Breves: Cómplice

Este texto se publicó en octubre en el blog La historia sin fin que pueden visitar aquí.

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—Llegué a las cuatro de la mañana y en la entrada, se me abalanzó el vecino: «¡Se cayó por la escalera! ¡Se cayó por la escalera!». En el rellano, la vecina tenía la cabeza abierta, como un huevo que se ha roto contra un bol y se ha desparramado en una sartén. «¿Llamó a la ambulancia?». No me contestó; mareado de pánico. Se lo repetí tres veces. «¡Ayúdame!», me dijo al fin.

—¿Estaba viva?

—Sí, estaba inconsciente, extendida como una muñeca de trapo en los últimos escalones, partes de la masa cerebral caían sobre un inmenso charco rojo que se oscurecía al alcanzar la orilla; todavía mascullada palabras inconexas.

»Saltamos por encima de ese lago para llegar a la casa y llamé a urgencias.

»–Necesitamos el número de la seguridad social.

»—¿Cómo? Soy la vecina, son mayores y su marido está conmocionado…

»—Sin el número no podemos enviar la ambulancia.

»Entonces me volví a él:

»—¡El número de la seguridad social!

»Me miró ausente. Le agarré el brazo fuerte casi para lastimarlo y le grité:

»—El número de la seguridad social. ¿Me escucha? ¡Ahora!

»Volvió de muy lejos, se giró, sacó de un cajón la tarjeta y me la pasó con un redoble de temblores. Le dicté el número a la operadora.

»—No la muevan.

»Para entonces, el edificio se había levantado y se congregaba en el rellano, junto al cuerpo que repetía su letanía.

»Llegó la ambulancia y, antes de irse, la médica me dijo:

»—No creo que pase de esta noche.

—¿Y se murió?

—Estuvo más de un mes en cuidados intensivos, pero vivió. Nunca se recuperó del todo. Una vez, me la encontré por la calle, extraviada, y le pregunté: «¿Sabe volver?». No me reconoció y dijo: «Estoy cerca, ¿no?»; volvimos juntas a nuestro edificio. Otras veces, la trajo la policía.

»Sé que fue él quien la empujó; desde mi departamento, escuchaba los gritos de la vecina cuando le pegaba. Después de esa noche, no volvió a hacerlo.

»Al menos eso no volvió a pasar.

La máquina del tiempo: mujeres actrices

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en octubre de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

kikiActriz, modelo, cantante, pintora… Alice Prin o Kiki luchó por convertir una vida llena de privaciones en una obra de arte. A pesar de haber sido elegida como la Reina de Montparnasse, el barrio artístico de los años 30 por excelencia, de ser prologada por el mismísimo Ernest Hemingway, poco se dice de Kiki en los libros de historia. Me subí a la máquina del tiempo para hablar con la modelo de una de las fotos más conocidas de todos los tiempos El violín de Ingres del fotógrafo norteamericano Man Ray.

Nace a principios de siglo en un pueblito borgoñés al sureste de París y la cría su abuela a la que usted adoraba…

Sí, cuando nací, mi madre se fue a París a trabajar en una linotipia y me dejó a cargo de mi abuela junto con mis cinco primos, también huérfanos o abandonados. Mi abuela lavaba y cosía para darnos de comer y educarnos. Malvivíamos, pero nunca nos dejó.

Su padre era rico y vivía en el mismo pueblo con su otra familia. ¿Lo veía?

Cuando nos encontrábamos, me decía que quería llevarme al bosque. Mi abuela me decía que nunca le hiciera caso, que me mataría. De hecho, un día bebí un vaso de leche que me había regalado y me sentí muy mal. Para salvarme, mi abuela me obligó a vomitar.

En su biografía dice que las monjas la humillaban y que no aprendió nada en el colegio, ¿qué le hacían?

No nos veían con buenos ojos porque estábamos sucios, nos vestíamos en harapos, teníamos piojos. Nos hacían notar continuamente que éramos menos con tal mezquindad…

A los doce años la envían a París. 

Me fui a vivir con mi madre para ganarme la vida: trabajé en un taller de encuadernación, vendí flores, fui criada en una panadería… la dueña era una déspota que me maltrataba; un día me cansé y le di una paliza tremenda.

Gracias a eso inicia su primer contacto con la vida artística de la ciudad.

Empecé a posar desnuda, la primera vez gané cinco francos en tres horas. Me pareció una fortuna ¡en la panadería ganaba veinte en todo el mes! Pero mi madre lo descubrió, se puso furiosa y me echó de casa.

A partir de ese momento, con quince años, vive en la calle y empieza un peregrinaje para perder la virginidad. 

Eva, una amiga del pueblo, se empeñó en que tenía que espabilarme, a cambio de sexo te podían dar algo de dinero o de comer. Tuve tres intentos fallidos hasta que llegó mi novio ruso [el pintor Maurice Mendjizky]; nos fuimos a vivir juntos a los tres días de conocernos.

Frecuentaba los cafés de Montparnasse y allí conoció a los artistas más importantes del siglo XX; de muchos fue musa, modelo y amiga. ¿Encontró su lugar en el mundo?

Conocí a Soutine, Modigliani, Foujita, Tristan Tzara, Gustav Gwozdecki, Moïse Kisling, Per Krohg, Pablo Gargallo, los surrealistas y tantos otros… Éramos una gran familia que vivía en la miseria, pero compartíamos una sopa, una copa de vino, un café con una pasión creativa y una solidaridad inagotables. Me sentí feliz por primera vez en mi vida.

Se convierte en la musa y pareja del fotógrafo Man Ray durante ocho años, aunque he de confesarle que me sorprendió que hablara tan poco de él en su biografía.

Tuvimos una relación muy creativa, hacíamos películas, fotos, pintábamos, pero era una relación tempestuosa. Una tarde me confesó que se había enamorado de Lee Miller, su aprendiz. No pude contenerme y le tiré el plato de comida por la cabeza…

¿Fue su gran amor? 

Fue un gran amor, como también lo fue Henri [el periodista Henri Broca que acabó internado en un manicomio], pero André Laroque es a quien más he querido y quien más me ha ayudado. Si no fuera por él, me habría muerto en algún callejón.

Tuvo su propio cabaret, hizo giras por Europa, probó fortuna en Nueva York, los diarios se hacían eco de sus exposiciones; sin embargo, ha dicho: ‹‹Lo único que necesito es una cebolla, un poco de pan y una botella de vino tinto, y siempre encontraré a alguien que esté dispuesto a dármelo».

Nunca he necesitado ni la fama ni el dinero, solo un poco de alegría y el calor de la gente.

 

En 1953, Alice Prin se desplomó en la calle Brea de Montparnasse, seguramente por una enfermedad derivada del alcoholismo y la adicción a las drogas. Está enterrada en el cementerio de su querido barrio, su epitafio dice: ‹‹Kiki, 1901–1953, cantante, actriz, pintora, Reina de Montparnasse».

Cuento: Los cangrejos

Este cuento fue finalista en el V Certamen de narrativa Breve Canal Literatura en 2008 y se publicó por primera vez aquí.

 

crab-48162_1280Los alumnos de tercero repetían la rima inglesa mientras Florencia señalaba las palabras en la pizarra. A la izquierda del aula, tras la puerta con la mitad acristalada, se encontraban la directora del colegio con dos hombres vestidos de traje azul oscuro. Uno llevaba gafas de pasta y el otro, un bigote recortado. Cuando Florencia giró la cabeza desde la pizarra hacia los alumnos, alcanzó a ver a las dos figuras expectantes. No eran profesores. Dejó entonces de escuchar lo que repetían los alumnos y sólo vio el movimiento de los labios de todos los niños en una especie de vacío lunar.

La celda donde se encuentra Florencia es gris y fría con una ventana muy pequeña en el lado izquierdo, parece un respiradero. Cree que ya han pasado tres días, pero ha perdido la cuenta. No le dan ni agua ni comida. Le duele todo el cuerpo, ha intentado concentrase en cada miembro para conseguir determinar qué se le ha roto, qué ha dejado de funcionar, pero no puede hacerlo porque el dolor se ha generalizado. De un ojo ve sombras y del otro cree que ya no ve nada. Como tiene las manos atadas detrás de la silla, no puede tocarse la cara y palpar los daños infligidos. En el oído izquierdo tiene un zumbido incesante. Tiene la sensación de estar en una gran pecera donde existen sonidos confusos y colores borrosos. Está descalza pero no puede inclinarse para comprobar los pies que ya hace un par de horas que no siente. El dolor abdominal ha disminuido ligeramente. Está tan agotada que intenta dormir los pocos ratos que la dejan. En su somnolencia, oye abrirse la puerta.

—Me deberían haber llamado antes—. Es una voz de hombre distinta a las demás.

Poco a poco y con gran precaución intenta abrir los ojos. Cuando lo consigue, con uno semiabierto, inclina su cabeza y la gira hacia arriba para verlo mejor. Sólo intuye que es un hombre alto pero siente un olor fuerte a colonia fresca. Un perfume que le recuerda a su infancia, a las tardes en que su padre llegaba del despacho y la abrazaba. Ella hurgaba en sus bolsillos y siempre encontraba alguna golosina. El hombre permanece de pie delante de ella. Florencia siente algo similar a cuando les dijeron que su madre tenía cáncer. Su padre se quedó ahí parado en el medio de la sala, como un muñeco de trapo, pero no lloró, no lloró nunca, por lo menos delante de ella. Florencia no sabía lo que era cáncer y se imaginaba a un cangrejo devorando las entrañas de su madre porque había visto en el horóscopo de una revista el símbolo del signo del zodíaco. Cuando empeoró, pensó que no se trataba solamente de uno, sino de cientos de cangrejos, toda una colonia que la invadía paulatinamente. Le daba miedo tocarla por si saltaban fuera del cuerpo de su madre en un afán de conquistar otro cuerpo, joven y sano. Su padre, en cambio, pasaba muchas horas hablándole mientras la acariciaba: «¿Te acordás cuando fuimos a Mendoza y nos bañamos en el río? En el agua marrón que parecía un vaso de chocolate con leche. Vos estabas negra como el tizón, como te ponías cuando íbamos a la playa. Yo me ponía un poco colorado y después volvía a mi blanco natural». Su madre no contestaba porque hacía tiempo que la morfina la acunaba en un sueño profundo y aparentemente plácido. Sin embargo, el traqueteo de los cangrejos que devoraban su cuerpo no cesaba. Florencia lo sabía pero no quería desvelar el secreto a su padre para que siguiera hablando con ella y ahuyentara así a los cangrejos. Quería que su padre se los llevara muy lejos al igual que lo había hecho el flautista de Hamelín con las ratas en aquel cuento de sus lecturas nocturnas.

—Voy a examinarla— dice bajito el hombre perfumado.

El médico examina los ojos, los hombros, el abdomen, las piernas mientras que, por un instante, Florencia se olvida de donde está y se deja transportar a un jardín lleno de arbustos y flores, con la hortensia de la abuela al fondo y la palta que nunca dio frutos. Están todos comiendo un asado y ella, aún una niña, se lleva el pan con chorizo, sin que la vean, a uno de los rincones y lo comparte con el perro. Su madre también está allí, lleva ese vestido blanco de tirantes con flores azules que tanto le gustaba, bebiendo una copa de vino tinto; permanece atenta a la conversación de su padre que charla con el tío que acaba de llegar de viaje y que explica las diferencias entre la pizza argentina y la italiana. Después su padre la lleva al parque para enseñarle a montar en bicicleta. Tiene miedo pero como sabe que él está detrás sujetándola se siente segura. De repente se da la vuelta y lo ve lejos mientras la saluda con un movimiento de la mano y una amplia sonrisa casi de niño vergonzoso. Ya anda sola. La imagen del médico se cuela en su recuerdo. Desearía hablar con su padre y explicarle que Pablo y ella no querían que sufriera. Desde que desapareció Pablo pensó varias veces en llamarlo para contárselo, para explicarle que a ella le podía pasar algo similar. No lo hizo. No quería involucrarlo y, sobre todo, tenía miedo de su ira, miedo a que le dijera que él ya se lo había advertido, que eso no podía llevar a nada bueno, que los cambios no se hacían así, jugándose la vida sin posibilidades de ganar, que ella era lo único que le quedaba y que no podía perderla. Cómo desearía que su padre la salvara de todo esto, estar en la habitación de su casa mientras él le leía un cuento. Quiere borrar el momento en que se separaron, en que cada uno siguió por vidas tan dispares, en ese gran delta donde confluían y divergían las vidas de todos.

A Facundo lo habían llamado del cuartel a las dos de la mañana para examinar a una presa. Se había incorporado de la cama medio dormido y había permanecido así inclinado, con la cabeza gacha esperando a despertarse, se había mirado las manos, cubiertas ya de pequeña pecas, con las venas surcando la piel resquebrajada y el anillo de casado estrangulándole el dedo. Eran manos grandes que en ese momento le resultaban totalmente ajenas a su cuerpo. A su derecha había visto a Irene aparentemente dormida. Sabía perfectamente que la mitad del tiempo se hacía la dormida porque no podía afrontar la realidad que les quedaba por vivir. Prácticamente desde la muerte de su hijo Carlos que no se levantaba de la cama y pasaba el día atiborrada de pastillas.

Llegó al cuartel a las dos y media, y le explicaron que tenían una mujer en la sala de interrogaciones seis, llevaban unos tres días con ella y querían saber si podría aguantar. Se acercó a la sala muy lentamente como si llevara zapatillas de andar por casa, arrastrándolas por el pasillo. El policía de guardia le abrió la puerta. Ella estaba en el centro de la celda, atada a una silla. Facundo se sorprendió de que fuera una silla de colegio, de esas de madera verde, como la que tenía Carlitos en su cuarto cuando era chico. Era una mujer bonita, bastante alta, con una melena castaña que le llegaba casi a la cintura, su piel era muy morena. La habían golpeado bien, un ojo estaba semiabierto y violáceo y le había caído sangre de la nariz manchándole la camisa celeste que llevaba, había creado un pequeño Mar Rojo dentro de un océano azul. Se quedó unos instantes sólo mirándola y notó su miedo. Se preguntó si Carlos había sentido miedo cuando el camión se lo llevó por delante. Si sintió algo cuando su moto recorrió los cien metros hasta estrellarse en la mediana y se fracturó tantas partes del cuerpo que los médicos no pudieron ni contarlas. Cuando Irene y él fueron al hospital ya supo que estaba todo perdido. Irene rezó para que viviera. Él, que sabía que los daños eran irremediables, para que muriera. Carlos antes lleno de vida. Carlos con las manchas de chocolate con leche en la comisura de los labios y sentado en la mesa de la cocina mientras él se cebaba unos mates.

A pesar de la deformación producida por los golpes, ella lo mira fijamente, levantando la cabeza pero con los labios apretados, la mandíbula tensa. Intenta ocultar su soberbia natural, eso ya le ha ganado unos cuantos palos. El ojo que tiene peor no lo ha perdido aún. Parece tener una rotura de clavícula y fracturados dos dedos del pie. Facundo sabe que necesita atención médica, pero que no se la darán, no puede saber si hay derrame interno pero intuye que es bastante posible. Sabe que no dirá nada, que no intentará salvarla. Sólo desea que acabe esta pesadilla, que sea mañana, que ella esté muerta. Mira hacia abajo, respira hondo un par de veces hasta volver a encontrar un equilibrio. Entonces se esfuerza en recordar un trozo de su vida anterior, un trozo de aquella vida normal. Llevaba a Carlos al colegio y, al llegar, él le soltaba la mano y corría a encontrarse con sus amigos: «¡Chau, papi!». Se incorpora, recoge el maletín y se da media vuelta.

—Es una mujer fuerte, pero no aguantará mucho más.

Las palabras son como una metralleta que despierta a Florencia de su ensoñación. Tiene la confirmación que tanto temía, su padre no la ha perdonado y la abandona. Miles de cangrejos han conseguido al fin meterse en su cuerpo y la devoran allí mismo. Un grito profundo sube por el estómago y se apaga en la garganta. Recuerda su primer paseo en bicicleta, a sus padres antes de que llegaran los cangrejos y, en  la claridad de la cocina, finalmente está Pablo que la mira sonriente desde la silla mientras ella coloca el dibujo de un alumno en la puerta del frigorífico.

La máquina del tiempo: mujeres guerreras

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en julio de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

photo-of-queen-nzinga-of-angolaUno de los principales motivos de nuestro desconocimiento de las culturas del continente africano es que la tradición es principalmente oral y no escrita. Aun así, algunas mujeres han pasado a la historia por su valentía y singularidad gracias a los cronistas de la época. Una de estas mujeres es la reina Nzinga de Ndongo y Matamba (reinos que formaban parte de la actual República de Angola). Con la intención de contarles más detalles sobre su vida me subí a la máquina del tiempo hasta llegar al reino de Matamba en el año 1659.

Su alteza, acaba de firmar otro acuerdo de paz con Portugal, ¿cree que esta vez lo cumplirán?

No, no lo creo, pero parte de mi estrategia ha sido la negociación. Somos un pueblo pequeño que lucha contra una potencia marítima y la trata de esclavos. Se necesita negociar, resistir y atacar cuando sea necesario.

Usted pasó casi cuarenta años luchando por la soberanía de su pueblo. ¿Está abocado a la extinción el reino de Matamba?

Espero que no, aunque los portugueses consigan doblegarnos, resurgiremos. Un país no puede construirse sin su soberanía y sobre la base de la trata de esclavos.

En eso estoy de acuerdo. Igualmente, los portugueses la respetan más de lo que respetaron a su hermano. 

Mi medio hermano, yo sólo he tenido dos hermanas, Kifunji y Mukumbu. Él era una persona perezosa y caprichosa. Creía que por el hecho de ser rey, se cumplirían sus órdenes; lo cierto es que la diplomacia y la estrategia son las armas fundamentales para negociar con Portugal.

Dicen las malas lenguas que su hermano Mbandi no se suicidó en 1624, sino que usted lo envenenó. 

¿Eso dicen? Todos sabían que yo no quería a mi hermano; mandó a matar a mi hijo para evitar que le usurparan el trono. Cuando le exigí que luchara contra los portugueses, que habían incumplido el tratado de paz del 22, se deshizo en dudas y el pueblo pagó las consecuencias. Muchos deseaban su muerte.

Entonces, usted se convierte en reina, Ngola en la lengua kimbundu [de ahí proviene el nombre actual del país]. ¿Cuál ha sido el momento más difícil de su reinado?

Sin duda la pérdida de Ndongo en 1625, los portugueses colocan a un rey afín a su causa, una marioneta. No me queda más remedio que huir, buscar aliados y conquistar Matamba.

¿Se convierte al catolicismo para liberar a su hermana Mukumbu de los portugueses?

No, yo ya me había convertido en el 22 cuando fui embajadora de Mbandi en Luanda, mi madrina fue precisamente la mujer del gobernador Correia de Sousa, de ahí mi nombre cristiano: Ana de Sousa. Sí es cierto que volví al catolicismo para liberar a Mukumbu.

¿En la negociación que siguió a su alianza con los holandeses?

Sí, me había aliado a los holandeses, derrotamos a Portugal y volvimos a ocupar parte de nuestro territorio, pero los portugueses lo recuperaron un año más tarde, en 1648. Comprobé que tanto los portugueses como los holandeses sólo querían abrir rutas para la trata de esclavos y que no cumplirían ninguna alianza.

Además de utilizar la vía diplomática, se la conoce como una gran guerrera. ¿Lo aprendió de su padre el rey Kiluanje? 

Sí, de pequeña ya acompañaba a mi padre en las batallas. Aprendí a utilizar el arco y la flecha casi antes de saber caminar. Mi padre fue mi gran maestro en el arte de la guerra y de la diplomacia.

Además de practicar la poliandria, se dice que usted come carne humana. ¿Qué hay de cierto en ello?

No es mi carne favorita, pero debo comerla para mostrar mi fortaleza. ¿Quiere probarla? Hacemos un guiso exquisito.

Mejor que no, su alteza, no merezco tantos honores, soy una simple periodista. Le agradezco igualmente… 

 

La reina Nzinga muere en 1663 con 80 años. Su hermana Mukumbu la sucede como nueva Ngola de Matamba. En 1671 los portugueses pasaron a controlar parte de esta zona que no sería totalmente ocupada hasta el siglo XX. Nzinga continúa siendo en la Angola libre un símbolo de la lucha contra la esclavitud y por la independencia.