Lugares en el mundo: James Joyce Centre

Este artículo apareció impreso en el número de marzo de El Observador Prensa Libre (Chabás, Argentina).

IMG_20170304_125322561_HDRVuelvo con cierta frecuencia a Dublín, la ciudad donde viví diez años. Ya sabemos, y si no, se los digo, que el clima no es el punto fuerte de la isla. En mi última visita, se excedieron todas las expectativas: llovió todos los días de los cinco que estuve y el sábado, con una fuerza un tanto apocalíptica. Donde fueres, haz lo que vieres,reza el dicho, y como los irlandeses no se amedrentan ni con el Apocalipsis, aquel sábado, me dirigí al James Joyce Centre en la calle North Great George para hacer una visita guiada de los lugares emblemáticos donde había vivido y sobre los que había escrito el genial autor irlandés.

En realidad, James Joyce nunca vivió en esta casa, pero sí en este barrio del centro de Dublín. Un barrio deprimido al que se trasladó la familia desde el acaudalado Rathgar cuando su padre, John James, un personaje un tanto disoluto y bebedor, tuvo serias dificultades financieras. La familia tuvo que mudarse más de veinte veces, hecho que marcó la infancia y adolescencia de James. Más tarde, las mudanzas continuas se convirtieron en su seña de identidad. Como era el mayor de diez hermanos de una familia sin recursos, se pasaba el día callejeando por este barrio. Entonces, la visita comienza en la casa, que está necesitada de una renovación urgente y que me recuerda a la famosa parálisis irlandesa de la que tanto hablaba Joyce. Durante las siguientes dos horas, los siete asistentes abrimos y cerramos los paraguas, mientras nuestro intrépido guía lee pasajes de DublinesesRetrato del artista y Ulises casi sin inmutarse, aunque las cubiertas rugosas de los libros son testigos de la persistencia de la lluvia en las visitas.

La siguiente parada es el colegio jesuita Belvedere College donde Joyce recibió una educación rigurosa. En esos años, escribe perfiles de los personajes de la ciudad que años más tarde, y desde su elegido exilio, se convertirían en Dublineses. Al finalizar la secundaria, el escritor estudió en University College Dublin, la universidad católica (que existía como alternativa a Trinity College, protestante) e incluso se trasladó a París para estudiar Medicina, pero tuvo que volver ante la inminente muerte de su madre. De esta época es su libro Retrato del artista adolescente, un libro de tinte autobiográfico que no consiguió publicar en Irlanda. En 1904, cuando Joyce tenía 22 años, abandonó la ciudad; solo volvió tres veces en toda su vida. Sin embargo, Dublín es la geografía presente en sus libros con precisión casi fotográfica. Se había «exiliado» de su país porque lo consideraba moralista y estancado -en esa parálisis-, y, solo viviendo en el extranjero, se podía escribir sobre la realidad urbana y romper con la literatura anterior que idealizaba la vida rural irlandesa y cuyo máximo representante era W.B. Yeats.

Del colegio jesuita, nos trasladamos a la calle Eccles donde se encuentra la casa de Leopold Bloom, el protagonista del Ulises. El número 7 de la novela ha desaparecido, pero justo enfrente, en el 78, se marca con un cartel la Bloom House, una casi idéntica a la desaparecida. Es aquí donde Molly Bloom tiene una cita con su amante a las cuatro de la tarde y, por eso, Leopold pasa el día en la ciudad alejado del dormitorio conyugal. Joyce nos dice que su Ulises no necesita ser un héroe ayudado por los dioses del Olimpo, sino que la vida cotidiana de cualquier personaje de Dublín ya es heroica. La minuciosa descripción de los lugares dublineses la obtuvo gracias a los mapas de la época y a una red de familiares y amigos con los que se escribía cartas. Además, elige que su novela transcurra el 16 de junio, el famoso bloomsday, el mismo día en que el propio Joyce conoce a su mujer Nora Barnacle (según muchos, la Molly Bloom de la novela). Junto a ella abandona Dublín para vivir en Trieste, Roma, Zurich, París…

Desde la calle Hardwicke se ve imponente la iglesia Saint George. Cuando, por la mañana, Leopold sale puede ver el sol en el campanario de la iglesia que reaparece al final de la novela cuando él y Stephen Dedalus (el Telémaco del Ulises de Joyce) regresan juntos. En esta calle sí vivió Joyce y, aunque muchas de las casas de principios del s XIX han sido sustituidas por un proyecto de viviendas sociales, todavía se conservan algunas. En 1921, Joyce se trasladó a París donde conoció a Sylvia Beach, propietaria de la famosa librería Shakespeare’s Company, quien publicaría la primera edición de Ulises en 1922. El libro se prohibió en EE.UU. y el Reino Unido por considerar su contenido escandaloso. Un contenido que hoy nos parece incluso cándido.

La visita se acaba en el Hotel Grisham de la calle O’Connell donde transcurre parte del relato posiblemente más famoso y logrado, según los expertos, del autor: Los muertos. Aquí Gretta confiesa a su marido que tuvo un gran amor que murió por ella, y el mundo de Gabriel se derrumba. En 1941, James Joyce murió en Zurich por la perforación de una úlcera de duodeno. Tenía 59 años y había cambiado la literatura del s XX. Según le confesó a su amigo Arthur Power: «Lo importante no es qué escribimos, sino cómo lo hacemos, y en mi opinión el escritor moderno debe ser, ante todo, un aventurero, dispuesto a asumir todos los riesgos, y estar preparado a hundirse si fuera preciso. Dicho de otro modo, debemos escribir peligrosamente: todo está en constante cambio y la literatura, para que sea válida, debe expresar este cambio».

 

Y en este punto, cuando la lluvia ya es torrencial, es que el guía saca la gorra de plástico que esconde su abrigo, se la coloca como si cayeran cuatro gotas de nada y se despide de todos nosotros.

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Lugares en el mundo: Casa Bertolt Brecht

Este artículo apareció impreso en el número de marzo de El Observador Prensa Libre (Chabás, Argentina).

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Berlín es una ciudad mítica que vive en el imaginario de todos: la Primera Guerra Mundial, la vida cultural de los años 20 y 30, el nazismo, la Segunda Guerra, el reparto, la reconstrucción, el muro, y la caída del muro. El presidente francés Giscard D’Estaing dijo en 1979: «La libertad de Berlín es también la nuestra», así de importante es esta ciudad para Europa. Desde su unificación, no ha dejado de crecer y, sin embargo, la reconstrucción es ecléctica, como si cada herida, cada edificio reconstruido tuviera un estilo y alma propios. A veces, se tiene la sensación de estar en la República Democrática Alemana (RDA) mientras que otras se vislumbra el futuro a través de su carácter cosmopolita y vanguardista. No se parece en nada al resto de ciudades teutonas y, al mismo tiempo, las representa a todas. Es tan peculiar como lo fue uno de sus habitantes más predilectos: Bertolt Brecht, el escritor, poeta y dramaturgo alemán creador del teatro épico y de la teoría del distanciamiento.

Este hombre singular, con convicciones socialistas a prueba de exilios y juicios, vivió sus últimos años en la RDA en esta casa del número 125 de la calle Chaussestrasse a pocos metros del teatro Berliner Ensemble fundado por el propio Brecht y por Helene Weigel, la famosa actriz alemana y segunda mujer del autor. La casa contiene el archivo oficial de su obra (compilado por la propia Weigel) y es un museo abierto al reducido público que lo visita. Al volver de un exilio de 15 años forzado por el nazismo, Brecht y su familia se instalaron en Weissensee, a las afueras de Berlín, pero las desavenencias conyugales hicieron que él solicitara un apartamento cerca de la ciudad. Debido a la fama internacional de Brecht, el gobierno comunista accedió a darle este apartamento de tres estancias para proyectar una imagen positiva fuera de sus herméticas fronteras.

Tras las súplicas en forma de poema -según nos cuenta la excelente guía- Helen Weigel decide volver a vivir con Brecht y se instala en un apartamento de la planta superior; comparten la cocina y el comedor. El apartamento de Brecht es un espacio cálido y luminoso con techos altos, suelos de madera y muebles antiguos en madera clara. Grandes ventanales dan al ajardinado cementerio Dorotheenstadt donde curiosamente se encuentran las tumbas de la pareja -dos sencillas piedras con sus nombres grabados-.

La primera habitación es el estudio privado donde Brecht se instalaba a primera hora de la mañana para leer el periódico y libros de su biblioteca que contaba con unos 4200 ejemplares (los años de exilio le habían hecho perder muchos de sus libros). El dramaturgo alemán tenía una mentalidad abierta y estaba interesado en todo conocimiento, le encantaba conversar y que le rebatieran sus ideas; así entendía la dirección teatral: un espacio de conversación donde todos estaban al mismo nivel, y se estimulaban mutuamente.

La segunda habitación, cuyos grandes ventanales dan al jardín posterior, era donde el autor trabajaba y recibía a un gran número de colegas, discípulos y amigos de un sinfín de países. Esta habitación es la más amplia de la casa y cuenta con siete mesas y escritorios donde Brecht dividía su trabajo. Pensaba mejor si tenía un proyecto en cada mesa repleta de papeles. Fumaba y trabajaba con intensidad en este salón y en el teatro. Aquí también se encuentran dos de sus cinco máquinas de escribir: la Olivetti Lettera 22 y la Royal Quiet Deluxe con las que escribió o revisó gran parte de su obra: Madre Coraje y sus hijos, La Madre, Los rifles de la señora Carrar, El círculo de tiza caucasiano, entre otras. Desde este segundo salón se accede a la pequeña habitación donde murió el autor con tan solo 58 años. Todavía se puede ver su boina y bastón colgados de la puerta del baño como si estuviera a punto de salir a recibirnos en su estudio.

Tras la muerte de su marido, Helene se instala en la parte inferior de la casa. Manda a construir un jardín de invierno donde recibe a los colaboradores del teatro, más de 200 a los que Helene conoce como si fueran su propia familia. La actriz continúa trabajando semanas antes de su muerte en 1971 como directora artística, actriz y albacea del archivo de su marido. Desarrolló una labor incansable para crear y mantener el legado del dramaturgo sin ninguna ayuda estatal (solo llegó tras su muerte cuando la casa se convierte en museo en 1978). La última parte de la visita es la pequeña cocina al fondo de la casa. Era el lugar favorito de Helene, excelente cocinera y anfitriona. El calendario todavía marca el día de su muerte: 6 de mayo de 1971. Desde entonces nadie ha vivido en este apartamento y es por esto que aún se siente el carácter cautivador e innovador de Weigel y Brecht.

Lugares en el mundo: Casa Museo Lope de Vega

Este artículo apareció impreso en el número de febrero de El Observador Prensa Libre (Chabás, Argentina).

Existe una rivalidad, a veces tácita, entre Madrid y Barcelona, de tal forma que los de fuera nos vemos obligados a manifestar nuestra preferencia y así comprobar cuál de las dos ciudades gana en votos. Lo cierto es que son ciudades tan diferentes que es difícil mezclar churras con merinas (como dicen acá). No soy la única que se niega a decantarse por una de las dos. Barcelona es más cómoda, tiene mar y mejor clima. Madrid es más vital, cercana y tiene los mejores museos. Sí, es cierto, Barcelona tiene el mejor arte Románico de la península, pero El Prado es insuperable y, además, a pocos metros se pude visitar el museo Thyssen-Bornemisza, otra maravilla.

Aunque Madrid es posiblemente la ciudad que más he visitado en mi vida, tanto que me siento como si fuera mi casa, no sabía de la existencia de la Casa Museo Lope de Vega. Esta casa se encuentra en el famoso Barrio de las letras, justamente ubicado entre el Paseo del Prado y la Puerta del Sol, y se llama así porque allí vivieron los grandes escritores del Siglo de Oro español: Góngora, Quevedo, Cervantes y el propio Lope de Vega. En este barrio se instalaron también los corrales de comedia donde se representaron por primera vez las obras del dramaturgo. El barrio conserva su tremendo encanto: estrechas calles peatonales, edificios del siglo pasado (cuando menos) y aunque queden pocas viviendas del s. XVI y XVII, se compensan con una proliferación de bares y restaurantes de todo tipo.

La Casa Museo Lope de Vega está paradójicamente en la calle Cervantes número 11. Y es paradójico por la rivalidad abierta que existía entre los dos escritores, aun cuando habían sido amigos y se profesaron admiración mutua ya de archi enemigos. Existen distintas teorías sobre el motivo de sus desavenencias, los dos escribieron críticas feroces de la obra del otro. Se dice que Lope, que fue el más famoso en vida, veía a Cervantes como un viejo sin talento y pensaba que El Quijote era una obra menor, mientras que Cervantes veía a Lope como un escritor que prefería, por sobre todas las cosas, agradar al vulgo y sentirse halagado. Aunque dejaron de hablarse en 1602, no sería raro que se cruzaran por la calle o se encontraran en los corrales de este mismo Barrio de las letras.

También resulta llamativo que Lope de Vega se asentara en esta casa durante veinticinco años ya que su vida es de lo más azarosa. No solo tuvo una producción literaria exorbitante (se baraja una cifra de más de mil obras entre lírica, prosa y piezas teatrales), sino que su vida sentimental fue una auténtica novela de enredos que le ocasionó infinidad de problemas: tuvo que mudarse en un sinfín de ocasiones, estuvo en la cárcel y fue desterrado de Castilla por difamar a Elena Osorio de la que estaba perdidamente enamorado. Aunque el escritor se casó dos veces -con Isabel de Alderete y Urbina y con Juana de Guardo-, tuvo numerosas amantes, entre ellas varias mujeres casadas. La más conocida fue la actriz Micaela de Luján. Al contrario de lo que pudiéramos imaginar de la época, Lope no ocultó sus romances, incluso escribió sobre ellos y tuvo quince hijos reconocidos con diferentes mujeres. Ni aun ordenándose sacerdote, abandonó su ajetreada vida sentimental y se enamoró de Marta Nevares a quien se llevó a vivir a esta casa.

En el dintel de la puerta de entrada se lee la inscripción «D.O.M PARVA PROPIA MAGNA / MAGNA ALIENA PARVA» que viene a ser más vale casa pequeña, pero nuestra, que grande, pero de otro. Y es que al parecer Lope encontró aquí el sosiego que buscaba, sin abandonar, por lo que parece, sus grandes pasiones: la literatura y las mujeres. La casa tiene dos plantas que se han decorado para reproducir la atmósfera de la época. Una de las partes más bonitas es el jardín donde el escritor pasaba las primeras horas de la mañana y las últimas de la tarde, y al que hizo referencia en muchos poemas. En la primera planta se encuentra el oratorio y, lo más importante, el estudio donde escribió un gran número de sus obras. El escritorio es de estilo castellano, está rodeado de libros del siglo XVII, y lo preside un retrato del autor. Aquí recibía a sus amigos, colegas y admiradores. Llama la atención que su alcoba es las más pequeña de la casa y muy austera. Aquí murió con 72 años de escarlatina. El resto de la casa: comedor, cocina, habitaciones de los hijos, sirvientas, invitados son curiosas y nos transportan a la forma de vida de ese siglo.

Si viajan a Madrid, les aconsejo que visiten el barrio y la casa. Tendrán que reservar con antelación porque solo se permiten visitas de diez personas y se ocupa con facilidad, pero agradecerán alejarse de las multitudes y del precio de otros museos.

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Lugares en el mundo: La huerta de Lorca

Este artículo apareció impreso en el número de enero de El Observador Prensa Libre (Chabás, Argentina).

img_20161228_173524747_hdrEn 1981 se llegaba a la Huerta de San Vicente, llamada así en honor a Vicenta Lorca (madre del poeta), por un sendero rodeado de otras huertas de flores y hortalizas con el constante sonido del agua de las acequias (ese sonido tan presente en Granada). Recuerdo el olor a las higueras que crecían a intervalos por el camino y de las que comíamos unos higos sabrosísimos. La casa no estaba, no está, lejos de Granada -hoy integrada en la ciudad-, pero ese sendero de tierra hacía pensar en iniciar un paseo, un viaje, una aventura. Después de unos viente minutos, en una bifurcación, te encontrabas con la casa blanca de dos plantas y de tejas rojas tan típicamente andaluza. En la puerta de entrada, un jazmín le daba un perfume inconfundible a las tardes de sol y frío. Si te colocabas frente a la casa, se veía a la derecha la ciudad y detrás la sierra muy nevada, en especial en invierno, y a la izquierda, la Vega, uno de los trozos de tierra más fértiles de Andalucía que el crecimiento de la ciudad ha cercenado poco a poco.

Entonces, la casa pertenecía a la familia García Lorca. Había que llamar a la puerta de los caseros para entrar gratis. Es difícil creer que nos abrieran siempre con una sonrisa y nos dejaran deambular por las habitaciones de la casa. Quizás el hecho de venir de Argentina jugaba a nuestro favor o quizás fuera la ferviente admiración de mi madre por Lorca que sabía trasmitir a la perfección. Yo había llegado a Granada, sin ningunas ganas de emigrar, con el aliciente de que era la ciudad de Federico y que, por consiguiente, tendría la misma magia que su poesía y su teatro.

La municipalidad adquirió la casa en 1985 y la convirtió en un museo por el que se paga una entrada muy barata por una visita guiada de media hora. El Parque Federico García Lorca rodea la casa. «No es bonito, pero es mejor que edificios», comenta el guía y es cierto, pero mejor todavía hubiese sido conservar ese camino de tierra con higueras que recuerdo de la adolescencia. Por suerte, el jazmín sigue allí como único testigo de ese otro lugar donde todavía había huertas y una Vega para el esparcimiento dominical.

En la planta de abajo se conserva la casa más o menos como estuvo en los años en los que veraneaba la familia -de 1926 a 1936-. Se entra por un recibidor amplio que distribuye el comedor y salón a la derecha, y otro salón a la izquierda con el piano de media cola que tocaba Federico y algunos cuadros: Mujer fumando en pipa de Dalí, el retrato de Lorca pintado por Gregorio Toledo, decorados y bocetos de las obras de teatro de La Barraca. También están colgados el diploma de maestra de Vicenta Lorca y de Derecho de Federico. El guía apunta que la madre obtuvo un Sobresaliente mientras que el poeta un simple Aprobado; y es que sólo cursó los estudios para complacer a su padre, nadie dudaba de que su futuro era la literatura. Y en un rincón, el gramófono donde el escritor escuchaba música, parte inequívoca de su formación. En esta planta también está la cocina, donde se dice que se fraguó más de un diálogo de sus famosas obras de teatro, y la habitación de su hermano Paco, también poeta, cerrada al público.

En la planta superior, la habitación de Lorca tiene una cama pequeña y un gran escritorio donde se acabaron obras como Romancero gitano, Bodas de sangre, Yerma, Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, El Diván del Tamarit… Según cuenta su hermana pequeña, Isabel, en su biografía, Federico trabajaba con gran intensidad, sobre todo, por las noches. A veces, durante la tarde (cuando el calor obligaba a la reclusión total) le leía un pasaje. Ella le decía que le gustaba aunque no sabía por qué. Federico prefería esta respuesta a ninguna otra, siempre alejado de la adulación fácil. En la pared junto a la ventana, hay un cuadro de Rafael Alberti, un regalo de la época de la Residencia de estudiantes de Madrid.

En las habitaciones de los padres y las hermanas se ha dispuesto una exposición fotográfica de la familia y de la evolución de la casa hasta hoy. Las más interesantes son las de los veranos. Una familia unida, abierta, alegre, decididamente muy singular para el ambiente cerrado y conservador granadino (un ambiente que acabó con la vida del poeta en 1936). Hay fotos de Federico con sus hermanos Paco, Concha e Isabel; con sus sobrinos Tica, Manolo y Conchita; con su cuñado Manuel Fernández Montesinos (también asesinado por la dictadura franquista), y con otros muchos visitantes. Las fotos más tristes son las de la familia en la Huerta en 1937; su hermana Concha, vestida con un luto riguroso tras la muerte de su marido y de su hermano, sonríe mientras posa con sus tres hijos.

Me voy cuando ya es de noche, paso por el parque y oigo el ruido del agua de una fuente de un color rosa de dudoso gusto. Todo parece haber cambiado, me siento afortunada de haber visitado este lugar cuando se tocaba el timbre y los caseros, ya muy viejos, abrían la puerta a ese mundo lorquiano que al menos sigue presente en esta casa y en sus libros.