportunidad para llegar a la cumbre del Everest. Después de seis semanas de aclimatación, el 25 de mayo, Hall sale de madrugada del campo III con tres sherpas Doljee, Dawa y Lakcha. El cielo está despejado, la temperatura es buena y se encuentran en forma así que consiguen llegar al techo del mundo a las 9 de la mañana. Se sacan la foto de rigor y Hall informa al campo base de su hazaña. Pero esto es solo la mitad del camino, lo importante es el descenso y es justamente aquí donde se tuerce la suerte de Lincoln.
De repente, se encuentra terriblemente cansado, pierde la conciencia por momentos y su discurso se vuelve incoherente. Los sherpas reconocen los síntomas: se trata de un edema cerebral de altitud, una de las enfermedades habituales en la llamada «zona de la muerte». Debido a la altitud se acumula líquido en el cerebro y este se dilata, el enfermo pierde coordinación y niveles de consciencia, sufre alucinaciones y psicosis hasta que entra en coma, y muere. Los sherpas saben que para sobrevivir Lincoln debe moverse y descender. A esa altura, el peso se multiplica y nadie puede cargar con un compañero; tampoco el rescate es una opción ya que no llegaría antes de la noche. Con muchísima dificultad y arriesgando su vida, los sherpas consiguen que baje algunos metros. 
Abramov pide a otro sherpa, Pemba, que sube a ayudar al resto del equipo. Pero cuando llega, Hall se derrumba sobre la nieve y entra en coma. La hora idónea para regresar de «la zona» no puede pasar de las 2 de la tarde, ya son las 5 y los sherpas no consiguen reanimarlo. Aún así, se quedan dos horas más, hasta que Abramov les ordena bajar para salvarse. Los sherpas dan a Hall por muerto y como es tradicional se llevan su mochila para enviarla a los familiares. Lincoln se queda a 8700 metros sin oxígeno, sin protección y sin agua.
Pero sucede algo extraordinario. La temperatura esa noche no baja de los -25º, Hall se despierta del coma y aunque tiene hipotermia, está deshidratado y delira, consigue mantenerse vivo. A las 7:30 de la mañana del 26, Andrew Brash, Myles Osborne y el sherpa Jangbu liderados por Daniel Mazur, ven, a tan solo 200 metros de la cima, a un hombre sentado al borde de un precipicio de 3000 metros. No lleva gorro ni guantes, y el equipo está bajado hasta la cintura. Tampoco tiene oxígeno ni agua, y muestra signos evidentes de congelación y edema cerebral. Al verlos, les dice: «Imagino que estarán sorprendidos de verme acá».

Los cuatro —sin salir de su asombro, nadie ha sobrevivido a esa altura hasta entoncesdeciden ayudar a Hall. Lo cubren, le dan oxígeno, comida y agua, y movilizan a toda la expedición de rescate. Se quedan con él cuatro horas hasta que llegan 12 sherpas del campamento base. Saben que ellos han perdido la oportunidad de alcanzar la cima, no tienen ni tiempo ni oxígeno para intentar el último ascenso. Antes de bajar, dirigen una última mirada a ese pico que está tan cerca y, a la vez, tan lejos de su alcance, pero saben que la montaña permanecerá siempre allí, en cambio Lincoln Hall solo tenía una oportunidad para vivir.

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