La máquina del tiempo: una mujer del futuro

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en diciembre de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

cityscape-919050_1280Esta es la última máquina del tiempo de este año y, en esta ocasión y por ese deseo de aventura que me suscitan las fiestas, me subí, como cada mes, a mi divertido artilugio, pero en lugar de ir al pasado y entrevistar a una mujer destacable, decidí girar la manivela y probar suerte en el futuro, más concretamente fui al año 2080. Aquí estoy de vuelta, así que ya ven que viví para contarlo. Solo podía estar en el futuro tres horas —cosas de la ciencia—, podría haberme paseado por la Barcelona del futuro, haber visitado la Sagrada Familia por fin terminada, pero entrevisté a la primera mujer que logré aceptara mi propuesta. No creyó que viniera del pasado, pero accedió a este reportaje.

Cuéntame cómo te llamas y a qué te dedicas.

Me llamo Graciela Castro y trabajo en la oficina de turismo virtual de Barcelona.

¿Turismo virtual? ¿En qué consiste?

Turistas de cualquier parte del mundo se ponen en contacto con nosotros, que somos el organismo oficial, y pueden visitar la ciudad desde allí donde estén con solo conectarse a nuestro sistema, no tienen que perder tiempo en transportarse. Es todo muy fácil y muy rápido. La experiencia puede durar una hora o tres días.

¿Tres días conectado para vivir otra experiencia?

Tres días en total. Se pueden conectar en el momento y el tiempo que quieran. No hay un límite. Pero muchos eligen dormir en su país y pasar el día visitando Barcelona, así aprovechan el tiempo.

¿Es una empresa privada? ¿Cómo funciona ahora una empresa?

Es una empresa multinacional que gestiona todo el turismo virtual de Europa, además de ofrecer otros servicios relacionados con el turismo. Yo trabajo desde mi casa y una vez al mes nos reunimos en Barcelona para comentar lo que va bien, lo que se debe cambiar. Es una organización horizontal, no vemos a los jefes, pero sabemos que existe una junta de accionistas que a final de año quiere ver beneficios.

¿Trabajas muchas horas?

Depende del día. Hay días que trabajo doce o trece horas porque quiero facturar más dinero, pero otros días quizás solo trabaje seis. Cobro al mes en función del tiempo invertido.

En mi época, se hablaba de que las mujeres se encontraban con un «techo de cristal», es decir, que no accedían a puestos de mando, solo a los intermedios. ¿Todavía es así?

Ha cambiado bastante. Hace tiempo se aprobó una ley que obligaba a las empresas a tener un número igual de hombres que de mujeres en altos cargos y a equiparar los salarios. Poco a poco, las empresas cumplieron, se evitaban las multas y obtenían ayudas. Ahora se ha flexibilizado la ley, pero los números continúan parejos.

Es que uno de los problemas para no acceder a estos puestos era, en parte, que la mujer solía estar a cargo de los hijos y esto dificultaba la organización de su tiempo. ¿Cómo es ahora la crianza de los hijos?

La mayoría de las mujeres congelamos los óvulos cuando tenemos unos veinticinco años. La decisión de ser madre se toma cuando creemos que es un buen momento en el trabajo o en lo personal, en función de tu proyecto vital. La maternidad suele ocurrir ahora entre los 35 y los 55 años, depende, pero se ajusta al calendario personal.

¿Qué modelo de familia existe? Si existe alguno…

La familia «tradicional» es muy poco frecuente. Algunas mujeres (u hombres) tienen a los hijos solas, otras en parejas, otras deciden vivir en una comunidad y hacer una crianza compartida.

¿Una comunidad en el campo? 

Sí, puede ser en el campo o puede ser en la ciudad. Muchas veces es en el campo o en una zona residencial porque las viviendas son más grandes. Se comparten los gastos y también el cuidado de los hijos. Mi idea, por ejemplo, es que trabajaré a distancia y compartiré la crianza en una comunidad. Otras personas deciden encargarle un hijo a una madre de alquiler que lo cría en los primeros años hasta que esa persona se pueda dedicar de pleno. Esto se está empezando a ver ahora.

¿Y las relaciones afectivas? ¿El sexo?

Casi todos tenemos un perfil creado en una aplicación a partir de nuestros gustos, actividades, parejas anteriores, profesión, ocio. Esta aplicación te propone a alguien en función de tu perfil para tener relaciones sexuales o para una relación sentimental, en general, virtuales. Así no perdemos tiempo…

Parece que todo se orienta al ahorro de tiempo ¿es así?

Puede que sí, aunque la esperanza de vida es de 107 años. Así que tenemos más tiempo que antes, pero también hacemos mucho más que antes: viajes, cursos, otras carreras (virtuales o presenciales) y conocemos a más personas fuera de nuestro entorno.

Me tengo que despedir de mi nueva amiga porque se me acaba el tiempo. Me costaría adaptarme al mundo de Graciela, pero reconozco que estaba tan alegre y jovial en nuestro encuentro, que no puede ser mala señal.

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La máquina del tiempo: mujeres primatólogas

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en julio de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

gorilaExisten tres eminencias en el estudio de los primates: Jane Goodall, especialista en chimpancés, Biruté Galdikas, en orangutanes, y la ya fallecida Dian Fossey, en los gorilas de las montañas. Dian adquirió fama mundial gracias a su libro “Gorilas en la niebla”, más tarde llevado al cine con Sigourney Weaver en el papel protagónico. Aprovechando que visitaba a los gorilas en Biwindi (la parte del parque natural que pertenece a Uganda), decidí subirme a mi máquina del tiempo y entrevistarla. 

Dian, es un honor conocerla. Sus estudios en este campo han hecho posible que no se extinguieran los gorilas a finales del SXX como se vaticinaba y que la población crezca. ¿Cómo nace esta pasión por los gorilas?

Me alegra saberlo teniendo en cuenta que la población disminuía de forma dramática cuando me trasladé a Ruanda. Mi pasión comenzó cuando leí los libros del zoólogo George Schaller sobre los gorilas. En 1963, decidí pedir un préstamo y recorrer varios países de África para ver la fauna salvaje. Regresé a Estados Unidos, pero supe que tenía que volver.

Usted era terapeuta ocupacional, trabajaba con niños autistas, pero el conocido antropólogo Louis Leakey le consigue una ayuda de la fundación Wilkie para estudiar a los gorilas en Congo. ¿Cómo lo consigue sin tener experiencia?

Se dieron varios factores: no había muchas personas dispuestas a dejarlo todo, adentrarse en la selva en condiciones realmente difíciles y pasarse varios años observando gorilas; además, el doctor Leakey pensaba que una mujer tenía una serie de características que facilitaba esta labor (así había ocurrido con Jane en Tanzania), y, finalmente, mi entusiasmo y perseverancia no le dejaron alternativa.

¿Es cierto que se quitó el apéndice para poder ir? 

Sí. Leakey me lo pidió para ponerme a prueba, pero yo le creí… ahí se dio cuenta de que yo iba en serio.

Una vez en Kabara, sola y sin experiencia, ¿cómo comienza el estudio?

Con la ayuda inicial de Alan y Joan Roots, una pareja de fotógrafos que había conocido en mi primera visita a los gorilas, y de Sanwekwe, un rastreador experto, gracias a quien conocí los primeros tres grupos de gorilas; más adelante yo misma formaba al personal.

Se produce una crisis interna en Congo y la detienen dos semanas. En su libro explica que huyó gracias a su Land Rover y al huevo de una de sus gallinas…

Mentí diciendo que tenía dinero en Uganda para registrar mi Land Rover en Congo y cuando hice tantos aspavientos con el primer huevo de una de mis gallinas pensaron que estaba loca y me dejaron pasar la frontera; huí al hotel de Walter Baumgärtel quien me protegió.

La han tratado de loca, de bruja, de racista, de persona difícil…

He luchado con las armas a mi alcance para poner en práctica una conservación activa (en contraposición a una teórica), es decir, educar a la población local y facilitar que tengan una vida digna, organizar un turismo muy controlado y patrullar de forma constante el parque para detener a los cazadores furtivos.

Tras su detención se trasladó a Ruanda donde crea el centro de investigación de gorilas de montaña Karisoke.

Lo que hice fue cruzar la frontera y establecerme en Virunga donde estudié a cinco grupos de gorilas, sus relaciones familiares, comportamiento, vocalizaciones, etc. También descubrí los principales problemas para su supervivencia: los cazadores furtivos, la invasión de sus tierras, una administración sin formación…

En su libro explica la estrecha relación que estableció con muchos de los gorilas. Algunos estudiantes y visitantes de Karisoke la acusan de preferir a los animales antes que a las personas. 

No todos los que quieren estudiar la vida animal están preparados para pasar las incomodidades, aislamiento y dedicación necesarios. Yo siempre me sentí como en casa, pero he visto a muchas estudiantes y asistentes que no se adaptaron a este tipo de vida…

De su relación con tantos gorilas: Digit, Coco, Pucker, Uncle Bert, Simba… ¿qué es lo que más le ha impactado de este animal?

Cada hora con los gorilas me producía una inmensa satisfacción. Pero todavía recuerdo la primera mirada de aceptación de Peanuts -2 años más tarde me dio la mano-, ver crecer a Digit hasta convertirse en un imponente espalda plateada, ayudar a que Coco y Pucker sobrevivieran. Me fascinaba los intensos lazos familiares en los grupos, la protección de sus crías hasta incluso morir para salvarlas.

Dian, si le dijera que su vida corre peligro en estas montañas, ¿se iría?

Sé que soy una persona incómoda, pero no me iría nunca…

Dian Fossey pasó sus últimos 18 años en Karisoke estudiando a los gorilas y luchando para su conservación. El 26 de diciembre de 1985 alguien entró en su cabaña y la asesinó con un machete. Las exactas circunstancias de su asesinato no se han esclarecido aún. Está enterrada junto a aquellos gorilas que perdieron la vida a manos de cazadores furtivos.  

La máquina del tiempo: mujeres libertadoras

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en junio de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

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No ando muy errada si digo que todos, en América y Europa, sabemos quién fue Simón Bolívar, pero pocos, y me incluyo en este grupo selecto, sabemos quién fue Manuela Sáenz. Una mujer clave en la gesta libertadora no solo por ser amante de Bolívar, sino por un derecho ganado, con creces, en la contienda. Hoy, en nuestra máquina del tiempo, viajamos a Paita, Perú, en 1854 para que ella nos hable de su vida. 
Me parece, desde que escribo esta columna, que el hecho de ser hija ilegítima ayuda a algunas mujeres a ser más libres. ¿Me equivoco?
Yo crecí siendo la diferente, y eso ya te acostumbra a serlo siempre y a luchar contra la injusticia. Mi madre, Joaquina Aizpuru, pertenecía a una familia bien de Ecuador que la rechazó al saber de su embarazo y, a mí, me mandaron al convento de la Concepción. Sabía que Simón Sáenz de Vergara era mi padre, pero viví con él más tarde, ya muerta mi madre. Entonces, me presentó a su familia legítima y se aseguró de que yo tuviera una buena educación. 
Su padre la casa con un comerciante inglés, James Thorne, 27 años mayor que usted.
Sí, yo tenía 19. Mi padre me lo propuso y me sedujo la idea de ser una aristócrata en Lima, pero James era formal, rígido, dejaba poco a la improvisación.
¿Por eso abraza la causa libertadora?
No, yo leía mucho y me interesé por los ideales libertarios, por la conciencia americana. Fue un momento de lucha, difícil, pero también inspirador. Además, gran parte de la sociedad limeña apoyaba a los rebeldes. Me hice muy amiga de Rosa Campuzano [informadora y amante de San Martín] y convencí a mi hermano militar, José María Sáenz, para cambiar de bando. Me involucré por completo.
Y San Martín las condecora con la Orden del Sol, pero ¿cómo conoce a Simón Bolívar? 
Volví a Quito para reclamar parte de mi herencia materna, ya formaba parte del círculo independentista, y coincidí con la entrada triunfal del General. Cuando pasó bajo nuestro balcón, arrojé una corona de laurel que le dio de lleno. Entonces, sorprendido, miró al balcón y me saludó. Más tarde, nos vimos en el baile en su honor y no nos separamos más.
Nunca vuelve con Thorne, aunque él se lo pide, y sigue con Bolívar durante ocho años.
Perseguía mis ideales y Simón luchaba por ellos. No estaba dispuesta a dejar la causa libertadora o al General por una convención social. Muchos pensaron que yo sería una más en la larga lista de amantes. No me conocían. 
Hasta le salva la vida.
Yo participé activamente en la contienda, conservé el archivo de Simón, lideré tropas, atendí a los enfermos. Alcancé el grado de Coronela por mi contribución en la batalla de Ayacucho. Y, además, le salvé la vida varias veces. La más significativa fue cuando me enteré de que querían matarlo en Bogotá; entonces, me fui al palacio, lo desperté, le di un arma y le obligué a saltar por la ventana, mientras yo me quedé para hacer frente a los conspiradores hasta que se reagrupó el ejército y pasó el peligro.
Bolívar cae en desgracia y de camino al exilio, muere. 
Su sueño de crear una única república americana se complica por intereses locales de una minoría poderosa. Su influencia menguó tanto que renunció y se marchó. Estaba, además, enfermo. Después, también yo tengo que huir por ser fiel a su ideología. Intenté volver a Quito, pero lo más cerca que he llegado es aquí.
¿Y a qué se dedica ahora?
Vendo tabaco y dulces. Le va a hacer gracia, pero ahora la educación que me dio mi padre y mi matrimonio con James, me ayudan. En este puerto ballenero, utilizo el francés y el inglés como intérprete, y recibo a muchas personas que me visitan para saber más sobre la independencia y el Libertador.
Cuando murió su marido inglés, Manuela sólo cobró la parte de la herencia que correspondía a su dote, renunció al resto por ser coherente con sus ideas. Se dice que Manuela Sáenz murió a los 59 años durante una epidemia de difteria. Nunca volvió a Ecuador.

La máquina del tiempo: mujeres artistas

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en mayo de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

suzanne-valadon-1865-1938-self-portrait-with-her-family-c-1910-valdon-son-maurice-utrillo-1883-1955-husband-andre-utter-1886-1948-and-utters-motherEl fin de semana fui a visitar la Colección Phillips instalada temporalmente en Barcelona. Esta colección reúne sesenta obras de artistas del SXX entre las que se incluye la del pintor francés Maurice Utrillo, hijo de la gran artista Suzanne Valadon. Suzanne fue una reconocida pintora de la belle époque que, sin embargo, cayó posteriormente en un cierto olvido. Por eso y sin dudarlo, decidí subirme allí mismo a mi máquina del tiempo para hacerle esta entrevista. 
Nace en Bessines, un pueblo cerca de París, en 1865. Sus comienzos son más que humildes y, sin embargo, se convierte en una pintora excepcional. 
Sí, yo soy hija natural. De hecho, mi madre, Madelaine, era costurera, lavandera, servía. Nunca supe quién fue mi padre. Con cinco años, nos trasladamos a Montmartre. Un barrio que vivía una transformación artística; estaba en ebullición total. Tuve mil oficios —incluso trabajé de acróbata en el circo, pero un accidente me obligó a dejarlo— hasta que el pintor Pierre Puvis me propone ser modelo para sus cuadros.
Y se convierte en modelo y amante de Renoir; Toulouse Lautrec; Erik Satie le pide que se case con él… Montmartre se rinde a sus pies.
¡Es que era tan joven! Pero a mí siempre me había gustado la pintura, así que no solo posaba, sino que observaba la técnica y después la copiaba en casa. Aprendí rápido de Lautrec que era una persona extremadamente generosa, él me presentó al maestro Degas quien me animó a que siguiera pintando. “Eres una de los nuestros”, me dijo. El mejor día de mi vida. Fuimos grandes amigos, le debo muchísimo. ¡Ay, Erik! Era demasiado celoso, tuve que rechazarlo.
A los 18 años tiene un hijo natural, Maurice, que luego fue reconocido por Miquel Utrillo. Sigue pintando…
Sí, mi madre me ayudó a cuidar a Maurice y Miquel lo reconoció algo más tarde. Yo posaba y pintaba sin parar. Se me criticaba porque no intentaba idealizar la figura humana, sino que pintaba cuerpos desnudos, tanto de mujeres como de hombres, en posturas naturales. Era poco habitual.
Aun así, en 1894, se convierte en la primera mujer que expone en la Société Nationale des Beaux Arts. Todo un hito. 
Por entonces ya había comenzado a pintar con óleos y el maestro Degas me animó a presentarme. Increíblemente me aceptaron.
La estabilidad económica viene de la mano de su casamiento con Paul Maussis que era un rico financiero. ¿Aumenta su producción?
No sé si aumenta, pero consigo pintar con más tranquilidad. Nos trasladamos al campo con Maurice, aunque él nunca se adaptó. Volvió a París, sus problemas mentales continuaron y comenzó a beber en exceso. Para que dejara esa etapa destructiva, lo animé a que pintara.
Se la ha acusado de haberlo explotado para ganar dinero. ¿Qué hay de cierto en ello?
Nada. Siempre alenté a Maurice a pintar porque se encontraba mejor así. Sin proyecto, se emborrachaba hasta perderse. A veces, alguien llamaba al timbre para traerlo porque se lo habían encontrado tirado en la calle. La pintura lo salvaba. Además, yo ya había triunfado como pintora cuando él empezó. 
Usted se divorcia de Maussis y se va a vivir con el mejor amigo de su hijo, André Utter, que era 20 años más joven. Un escándalo. 
Yo venía de tan abajo que la burguesía no esperaba menos de mí [Se ríe]. Fue Paul [Maussis] el que me pide el divorcio cuando ya no soporta la relación con André que yo nunca oculté. André vendía tanto los cuadros de Maurice como los míos. Estuvimos más de catorce años juntos y conseguimos volver a vivir bien.
Pero finalmente las relaciones en ese triángulo se deterioran…
Mi hijo se casa y se va de casa, aunque nunca consiguió recuperarse. André siguió su vida, y es que nuestra diferencia de edad así lo exigía. Yo me sentía afortunada siempre que pudiera vivir pintando. Y lo logré.

 

En 1938, Suzanne sufre un ictus mientras pinta y muere horas más tarde. Aunque su hijo la eclipsa como artista, existe un renovado interés en su obra caracterizada por su originalidad y fuerza, un claro reflejo de su personalidad y de su vida.

La máquina del tiempo: mujeres deportistas

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en abril de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

portrait Anne LondonderryEl viaje de hoy nos lleva al Nueva York del SXIX. Si esta mujer hubiese tenido una máquina del tiempo, como la nuestra, sin lugar a dudas habría visitado otros planetas. Annie Londonderry nacida en Riga (Letonia) en 1870 no conocía la palabra imposible y en 1894 se embarcó en la aventura de dar la vuelta al mundo en una bicicleta. Pero será mejor que nos lo cuente ella misma que para eso se ganó la vida también como periodista. 
Su verdadero nombre es Anna Cohen Kopchovsky. ¿Cómo llega a EE. UU.?
Tengo varias versiones, pero le voy a contar la que más se acerca a la realidad [Se ríe]. Mi familia era judía y, en Latvia, ser judío significaba vivir en un gueto y ser perseguido. Así que, cuando yo era una niña, la familia decide emigrar a Boston como ya habían hecho mis tíos y muchos otros, entre ellos la familia de mi marido Max (Kopchovsky). 
Y se casan…
Sí, me casé al cumplir los 18. Tuvimos tres hijos en los siguientes cuatros años. Cuando decidí dar la vuelta al mundo, tenía 23 años y tres hijos menores de seis años (5, 3 y 2) y aún así no lo dudé.
¿Y cómo se convierte en Annie Londonderry?
Escuché a dos miembros de nuestro club de Boston diciendo que la epopeya de Thomas Stevens, quien había dado la vuelta al mundo en bicicleta hacía diez años, sólo era posible si eras un hombre. Ellos defendían que ahí se apreciaba su superioridad y que una mujer jamás podría hacerlo sola. Yo me opuse con vehemencia. La discusión dio como resultado una apuesta de 10 mil dólares: dar la vuelta al mundo en bicicleta en 15 meses y recaudar, al mismo tiempo, 5 mil dólares. Mi primer sponsor fue la empresa de agua Londonderry Lithia. Por eso, me cambié el nombre.
Pero usted no había andado antes en bicicleta…
No, era algo nuevo, pero que cambiaría la forma de vida de las mujeres. Nos daría la libertad de ir adonde quisiéramos. Al principio del viaje, casi desisto porque la primera bicicleta pesaba 20 kg. Así es que decidí cambiarla por una de hombre y, en lugar de esos vestidos tan incómodos, me puse unos pantalones bombachos que me dejaban pedalear cómodamente. 
En plena época victoriana, deja a su familia en Boston, inicia un viaje sola, se viste como un hombre ¿la habrán criticado?
[Se ríe] Sí, imagino que me habrán criticado. La mujer victoriana debía quedarse en casa y ser muy discreta. Lo contrario de lo que hice durante mi viaje. Mi marido lo vio como una inversión en nuestro futuro porque el evento iba a generar mucha publicidad y, en consecuencia, dinero. Así que me dio una pistola para protegerme. Max era muy práctico. 
En ese momento comenzaba la lucha por el voto femenino ¿era miembro de algún movimiento?
No, pero sí que estoy convencida de que las mujeres podemos hacer lo mismo que los hombres. En este sentido, y siempre lo digo, me siento una representante de la «nueva mujer».
La acusan de haber dado la vuelta al mundo más «con» que «en» bicicleta.
Bueno, siempre que haces algo de envergadura, habrá alguien que lo cuestione. Era obvio que parte del trayecto tenía que ser por mar. Por eso fui de Marsella hasta Singapur en barco, al recalar en los puertos sí hacía todos los trayectos en la bicicleta porque debía conseguir la firma del embajador para demostrar que había llegado hasta allí. Lo que le aseguro es que ninguna mujer hasta entonces había viajado así y casi ningún hombre, claro.
Y daba charlas para recaudar el dinero…
Sí, daba charlas, escribía crónicas, vendía mis fotos, llevaba pancartas de empresas en la bicicleta. Todo lo que se me ocurría para llegar a Boston. Y lo logré en quince meses justos. Gané la apuesta.
¿Qué sintió al llegar?
Me sentí con una fuerza casi sobrehumana. Pensé: «Annie, no hay nada que no puedas hacer».
Annie Londonderry se convirtió en una mujer célebre y se trasladó con su familia a Nueva York donde inició su carrera como periodista.

La máquina del tiempo: mujeres intérpretes

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en marzo de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.
La malincheIntérprete es la persona que explica a otras, en lengua que entienden, lo dicho en una lengua que les es desconocida. Es decir, por medio oral y no escrito (que es el traductor). Estamos a principios del SXVI, son tiempos de la conquista y Hernán Cortés ha llegado a lo que conocemos hoy como México. ¡Dios nos pille confesados! (literalmente). Pero, ¿cómo se comunica Cortés con los habitantes de América? En esta máquina se los contamos. 
¿Malinche, Malintzin, Malinalli o Doña Marina? Una mujer intérprete y en esas fechas. ¿Cómo aprende el español o castellano?
Malintzin, es mi nombre. ¡Qué difícil de resumir! Yo era esclava del cacique maya Tabscoob, pero mi lengua materna era el náhuatl. Cuando Hernán Cortés triunfa en la Batalla de Centla, los caciques nos dan a otras diecinueve mujeres y a mí como regalo a los españoles. Cortés me entrega a Alonso Hernández Portacarrero que era pariente suyo. Entonces, me bautizan como Marina. 
¿Y cómo se convierte en la intérprete oficial del ejército español?
De allí nos trasladamos hacia el interior y cuando llegaron los embajadores de Moctezuma, Jerónimo Aguilar que había sido el intérprete hasta entonces, no entendía la lengua de los aztecas: el náhuatl. La única que la hablaba allí era yo. En un principio, Hernán hablaba con Jerónimo en español; Jerónimo, conmigo en maya, y yo, en náhuatl con los embajadores.
Y la relación con el conquistador se estrecha…
Como aprendo rápidamente el español, Cortés se da cuenta de que yo le serviría no sólo como intérprete del náhuatl sino de nuestra cultura. Le ayudé a comprender nuestra forma de relacionarnos y de negociar; a cambio, me prometió favores y la libertad. Los españoles no traían a sus mujeres, así es que nosotras nos convertíamos en sus esclavas en todo, en la cama también. Era así, ni lo cuestionábamos.
Pero usted tenía un talento natural para las lenguas porque no existían las clases…
¿Clases? No, no. Me di cuenta con la práctica que yo comprendía en unas semanas lo que otros tardaban meses. Mi familia era una familia noble, así es que yo tenía una formación más completa que mis compañeros. Además, tenía buen oído y, sobre todo, necesitaba o anhelaba mejorar mi situación.
¿Cuándo acaba su labor de intérprete y su relación con Cortés?
Cortés conquista Tenochitlán y controla el territorio dominado por los aztecas. Tuvimos un hijo, Martín, pero no me lo dejaron. Lo enviaron a España. Cuando Hernán enviudó de su mujer, Catalina, no se casó conmigo sino que me organizó un casamiento con Juan Jaramillo y, tal como me había prometido, me dio la libertad.
¿Sabe que en la actualidad la palabra «malinche» se asocia con alguien que traiciona a su pueblo?
¡Qué curioso! Cortés recibió el apoyo de muchos otros, como los totonacas, tlaxcaltecas y otomíes que querían sublevarse contra Moctezuma porque ignoraban que los españoles se convertirán en sus dominadores y los apoyaron. Yo sólo era la intérprete. Nosotros creímos, al principio, que Cortés era  el dios Quetzalcoátl, pero, luego, nos dimos cuenta de que no…
¿Qué le sorprendía de esta cultura que conoció tan de cerca?
Me llamaba la atención que hablaban mucho, mucho más que nosotros. En las charlas de Hernán Cortés con Monctezuma sobre su religión yo tenía que resumir para no causar una mala impresión. Además, nos explicaban cómo era el camino correcto que les había marcado su dios, nos bautizaban, pero, en realidad, ellos mismos no seguían estas leyes, que eran muy estrictas. Pienso que tenían muchas contradicciones y máscaras. ¿Esto sigue así?
Sí, creo que, en el fondo, sigue así. Cuando hay guerras e invasiones, tampoco se trata mucho mejor a las mujeres que en su tiempo, Malintzin. Y, a veces, cuando existe una crisis política también culpan al intérprete o al traductor. Pero la esclavitud… mejor me callo.

La máquina del tiempo: mujeres inventoras

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en febrero de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

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Hoy nos vamos en la máquina del tiempo a visitar a Josephine Garis-Cochrane. Es el año 1912, Josephine ya ha patentado su gran invento: el lavaplatos. Nos recibe en el estudio de su casa en Shelbyville (Illinois). En el cobertizo del jardín trasero de esta casa victoriana es donde se construyó el primer modelo.
Háblenos de su infancia para comprender cómo se convirtió en inventora. ¿Estudió mecánica?
Solo estudié la escuela secundaria. Mi madre murió cuando era una niña así que mi padre me envió a un colegio en Indiana y, luego, a casa de mi tía aquí. Me casé con 19. Mi padre, John Garis, sí era un ingeniero de Chicago que inventó una bomba hidráulica para drenar ciénagas. También, mi bisabuelo materno, John Fitch, había patentado un diseño de barco de vapor. No me era del todo ajeno.
Se casa en 1858 con William A. Cochran, ¿cómo influye él en su carrera?
En realidad, su influencia es indirecta. William era comerciante, tenía una tienda de tejidos muy próspera pero, además, le interesaba la política. Era una persona muy vital, afable y le gustaba recibir en casa. Así que siempre organizábamos cenas y fiestas para ayudarlo en su negocio y carrera política.
¿Es en estas recepciones cuando se da cuenta de la necesidad de crear una máquina que lave la vajilla?
Como le decía, recibíamos invitados con mucha frecuencia. Yo tenía una vajilla de porcelana china del SXVII que había heredado de mi madre. Pero iba perdiendo piezas a manos del servicio. Llegó un momento en que, para evitar perder más, decidí encargarme personalmente de esta tarea. Pero, además, me di cuenta de las horas que nos pasábamos, las mujeres, lavando platos. ¿Cómo era posible que nadie hubiese inventado una máquina? Si se había inventado la de coser y la de cortar el césped. Mi padre decía que lo mejor ante un problema era tomar un lápiz y un papel, y pensar. Eso hice.
Pero no tenía conocimientos de mecánica ¿cómo hizo el prototipo?
Primero, la lógica y, luego hablé con varios mecánicos que intentaron cambiar mi diseño sin éxito. Hasta que di con George [Butters], un mecánico del ferrocarril. Siguió mis instrucciones al pie de la letra: una caja con compartimentos de alambre para los platos y las tazas que se colocaba en una rueda de madera conectada a una caldera que lanzaba un chorro de agua caliente y jabón. 
Pero Joel Houghton había patentado una máquina similar…
Sí, lo descubrí cuando fui a patentar la nuestra. La de Houghton era manual y no había acabado de funcionar. Yo recibí la patente el 28 de diciembre de 1886 como una mejora a ese modelo.
¿Y cómo comercializa su invento? Imagino que no era fácil para una mujer vender…
Mi marido había muerto hacía tres años y me dejó deudas. Así que mi máquina y su comercialización se convirtieron en una necesidad. Recuerdo el día que fui al Hotel Sherman House de Chicago y pedí hablar con el encargado. Nunca había estado en un hotel sin mi marido. Cruzar la recepción ¡una mujer en un hotel para vender una máquina nueva! Era impensable… Pensé que me desmayaría, pero avancé con paso firme. Mi premio fue un pedido.
¿Qué supuso presentar su producto en la Exposición Universal de Chicago en 1893?
Un gran paso porque varios hoteles usaron mi máquina durante la exposición y, además, gané varios premios con lo que pude abrir una fábrica para producir más modelos que distribuimos en hospitales, colegios, universidades…
Pero no se comercializó en los hogares.
El principal problema para la distribución en masa eran los sistemas de tuberías. Solo lo compraban instituciones o familias con buenos ingresos que tenían casas bien equipadas. Además, el coste de cada aparato era alto porque era una producción completamente manual.
Josephine siguió dirigiendo la compañía hasta su muerte con sesenta y cuatro años. Hobart Manufacturing la adquirió y vendió el producto bajo la marca KitchenAid que ahora pertenece a Whirlpool. Los lavaplatos se comercializaron en masa en Estados Unidos a partir de 1950 con un diseño basado en el de Cochrane.

Ansiedad… de tenerte en mis brazos

Este artículo se publicó (impreso) en el periódico El Observador Prensa Libre en julio de 2015. Ahora, se puede leer en línea aquí y en este blog.

prison-451445_1920Lyle Mitchell, de 49 años, está casado con Joyce, de 51, y tiene un hijo adolescente: Tobias. La feliz pareja vive en Dickinson, un pueblo al norte del estado de Nova York, y trabaja en los talleres de formación de la prisión de máxima seguridad Clinton en Dannemora.

Lyle y Tillie, como se la conoce en su círculo íntimo, pasan juntos casi todo el tiempo. Se levantan a las siete de la mañana, mientras que los hombres toman cereales y zumo de naranja, Joyce se sirve un café con sacarina; está a dieta aunque no logra controlar su sobrepeso. Se propone hacer ejercicio cada día pero lo posterga. Tobey tiene registro pero no auto así que sus padres lo llevan hasta el instituto St. Regis Falls y luego recorren los 85 km hasta el correccional. Una vez por semana, al volver del trabajo se detienen en el supermercado que queda junto a la autopista; los otros días van directos a casa, preparan la cena y se sientan frente al televisor. Tobey —que es hincha del Real Madrid— juega al fútbol y vuelve tarde de los entrenamientos. Lyle y su hijo son voluntarios en el cuerpo de bomberos de la localidad. Los viernes se reúnen con los compañeros. Joyce siempre prepara un sabroso plato para llevar a los encuentros.
El 5 de junio todo cambia en la vida de la familia Mitchell. No acuden al centro de voluntarios, sino que Lyle lleva a su mujer al servicio de urgencias porque esta se queja de un fuerte dolor en el pecho. El médico la examina y le dice que es un ataque de ansiedad. Le recetan tomar Xanax dos veces al día. Lyle atribuye los problemas de salud al trabajo y le sugiere que den un paseo por el río Deer. Tillie prefiere descansar. La medicación la deja exhausta y un poco grogui, dice.
Mientras su mujer duerme, Lyle se sienta a mirar la televisión y contempla perplejo las noticias. Richard Matt y David Sweat se han fugado de la prisión donde trabajan los Mitchell siguiendo un plan que parece sacado de una película de Hollywood. Lyle los conoce desde que ingresaron por asesinato hace más de diez años; cumplían una condena de cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional. Matt había secuestrado, matado y descuartizado a su exjefe y, más tarde, había acuchillado a un hombre en México. Sweat, había disparado 22 veces contra un policía y, luego, lo había arrollado con su vehículo. En la cárcel, los dos presos se habían hecho amigos. Al parecer esa misma madrugada y valiéndose de herramientas eléctricas, los presos cortaron la pared metálica hasta llegar al intrincado sistema de tuberías de la prisión, perforaron una cañería y recorrieron unos 20 metros hasta salir al exterior por una boca de alcantarillado. Los funcionarios no notaron su ausencia de inmediato porque los hombres colocaron a dos muñecos cubiertos con una manta en su lugar.
Los días que siguen a la fuga son una auténtica locura. La prisión se cierra a cal y canto, ningún preso puede salir de permiso ni ser visitado. La búsqueda reúne a más de 1000 agentes que rastrean toda la zona. Los vecinos, que hasta entonces ni cerraban la puerta con llave, tienen miedo y se atrincheran. Si todavía no tienen armas, las compran.
El 10 de junio tocan el timbre de los Mitchell, la policía busca a Joyce para interrogarla en conexión al caso. Se sospecha que, tras iniciar una relación romántica con los presos, fue ella quien los ayudó a escapar y quien debía esperarlos a la salida con un auto. Pero nunca acudió a la cita, de ahí su ataque de pánico. Lyle contempla atónito a su mujer, la mira pero ve cómo no opone resistencia, no dice: «¿Qué está pasando? ¡Yo no tengo nada que ver!», sino que agacha la cabeza y camina como si hubiese envejecido diez años en tan solo un instante. 
Joyce está detenida en espera de juicio. Richard Matt fue abatido la madrugada del 26 de junio en una zona boscosa cerca de la zona. David Sweat fue detenido en la frontera con Canadá dos días más tarde.
Aunque su mujer le confesó que lo sigue queriendo y que hizo todo para protegerlo, víctima de una supuesta extorsión, Lyle no cree que pueda volver a confiar en ella.

El pequeño Wang de Nantong

Este artículo se publicó (impreso) en el periódico El Observador Prensa Libre en marzo de 2015. Ahora, se puede leer en línea aquí y en este blog.

roast-801916_1920Este mes les traigo una historia nada más y nada menos que de la China. Hace un par de años que trabajo para una empresa del país asiático y creo conocer ciertas peculiaridades que, a veces, me inquietan. Una de ellas es la relación jerárquica que se establece entre todos los trabajadores. El poder, es decir el cargo dentro de la empresa, ejerce una gran influencia en la reputación y las relaciones personales. Incluso aquellas personas con cargos directivos se consideran también más atractivas físicamente y, de alguna forma, se las venera. Si ese poder lo ostenta el gobierno y desde allí lanza consignas sobre cómo debe comportarse la población, el resultado puede ser una noticia como la aparecida en el diario británico The Telegraph el 3 de febrero pasado. 

El joven Wang, de 19 años, vive en la ciudad de Nantong, situada a orillas del Yangtzee. La proximidad al río le brinda un clima benigno durante todo el año. Aunque tiene más de siete millones de habitantes, la vida allí es apacible y próspera. Wang está cursando Ciencias de la Información en la Universidad de Nantong donde se le vaticina un futuro brillante. Wang es aplicado pero los profesores ignoran que es un adicto a internet. Siempre que puede se sienta frente al ordenador y juega solo o con otros adictos como él. Ha engordado diez kilos en el último año. Su madre está preocupada porque ya no sale con Jie, su mejor amigo y, además, se relaciona cada vez menos con ella. Desde que murió el padre de Wang, han estado muy unidos. Antes, todos los domingos, iban a pasear por el río Hao o por los jardines Shuihuiyuang pero ahora él prefiere encerrarse en su habitación y elegir un juego de Zhengtu. Sólo sale para entrar furtivamente en la cocina, llevarse lo que su madre haya preparado y comerlo sentado frente a la pantalla.
La noche del 28 de enero, sin embargo, todo cambia. Su madre va a su habitación a darle las buenas noches pero no hay nadie. En su lugar, sobre la cama hay una nota que dice: Mamá, tengo que ir al hospital por un tiempo. No te preocupes. Seguro que estaré de vuelta esta noche. ¿Al hospital? Si lo ha visto aquella tarde y no parecía sufrir ninguna enfermedad. Y no sólo eso, sino que, además, le pareció más alegre que de costumbre. Duda entre llamar a todos los hospitales de la zona preguntando por su hijo o esperarlo hasta que llegue. Presa del pánico, corre a casa de su vecina.
El joven Wang sale de su casa a eso de las siete de la tarde cuando la ciudad ya está oscura. Antes de marchar, entra en la cocina, pero esta vez no para buscar comida sino para llevarse un cuchillo grande con el que su madre trocea el pollo. Camina un largo rato hacia el parque Wenfeng y, una vez allí, se sienta en un banco algo nervioso. Pero la decisión está tomada. Sabe que es un adicto y, por tanto, una vergüenza para su familia y su patria. Esta adicción debe arrancarse de raíz como dicen los líderes del país. Su madre nunca podría costearla los seis meses necesarios para curarse en un campamento militar. Entonces, se arma de valor, saca el cuchillo que trae en la mochila, coloca la mano derecha sobre el banco y con la otra levanta el cuchillo y le asesta un golpe que la corta de cuajo. Ve la mano que mueve los dedos sobre el césped justo debajo del banco manchado de sangre. Está algo aturdido pero no siente dolor, entonces marca con la izquierda en el celular, que ha dejado sobre el banco, el número del hospital y pide un taxi que lo lleve a las urgencias del hospital más próximo.
Los médicos consiguieron volver a pegarle la mano a Wang aunque dicen que ya no volverá a utilizarla con normalidad. ¿Se habrá curado de su adicción? ¿Tendrá un futuro laboral brillante sin el uso de las dos manos? Su madre acosada por la prensa no sabe cómo explicar lo que llevó a su hijo a mutilarse y sólo puede repetir: No entiendo. Es un chico tan inteligente.

El atraco

 Este artículo se publicó (impreso) en el periódico El Observador Prensa Libre y, un mes más tarde, se puede leer en línea aquí y en este blog.

El atraco 

pistol-29549_1280En esta nueva sección del periódico que se estrena con este año 2015, les quiero contar historias reales perdidas entre las páginas de una revista o de un diario y que son, como dicen en inglés, «más extrañas que la ficción». Historias que de ser encontradas en una novela o un cuento seguramente se catalogarían de «poco creíbles». 
Quizás porque desde chica intenté maquillar detalles de mi historia familiar porque nadie creería la verdad –mi realidad superaba o, al menos, se igualaba con el realismo mágico de una novela de García Márquez‑, estas noticias siempre me han atraído. De hecho, me sorprende cuando alguien dice de una ficción: «¡Eso no es posible!» Realmente lo único que suele pasar es que el desarrollo de los hechos no es lógico o que se nos presenta una solución de última hora sacada de la chistera de un mago pero rara vez que el hecho en sí no pueda ocurrir. 

La primera historia que les quiero relatar es, entonces, una aparecida en el diario catalán La Vanguardia el 29 de diciembre de 2014. Una mujer española de 47 años acude el 22 de diciembre a las 13:45 a una sucursal bancaria en el barrio de Santa Coloma de Gramanet –un barrio popular de Barcelona. El banco está a punto de cerrar ‑aquí cierran a las 14:00‑ y todavía quedan algunos clientes que han apurado hasta el último minuto para ir al banco. La mujer relativamente alta, morena y delgada, va vestida con unos vaqueros, una camisa blanca y unos zapatos de taco. Se dirige con determinación a uno de los trabajadores de la ventanilla que habla por teléfono, le apunta con un revólver, le pide que, por favor, cuelgue el aparato porque está atracando la entidad y no es momento para la cháchara (la verdad es que no). A continuación, le exige la recaudación del día. Todos en la sucursal dejan lo que están haciendo y miran a la mujer como congelados en una pantalla. No se creen que lo que está pasando es verdad y que la mujer, a la que todos describirían más tarde como una clienta “normal y corriente”, es una ladrona y no una profesora o funcionaria del estado. Hasta aquí los hechos podrían catalogarse de lógicos en el marco de un atraco a mano armada de una sucursal bancaria y es justamente a partir de este punto cuando la realidad se torna más extraña que la ficción. 

En la cola de los clientes rezagados se encuentra un mosso d’esquadra (un miembro de la policía autonómica catalana) que acaba de entrar en el último minuto para hacer un ingreso. Está fuera de servicio y, por tanto, va vestido de paisano. El mosso observa a la mujer y algo en su gesto le llama la atención: sostiene el arma como si fuera demasiado ligera. Mientras el cajero prepara el dinero y la mujer, sin dejar de observarlo, lo apunta con la pistola, el policía se desplaza con sigilo pero rápidamente hasta colocarse por detrás de la mujer y, con un movimiento certero, la desarma. En ese momento confirma su sospecha: la pistola es de juguete. La mujer lo mira sorprendida pero también de una forma altiva, como si le dijera: «Pero tú, ¿quién eres?» y «Sí, es de juguete ¿y qué?»
Mientras un par de clientes voluntarios ‑ahora que saben que la mujer es inofensiva‑ la sujetan, el mosso abre la cartera y descubre una segunda pistola de juguete. ¡Una segunda pistola de juguete! Se produce un revuelo de sorpresa entre todos los presentes y, entonces, el policía la mira de forma acusadora: una pistola de juguete vaya y pase, pero ¡dos!, eso es alevosía y premeditación. Ella, esta vez, baja la mirada y se concentra demasiado tiempo en sus zapatos de taco alto. «No hacía falta mancillar así mi dignidad», piensa. El cajero ya ha llamado al 112 y la mujer es detenida por ser la presunta autora de un delito de robo con intimidación. 
Es cierto que el plan de nuestra ladrona de Disney era descabellado pero su final me dejó un mal sabor de boca. ¡Cuánta mala suerte! Justamente en el último minuto entra en la sucursal un policía vestido de paisano y con la suficiente prestancia y agilidad como para resolver el conflicto sin estar de servicio ni armado. Mi primera reacción fue pensar que la mujer padecía algún tipo de trastorno psicológico, y es posible que así sea, pero el hecho de que fuera un 22 de diciembre en un barrio trabajador del extrarradio barcelonés me hace pensar que quizás nuestro personaje hubiera querido recaudar fondos para las celebraciones que se avecinaban. Por un momento, y sin desestimar el miedo lógico del cajero y de los clientes, deseé que la mujer se hubiera llevado el botín y que hubiera celebrado una gran fiesta o se hubiera hecho un inmenso regalo el final del que fuera, quizás, el peor año de su vida. No lo sé, la realidad será aun más increíble, sin duda, pero lo que es del todo seguro es que la banca siempre gana.