Breves: Mènage

Este texto se publicó en el blog La historia sin fin que pueden visitar aquí.

bar-171179_1280—Los dos, ¿cómo que los dos?

—Sí, primero se me acerca el camarero y me dice que nos juntemos a las tres cuando él sale. Y luego, cuando voy al baño, se me acerca el amigo del camarero, guapísimo, y me dice que qué hago más tarde y me besa delante del servicio. Ahí, le doy gracias al Todopoderoso por haberse fijado en mí esa noche.
—¿Un mènage? ¿Querían un mènage?
—Sí, me estaban proponiendo un mènage. Yo, tonta de mí, pensé que iba a ser demasiado. Me faltó confianza en mí misma. Flaqueé.
—¿Les dijiste que no?
—Flaqueé, pero me convencí a mí misma. No podía desperdiciar una oportunidad así, te imaginas que eso solo te presenta una vez en la vida. Que podríamos pasar miles de horas analizando esta aventura con las amigas. Me habían propuesto uno antes, pero eran unos amigos que estaban muy borrachos, pero ahora…
—Tus amigos eran feos y estos eran guapos.
—Sí, bastante. Se me presentaban dos adonis, unos cuerpos, unos músculos, unos ojos verdes. Juventud y belleza, no podía decir que no. ¿Por qué se habían fijado en mí? Ni idea. Me convencí de que era una mujer muy atractiva.
—¿Y cómo fue? ¿Cómo os lo montasteis?
—No pasó nada.
—¿Cómo?
—El guapísimo y yo esperamos hasta las tres a que el camarero acabara su turno. Cogimos algo de bebida para llevar a su departamento. Yo necesitaba beber más para acabar de animarme porque la situación me imponía un poco de respeto. Y entonces cuando salíamos con las bolsas, el más guapo, el amigo del camarero, cruza la calle y ¡zas! lo embiste un coche.
—¡No! ¿Lo matan?
—Espera. Queda tendido en la calle. Mira, yo ahí de pie sujetando una de las bolsas como una estúpida. El del coche se baja, el camarero se arrodilla, y le dice: «Hay que llamar a una ambulancia». Y sí había que llamar a una ambulancia, pero yo no me podía quedar allí con ese lío. Yo tengo un marido, unos hijos, una familia ¿me entiendes?
—¿Te fuiste?
—Se empezaron a acercar otras personas que salían de los bares y yo no pintaba nada allí, ya habían llamado a la ambulancia, así que me camuflé entre todos y me fui.
—¿Y no sabes qué pasó?
—Lo que pasó es que me quedé sin mi mènage, eso pasó, y otra oportunidad así no se me va a presentar a estas alturas de mi vida ¿no te parece?

Anuncios

Breves: Noticias del frente

Este texto se publicó en el blog La historia sin fin que pueden visitar aquí .

man-1519665_640«Está dentro de mis cálculos que se sorprenda al recibir esta carta. Aunque también está dentro de mis cálculos que quizás nunca llegue a leerla. No he encontrado otra forma de ponerme en contacto con usted; se han cortado los suministros en su zona y no creo que tenga ya ni correo electrónico ni un móvil con batería. Es posible que el servicio de distribución del correo postal ya no exista allí. Solo los que vivimos aquí, en el este, continuamos conectados al sistema y, aun así, le confieso que no funciona del todo bien. Digamos que envío un mensaje en una botella y que la lanzo al mar. Aun así, deseo que le llegue.

Ayer Vasily salió en un vehículo de exploración en la zona norte y, aparentemente, un grupo de rebeldes había colocado explosivos en el puente que cruza el río Kario. Nos dijeron que no había supervivientes. Nunca sabemos a ciencia cierta qué está ocurriendo. No se imagina lo extraño que es todo aquí, tanto que nunca estamos seguros de nada. A veces creo que los rebeldes no existen o que, incluso, los otros nos consideran «los rebeldes».

Su hijo y yo nos hemos hecho, o nos hicimos, muy amigos durante estos últimos años y siempre hablaba de su casa, un poco como hacemos todos, y de usted, sobre todo, de su empeño por seguir allí. Habíamos acordado que si a alguno de nosotros le pasaba algo, el otro avisaría a la familia. Me ha tocado a mí. Hubiera ido personalmente, pero bien sabe que es casi imposible salir de aquí. No sé si esto la aliviará, pero quería explicarle que estos años no han sido del todo malos. Dentro de esta rutina absurda de la que no podemos escapar, tenemos nuestros momentos de casi felicidad. Usted lo comprenderá bien porque también los tendrá, aunque esté sola en una ciudad destruida, ¿verdad? A veces es el sol en un día helado; otras, una flor que crece contra todo pronóstico, y otras, la charla íntima, esas auténticas, con un amigo, como las mías con Vasily. Incluso tenemos, o teníamos, una mascota, un gato que habíamos encontrado vagando hambriento por una de las zonas deshabitadas. Se llama Misha, así le puso su hijo en honor al gato que tenían ustedes cuando él era pequeño.

Siento darle la noticia así por carta, pero ya sabe… Le adjunto con esta carta una foto que nos sacamos con Misha para que tenga un recuerdo de nuestros días felices».

Anna dejó la carta sobre la mesa y se quedó con la fotografía en la mano. Le pareció oír la puerta abrirse y corrió, como no había hecho en años; presintió que era él, que era Vasily que, por fin, había conseguido volver.

Breves: Confesión

Este texto se publicó en el blog La historia sin fin que pueden visitar aquí.

confesion-ana-guerberof

—Dime, hija, ¿qué te preocupa?

—Padre, las notas bajaron otra vez.

—¿No estudias?

—Sí, me siento a estudiar, pero me cuesta porque me pongo a pensar en comer.

Voy a la cocina y me preparo un sandwich de jamón y queso con un poco de

mostaza y mayonesa, y también me llevo galletitas. Si mi mamá compró las que

a mí me gustan, esas que están rellenas de chocolate, entonces me puedo comer

todo el paquete de una sentada. Y como se me seca la boca, me llevo algo para

tomar también. Mi mamá compra bebidas sin azúcar para que no engorde, dice,

pero yo acabo preparándome un Nesquick y le pongo azúcar porque me gusta

que la leche esté muy dulce. Me llevo todo al cuarto y me pongo a comer

mientras estudio, pero no me quedo con nada, porque me pongo a pensar en

que me gustaría hacerme otro sandwich. A veces, ni me da tiempo a leerme la

página que ya quiero prepararme otro, y me paso toda la tarde yendo y viniendo

de la cocina.

—¿Y tus padres te llevaron a un médico?

—Sí, padre, el médico me pregunta por mis preocupaciones y yo no sé qué

decirle. Me da vergüenza. Con él, no tengo la confianza que tengo con usted.

—¿Qué te da vergüenza?

—Lo que pasa padre es que … no sé, yo no estoy en el cuerpo correcto. Esta chica

gordita no soy yo. Yo lo sé esto hace mucho, pero no sé qué hacer. No sé si Dios

lo decidió así o si justo hubo un fallo divino cuando nací y se confundieron.

Entiendo que cualquiera, hasta el más divino, pueda cometer un error. Usted

mismo lo ha dicho alguna vez. En resumen: no tengo el cuerpo que me

corresponde. Yo no soy una chica, padre, no soy una chica, y esa es la verdad.

Pero no sé por dónde se empieza con esto, ¿me entiende?

 

Cuento: Los cangrejos

Este cuento fue finalista en el V Certamen de narrativa Breve Canal Literatura en 2008 y se publicó por primera vez aquí.

 

crab-48162_1280Los alumnos de tercero repetían la rima inglesa mientras Florencia señalaba las palabras en la pizarra. A la izquierda del aula, tras la puerta con la mitad acristalada, se encontraban la directora del colegio con dos hombres vestidos de traje azul oscuro. Uno llevaba gafas de pasta y el otro, un bigote recortado. Cuando Florencia giró la cabeza desde la pizarra hacia los alumnos, alcanzó a ver a las dos figuras expectantes. No eran profesores. Dejó entonces de escuchar lo que repetían los alumnos y sólo vio el movimiento de los labios de todos los niños en una especie de vacío lunar.

La celda donde se encuentra Florencia es gris y fría con una ventana muy pequeña en el lado izquierdo, parece un respiradero. Cree que ya han pasado tres días, pero ha perdido la cuenta. No le dan ni agua ni comida. Le duele todo el cuerpo, ha intentado concentrase en cada miembro para conseguir determinar qué se le ha roto, qué ha dejado de funcionar, pero no puede hacerlo porque el dolor se ha generalizado. De un ojo ve sombras y del otro cree que ya no ve nada. Como tiene las manos atadas detrás de la silla, no puede tocarse la cara y palpar los daños infligidos. En el oído izquierdo tiene un zumbido incesante. Tiene la sensación de estar en una gran pecera donde existen sonidos confusos y colores borrosos. Está descalza pero no puede inclinarse para comprobar los pies que ya hace un par de horas que no siente. El dolor abdominal ha disminuido ligeramente. Está tan agotada que intenta dormir los pocos ratos que la dejan. En su somnolencia, oye abrirse la puerta.

—Me deberían haber llamado antes—. Es una voz de hombre distinta a las demás.

Poco a poco y con gran precaución intenta abrir los ojos. Cuando lo consigue, con uno semiabierto, inclina su cabeza y la gira hacia arriba para verlo mejor. Sólo intuye que es un hombre alto pero siente un olor fuerte a colonia fresca. Un perfume que le recuerda a su infancia, a las tardes en que su padre llegaba del despacho y la abrazaba. Ella hurgaba en sus bolsillos y siempre encontraba alguna golosina. El hombre permanece de pie delante de ella. Florencia siente algo similar a cuando les dijeron que su madre tenía cáncer. Su padre se quedó ahí parado en el medio de la sala, como un muñeco de trapo, pero no lloró, no lloró nunca, por lo menos delante de ella. Florencia no sabía lo que era cáncer y se imaginaba a un cangrejo devorando las entrañas de su madre porque había visto en el horóscopo de una revista el símbolo del signo del zodíaco. Cuando empeoró, pensó que no se trataba solamente de uno, sino de cientos de cangrejos, toda una colonia que la invadía paulatinamente. Le daba miedo tocarla por si saltaban fuera del cuerpo de su madre en un afán de conquistar otro cuerpo, joven y sano. Su padre, en cambio, pasaba muchas horas hablándole mientras la acariciaba: «¿Te acordás cuando fuimos a Mendoza y nos bañamos en el río? En el agua marrón que parecía un vaso de chocolate con leche. Vos estabas negra como el tizón, como te ponías cuando íbamos a la playa. Yo me ponía un poco colorado y después volvía a mi blanco natural». Su madre no contestaba porque hacía tiempo que la morfina la acunaba en un sueño profundo y aparentemente plácido. Sin embargo, el traqueteo de los cangrejos que devoraban su cuerpo no cesaba. Florencia lo sabía pero no quería desvelar el secreto a su padre para que siguiera hablando con ella y ahuyentara así a los cangrejos. Quería que su padre se los llevara muy lejos al igual que lo había hecho el flautista de Hamelín con las ratas en aquel cuento de sus lecturas nocturnas.

—Voy a examinarla— dice bajito el hombre perfumado.

El médico examina los ojos, los hombros, el abdomen, las piernas mientras que, por un instante, Florencia se olvida de donde está y se deja transportar a un jardín lleno de arbustos y flores, con la hortensia de la abuela al fondo y la palta que nunca dio frutos. Están todos comiendo un asado y ella, aún una niña, se lleva el pan con chorizo, sin que la vean, a uno de los rincones y lo comparte con el perro. Su madre también está allí, lleva ese vestido blanco de tirantes con flores azules que tanto le gustaba, bebiendo una copa de vino tinto; permanece atenta a la conversación de su padre que charla con el tío que acaba de llegar de viaje y que explica las diferencias entre la pizza argentina y la italiana. Después su padre la lleva al parque para enseñarle a montar en bicicleta. Tiene miedo pero como sabe que él está detrás sujetándola se siente segura. De repente se da la vuelta y lo ve lejos mientras la saluda con un movimiento de la mano y una amplia sonrisa casi de niño vergonzoso. Ya anda sola. La imagen del médico se cuela en su recuerdo. Desearía hablar con su padre y explicarle que Pablo y ella no querían que sufriera. Desde que desapareció Pablo pensó varias veces en llamarlo para contárselo, para explicarle que a ella le podía pasar algo similar. No lo hizo. No quería involucrarlo y, sobre todo, tenía miedo de su ira, miedo a que le dijera que él ya se lo había advertido, que eso no podía llevar a nada bueno, que los cambios no se hacían así, jugándose la vida sin posibilidades de ganar, que ella era lo único que le quedaba y que no podía perderla. Cómo desearía que su padre la salvara de todo esto, estar en la habitación de su casa mientras él le leía un cuento. Quiere borrar el momento en que se separaron, en que cada uno siguió por vidas tan dispares, en ese gran delta donde confluían y divergían las vidas de todos.

A Facundo lo habían llamado del cuartel a las dos de la mañana para examinar a una presa. Se había incorporado de la cama medio dormido y había permanecido así inclinado, con la cabeza gacha esperando a despertarse, se había mirado las manos, cubiertas ya de pequeña pecas, con las venas surcando la piel resquebrajada y el anillo de casado estrangulándole el dedo. Eran manos grandes que en ese momento le resultaban totalmente ajenas a su cuerpo. A su derecha había visto a Irene aparentemente dormida. Sabía perfectamente que la mitad del tiempo se hacía la dormida porque no podía afrontar la realidad que les quedaba por vivir. Prácticamente desde la muerte de su hijo Carlos que no se levantaba de la cama y pasaba el día atiborrada de pastillas.

Llegó al cuartel a las dos y media, y le explicaron que tenían una mujer en la sala de interrogaciones seis, llevaban unos tres días con ella y querían saber si podría aguantar. Se acercó a la sala muy lentamente como si llevara zapatillas de andar por casa, arrastrándolas por el pasillo. El policía de guardia le abrió la puerta. Ella estaba en el centro de la celda, atada a una silla. Facundo se sorprendió de que fuera una silla de colegio, de esas de madera verde, como la que tenía Carlitos en su cuarto cuando era chico. Era una mujer bonita, bastante alta, con una melena castaña que le llegaba casi a la cintura, su piel era muy morena. La habían golpeado bien, un ojo estaba semiabierto y violáceo y le había caído sangre de la nariz manchándole la camisa celeste que llevaba, había creado un pequeño Mar Rojo dentro de un océano azul. Se quedó unos instantes sólo mirándola y notó su miedo. Se preguntó si Carlos había sentido miedo cuando el camión se lo llevó por delante. Si sintió algo cuando su moto recorrió los cien metros hasta estrellarse en la mediana y se fracturó tantas partes del cuerpo que los médicos no pudieron ni contarlas. Cuando Irene y él fueron al hospital ya supo que estaba todo perdido. Irene rezó para que viviera. Él, que sabía que los daños eran irremediables, para que muriera. Carlos antes lleno de vida. Carlos con las manchas de chocolate con leche en la comisura de los labios y sentado en la mesa de la cocina mientras él se cebaba unos mates.

A pesar de la deformación producida por los golpes, ella lo mira fijamente, levantando la cabeza pero con los labios apretados, la mandíbula tensa. Intenta ocultar su soberbia natural, eso ya le ha ganado unos cuantos palos. El ojo que tiene peor no lo ha perdido aún. Parece tener una rotura de clavícula y fracturados dos dedos del pie. Facundo sabe que necesita atención médica, pero que no se la darán, no puede saber si hay derrame interno pero intuye que es bastante posible. Sabe que no dirá nada, que no intentará salvarla. Sólo desea que acabe esta pesadilla, que sea mañana, que ella esté muerta. Mira hacia abajo, respira hondo un par de veces hasta volver a encontrar un equilibrio. Entonces se esfuerza en recordar un trozo de su vida anterior, un trozo de aquella vida normal. Llevaba a Carlos al colegio y, al llegar, él le soltaba la mano y corría a encontrarse con sus amigos: «¡Chau, papi!». Se incorpora, recoge el maletín y se da media vuelta.

—Es una mujer fuerte, pero no aguantará mucho más.

Las palabras son como una metralleta que despierta a Florencia de su ensoñación. Tiene la confirmación que tanto temía, su padre no la ha perdonado y la abandona. Miles de cangrejos han conseguido al fin meterse en su cuerpo y la devoran allí mismo. Un grito profundo sube por el estómago y se apaga en la garganta. Recuerda su primer paseo en bicicleta, a sus padres antes de que llegaran los cangrejos y, en  la claridad de la cocina, finalmente está Pablo que la mira sonriente desde la silla mientras ella coloca el dibujo de un alumno en la puerta del frigorífico.

Cuento: El zepelín

Este relato fue finalista en el VIII Certamen de Narrativa Breve 2011 y se publicó por primera vez aquí.

pyramids-67748_1280Cuando tenía nueve años me enamoré de Patricio Gutiérrez y dejé de comer. Fue, más o menos, en ese orden. Al igual que la ley de vasos comunicantes, a medida que el amor de Patricio me llenaba de peces de colores que nadaban en el mar, me vaciaba de comida. Empecé con pequeños gestos que pasaban desapercibidos en mi familia. Quitaba la mantequilla del pan en el desayuno y, luego, retiraba también toda la miga hasta dejarlo ahuecado como el casco de un barco abandonado en la playa, ligeramente inclinado en la orilla. Me entretenía con la comida del plato como si jugara a construir pequeños castillos que arrastraría el mar. Más tarde, escondía en la servilleta parte de la comida y, cuando recogíamos los platos con mi hermana, la tiraba a la basura en la cocina. Es fácil engañar si no te observan.

Enamorarse a los nueve años puede parecer demasiado prematuro, pero no fue elección propia, me ocurrió así como quien te da una bofetada en mitad de la calle a plena luz del día y nadie, absolutamente nadie, intenta impedirlo. No puede evitarse lo que no quiere verse porque se teme o se ignora lo qué hay detrás de esa pared tan difícil de trepar que es la vida de los otros. Enamorarme de Patricio fue como si me dieran veinte mil bofetadas seguidas. Me ocurrió y me dejó aturdida. Fue difícil compartirlo con otros porque si decía, si pronunciaba siquiera, la frase: “Me enamoré de Patricio Gutiérrez”, a mi hermana, por ejemplo, causaría una irremediable burla o, peor, risas burlonas. Que con nueve años me enamorara era difícil de entender, incluso se podría decir que inexplicable. Pero claro no se trataba de explicarlo. Eran las veinte mil bofetadas seguidas que no podían dejarme indiferente. Cuando estaba con Patricio, no solos sino en compañía de todos, me sentía como un globo enorme con unos ojos y una boca muy pequeños, y pensaba que él sólo veía en mí a un gran globo dirigible sobrevolando el cielo nuboso de la playa como aquel avión que lo recorría con un cartel publicitario que decía “Marquesa, los mejores helados del verano”. Él no le dedicaba al avión ni cinco minutos de su tiempo porque no le interesaban ni los aviones ni los globos dirigibles como yo.

Durante el invierno, como no nos veíamos, comencé a escribir un diario, que jamás me atrevería a mostrarle, donde le explicaba a Patricio mis experiencias en el colegio o los detalles intrascendentes de mi vida familiar. Le contaba cómo la madre superiora me había llamado la atención porque no llevaba la camisa reglamentaria del uniforme. En realidad, yo siempre intentaba colocar algún adorno que marcara la diferencia porque odiaba ese uniforme tan poco agraciado, esa camisa con el cuello de picos rectos sin ninguna ondulación que rompiera la monotonía, ese azul marino que de marino no tenía nada, era un azul triste casi negro; se tendría que haber llamado azul tristeza o, mejor, azul confesión. Cuando le escribía a Patricio, modificaba ligeramente los acontecimientos porque no quería contarle que mis notas eran cada vez peores y que las monjas habían convocado en un par de ocasiones a mis padres (sólo fue mamá) por mis problemas de conducta. En realidad, yo no tenía problemas de conducta sino que me resultaba difícil concentrarme en lo que decían los profesores y, por consiguiente, no acertaba a contestar a ninguna pregunta y, si lo hacía, mis respuestas se referían a mis propias interpretaciones, al parecer erróneas, sobre ese tema en concreto. Nunca hablé de la comida, no quise contarle que no quería comer para no convertirme en una mujer gorda como mamá. Me horrorizaba la idea de parecerme a ella, pero al mismo tiempo sentía vergüenza de explicarle que no deseaba ser una mujer gorda como mamá porque era como insultarla (y esto me provocaba cierta culpa) y porque no quería admitir que al ser su hija yo estaba abocada al fracaso estético más estrepitoso: ser una gordita simpática como ella. Mamá no parecía estar preocupada en absoluto por ser gorda ni parecía querer ser otra persona de la que era, a pesar de que papá ya casi no venía por casa, se había trasladado a la provincia y sólo nos visitaba ocasionalmente cuando tenía que cerrar los negocios del campo. Ella se había quedado en el apartamento de la capital con nosotros donde llevaba una vida social intensa. La casa estaba siempre llena. En general, otras mujeres, gordas y flacas, recalaban en casa en busca de engañar el paso de las horas a bordo de sus enormes transatlánticos.

Papá siempre nos escribía cartas que yo respondía de inmediato en forma de pequeños poemas con rimas acaracoladas o, a veces, tan solo le enviaba un dibujo sin palabras; en cambio, mi hermana le escribía largas cartas explicándole cómo se desarrollaba la vida de la casa durante su ausencia. Tenía una capacidad increíble para fijarse en los detalles y reproducirlos en el papel, como si entendiera lo que ocurría a su alrededor, como si pudiera nombrar las cosas que yo, a veces, no lograba siquiera distinguir con claridad. Creo que fue ella quien le explicó que yo estaba demasiado flaca, aunque ella me dijo que había sido mamá y había añadido que si yo creía que mamá era tonta. Yo no pensaba que mamá fuera tonta pero sólo que estaba demasiado ocupada en la organización de aquellos fantásticos cruceros que llegaban a casa. Además, no pensé que se fijaría en mí, el pequeño globo dirigible que gravitaba por los cuartos de aquella gran casa llena de turistas. En ese momento me hubiera gustado explicarle a mi hermana que no tenía hambre, que no sentía nada porque Patricio y sus peces ya lo ocupaban todo, el mar del verano se me había metido en las venas y me alimentaba todos los órganos sin necesidad de comer, salándolos poco a poco. Tampoco podía explicar que no quería ser como mamá porque sentía algo parecido al odio por haber dejado que todo se colapsara a su alrededor mientras ella sonreía y se tomaba unos langostinos con salsa rosa a bordo de su yate, engordando sin remedio. Mi hermana no lo hubiera entendido.

Un día llegó papá de la provincia y estuvieron horas encerrados en la sala. A veces se oían voces más altas pero ningún grito. Por un momento, dado el murmullo conciliador que se escuchaba detrás de la puerta, pensé que papá volvía a casa para quedarse. Pero, al día siguiente, me llevaron a un médico que me examinó, me auscultó y me pesó. Tenía las manos rosadas con manchas marrones y olía a polvos de talco. A él tampoco le expliqué lo de Patricio, le dije que no tenía hambre cuando me preguntó por qué no comía. Me pareció lo más convincente para un médico, hablar de peces y mar hubiera complicado las cosas, y no tenía ganas de quedarme allí mucho tiempo con un hombre que olía como lo hace un bebé pero que parecía tener mil años. Luego habló con mis padres y comenzaron a darme un jarabe para despertarme el apetito. Si algo despertó fue su profunda frustración y decepción porque veían que no se operaban cambios ni en mi comportamiento en el colegio ni en mi aspecto físico.

Aunque había comenzado el buen tiempo otra vez y eso me animaba porque significada que pronto iríamos a la casa de la playa, no conseguía sentir el calor. Observaba como todos iban quitándose la ropa, las capas de la cebolla, mientras yo seguía con los botines negros y ese abrigo azul marino del colegio. Era como si el calor sofocante de la ciudad se hubiese convertido en nieve del invierno sólo para mí. Digamos que el sol proyectaba los rayos de forma selectiva y calentaba a los otros mientras me dejaba a mí en el invierno. No sabía si era el famoso castigo que me habían prometido mis padres si no mejoraba en el colegio. No creía que mis padres tuvieran esa influencia en algo tan poderoso y grande como los astros, y en especial en el sol, que los profesores llamaban “astro rey” en este país sin reino, pero era verdad que mis padres tenían ciertas influencias, como decían mis tíos, y una cierta sed de venganza por mis continuas “excentricidades”, como decía mamá. Así, a medida que la primavera tomaba la ciudad y ofrecía un adelanto de lo que nos depararía el verano, no cesaba de nevar en mi pequeño círculo vital, como si nevara por dentro empañando los cristales al enfrentarse al calor de fuera, al revés de lo que sucedía en el invierno cuando los cristales se empañaban porque dentro hacía calor y fuera estaba helado. Era una nieve interna que me hacía ver todo como en una película en blanco y negro, como si se hubieran apagado las luces de la ciudad. Me era difícil imaginar un verano tan próximo en un invierno para mí tan lleno de frío, de lluvia y de nieve pero la esperanza de los juegos en la playa representaba para mí el único bote salvavidas durante mi propio hundimiento del Titanic. Una vez llegada a la casa de la playa, todo sería distinto.

La casa estaba patas arriba porque se acercaba la fecha en que nos trasladaríamos todos a la playa. Mamá dirigía el traslado como un capitán de barco de ultramar, le pedía a algún criado que levantara una vela o que cargara las bodegas con provisiones, o que subiera los baúles con ropa a los depósitos de la proa. Solamente la vi una vez entrar en la cocina, mientras yo mojaba unas galletas en un vaso de chocolate y las contemplaba mientras se hundían en el mar marrón como si fueran tesoros perdidos de un bucanero, pero pareció tan turbada, como si acabara de entrar a la morgue de un hospital, que se marchó rápidamente mientras la cocinera y yo nos mirábamos intrigadas y luego estallábamos en una gran carcajada. Una noche me despertó un llanto ahogado en el mar, unos sollozos vergonzosos y, cuando me desperté, vi a mamá a los pies de la cama llorando, lloraba de una manera tan extraña como si nunca lo hubiera hecho antes, como si las lágrimas le salieran de los ojos sin quererlo y cada una le produjera espasmos incontrolables en todo el cuerpo. Cuando me vio que la miraba, sorprendida me pidió, me rogó que volviera a comer, me dijo que ya no sabía qué hacer, que no sabía qué me estaba pasando, que había seguido todas las instrucciones del médico, que ya no le quedaban más fuerzas, que, por favor, comiera, que comiera o me acabaría muriendo. Nunca había visto llorar a mamá y supongo que la helada de mi invierno me impidió sentir esa tristeza tan enorme que parecía querer explicarme. Mi hermana hubiera podido escribir seguramente todos esos sentimientos en una prolongada carta a papá, pero mi testigo dormía hacía tiempo en la habitación contigua. Si no hubiese sido invierno en mi cama, le hubiese explicado mi amor por Patricio y también que yo era un inmenso zepelín volando por encima de las calles de la ciudad y que, al igual que aquel famoso Hindenburg que nos mostró papá en una foto, me precipitaría en llamas sobre la playa causando más estragos de los que pudiera evitar pero apagándome finalmente en el mar sin lograr que Patricio me prestara atención en ese último intento desesperado de agradarle.

Cuento: Los peces

La revista literaria Literatura Chèvere publicó este relato en su sección El Chévere invitado hace un tiempito. No sé si esto es exactamente un relato, pero como le gusta mucho a mi hermana Mercedes, lo incluyo ahora en este blog.

ichthyology-152985_1280Los peces

Fue en el tiempo que se enfermó la gata que las dos nos replegamos en un ovillo de lana blanca y negra. Ella para protegerse de un mar oscuro que la consumía y yo para cubrir el vacío de su partida o es posible que por el peso exógeno de demasiadas renuncias. Siempre era más fácil centrarse en un propósito que exigiera toda nuestra atención que hacer frente a unas opciones laborales cansinas con pingüinos vestidos de fiesta, a fracasos sentimentales de escaso interés poético y a logros académicos otorgados por diminutas lechuzas con gafas para la presbicia. Y aunque se tuviera una vida plena de emociones intensas, de aquellas que tienen los zorros, la enfermedad y un mal pronóstico le confieren a la existencia un sentido único e inequívoco. Me centré en los cuidados de una gata que quizás no demandaba tanta atención pero que yo ofrecía a raudales. Las puertas de la presa, tanto tiempo cerrada, se abrían ahora de par en par, desbordando los ríos e inundando los campos a su paso, cosechas perdidas y ratones ahogados, tal es el precio, a veces, del amor.

Sin embargo, sentía que a pesar de esa cúpula de cristal de colores luminosos, unos fucsias y otros verdes esmeralda, con los que yo protegía la casa y a la gata y que nos separaba de los otros sin que ellos se dieran cuenta, los peces gordos y resbaladizos querían colarse por las hendijas de puertas y ventanas, con esas bocas dentadas y sangrantes en busca de su siguiente víctima. Siempre los peces, incesantes y al acecho. Esa oscuridad verde viscosa se filtraba sin remedio y al llegar a casa notaba detalles de su presencia ominosa y taimada. Unas gotas de un líquido negro en el florero marchitaban unos girasoles ennegrecidos, antes amarillos, o un trozo de pan se cubría de un moho verde azulado que avanzaba lentamente por entre las migas pálidas y resignadas. En ocasiones era tan solo el olor intenso a pescado podrido que me obligaba a abrir las ventanas de par en par y dejar que el aire puro se llevara el hedor y nos limpiara los pulmones cansados. La gata se acostumbró a mis cuidados y a pesar de los agoreros anuncios del veterinario, un oso grande y marrón que vivía en una zona más alejada de la ciudad, continuó viviendo mientras se consumía nuestro tiempo y los peces se escondían debajo del váter en la tubería más putrefacta del apartamento.

Otra en mi lugar hubiese llenado la casa de velas perfumadas e inciensos mientras realizaba ejercicios de meditación o de algún tipo de yoga, pero yo no era dada en exceso a una dimensión espiritual complementaria, no estaba abocada a una perenne satisfacción y unión con el cosmos. Los espíritus, si presentes, ya no habitaban la casa custodiada por la fauna marina y adornarla con velas sólo hubiese servido para indicar un camino que yo quería obliterar para cualquier visitante. El cosmos no estaba para bromas pesadas de un viejo gurú arrugado repitiendo un mantra de la misma forma que mi abuela rezaba el rosario cada noche a la luz de esa virgen que se encendía aún en total oscuridad. Una virgen de luminosidad verdosa que nunca le otorgó ningún deseo sino más bien el deseo de no desear nada hasta el final. Fue entonces cuando se le acumularon todos ellos pero ya fue tarde para realizarlos y se cayeron de la cama moribunda, como mi hermana de la litera cuando éramos niñas, estrepitosamente.

Una mañana los ojos verdes de la gata comenzaron a teñirse de tenues puntitos azul oscuro. La única alternativa era alejarnos de la terrible voracidad del mar, siempre en demanda de un bucanero para seguir reinando en costas e islas, adentrarnos en las montañas para las que solo bastaba unos pequeños copos de avena que cubrieran sus picos más altos. Entonces, aprovechando la claridad del día, cargué el maletero del coche con miles de latas y bolsas de frutos secos para subsistir en nuestro retiro hibernal. Durante el trayecto cantamos mil canciones infantiles que, aunque sabíamos anacrónicas y banales, nos hicieron pensar en teatros de ópera y sopranos enormemente gordas y delicadas, que morían de una tuberculosis demasiado temprana. Ahí estaba la enfermedad, otra vez, presente aún en nuestros juegos más íntimos. Podría parecer que estábamos mentando al diablo pero era nuestra manera de retarla, de ganarle una partida a fuerza de reírnos de ella porque dicen las urracas que si ríes de las cosas importantes encuentras la clave de la felicidad. Quizás, no. 

Sólo nos detuvimos para repostar porque en las paradas radica la sensación de movimiento y aunque nuestro viaje era una huída, no por ello queríamos restarle ese carácter renovador que lo caracteriza. Éramos como excursionistas de domingo, llenos de alegría, por un lado, ante la perspectiva del día de asueto, y de tristeza, por otro, fruto de la realización de los días que se habían escapado por los radiadores del cuarto de baño. Cuando finalmente divisé las montañas, como reinas de picas, su inmovilidad me hizo recordar a la gata cuando contempla la realidad desde la ventana y sonó una cantata acompañada de violines y platos a modo de bienvenida. Por delante un camino de tierra entre árboles y a ambos lados campos sembrados de colza. Al llegar la casa estaba fría pero el fuego caldeó las dos diminutas habitaciones casi al mismo tiempo que colocaba la última lata en el armario. 

Algunos días, si no llueve, recorremos los caminos que marcan las montañas, ella va delante olfateando otros animales o incluso flores. Es más difícil que los peces lleguen a las montañas pero se han dado demasiados casos en la historia de esta comarca como para ignorarlos, se guían por brújulas pegajosas que les muestran caminos recónditos incluso subterráneos, de forma que a veces se presentan en un pozo o nadan en la fuente de algún pueblo perdido de la montaña.

Máquina del tiempo: mujeres bailarinas

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en julio de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

Isadora DuncanSe conoce a Isadora Duncan como «la madre de la danza moderna». En un siglo donde primaban los esquemas clásicos del ballet ruso, ella bailaba descalza, vestía una túnica de gasa, con el pelo suelto y una escenografía mínima. Sus detractores criticaban su falta de técnica; sus admiradores alababan su fuerza y frescura. Quizás su rasgo más llamativo fue su apuesta incondicional por la libertad, tanto de movimiento como de pensamiento. En su vida personal renegó de cualquier convencionalismo. Por todo esto, en la máquina del tiempo de este mes la visitamos en París en 1927, pocos meses antes de su muerte.

Su madre, Dora, se divorció de su padre, Joseph, porque él la dejó tras perder su fortuna y la engañaba. Tuvo que sacar adelante a cuatro hijos dando clases de piano. Sin embargo, usted siempre dice que esto los favoreció…

Exactamente, no entiendo esos padres que quieren hacer todo por sus hijos. Yo era la pequeña de mi casa, mi madre trabajaba y nosotros ayudábamos. Ella que había sido la mujer de un banquero, se quedó en la calle. Mi madre nos enseñó a pensar por nosotros mismos. Nos inculcó el amor a la música y a la lectura. A pesar del trabajo diario, por las noches nos reunía y tocaba el piano o nos leía a Shakespeare, Shelley, Keats, Dickens.

Usted fue autodidacta, ¿no le interesaba el colegio?

Una pérdida de tiempo. Un sistema para memorizar datos sin comprenderlos. Mi hermana y yo nos pusimos a dar clases de baile a niños y a ganar dinero para la familia.

A pesar de que su padre no se ocupó de ustedes, en sus memorias habla de él con cariño.

Sí, lo conocí cuando tenía siete años. Era un hombre amable. El fracaso del matrimonio hizo que yo ya entonces decidiera que nunca me casaría. La institución del matrimonio me parecía un modelo no apto para un espíritu libre como el mío. Esto a finales del siglo XIX era impensable en una mujer, pero así lo decidí y prácticamente lo cumplí.

Tuvo dos hijos, Deirdre y Patrick, con el diseñador Gordon Craig y el multimillonario Paris Singer. Se casó años más tarde con el poeta Serguéi Esenin, 17 años más joven, pero se divorció de él…

Tuve tres hijos, que han muerto [Deirdre y Patrick se ahogaron en el Sena al caerse el coche en el que viajaban con su nodriza y su tercer hijo murió a las pocas horas de nacer]. Nada volvió a ser igual desde entonces, pero había que recoger lo que quedaba y volver a empezar. Con Serguéi me casé para que pudiera acompañarme en mi gira a EE. UU., pero estaba enfermo y volvió a Rusia [Esenin era alcohólico y se suicidó en 1925].

Cuéntenos cómo empieza a bailar y por qué rompe con el ballet clásico tal como se entendía entonces.

Mi madre tocaba el piano y yo bailaba. Fui a unas clases de ballet y las dejé de inmediato, esos patrones rígidos no eran para mí. Creo que el haber nacido cerca del mar fue uno de los factores más importantes. Miraba el mar, veía cómo se movía y quería imitarlo. Otro factor fue el arte griego. Me pasé horas en el Museo Británico estudiando las formas para imitarlas en las coreografías. Para que la danza tuviera sentido, una fuerza interior debía proyectarse al público.

Después de bailar en Estados Unidos unos años con poco éxito, triunfa al trasladarse a Europa.

En Europa coincido con artistas que buscaban una expresión nueva y con un público que sabía apreciar la vanguardia. Evidentemente lo que yo hacía no era para las masas, pero tuve un éxito fulminante. Viajé por todas las capitales europeas y por el mundo. También fundé tres escuelas en tres países distintos. Era muy importante dejar un legado y por eso me trasladé a Moscú tras la revolución: me invitaron a fundar mi escuela allí.

También estuvo en Buenos Aires y…

Mi viaje a Buenos Aires fue un desastre, el público era frío, y tuve un incidente diplomático absurdo.

Bailó el himno nacional envuelta en la bandera argentina.

Sí, pero a petición de los estudiantes que celebraban el día nacional. Nunca fue una falta de respeto, pero se armó un revuelo enorme, las mejores familias de la capital no quisieron venir al teatro. En Montevideo, por fortuna, pasó todo lo contrario: triunfé.

Isadora, se nos acaba el tiempo y no sé cómo decirle esto: no debería subir a un auto deportivo con un chal si va a Niza…

 

Isadora seguramente olvidó mi consejo y el 14 de septiembre de 1927 murió estrangulada con la chalina de seda que llevaba cuando esta quedó atrapada en la rueda del coche deportivo de un amigo italiano.  Isadora Duncan