La máquina del tiempo: mujeres artistas

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en mayo de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

suzanne-valadon-1865-1938-self-portrait-with-her-family-c-1910-valdon-son-maurice-utrillo-1883-1955-husband-andre-utter-1886-1948-and-utters-motherEl fin de semana fui a visitar la Colección Phillips instalada temporalmente en Barcelona. Esta colección reúne sesenta obras de artistas del SXX entre las que se incluye la del pintor francés Maurice Utrillo, hijo de la gran artista Suzanne Valadon. Suzanne fue una reconocida pintora de la belle époque que, sin embargo, cayó posteriormente en un cierto olvido. Por eso y sin dudarlo, decidí subirme allí mismo a mi máquina del tiempo para hacerle esta entrevista. 
Nace en Bessines, un pueblo cerca de París, en 1865. Sus comienzos son más que humildes y, sin embargo, se convierte en una pintora excepcional. 
Sí, yo soy hija natural. De hecho, mi madre, Madelaine, era costurera, lavandera, servía. Nunca supe quién fue mi padre. Con cinco años, nos trasladamos a Montmartre. Un barrio que vivía una transformación artística; estaba en ebullición total. Tuve mil oficios —incluso trabajé de acróbata en el circo, pero un accidente me obligó a dejarlo— hasta que el pintor Pierre Puvis me propone ser modelo para sus cuadros.
Y se convierte en modelo y amante de Renoir; Toulouse Lautrec; Erik Satie le pide que se case con él… Montmartre se rinde a sus pies.
¡Es que era tan joven! Pero a mí siempre me había gustado la pintura, así que no solo posaba, sino que observaba la técnica y después la copiaba en casa. Aprendí rápido de Lautrec que era una persona extremadamente generosa, él me presentó al maestro Degas quien me animó a que siguiera pintando. “Eres una de los nuestros”, me dijo. El mejor día de mi vida. Fuimos grandes amigos, le debo muchísimo. ¡Ay, Erik! Era demasiado celoso, tuve que rechazarlo.
A los 18 años tiene un hijo natural, Maurice, que luego fue reconocido por Miquel Utrillo. Sigue pintando…
Sí, mi madre me ayudó a cuidar a Maurice y Miquel lo reconoció algo más tarde. Yo posaba y pintaba sin parar. Se me criticaba porque no intentaba idealizar la figura humana, sino que pintaba cuerpos desnudos, tanto de mujeres como de hombres, en posturas naturales. Era poco habitual.
Aun así, en 1894, se convierte en la primera mujer que expone en la Société Nationale des Beaux Arts. Todo un hito. 
Por entonces ya había comenzado a pintar con óleos y el maestro Degas me animó a presentarme. Increíblemente me aceptaron.
La estabilidad económica viene de la mano de su casamiento con Paul Maussis que era un rico financiero. ¿Aumenta su producción?
No sé si aumenta, pero consigo pintar con más tranquilidad. Nos trasladamos al campo con Maurice, aunque él nunca se adaptó. Volvió a París, sus problemas mentales continuaron y comenzó a beber en exceso. Para que dejara esa etapa destructiva, lo animé a que pintara.
Se la ha acusado de haberlo explotado para ganar dinero. ¿Qué hay de cierto en ello?
Nada. Siempre alenté a Maurice a pintar porque se encontraba mejor así. Sin proyecto, se emborrachaba hasta perderse. A veces, alguien llamaba al timbre para traerlo porque se lo habían encontrado tirado en la calle. La pintura lo salvaba. Además, yo ya había triunfado como pintora cuando él empezó. 
Usted se divorcia de Maussis y se va a vivir con el mejor amigo de su hijo, André Utter, que era 20 años más joven. Un escándalo. 
Yo venía de tan abajo que la burguesía no esperaba menos de mí [Se ríe]. Fue Paul [Maussis] el que me pide el divorcio cuando ya no soporta la relación con André que yo nunca oculté. André vendía tanto los cuadros de Maurice como los míos. Estuvimos más de catorce años juntos y conseguimos volver a vivir bien.
Pero finalmente las relaciones en ese triángulo se deterioran…
Mi hijo se casa y se va de casa, aunque nunca consiguió recuperarse. André siguió su vida, y es que nuestra diferencia de edad así lo exigía. Yo me sentía afortunada siempre que pudiera vivir pintando. Y lo logré.

 

En 1938, Suzanne sufre un ictus mientras pinta y muere horas más tarde. Aunque su hijo la eclipsa como artista, existe un renovado interés en su obra caracterizada por su originalidad y fuerza, un claro reflejo de su personalidad y de su vida.

Cuento: El hermano imaginario

La Revista Eñe digital premió mi relato El hermano imaginario en enero de 2016. Se puede leer aquí.  La premisa del concurso era que la revista impresa viviera en la revista digital, así que pidieron escritos inspirados en la contraseña: desvelados. «Algo que se desconocía, algo que se intuye sin certeza». La fotografía, de Sam Brelsfoard, se publica bajo licencia Creative Commons.

tv El hermano imaginario

«¿Te parece bien acá? ¿Ya estás filmando? Bueno, es un poco difícil explicar cómo pasó todo. No sé si te voy a contar las cosas medio enquilombadas. Si vos querés que te aclare algo, avisame. Mirá, recuerdo que desde que yo era muy chiquito decía que tenía un hermano gemelo que se llamaba Alberto. Pero yo no tenía ningún hermano, claro, solo tenía dos hermanas mayores que yo: Verónica, que me llevaba diez años, y Marcela, cuatro. Con Marcela éramos más amigos por la edad, crecimos juntos.

»Así que todos se lo tomaban a joda ¿viste? No me extraña, un petiso como yo que hablaba con un ser imaginario, lo veían como un capricho de chico. Y me decían: “Ah, y tiene nombre y todo tu amigo invisible”. Y yo contestaba muy enojado para que lo entendieran bien: “No es mi amigo, es mi hermano gemelo”. Marcela se prendía de la invisibilidad. Imaginate el potencial tan enorme que tenía este personajes para nosotros. “Decile a Alberto que venga a jugar con nosotros”. Yo servía de médium o intérprete. Hacíamos programas de televisión donde Alberto era el invitado o jugábamos a las cartas y repartíamos para los tres, aunque yo jugaba por él. De repente yo decía: “Alberto dice que quiere un leche con Nesquik y galletitas” o cualquier otra boludez de esas. Era obvio que lo utilizaba para lo que yo quería pero también me hacía compañía. Antes de irme a dormir, por ejemplo, cuando apagaban la luz, me daba mucho miedo y entonces me ponía a hablar con él, muy bajito, sobre lo que íbamos a hacer al día siguiente. Después me fui haciendo grande, empecé a hablarle en silencio para no despertar sospechas o risas entre la gente grande. Tampoco querés que te tomen por loco. Pero ya te da una idea de que me ocurrían cosas a mí, así de bien chiquito.

»En la adolescencia medio lo borré por completo. ¿Sabés cuando soñás algo muy real y decís me voy a acordar, me voy a acordar, pero después te levantás y se te olvidó todo? Lo intentás pero no te acordás de nada. Así que bueno…abandoné un poco a Alberto. Pero creo que estaba presente, como si fuera una cosa de piel ¿viste? Era una presencia desdibujada. Pero realmente sí, poco a poco, todos nos fuimos olvidando de Alberto y quedó como una fantasía de chico, como cuando dicen: “De chiquito no podías decir ‘pantalón’ y decías ‘pantalón’”. Así quedó, como una fantasía.

»Cuando acabé la secundaria, decidí no entrar en el ejército como venía siendo la tradición familiar. No es que no me gustara la vida militar sino que yo veía que me faltaba el carácter castrense. Pensé que me iban a matar en casa. Fijate que yo era el único varón, el único que podía continuar con la larga estirpe de tenientes, capitanes, tenientes coroneles y voy y digo: “Es que no sé. Ya sabés que soy un poco tímido y me gusta hacer las cosas a mi manera”. ¿Sabés qué pasaba? Yo no me sentía con la autoridad que les veía a los otros familiares militares y que, además, les había llevado a ascender en la carrera. Imagino que fue un golpe duro porque ahí se acababa la saga por nuestra parte. Pero la verdad es que se lo tomaron bien. Ya sabían que yo no tenía las cualidades innatas, me conocían, claro. “De lo que se trata es de hacer algo que te convierta en una persona de provecho”. Así que me matriculé en ingeniería, otra carrera que estaba bien vista. No dije: “Quiero ser actor” o algo así. Se hubieran muerto. A mí, la ingeniería no me apasionaba pero sacaba buenas notas y podía acabar la carrera. De hecho, así fue ¿no? Me fue muy bien, trabajo bien, no me puedo quejar. Pero eso medio que te da más pistas.

»Y un día vino mi novia a casa. Sí, la que conociste el lunes. Hacía tiempo que salíamos pero fue la primera vez que vino a comer a casa con toda la familia. Una presentación formal. Entonces ella va y se queda mirando las fotos. Las típicas fotos que hay en todas las casas: los tres haciendo la comunión, cuando acabé la secundaria, el casamiento de Verónica, la graduación de Marcela. Se quedó mirando las fotos un rato largo mientras nosotros poníamos la mesa. Ella es mucho más curiosa y observadora que yo. Había, sobre el mueble del comedor, unas fotos de cuando éramos bebitos. Había dos prácticamente iguales, hechas en el mismo estudio y todo. Eso que se nota, el bebé en la misma postura, mirando a la cámara sonriente, el mismo decorado detrás. Mi novia me pregunta: “¿Y la tuya?”. Y yo le digo que creo que esa es la mía. “Ese no sos vos”, me dice. “Esa parece Marcela y esta otra debe ser Verónica”. Me sorprendí de que ella lo viera tan claro. Para mí todos éramos muy parecidos y nunca le di ni una vuelta al tema de las fotos. Yo ni las veía, formaban parte del mobiliario. Siempre había asumido, no sé… pero me puse a fijarme y la verdad es que no me parecía a ninguna de las dos fotos. Además, ¿viste que yo tengo ojos claros? Y no me acordaba si me habían dicho que yo era uno de las fotos o si yo siempre lo vi así. Pensé que simplemente yo había decidido que yo era ese bebé y punto. Y me acuerdo que le dije: “Es que como soy el más chico, ya no hicieron más. Ya no era novedad”. Y ella se río, nos conformamos con esa explicación medio improvisada mía pero también muy posible. Pensé que después preguntaría pero, al final, no pregunté. Igual, la idea se quedó ahí latente.

»Hasta que una tarde necesitaba un certificado del secundario y me fui a las cajas con todos los papeles que se guardaban en el armario del cuarto de Verónica. Hacía tiempo que se había casado, ya habían nacido mis sobrinos, y su cuarto se había convertido en el almacén de todo. Bajé varias cajas del estante de arriba. Descubrí fotos sueltas de cuando éramos chicos: todos en un asado en el cuartel, unas vacaciones en la playa, el viaje al sur. Lo pasamos tan bien en ese viaje al sur de camping… bueno, y ahí cuando subo la caja de nuevo, ¡bum!, se cae un sobre grande marrón. El sobre tenía todos mis papeles. Los tuve que mirar varias veces porque no me lo podía creer. Habré estado una media hora como procesando la información y pensando en todo lo que me había llevado a ese momento. Como en las películas, que van mostrando imágenes que justifican la llegada de ese instante. Fue como un temblor de los cimientos, como un terremoto, sentía que se hundía el piso, que perdía estabilidad. Medio tambaleándome, me fui con el sobre para el living. No sé si en ese momento buscaba confirmación o más bien consuelo.

»El televisor estaba encendido, no sé si era la hora de la telenovela. Entonces me acerqué a mi mamá —la que yo creía que era mi mamá— que estaba mirando fijamente, como hipnotizada, la televisión. Me quedé ahí parado sin poder hablar. Yo creo que lloraba pero no sé, está todo muy borroso lo de ese día. Sé que no sabía cómo empezar. Fueron unos segundos, quizás, pero se me hizo eterno. Y ella se dio cuenta de que yo estaba ahí, se giró y vio el sobre que yo llevaba. Ahora… no sé… pienso que tampoco lo escondió mucho, que a lo mejor quería que yo lo encontrara ¿viste? Esas cosas que hacés de manera inconsciente. Ella se dio cuenta de todo al toquecito nomás, me sostuvo la mirada un ratito como con mucho cansancio pero no me dijo nada. Solamente bajó la mirada, así, mirá, hizo así… me pareció que se había encogido y se había fundido con el sofá. Y ahí pensé en Alberto, en mi mundo paralelo, porque yo, en realidad, me llamo Alberto, aunque eso no lo sabíamos entonces. Todo eso vino después. Y así empezó la búsqueda de mi verdadera familia, el encuentro con mi abuela… Y bueno, lo demás ya lo sabés, ya hablaste con ella. El resto ya es historia.»

La máquina del tiempo: mujeres deportistas

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en abril de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

portrait Anne LondonderryEl viaje de hoy nos lleva al Nueva York del SXIX. Si esta mujer hubiese tenido una máquina del tiempo, como la nuestra, sin lugar a dudas habría visitado otros planetas. Annie Londonderry nacida en Riga (Letonia) en 1870 no conocía la palabra imposible y en 1894 se embarcó en la aventura de dar la vuelta al mundo en una bicicleta. Pero será mejor que nos lo cuente ella misma que para eso se ganó la vida también como periodista. 
Su verdadero nombre es Anna Cohen Kopchovsky. ¿Cómo llega a EE. UU.?
Tengo varias versiones, pero le voy a contar la que más se acerca a la realidad [Se ríe]. Mi familia era judía y, en Latvia, ser judío significaba vivir en un gueto y ser perseguido. Así que, cuando yo era una niña, la familia decide emigrar a Boston como ya habían hecho mis tíos y muchos otros, entre ellos la familia de mi marido Max (Kopchovsky). 
Y se casan…
Sí, me casé al cumplir los 18. Tuvimos tres hijos en los siguientes cuatros años. Cuando decidí dar la vuelta al mundo, tenía 23 años y tres hijos menores de seis años (5, 3 y 2) y aún así no lo dudé.
¿Y cómo se convierte en Annie Londonderry?
Escuché a dos miembros de nuestro club de Boston diciendo que la epopeya de Thomas Stevens, quien había dado la vuelta al mundo en bicicleta hacía diez años, sólo era posible si eras un hombre. Ellos defendían que ahí se apreciaba su superioridad y que una mujer jamás podría hacerlo sola. Yo me opuse con vehemencia. La discusión dio como resultado una apuesta de 10 mil dólares: dar la vuelta al mundo en bicicleta en 15 meses y recaudar, al mismo tiempo, 5 mil dólares. Mi primer sponsor fue la empresa de agua Londonderry Lithia. Por eso, me cambié el nombre.
Pero usted no había andado antes en bicicleta…
No, era algo nuevo, pero que cambiaría la forma de vida de las mujeres. Nos daría la libertad de ir adonde quisiéramos. Al principio del viaje, casi desisto porque la primera bicicleta pesaba 20 kg. Así es que decidí cambiarla por una de hombre y, en lugar de esos vestidos tan incómodos, me puse unos pantalones bombachos que me dejaban pedalear cómodamente. 
En plena época victoriana, deja a su familia en Boston, inicia un viaje sola, se viste como un hombre ¿la habrán criticado?
[Se ríe] Sí, imagino que me habrán criticado. La mujer victoriana debía quedarse en casa y ser muy discreta. Lo contrario de lo que hice durante mi viaje. Mi marido lo vio como una inversión en nuestro futuro porque el evento iba a generar mucha publicidad y, en consecuencia, dinero. Así que me dio una pistola para protegerme. Max era muy práctico. 
En ese momento comenzaba la lucha por el voto femenino ¿era miembro de algún movimiento?
No, pero sí que estoy convencida de que las mujeres podemos hacer lo mismo que los hombres. En este sentido, y siempre lo digo, me siento una representante de la «nueva mujer».
La acusan de haber dado la vuelta al mundo más «con» que «en» bicicleta.
Bueno, siempre que haces algo de envergadura, habrá alguien que lo cuestione. Era obvio que parte del trayecto tenía que ser por mar. Por eso fui de Marsella hasta Singapur en barco, al recalar en los puertos sí hacía todos los trayectos en la bicicleta porque debía conseguir la firma del embajador para demostrar que había llegado hasta allí. Lo que le aseguro es que ninguna mujer hasta entonces había viajado así y casi ningún hombre, claro.
Y daba charlas para recaudar el dinero…
Sí, daba charlas, escribía crónicas, vendía mis fotos, llevaba pancartas de empresas en la bicicleta. Todo lo que se me ocurría para llegar a Boston. Y lo logré en quince meses justos. Gané la apuesta.
¿Qué sintió al llegar?
Me sentí con una fuerza casi sobrehumana. Pensé: «Annie, no hay nada que no puedas hacer».
Annie Londonderry se convirtió en una mujer célebre y se trasladó con su familia a Nueva York donde inició su carrera como periodista.