Lugares en el mundo: James Joyce Centre

Este artículo apareció impreso en el número de marzo de El Observador Prensa Libre (Chabás, Argentina).

IMG_20170304_125322561_HDRVuelvo con cierta frecuencia a Dublín, la ciudad donde viví diez años. Ya sabemos, y si no, se los digo, que el clima no es el punto fuerte de la isla. En mi última visita, se excedieron todas las expectativas: llovió todos los días de los cinco que estuve y el sábado, con una fuerza un tanto apocalíptica. Donde fueres, haz lo que vieres,reza el dicho, y como los irlandeses no se amedrentan ni con el Apocalipsis, aquel sábado, me dirigí al James Joyce Centre en la calle North Great George para hacer una visita guiada de los lugares emblemáticos donde había vivido y sobre los que había escrito el genial autor irlandés.

En realidad, James Joyce nunca vivió en esta casa, pero sí en este barrio del centro de Dublín. Un barrio deprimido al que se trasladó la familia desde el acaudalado Rathgar cuando su padre, John James, un personaje un tanto disoluto y bebedor, tuvo serias dificultades financieras. La familia tuvo que mudarse más de veinte veces, hecho que marcó la infancia y adolescencia de James. Más tarde, las mudanzas continuas se convirtieron en su seña de identidad. Como era el mayor de diez hermanos de una familia sin recursos, se pasaba el día callejeando por este barrio. Entonces, la visita comienza en la casa, que está necesitada de una renovación urgente y que me recuerda a la famosa parálisis irlandesa de la que tanto hablaba Joyce. Durante las siguientes dos horas, los siete asistentes abrimos y cerramos los paraguas, mientras nuestro intrépido guía lee pasajes de DublinesesRetrato del artista y Ulises casi sin inmutarse, aunque las cubiertas rugosas de los libros son testigos de la persistencia de la lluvia en las visitas.

La siguiente parada es el colegio jesuita Belvedere College donde Joyce recibió una educación rigurosa. En esos años, escribe perfiles de los personajes de la ciudad que años más tarde, y desde su elegido exilio, se convertirían en Dublineses. Al finalizar la secundaria, el escritor estudió en University College Dublin, la universidad católica (que existía como alternativa a Trinity College, protestante) e incluso se trasladó a París para estudiar Medicina, pero tuvo que volver ante la inminente muerte de su madre. De esta época es su libro Retrato del artista adolescente, un libro de tinte autobiográfico que no consiguió publicar en Irlanda. En 1904, cuando Joyce tenía 22 años, abandonó la ciudad; solo volvió tres veces en toda su vida. Sin embargo, Dublín es la geografía presente en sus libros con precisión casi fotográfica. Se había «exiliado» de su país porque lo consideraba moralista y estancado -en esa parálisis-, y, solo viviendo en el extranjero, se podía escribir sobre la realidad urbana y romper con la literatura anterior que idealizaba la vida rural irlandesa y cuyo máximo representante era W.B. Yeats.

Del colegio jesuita, nos trasladamos a la calle Eccles donde se encuentra la casa de Leopold Bloom, el protagonista del Ulises. El número 7 de la novela ha desaparecido, pero justo enfrente, en el 78, se marca con un cartel la Bloom House, una casi idéntica a la desaparecida. Es aquí donde Molly Bloom tiene una cita con su amante a las cuatro de la tarde y, por eso, Leopold pasa el día en la ciudad alejado del dormitorio conyugal. Joyce nos dice que su Ulises no necesita ser un héroe ayudado por los dioses del Olimpo, sino que la vida cotidiana de cualquier personaje de Dublín ya es heroica. La minuciosa descripción de los lugares dublineses la obtuvo gracias a los mapas de la época y a una red de familiares y amigos con los que se escribía cartas. Además, elige que su novela transcurra el 16 de junio, el famoso bloomsday, el mismo día en que el propio Joyce conoce a su mujer Nora Barnacle (según muchos, la Molly Bloom de la novela). Junto a ella abandona Dublín para vivir en Trieste, Roma, Zurich, París…

Desde la calle Hardwicke se ve imponente la iglesia Saint George. Cuando, por la mañana, Leopold sale puede ver el sol en el campanario de la iglesia que reaparece al final de la novela cuando él y Stephen Dedalus (el Telémaco del Ulises de Joyce) regresan juntos. En esta calle sí vivió Joyce y, aunque muchas de las casas de principios del s XIX han sido sustituidas por un proyecto de viviendas sociales, todavía se conservan algunas. En 1921, Joyce se trasladó a París donde conoció a Sylvia Beach, propietaria de la famosa librería Shakespeare’s Company, quien publicaría la primera edición de Ulises en 1922. El libro se prohibió en EE.UU. y el Reino Unido por considerar su contenido escandaloso. Un contenido que hoy nos parece incluso cándido.

La visita se acaba en el Hotel Grisham de la calle O’Connell donde transcurre parte del relato posiblemente más famoso y logrado, según los expertos, del autor: Los muertos. Aquí Gretta confiesa a su marido que tuvo un gran amor que murió por ella, y el mundo de Gabriel se derrumba. En 1941, James Joyce murió en Zurich por la perforación de una úlcera de duodeno. Tenía 59 años y había cambiado la literatura del s XX. Según le confesó a su amigo Arthur Power: «Lo importante no es qué escribimos, sino cómo lo hacemos, y en mi opinión el escritor moderno debe ser, ante todo, un aventurero, dispuesto a asumir todos los riesgos, y estar preparado a hundirse si fuera preciso. Dicho de otro modo, debemos escribir peligrosamente: todo está en constante cambio y la literatura, para que sea válida, debe expresar este cambio».

 

Y en este punto, cuando la lluvia ya es torrencial, es que el guía saca la gorra de plástico que esconde su abrigo, se la coloca como si cayeran cuatro gotas de nada y se despide de todos nosotros.

Lugares en el mundo: Casa Bertolt Brecht

Este artículo apareció impreso en el número de marzo de El Observador Prensa Libre (Chabás, Argentina).

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Berlín es una ciudad mítica que vive en el imaginario de todos: la Primera Guerra Mundial, la vida cultural de los años 20 y 30, el nazismo, la Segunda Guerra, el reparto, la reconstrucción, el muro, y la caída del muro. El presidente francés Giscard D’Estaing dijo en 1979: «La libertad de Berlín es también la nuestra», así de importante es esta ciudad para Europa. Desde su unificación, no ha dejado de crecer y, sin embargo, la reconstrucción es ecléctica, como si cada herida, cada edificio reconstruido tuviera un estilo y alma propios. A veces, se tiene la sensación de estar en la República Democrática Alemana (RDA) mientras que otras se vislumbra el futuro a través de su carácter cosmopolita y vanguardista. No se parece en nada al resto de ciudades teutonas y, al mismo tiempo, las representa a todas. Es tan peculiar como lo fue uno de sus habitantes más predilectos: Bertolt Brecht, el escritor, poeta y dramaturgo alemán creador del teatro épico y de la teoría del distanciamiento.

Este hombre singular, con convicciones socialistas a prueba de exilios y juicios, vivió sus últimos años en la RDA en esta casa del número 125 de la calle Chaussestrasse a pocos metros del teatro Berliner Ensemble fundado por el propio Brecht y por Helene Weigel, la famosa actriz alemana y segunda mujer del autor. La casa contiene el archivo oficial de su obra (compilado por la propia Weigel) y es un museo abierto al reducido público que lo visita. Al volver de un exilio de 15 años forzado por el nazismo, Brecht y su familia se instalaron en Weissensee, a las afueras de Berlín, pero las desavenencias conyugales hicieron que él solicitara un apartamento cerca de la ciudad. Debido a la fama internacional de Brecht, el gobierno comunista accedió a darle este apartamento de tres estancias para proyectar una imagen positiva fuera de sus herméticas fronteras.

Tras las súplicas en forma de poema -según nos cuenta la excelente guía- Helen Weigel decide volver a vivir con Brecht y se instala en un apartamento de la planta superior; comparten la cocina y el comedor. El apartamento de Brecht es un espacio cálido y luminoso con techos altos, suelos de madera y muebles antiguos en madera clara. Grandes ventanales dan al ajardinado cementerio Dorotheenstadt donde curiosamente se encuentran las tumbas de la pareja -dos sencillas piedras con sus nombres grabados-.

La primera habitación es el estudio privado donde Brecht se instalaba a primera hora de la mañana para leer el periódico y libros de su biblioteca que contaba con unos 4200 ejemplares (los años de exilio le habían hecho perder muchos de sus libros). El dramaturgo alemán tenía una mentalidad abierta y estaba interesado en todo conocimiento, le encantaba conversar y que le rebatieran sus ideas; así entendía la dirección teatral: un espacio de conversación donde todos estaban al mismo nivel, y se estimulaban mutuamente.

La segunda habitación, cuyos grandes ventanales dan al jardín posterior, era donde el autor trabajaba y recibía a un gran número de colegas, discípulos y amigos de un sinfín de países. Esta habitación es la más amplia de la casa y cuenta con siete mesas y escritorios donde Brecht dividía su trabajo. Pensaba mejor si tenía un proyecto en cada mesa repleta de papeles. Fumaba y trabajaba con intensidad en este salón y en el teatro. Aquí también se encuentran dos de sus cinco máquinas de escribir: la Olivetti Lettera 22 y la Royal Quiet Deluxe con las que escribió o revisó gran parte de su obra: Madre Coraje y sus hijos, La Madre, Los rifles de la señora Carrar, El círculo de tiza caucasiano, entre otras. Desde este segundo salón se accede a la pequeña habitación donde murió el autor con tan solo 58 años. Todavía se puede ver su boina y bastón colgados de la puerta del baño como si estuviera a punto de salir a recibirnos en su estudio.

Tras la muerte de su marido, Helene se instala en la parte inferior de la casa. Manda a construir un jardín de invierno donde recibe a los colaboradores del teatro, más de 200 a los que Helene conoce como si fueran su propia familia. La actriz continúa trabajando semanas antes de su muerte en 1971 como directora artística, actriz y albacea del archivo de su marido. Desarrolló una labor incansable para crear y mantener el legado del dramaturgo sin ninguna ayuda estatal (solo llegó tras su muerte cuando la casa se convierte en museo en 1978). La última parte de la visita es la pequeña cocina al fondo de la casa. Era el lugar favorito de Helene, excelente cocinera y anfitriona. El calendario todavía marca el día de su muerte: 6 de mayo de 1971. Desde entonces nadie ha vivido en este apartamento y es por esto que aún se siente el carácter cautivador e innovador de Weigel y Brecht.

Lugares en el mundo: Casa Museo Lope de Vega

Este artículo apareció impreso en el número de febrero de El Observador Prensa Libre (Chabás, Argentina).

Existe una rivalidad, a veces tácita, entre Madrid y Barcelona, de tal forma que los de fuera nos vemos obligados a manifestar nuestra preferencia y así comprobar cuál de las dos ciudades gana en votos. Lo cierto es que son ciudades tan diferentes que es difícil mezclar churras con merinas (como dicen acá). No soy la única que se niega a decantarse por una de las dos. Barcelona es más cómoda, tiene mar y mejor clima. Madrid es más vital, cercana y tiene los mejores museos. Sí, es cierto, Barcelona tiene el mejor arte Románico de la península, pero El Prado es insuperable y, además, a pocos metros se pude visitar el museo Thyssen-Bornemisza, otra maravilla.

Aunque Madrid es posiblemente la ciudad que más he visitado en mi vida, tanto que me siento como si fuera mi casa, no sabía de la existencia de la Casa Museo Lope de Vega. Esta casa se encuentra en el famoso Barrio de las letras, justamente ubicado entre el Paseo del Prado y la Puerta del Sol, y se llama así porque allí vivieron los grandes escritores del Siglo de Oro español: Góngora, Quevedo, Cervantes y el propio Lope de Vega. En este barrio se instalaron también los corrales de comedia donde se representaron por primera vez las obras del dramaturgo. El barrio conserva su tremendo encanto: estrechas calles peatonales, edificios del siglo pasado (cuando menos) y aunque queden pocas viviendas del s. XVI y XVII, se compensan con una proliferación de bares y restaurantes de todo tipo.

La Casa Museo Lope de Vega está paradójicamente en la calle Cervantes número 11. Y es paradójico por la rivalidad abierta que existía entre los dos escritores, aun cuando habían sido amigos y se profesaron admiración mutua ya de archi enemigos. Existen distintas teorías sobre el motivo de sus desavenencias, los dos escribieron críticas feroces de la obra del otro. Se dice que Lope, que fue el más famoso en vida, veía a Cervantes como un viejo sin talento y pensaba que El Quijote era una obra menor, mientras que Cervantes veía a Lope como un escritor que prefería, por sobre todas las cosas, agradar al vulgo y sentirse halagado. Aunque dejaron de hablarse en 1602, no sería raro que se cruzaran por la calle o se encontraran en los corrales de este mismo Barrio de las letras.

También resulta llamativo que Lope de Vega se asentara en esta casa durante veinticinco años ya que su vida es de lo más azarosa. No solo tuvo una producción literaria exorbitante (se baraja una cifra de más de mil obras entre lírica, prosa y piezas teatrales), sino que su vida sentimental fue una auténtica novela de enredos que le ocasionó infinidad de problemas: tuvo que mudarse en un sinfín de ocasiones, estuvo en la cárcel y fue desterrado de Castilla por difamar a Elena Osorio de la que estaba perdidamente enamorado. Aunque el escritor se casó dos veces -con Isabel de Alderete y Urbina y con Juana de Guardo-, tuvo numerosas amantes, entre ellas varias mujeres casadas. La más conocida fue la actriz Micaela de Luján. Al contrario de lo que pudiéramos imaginar de la época, Lope no ocultó sus romances, incluso escribió sobre ellos y tuvo quince hijos reconocidos con diferentes mujeres. Ni aun ordenándose sacerdote, abandonó su ajetreada vida sentimental y se enamoró de Marta Nevares a quien se llevó a vivir a esta casa.

En el dintel de la puerta de entrada se lee la inscripción «D.O.M PARVA PROPIA MAGNA / MAGNA ALIENA PARVA» que viene a ser más vale casa pequeña, pero nuestra, que grande, pero de otro. Y es que al parecer Lope encontró aquí el sosiego que buscaba, sin abandonar, por lo que parece, sus grandes pasiones: la literatura y las mujeres. La casa tiene dos plantas que se han decorado para reproducir la atmósfera de la época. Una de las partes más bonitas es el jardín donde el escritor pasaba las primeras horas de la mañana y las últimas de la tarde, y al que hizo referencia en muchos poemas. En la primera planta se encuentra el oratorio y, lo más importante, el estudio donde escribió un gran número de sus obras. El escritorio es de estilo castellano, está rodeado de libros del siglo XVII, y lo preside un retrato del autor. Aquí recibía a sus amigos, colegas y admiradores. Llama la atención que su alcoba es las más pequeña de la casa y muy austera. Aquí murió con 72 años de escarlatina. El resto de la casa: comedor, cocina, habitaciones de los hijos, sirvientas, invitados son curiosas y nos transportan a la forma de vida de ese siglo.

Si viajan a Madrid, les aconsejo que visiten el barrio y la casa. Tendrán que reservar con antelación porque solo se permiten visitas de diez personas y se ocupa con facilidad, pero agradecerán alejarse de las multitudes y del precio de otros museos.

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Lugares en el mundo: La huerta de Lorca

Este artículo apareció impreso en el número de enero de El Observador Prensa Libre (Chabás, Argentina).

img_20161228_173524747_hdrEn 1981 se llegaba a la Huerta de San Vicente, llamada así en honor a Vicenta Lorca (madre del poeta), por un sendero rodeado de otras huertas de flores y hortalizas con el constante sonido del agua de las acequias (ese sonido tan presente en Granada). Recuerdo el olor a las higueras que crecían a intervalos por el camino y de las que comíamos unos higos sabrosísimos. La casa no estaba, no está, lejos de Granada -hoy integrada en la ciudad-, pero ese sendero de tierra hacía pensar en iniciar un paseo, un viaje, una aventura. Después de unos viente minutos, en una bifurcación, te encontrabas con la casa blanca de dos plantas y de tejas rojas tan típicamente andaluza. En la puerta de entrada, un jazmín le daba un perfume inconfundible a las tardes de sol y frío. Si te colocabas frente a la casa, se veía a la derecha la ciudad y detrás la sierra muy nevada, en especial en invierno, y a la izquierda, la Vega, uno de los trozos de tierra más fértiles de Andalucía que el crecimiento de la ciudad ha cercenado poco a poco.

Entonces, la casa pertenecía a la familia García Lorca. Había que llamar a la puerta de los caseros para entrar gratis. Es difícil creer que nos abrieran siempre con una sonrisa y nos dejaran deambular por las habitaciones de la casa. Quizás el hecho de venir de Argentina jugaba a nuestro favor o quizás fuera la ferviente admiración de mi madre por Lorca que sabía trasmitir a la perfección. Yo había llegado a Granada, sin ningunas ganas de emigrar, con el aliciente de que era la ciudad de Federico y que, por consiguiente, tendría la misma magia que su poesía y su teatro.

La municipalidad adquirió la casa en 1985 y la convirtió en un museo por el que se paga una entrada muy barata por una visita guiada de media hora. El Parque Federico García Lorca rodea la casa. «No es bonito, pero es mejor que edificios», comenta el guía y es cierto, pero mejor todavía hubiese sido conservar ese camino de tierra con higueras que recuerdo de la adolescencia. Por suerte, el jazmín sigue allí como único testigo de ese otro lugar donde todavía había huertas y una Vega para el esparcimiento dominical.

En la planta de abajo se conserva la casa más o menos como estuvo en los años en los que veraneaba la familia -de 1926 a 1936-. Se entra por un recibidor amplio que distribuye el comedor y salón a la derecha, y otro salón a la izquierda con el piano de media cola que tocaba Federico y algunos cuadros: Mujer fumando en pipa de Dalí, el retrato de Lorca pintado por Gregorio Toledo, decorados y bocetos de las obras de teatro de La Barraca. También están colgados el diploma de maestra de Vicenta Lorca y de Derecho de Federico. El guía apunta que la madre obtuvo un Sobresaliente mientras que el poeta un simple Aprobado; y es que sólo cursó los estudios para complacer a su padre, nadie dudaba de que su futuro era la literatura. Y en un rincón, el gramófono donde el escritor escuchaba música, parte inequívoca de su formación. En esta planta también está la cocina, donde se dice que se fraguó más de un diálogo de sus famosas obras de teatro, y la habitación de su hermano Paco, también poeta, cerrada al público.

En la planta superior, la habitación de Lorca tiene una cama pequeña y un gran escritorio donde se acabaron obras como Romancero gitano, Bodas de sangre, Yerma, Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, El Diván del Tamarit… Según cuenta su hermana pequeña, Isabel, en su biografía, Federico trabajaba con gran intensidad, sobre todo, por las noches. A veces, durante la tarde (cuando el calor obligaba a la reclusión total) le leía un pasaje. Ella le decía que le gustaba aunque no sabía por qué. Federico prefería esta respuesta a ninguna otra, siempre alejado de la adulación fácil. En la pared junto a la ventana, hay un cuadro de Rafael Alberti, un regalo de la época de la Residencia de estudiantes de Madrid.

En las habitaciones de los padres y las hermanas se ha dispuesto una exposición fotográfica de la familia y de la evolución de la casa hasta hoy. Las más interesantes son las de los veranos. Una familia unida, abierta, alegre, decididamente muy singular para el ambiente cerrado y conservador granadino (un ambiente que acabó con la vida del poeta en 1936). Hay fotos de Federico con sus hermanos Paco, Concha e Isabel; con sus sobrinos Tica, Manolo y Conchita; con su cuñado Manuel Fernández Montesinos (también asesinado por la dictadura franquista), y con otros muchos visitantes. Las fotos más tristes son las de la familia en la Huerta en 1937; su hermana Concha, vestida con un luto riguroso tras la muerte de su marido y de su hermano, sonríe mientras posa con sus tres hijos.

Me voy cuando ya es de noche, paso por el parque y oigo el ruido del agua de una fuente de un color rosa de dudoso gusto. Todo parece haber cambiado, me siento afortunada de haber visitado este lugar cuando se tocaba el timbre y los caseros, ya muy viejos, abrían la puerta a ese mundo lorquiano que al menos sigue presente en esta casa y en sus libros.

La máquina del tiempo: una mujer del futuro

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en diciembre de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

cityscape-919050_1280Esta es la última máquina del tiempo de este año y, en esta ocasión y por ese deseo de aventura que me suscitan las fiestas, me subí, como cada mes, a mi divertido artilugio, pero en lugar de ir al pasado y entrevistar a una mujer destacable, decidí girar la manivela y probar suerte en el futuro, más concretamente fui al año 2080. Aquí estoy de vuelta, así que ya ven que viví para contarlo. Solo podía estar en el futuro tres horas —cosas de la ciencia—, podría haberme paseado por la Barcelona del futuro, haber visitado la Sagrada Familia por fin terminada, pero entrevisté a la primera mujer que logré aceptara mi propuesta. No creyó que viniera del pasado, pero accedió a este reportaje.

Cuéntame cómo te llamas y a qué te dedicas.

Me llamo Graciela Castro y trabajo en la oficina de turismo virtual de Barcelona.

¿Turismo virtual? ¿En qué consiste?

Turistas de cualquier parte del mundo se ponen en contacto con nosotros, que somos el organismo oficial, y pueden visitar la ciudad desde allí donde estén con solo conectarse a nuestro sistema, no tienen que perder tiempo en transportarse. Es todo muy fácil y muy rápido. La experiencia puede durar una hora o tres días.

¿Tres días conectado para vivir otra experiencia?

Tres días en total. Se pueden conectar en el momento y el tiempo que quieran. No hay un límite. Pero muchos eligen dormir en su país y pasar el día visitando Barcelona, así aprovechan el tiempo.

¿Es una empresa privada? ¿Cómo funciona ahora una empresa?

Es una empresa multinacional que gestiona todo el turismo virtual de Europa, además de ofrecer otros servicios relacionados con el turismo. Yo trabajo desde mi casa y una vez al mes nos reunimos en Barcelona para comentar lo que va bien, lo que se debe cambiar. Es una organización horizontal, no vemos a los jefes, pero sabemos que existe una junta de accionistas que a final de año quiere ver beneficios.

¿Trabajas muchas horas?

Depende del día. Hay días que trabajo doce o trece horas porque quiero facturar más dinero, pero otros días quizás solo trabaje seis. Cobro al mes en función del tiempo invertido.

En mi época, se hablaba de que las mujeres se encontraban con un «techo de cristal», es decir, que no accedían a puestos de mando, solo a los intermedios. ¿Todavía es así?

Ha cambiado bastante. Hace tiempo se aprobó una ley que obligaba a las empresas a tener un número igual de hombres que de mujeres en altos cargos y a equiparar los salarios. Poco a poco, las empresas cumplieron, se evitaban las multas y obtenían ayudas. Ahora se ha flexibilizado la ley, pero los números continúan parejos.

Es que uno de los problemas para no acceder a estos puestos era, en parte, que la mujer solía estar a cargo de los hijos y esto dificultaba la organización de su tiempo. ¿Cómo es ahora la crianza de los hijos?

La mayoría de las mujeres congelamos los óvulos cuando tenemos unos veinticinco años. La decisión de ser madre se toma cuando creemos que es un buen momento en el trabajo o en lo personal, en función de tu proyecto vital. La maternidad suele ocurrir ahora entre los 35 y los 55 años, depende, pero se ajusta al calendario personal.

¿Qué modelo de familia existe? Si existe alguno…

La familia «tradicional» es muy poco frecuente. Algunas mujeres (u hombres) tienen a los hijos solas, otras en parejas, otras deciden vivir en una comunidad y hacer una crianza compartida.

¿Una comunidad en el campo? 

Sí, puede ser en el campo o puede ser en la ciudad. Muchas veces es en el campo o en una zona residencial porque las viviendas son más grandes. Se comparten los gastos y también el cuidado de los hijos. Mi idea, por ejemplo, es que trabajaré a distancia y compartiré la crianza en una comunidad. Otras personas deciden encargarle un hijo a una madre de alquiler que lo cría en los primeros años hasta que esa persona se pueda dedicar de pleno. Esto se está empezando a ver ahora.

¿Y las relaciones afectivas? ¿El sexo?

Casi todos tenemos un perfil creado en una aplicación a partir de nuestros gustos, actividades, parejas anteriores, profesión, ocio. Esta aplicación te propone a alguien en función de tu perfil para tener relaciones sexuales o para una relación sentimental, en general, virtuales. Así no perdemos tiempo…

Parece que todo se orienta al ahorro de tiempo ¿es así?

Puede que sí, aunque la esperanza de vida es de 107 años. Así que tenemos más tiempo que antes, pero también hacemos mucho más que antes: viajes, cursos, otras carreras (virtuales o presenciales) y conocemos a más personas fuera de nuestro entorno.

Me tengo que despedir de mi nueva amiga porque se me acaba el tiempo. Me costaría adaptarme al mundo de Graciela, pero reconozco que estaba tan alegre y jovial en nuestro encuentro, que no puede ser mala señal.

La máquina del tiempo: mujeres poetas y traductoras

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en noviembre de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

vilarinoIdea Vilariño fue poeta, traductora, profesora, letrista, crítica literaria. Raramente concedía entrevistas, muy celosa de su intimidad, aun cuando la lectura de sus poemas desvela aspectos íntimos de su vida, de sus amores, de su vejez. Me subí a la máquina del tiempo e intuyo que accedió a ser entrevistada porque me creyó una loca que decía venir de un futuro cercano y que había leído su poesía con entusiasmo.

En su familia convivían la literatura y la música. Se la conoce, en especial, por sus poemas, pero además ha sido letrista de canciones importantes en la historia de Uruguay como Los orientales.

Creo que cuando volvieron Los Olimareños del exilio y cantaron Los orientales, la mayoría de los allí congregados que coreaban eufóricos no sabían que la letra era mía. Pero sí, la música es una parte fundamental, era lógico que escribiera algunas letras que acompañaba con el piano.

Sus letras muestran su compromiso político con la izquierda. Se quedó en Uruguay durante la dictadura, y fue afín a la revolución cubana.

Siempre he intentado vivir con coherencia mi militancia de izquierdas. No la he cambiado, he sido combativa de una manera pacífica, digamos.

La canción y el poema, con música de Zitarrosa, me recuerda a sus Poemas de amor que dedicó a Juan Carlos Onetti. ¿Es el amor un despedirse?

Precisamente, la canción se basa en un poema de ese libro que se llama Canción [Quisiera morir / ahora / de amor / para que supieras / cómo y cuánto te quería. / Quisiera morir / quisiera / de amor / para que supieras.]. Y contestando a tu pregunta, sí, de alguna manera la vida es un despedirse de lo que vivimos, de esos mismos recuerdos, de nosotros, de la fuerza del cuerpo. El amor, que es una parte intensa de esa vida, se rige por esas leyes. En el momento de amar, sabemos que esa intensidad pasará, que nosotros pasaremos, y, en ese sentido, es un despedirse, sí.

Me interesa su faceta como traductora. Lo hacía del francés y del inglés, ganó numerosos premios y tradujo, durante veinte años, obras de Shakespeare que se representaron con éxito en el teatro. ¿Fueron estas obras sus traducciones favoritas?

Siempre traduje a Shakespeare por encargo, no por decisión propia. Sin duda, son obras magníficas, pero era una actividad ardua que me devoraba el tiempo, me pasaba horas tratando de encontrar el significado correcto, la palabra adecuada. Es difícil traducirlo, ni siquiera en las versiones en inglés se aclaran con el significado. Yo siempre intenté ser fiel al texto, pero ante todo que el actor pudiera recitar algo próximo al público.

Ha hablado de la esclavitud de la traducción.

Sí, es un trabajo en el que estás sometido a lo que quiere decir el autor y que requiere de un gran esfuerzo para trasmitir eso mismo en tu lengua. Soy muy fiel cuando traduzco.

Ha publicado libros de crítica literaria donde analiza la poética, como su análisis de las organizaciones vocálicas de los poemas de Rubén Darío. ¿Cómo surge este conocimiento profundo de la poesía?

Mi padre, que era poeta, nos leía poemas del Siglo de Oro español en voz alta y yo aprendí a escuchar, y a crear poemas con rima y métrica de acuerdo a la música de las palabras cuando era aún una niña. Estuvo siempre ahí, no surge.

Reeditó sus libros de poesía Nocturnos, Poemas de amor y Pobre Mundo, e incluyó nuevos poemas en cada edición. ¿Cuál es su proceso de escritura?

Los reedité porque me parecieron los menos malos y que, de alguna manera, el tema era el mismo, así que añadía a esos libros otros poemas posteriores. Yo escribo en un cuaderno o en un papel que encuentro, no planifico ni espero un momento en que el poema está acabado, sino que escribo de una forma más o menos espontánea, agarro lo primero en lo que puedo escribir y lo hago, y lo repito para ver su ritmo.

Mi libro favorito es el último, No, porque, así como el título, logra condensar en pocas palabras sentimientos complejos que nos llegan como dardos finos que luego nos alumbran.

Mi poesía se ha condensado con el tiempo, quiero decir de una manera que sea sencilla, al igual que habla la gente, como todas las letras de los buenos tangos que nos dicen con un lenguaje llano lo que sentimos con cierta habilidad creativa.

Dice que no hay esperanza, la tachan de oscura, sin embargo, su poesía no desmoraliza.

Sí, no soy optimista. Me sorprende que me lean precisamente por eso, porque soy oscura. Quizás no desmoraliza porque todos queremos que alguien comparta con nosotros esa desesperanza, ese desaliento que sentimos porque estamos solos. No lo sé.

Idea Vilariño murió en Montevideo a los 89 años. Catorce personas asistieron a su funeral. Ella no lo hubiera querido de ninguna otra manera.

La máquina del tiempo: mujeres actrices

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en octubre de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

kikiActriz, modelo, cantante, pintora… Alice Prin o Kiki luchó por convertir una vida llena de privaciones en una obra de arte. A pesar de haber sido elegida como la Reina de Montparnasse, el barrio artístico de los años 30 por excelencia, de ser prologada por el mismísimo Ernest Hemingway, poco se dice de Kiki en los libros de historia. Me subí a la máquina del tiempo para hablar con la modelo de una de las fotos más conocidas de todos los tiempos El violín de Ingres del fotógrafo norteamericano Man Ray.

Nace a principios de siglo en un pueblito borgoñés al sureste de París y la cría su abuela a la que usted adoraba…

Sí, cuando nací, mi madre se fue a París a trabajar en una linotipia y me dejó a cargo de mi abuela junto con mis cinco primos, también huérfanos o abandonados. Mi abuela lavaba y cosía para darnos de comer y educarnos. Malvivíamos, pero nunca nos dejó.

Su padre era rico y vivía en el mismo pueblo con su otra familia. ¿Lo veía?

Cuando nos encontrábamos, me decía que quería llevarme al bosque. Mi abuela me decía que nunca le hiciera caso, que me mataría. De hecho, un día bebí un vaso de leche que me había regalado y me sentí muy mal. Para salvarme, mi abuela me obligó a vomitar.

En su biografía dice que las monjas la humillaban y que no aprendió nada en el colegio, ¿qué le hacían?

No nos veían con buenos ojos porque estábamos sucios, nos vestíamos en harapos, teníamos piojos. Nos hacían notar continuamente que éramos menos con tal mezquindad…

A los doce años la envían a París. 

Me fui a vivir con mi madre para ganarme la vida: trabajé en un taller de encuadernación, vendí flores, fui criada en una panadería… la dueña era una déspota que me maltrataba; un día me cansé y le di una paliza tremenda.

Gracias a eso inicia su primer contacto con la vida artística de la ciudad.

Empecé a posar desnuda, la primera vez gané cinco francos en tres horas. Me pareció una fortuna ¡en la panadería ganaba veinte en todo el mes! Pero mi madre lo descubrió, se puso furiosa y me echó de casa.

A partir de ese momento, con quince años, vive en la calle y empieza un peregrinaje para perder la virginidad. 

Eva, una amiga del pueblo, se empeñó en que tenía que espabilarme, a cambio de sexo te podían dar algo de dinero o de comer. Tuve tres intentos fallidos hasta que llegó mi novio ruso [el pintor Maurice Mendjizky]; nos fuimos a vivir juntos a los tres días de conocernos.

Frecuentaba los cafés de Montparnasse y allí conoció a los artistas más importantes del siglo XX; de muchos fue musa, modelo y amiga. ¿Encontró su lugar en el mundo?

Conocí a Soutine, Modigliani, Foujita, Tristan Tzara, Gustav Gwozdecki, Moïse Kisling, Per Krohg, Pablo Gargallo, los surrealistas y tantos otros… Éramos una gran familia que vivía en la miseria, pero compartíamos una sopa, una copa de vino, un café con una pasión creativa y una solidaridad inagotables. Me sentí feliz por primera vez en mi vida.

Se convierte en la musa y pareja del fotógrafo Man Ray durante ocho años, aunque he de confesarle que me sorprendió que hablara tan poco de él en su biografía.

Tuvimos una relación muy creativa, hacíamos películas, fotos, pintábamos, pero era una relación tempestuosa. Una tarde me confesó que se había enamorado de Lee Miller, su aprendiz. No pude contenerme y le tiré el plato de comida por la cabeza…

¿Fue su gran amor? 

Fue un gran amor, como también lo fue Henri [el periodista Henri Broca que acabó internado en un manicomio], pero André Laroque es a quien más he querido y quien más me ha ayudado. Si no fuera por él, me habría muerto en algún callejón.

Tuvo su propio cabaret, hizo giras por Europa, probó fortuna en Nueva York, los diarios se hacían eco de sus exposiciones; sin embargo, ha dicho: ‹‹Lo único que necesito es una cebolla, un poco de pan y una botella de vino tinto, y siempre encontraré a alguien que esté dispuesto a dármelo».

Nunca he necesitado ni la fama ni el dinero, solo un poco de alegría y el calor de la gente.

 

En 1953, Alice Prin se desplomó en la calle Brea de Montparnasse, seguramente por una enfermedad derivada del alcoholismo y la adicción a las drogas. Está enterrada en el cementerio de su querido barrio, su epitafio dice: ‹‹Kiki, 1901–1953, cantante, actriz, pintora, Reina de Montparnasse».