La máquina del tiempo: mujeres intérpretes

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en marzo de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.
La malincheIntérprete es la persona que explica a otras, en lengua que entienden, lo dicho en una lengua que les es desconocida. Es decir, por medio oral y no escrito (que es el traductor). Estamos a principios del SXVI, son tiempos de la conquista y Hernán Cortés ha llegado a lo que conocemos hoy como México. ¡Dios nos pille confesados! (literalmente). Pero, ¿cómo se comunica Cortés con los habitantes de América? En esta máquina se los contamos. 
¿Malinche, Malintzin, Malinalli o Doña Marina? Una mujer intérprete y en esas fechas. ¿Cómo aprende el español o castellano?
Malintzin, es mi nombre. ¡Qué difícil de resumir! Yo era esclava del cacique maya Tabscoob, pero mi lengua materna era el náhuatl. Cuando Hernán Cortés triunfa en la Batalla de Centla, los caciques nos dan a otras diecinueve mujeres y a mí como regalo a los españoles. Cortés me entrega a Alonso Hernández Portacarrero que era pariente suyo. Entonces, me bautizan como Marina. 
¿Y cómo se convierte en la intérprete oficial del ejército español?
De allí nos trasladamos hacia el interior y cuando llegaron los embajadores de Moctezuma, Jerónimo Aguilar que había sido el intérprete hasta entonces, no entendía la lengua de los aztecas: el náhuatl. La única que la hablaba allí era yo. En un principio, Hernán hablaba con Jerónimo en español; Jerónimo, conmigo en maya, y yo, en náhuatl con los embajadores.
Y la relación con el conquistador se estrecha…
Como aprendo rápidamente el español, Cortés se da cuenta de que yo le serviría no sólo como intérprete del náhuatl sino de nuestra cultura. Le ayudé a comprender nuestra forma de relacionarnos y de negociar; a cambio, me prometió favores y la libertad. Los españoles no traían a sus mujeres, así es que nosotras nos convertíamos en sus esclavas en todo, en la cama también. Era así, ni lo cuestionábamos.
Pero usted tenía un talento natural para las lenguas porque no existían las clases…
¿Clases? No, no. Me di cuenta con la práctica que yo comprendía en unas semanas lo que otros tardaban meses. Mi familia era una familia noble, así es que yo tenía una formación más completa que mis compañeros. Además, tenía buen oído y, sobre todo, necesitaba o anhelaba mejorar mi situación.
¿Cuándo acaba su labor de intérprete y su relación con Cortés?
Cortés conquista Tenochitlán y controla el territorio dominado por los aztecas. Tuvimos un hijo, Martín, pero no me lo dejaron. Lo enviaron a España. Cuando Hernán enviudó de su mujer, Catalina, no se casó conmigo sino que me organizó un casamiento con Juan Jaramillo y, tal como me había prometido, me dio la libertad.
¿Sabe que en la actualidad la palabra «malinche» se asocia con alguien que traiciona a su pueblo?
¡Qué curioso! Cortés recibió el apoyo de muchos otros, como los totonacas, tlaxcaltecas y otomíes que querían sublevarse contra Moctezuma porque ignoraban que los españoles se convertirán en sus dominadores y los apoyaron. Yo sólo era la intérprete. Nosotros creímos, al principio, que Cortés era  el dios Quetzalcoátl, pero, luego, nos dimos cuenta de que no…
¿Qué le sorprendía de esta cultura que conoció tan de cerca?
Me llamaba la atención que hablaban mucho, mucho más que nosotros. En las charlas de Hernán Cortés con Monctezuma sobre su religión yo tenía que resumir para no causar una mala impresión. Además, nos explicaban cómo era el camino correcto que les había marcado su dios, nos bautizaban, pero, en realidad, ellos mismos no seguían estas leyes, que eran muy estrictas. Pienso que tenían muchas contradicciones y máscaras. ¿Esto sigue así?
Sí, creo que, en el fondo, sigue así. Cuando hay guerras e invasiones, tampoco se trata mucho mejor a las mujeres que en su tiempo, Malintzin. Y, a veces, cuando existe una crisis política también culpan al intérprete o al traductor. Pero la esclavitud… mejor me callo.
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La máquina del tiempo: mujeres inventoras

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en febrero de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

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Hoy nos vamos en la máquina del tiempo a visitar a Josephine Garis-Cochrane. Es el año 1912, Josephine ya ha patentado su gran invento: el lavaplatos. Nos recibe en el estudio de su casa en Shelbyville (Illinois). En el cobertizo del jardín trasero de esta casa victoriana es donde se construyó el primer modelo.
Háblenos de su infancia para comprender cómo se convirtió en inventora. ¿Estudió mecánica?
Solo estudié la escuela secundaria. Mi madre murió cuando era una niña así que mi padre me envió a un colegio en Indiana y, luego, a casa de mi tía aquí. Me casé con 19. Mi padre, John Garis, sí era un ingeniero de Chicago que inventó una bomba hidráulica para drenar ciénagas. También, mi bisabuelo materno, John Fitch, había patentado un diseño de barco de vapor. No me era del todo ajeno.
Se casa en 1858 con William A. Cochran, ¿cómo influye él en su carrera?
En realidad, su influencia es indirecta. William era comerciante, tenía una tienda de tejidos muy próspera pero, además, le interesaba la política. Era una persona muy vital, afable y le gustaba recibir en casa. Así que siempre organizábamos cenas y fiestas para ayudarlo en su negocio y carrera política.
¿Es en estas recepciones cuando se da cuenta de la necesidad de crear una máquina que lave la vajilla?
Como le decía, recibíamos invitados con mucha frecuencia. Yo tenía una vajilla de porcelana china del SXVII que había heredado de mi madre. Pero iba perdiendo piezas a manos del servicio. Llegó un momento en que, para evitar perder más, decidí encargarme personalmente de esta tarea. Pero, además, me di cuenta de las horas que nos pasábamos, las mujeres, lavando platos. ¿Cómo era posible que nadie hubiese inventado una máquina? Si se había inventado la de coser y la de cortar el césped. Mi padre decía que lo mejor ante un problema era tomar un lápiz y un papel, y pensar. Eso hice.
Pero no tenía conocimientos de mecánica ¿cómo hizo el prototipo?
Primero, la lógica y, luego hablé con varios mecánicos que intentaron cambiar mi diseño sin éxito. Hasta que di con George [Butters], un mecánico del ferrocarril. Siguió mis instrucciones al pie de la letra: una caja con compartimentos de alambre para los platos y las tazas que se colocaba en una rueda de madera conectada a una caldera que lanzaba un chorro de agua caliente y jabón. 
Pero Joel Houghton había patentado una máquina similar…
Sí, lo descubrí cuando fui a patentar la nuestra. La de Houghton era manual y no había acabado de funcionar. Yo recibí la patente el 28 de diciembre de 1886 como una mejora a ese modelo.
¿Y cómo comercializa su invento? Imagino que no era fácil para una mujer vender…
Mi marido había muerto hacía tres años y me dejó deudas. Así que mi máquina y su comercialización se convirtieron en una necesidad. Recuerdo el día que fui al Hotel Sherman House de Chicago y pedí hablar con el encargado. Nunca había estado en un hotel sin mi marido. Cruzar la recepción ¡una mujer en un hotel para vender una máquina nueva! Era impensable… Pensé que me desmayaría, pero avancé con paso firme. Mi premio fue un pedido.
¿Qué supuso presentar su producto en la Exposición Universal de Chicago en 1893?
Un gran paso porque varios hoteles usaron mi máquina durante la exposición y, además, gané varios premios con lo que pude abrir una fábrica para producir más modelos que distribuimos en hospitales, colegios, universidades…
Pero no se comercializó en los hogares.
El principal problema para la distribución en masa eran los sistemas de tuberías. Solo lo compraban instituciones o familias con buenos ingresos que tenían casas bien equipadas. Además, el coste de cada aparato era alto porque era una producción completamente manual.
Josephine siguió dirigiendo la compañía hasta su muerte con sesenta y cuatro años. Hobart Manufacturing la adquirió y vendió el producto bajo la marca KitchenAid que ahora pertenece a Whirlpool. Los lavaplatos se comercializaron en masa en Estados Unidos a partir de 1950 con un diseño basado en el de Cochrane.