Breves: Los paciagos

Este texto se publicó en el blog La historia sin fin que pueden visitar aquí 

wright-brothers-1386238_1280Había una vez una isla en el océano Atlántico donde vivían los paciagos, un pueblo de personas muy, muy pequeñas que subsistían de lo que daban sus huertas y de la recolección de frutos del bosque. Cada uno de ellos tenía una pequeña cabaña individual en lo alto de un árbol. El árbol llevaba una etiqueta con el nombre de su dueño, también llevaban etiquetas las huertas, las flores y los árboles y frutos del bosque, de manera que la isla estaba plagada de carteles que indicaban a quién pertenecía cada objeto animado o inanimado de la isla; sí, también los gatos, perros, canarios, palomas llevaban su etiqueta con el nombre de su propietario.
Los paciagos vivían en un clima de aparente armonía porque a nadie se le ocurría traspasar la ley no escrita de la isla: no tocarás los bienes ajenos. Por las noches, se juntaban en la tierra de uno de ellos, por turnos estrictos y alfabéticos, encendían una hoguera y hablaban mientras bebían un vaso de aguardiente hecha de caña de azúcar, abundante en la isla. Los paciagos no se entretenían en prácticas sexuales, se consideraba que cada uno debía respetar su individualidad en todos los sentidos; así que no tenían hijos y vivían eternamente.
Todo hubiera transcurrido así por los siglos de los siglos, si no hubiera llegado a la orilla de la isla un cofre que contenía un libro con unas magníficas ilustraciones para construir un aeroplano. Los paciagos nunca habían visto algo igual y pensaron que si construían uno podrían etiquetar el cielo, las nubes, el sol y la luna. Aunque los paciagos estaban acostumbrados a trabajar en solitario, se organizaron por turnos de diez miembros para avanzar más rápido en la construcción a la vez que trabajaban sus tierras. Ese contacto diario hizo que se estrecharan algunas relaciones y el aumento del trabajo conllevó un aumento en el consumo de aguardiente. Más de una pareja de paciagos se escondía ahora tras los arbustos para dar rienda suelta a sus deseos tantos años aplacados. Otras relaciones se rompieron por discusiones ridículas sobre la interpretación de los dibujos, por las noches de sexo desenfrenado que se pretendía disimular o por la ausencia de las noches de sexo con alguien en particular.
Lo cierto es que la tranquila vida de la isla se vio francamente alterada con la llegada de los planos. Algunos querían volver al pasado, no les parecía tolerable el aumento en la carga de trabajo y el desenfreno nocturno, y otros, los que se escondían en los arbustos sobre todo, no querían volver ni locos. Decían que ahora se sentían vivos e insistían en la construcción del dichoso aeroplano que les ayudaría a etiquetar todo el mundo. Y entonces pasó lo que ya se veía venir, una noche cuando el aparato estaba casi acabado, solo quedaban retoques como asientos o ventanas, el aguardiente corrió en abundancia y un grupo de tres paciagos se envalentonó y decidió subirse al aeroplano y etiquetar alguna estrella. Algunos intentaron impedirlo con poco entusiasmo, ya estaban pensando en arrimarse a un arbusto para pasar la noche en compañía. Los tres intrépidos se subieron al aeroplano, encendieron el motor, alzaron el vuelo y se perdieron en la noche. No los volvieron a ver ni las estrellas quedaron etiquetadas, se quejaron los más prácticos. Sin el aeroplano que construir y la pérdida de tres habitantes de la isla, se decidió que la locura ya había causado el daño suficiente a la vez que les había perder tiempo valioso de siembra, así que todos volvieron a la antigua rutina, casi avergonzados de sus desmanes. Se prohibió el aguardiente y el sexo volvió a quedar en desuso.
Diez años después llegó a la isla otro cofre. En esta ocasión nadie quiso abrirlo por miedo a que se repitieran los mismos hechos del pasado. Le pusieron varias piedras para hundirlo en el fondo del mar. Y fue una lástima porque contenía una carta de los tres paciagos extraviados que les invitaban a construir otro aeroplano, el suyo se había estrellado al aterrizar, y les enviaban las direcciones para llegar a una nueva isla mucho más benigna y más rica en comida lo que les permitía pasar el día bebiendo y procreando como conejos.

Anuncio publicitario

La máquina del tiempo: una mujer del futuro

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en diciembre de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

cityscape-919050_1280Esta es la última máquina del tiempo de este año y, en esta ocasión y por ese deseo de aventura que me suscitan las fiestas, me subí, como cada mes, a mi divertido artilugio, pero en lugar de ir al pasado y entrevistar a una mujer destacable, decidí girar la manivela y probar suerte en el futuro, más concretamente fui al año 2080. Aquí estoy de vuelta, así que ya ven que viví para contarlo. Solo podía estar en el futuro tres horas —cosas de la ciencia—, podría haberme paseado por la Barcelona del futuro, haber visitado la Sagrada Familia por fin terminada, pero entrevisté a la primera mujer que logré aceptara mi propuesta. No creyó que viniera del pasado, pero accedió a este reportaje.

Cuéntame cómo te llamas y a qué te dedicas.

Me llamo Graciela Castro y trabajo en la oficina de turismo virtual de Barcelona.

¿Turismo virtual? ¿En qué consiste?

Turistas de cualquier parte del mundo se ponen en contacto con nosotros, que somos el organismo oficial, y pueden visitar la ciudad desde allí donde estén con solo conectarse a nuestro sistema, no tienen que perder tiempo en transportarse. Es todo muy fácil y muy rápido. La experiencia puede durar una hora o tres días.

¿Tres días conectado para vivir otra experiencia?

Tres días en total. Se pueden conectar en el momento y el tiempo que quieran. No hay un límite. Pero muchos eligen dormir en su país y pasar el día visitando Barcelona, así aprovechan el tiempo.

¿Es una empresa privada? ¿Cómo funciona ahora una empresa?

Es una empresa multinacional que gestiona todo el turismo virtual de Europa, además de ofrecer otros servicios relacionados con el turismo. Yo trabajo desde mi casa y una vez al mes nos reunimos en Barcelona para comentar lo que va bien, lo que se debe cambiar. Es una organización horizontal, no vemos a los jefes, pero sabemos que existe una junta de accionistas que a final de año quiere ver beneficios.

¿Trabajas muchas horas?

Depende del día. Hay días que trabajo doce o trece horas porque quiero facturar más dinero, pero otros días quizás solo trabaje seis. Cobro al mes en función del tiempo invertido.

En mi época, se hablaba de que las mujeres se encontraban con un «techo de cristal», es decir, que no accedían a puestos de mando, solo a los intermedios. ¿Todavía es así?

Ha cambiado bastante. Hace tiempo se aprobó una ley que obligaba a las empresas a tener un número igual de hombres que de mujeres en altos cargos y a equiparar los salarios. Poco a poco, las empresas cumplieron, se evitaban las multas y obtenían ayudas. Ahora se ha flexibilizado la ley, pero los números continúan parejos.

Es que uno de los problemas para no acceder a estos puestos era, en parte, que la mujer solía estar a cargo de los hijos y esto dificultaba la organización de su tiempo. ¿Cómo es ahora la crianza de los hijos?

La mayoría de las mujeres congelamos los óvulos cuando tenemos unos veinticinco años. La decisión de ser madre se toma cuando creemos que es un buen momento en el trabajo o en lo personal, en función de tu proyecto vital. La maternidad suele ocurrir ahora entre los 35 y los 55 años, depende, pero se ajusta al calendario personal.

¿Qué modelo de familia existe? Si existe alguno…

La familia «tradicional» es muy poco frecuente. Algunas mujeres (u hombres) tienen a los hijos solas, otras en parejas, otras deciden vivir en una comunidad y hacer una crianza compartida.

¿Una comunidad en el campo? 

Sí, puede ser en el campo o puede ser en la ciudad. Muchas veces es en el campo o en una zona residencial porque las viviendas son más grandes. Se comparten los gastos y también el cuidado de los hijos. Mi idea, por ejemplo, es que trabajaré a distancia y compartiré la crianza en una comunidad. Otras personas deciden encargarle un hijo a una madre de alquiler que lo cría en los primeros años hasta que esa persona se pueda dedicar de pleno. Esto se está empezando a ver ahora.

¿Y las relaciones afectivas? ¿El sexo?

Casi todos tenemos un perfil creado en una aplicación a partir de nuestros gustos, actividades, parejas anteriores, profesión, ocio. Esta aplicación te propone a alguien en función de tu perfil para tener relaciones sexuales o para una relación sentimental, en general, virtuales. Así no perdemos tiempo…

Parece que todo se orienta al ahorro de tiempo ¿es así?

Puede que sí, aunque la esperanza de vida es de 107 años. Así que tenemos más tiempo que antes, pero también hacemos mucho más que antes: viajes, cursos, otras carreras (virtuales o presenciales) y conocemos a más personas fuera de nuestro entorno.

Me tengo que despedir de mi nueva amiga porque se me acaba el tiempo. Me costaría adaptarme al mundo de Graciela, pero reconozco que estaba tan alegre y jovial en nuestro encuentro, que no puede ser mala señal.

La máquina del tiempo: mujeres poetas y traductoras

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en noviembre de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

vilarinoIdea Vilariño fue poeta, traductora, profesora, letrista, crítica literaria. Raramente concedía entrevistas, muy celosa de su intimidad, aun cuando la lectura de sus poemas desvela aspectos íntimos de su vida, de sus amores, de su vejez. Me subí a la máquina del tiempo e intuyo que accedió a ser entrevistada porque me creyó una loca que decía venir de un futuro cercano y que había leído su poesía con entusiasmo.

En su familia convivían la literatura y la música. Se la conoce, en especial, por sus poemas, pero además ha sido letrista de canciones importantes en la historia de Uruguay como Los orientales.

Creo que cuando volvieron Los Olimareños del exilio y cantaron Los orientales, la mayoría de los allí congregados que coreaban eufóricos no sabían que la letra era mía. Pero sí, la música es una parte fundamental, era lógico que escribiera algunas letras que acompañaba con el piano.

Sus letras muestran su compromiso político con la izquierda. Se quedó en Uruguay durante la dictadura, y fue afín a la revolución cubana.

Siempre he intentado vivir con coherencia mi militancia de izquierdas. No la he cambiado, he sido combativa de una manera pacífica, digamos.

La canción y el poema, con música de Zitarrosa, me recuerda a sus Poemas de amor que dedicó a Juan Carlos Onetti. ¿Es el amor un despedirse?

Precisamente, la canción se basa en un poema de ese libro que se llama Canción [Quisiera morir / ahora / de amor / para que supieras / cómo y cuánto te quería. / Quisiera morir / quisiera / de amor / para que supieras.]. Y contestando a tu pregunta, sí, de alguna manera la vida es un despedirse de lo que vivimos, de esos mismos recuerdos, de nosotros, de la fuerza del cuerpo. El amor, que es una parte intensa de esa vida, se rige por esas leyes. En el momento de amar, sabemos que esa intensidad pasará, que nosotros pasaremos, y, en ese sentido, es un despedirse, sí.

Me interesa su faceta como traductora. Lo hacía del francés y del inglés, ganó numerosos premios y tradujo, durante veinte años, obras de Shakespeare que se representaron con éxito en el teatro. ¿Fueron estas obras sus traducciones favoritas?

Siempre traduje a Shakespeare por encargo, no por decisión propia. Sin duda, son obras magníficas, pero era una actividad ardua que me devoraba el tiempo, me pasaba horas tratando de encontrar el significado correcto, la palabra adecuada. Es difícil traducirlo, ni siquiera en las versiones en inglés se aclaran con el significado. Yo siempre intenté ser fiel al texto, pero ante todo que el actor pudiera recitar algo próximo al público.

Ha hablado de la esclavitud de la traducción.

Sí, es un trabajo en el que estás sometido a lo que quiere decir el autor y que requiere de un gran esfuerzo para trasmitir eso mismo en tu lengua. Soy muy fiel cuando traduzco.

Ha publicado libros de crítica literaria donde analiza la poética, como su análisis de las organizaciones vocálicas de los poemas de Rubén Darío. ¿Cómo surge este conocimiento profundo de la poesía?

Mi padre, que era poeta, nos leía poemas del Siglo de Oro español en voz alta y yo aprendí a escuchar, y a crear poemas con rima y métrica de acuerdo a la música de las palabras cuando era aún una niña. Estuvo siempre ahí, no surge.

Reeditó sus libros de poesía Nocturnos, Poemas de amor y Pobre Mundo, e incluyó nuevos poemas en cada edición. ¿Cuál es su proceso de escritura?

Los reedité porque me parecieron los menos malos y que, de alguna manera, el tema era el mismo, así que añadía a esos libros otros poemas posteriores. Yo escribo en un cuaderno o en un papel que encuentro, no planifico ni espero un momento en que el poema está acabado, sino que escribo de una forma más o menos espontánea, agarro lo primero en lo que puedo escribir y lo hago, y lo repito para ver su ritmo.

Mi libro favorito es el último, No, porque, así como el título, logra condensar en pocas palabras sentimientos complejos que nos llegan como dardos finos que luego nos alumbran.

Mi poesía se ha condensado con el tiempo, quiero decir de una manera que sea sencilla, al igual que habla la gente, como todas las letras de los buenos tangos que nos dicen con un lenguaje llano lo que sentimos con cierta habilidad creativa.

Dice que no hay esperanza, la tachan de oscura, sin embargo, su poesía no desmoraliza.

Sí, no soy optimista. Me sorprende que me lean precisamente por eso, porque soy oscura. Quizás no desmoraliza porque todos queremos que alguien comparta con nosotros esa desesperanza, ese desaliento que sentimos porque estamos solos. No lo sé.

Idea Vilariño murió en Montevideo a los 89 años. Catorce personas asistieron a su funeral. Ella no lo hubiera querido de ninguna otra manera.

Breves: Preferiría no hacerlo

Este texto se publicó en noviembre de 2016 en el blog La historia sin fin que pueden visitar aquí.

foto-preferiria-no-hacerlo-ana-g

No es que no hiciera nada, es que prefería… Ya, pero como ha dicho que no hacía nada, quise aclararle que… Ya, que esperaban más de mí. Yo también esperaba más, la verdad, desde chiquita, en el trabajo, en las relaciones, después pasó lo que pasó: que dejé de esperar. Dicen que es una forma de alcanzar la sabiduría. Sí, tiene razón, me fui por las ramas, pero como hablábamos de mí. Sí, sí, si yo lo entiendo. No se lo tomo a mal. Le mandaron a decírmelo. Si puedo decir en mi defensa…ah, no puedo. No, no, no solo contestaba a los correos urgentes, también fui a reuniones. ¿Que no participaba? No, nunca tomé notas, pero siempre había alguien que lo hacía. Cierto, no propuse acciones para mejorar la productividad del equipo. Pero no es que no quisiera hacerlo es que no era… importante. ¿La pantalla en blanco? Estaba apagada, en blanco, no. ¿Más proactiva? No, si no me río, solo que me sorprende la palabra. Si lo piensa…

¿Lo de la paloma?, ¿la última gota? Pero cómo iba yo a saber que nos visitaría un cliente clave para la empresa justo entonces. ¿Cientos de trabajos perdidos? Pero si somos veinte. La paloma estaba atrapada entre los cristales. Tampoco grité tanto. Sí, un poco sí, simplemente quise advertir a los compañeros que algo de verdad importante estaba pasando. Valore al menos que fui proactiva ¿no? Puedo pagar el mobiliario, si quiere, solo son un par de ventanas. ¿Que qué es importante? Su vida, la vida de la paloma. No diga eso, no le importa una mierda, eso no. Lo dice ahora porque está disgustado. Sí, muy bien, me voy. No se sulfure. Ya, ya lo sé, es intolerable.

¿Le cierro la puerta al salir?

Breves: Divertimento

Este texto se publicó en octubre en el blog La historia sin fin que pueden visitar aquí.

phone-divertimentoNo sé qué decirte, fue como cuando mirás una serie de televisión, una espectadora, así, de lejos. ¿Que si él se dio cuenta? No, no lo creo. Estaba demasiado concentrado en las acrobacias. ¿Por qué hacer todas las posturas del Kama Sutra? ¿Había visto mucho porno? Me revoleaba las piernas, me giraba de un lado al otro. Agotador. Sí, sí que intenté tomar la iniciativa, pero no pude. Ya me hubiera gustado. ¿Cómo me iba a ir de mi propia casa? Pensé en darle una excusa, pero eran las dos de la mañana. ¿Qué podía decir? ¿Quedé para un café? Y si lo echaba, iba a tener una confrontación. Ya sabés que me cuestan las confrontaciones. Que sí, que lo estoy trabajando con mi psicóloga. ¿A vos no te pasó nunca? Ah…ves. ¿Y qué hiciste? Ah, hablar. ¿Y se calmó la cosa o siguió la preparación olímpica? Se calmó…un poco. Bueno, yo no dije nada, fíjate. Un poco de inventiva, me gusta, perfecto, pero me empujó al borde la cama y tuve que hacer la rueda para no abrirme la cabeza, después se paró así contra la pared … te ahorro los detalles. Yo temí por él, se veía enclenque. ¿Disfrutar? No había tiempo en esa carrera de obstáculos. ¿Si él se lo pasaba bien? Yo creo que, al principio, no y, después, sí porque empezó a gemir bajito, lo normal, pero después fue en crescendo. No sé cómo podía salir tanta voz de un cuerpo tan chico, unos gritos descomunales que inundaban el edificio. No paraba nunca. Y yo pensaba en los vecinos. Una vergüenza. De hecho, esta mañana me crucé con la del sexto y no me miró bien. Y bueno, che… ¡y las peleas que yo les aguanto!

¿Que si lo voy a volver a ver? Quedamos para este viernes, pero en su casa. Ya lo sé. No me digás nada. Nada.

Breves: Cómplice

Este texto se publicó en octubre en el blog La historia sin fin que pueden visitar aquí.

imagen-_complice_ana-guerberof

—Llegué a las cuatro de la mañana y en la entrada, se me abalanzó el vecino: «¡Se cayó por la escalera! ¡Se cayó por la escalera!». En el rellano, la vecina tenía la cabeza abierta, como un huevo que se ha roto contra un bol y se ha desparramado en una sartén. «¿Llamó a la ambulancia?». No me contestó; mareado de pánico. Se lo repetí tres veces. «¡Ayúdame!», me dijo al fin.

—¿Estaba viva?

—Sí, estaba inconsciente, extendida como una muñeca de trapo en los últimos escalones, partes de la masa cerebral caían sobre un inmenso charco rojo que se oscurecía al alcanzar la orilla; todavía mascullada palabras inconexas.

»Saltamos por encima de ese lago para llegar a la casa y llamé a urgencias.

»–Necesitamos el número de la seguridad social.

»—¿Cómo? Soy la vecina, son mayores y su marido está conmocionado…

»—Sin el número no podemos enviar la ambulancia.

»Entonces me volví a él:

»—¡El número de la seguridad social!

»Me miró ausente. Le agarré el brazo fuerte casi para lastimarlo y le grité:

»—El número de la seguridad social. ¿Me escucha? ¡Ahora!

»Volvió de muy lejos, se giró, sacó de un cajón la tarjeta y me la pasó con un redoble de temblores. Le dicté el número a la operadora.

»—No la muevan.

»Para entonces, el edificio se había levantado y se congregaba en el rellano, junto al cuerpo que repetía su letanía.

»Llegó la ambulancia y, antes de irse, la médica me dijo:

»—No creo que pase de esta noche.

—¿Y se murió?

—Estuvo más de un mes en cuidados intensivos, pero vivió. Nunca se recuperó del todo. Una vez, me la encontré por la calle, extraviada, y le pregunté: «¿Sabe volver?». No me reconoció y dijo: «Estoy cerca, ¿no?»; volvimos juntas a nuestro edificio. Otras veces, la trajo la policía.

»Sé que fue él quien la empujó; desde mi departamento, escuchaba los gritos de la vecina cuando le pegaba. Después de esa noche, no volvió a hacerlo.

»Al menos eso no volvió a pasar.

La máquina del tiempo: mujeres actrices

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en octubre de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

kikiActriz, modelo, cantante, pintora… Alice Prin o Kiki luchó por convertir una vida llena de privaciones en una obra de arte. A pesar de haber sido elegida como la Reina de Montparnasse, el barrio artístico de los años 30 por excelencia, de ser prologada por el mismísimo Ernest Hemingway, poco se dice de Kiki en los libros de historia. Me subí a la máquina del tiempo para hablar con la modelo de una de las fotos más conocidas de todos los tiempos El violín de Ingres del fotógrafo norteamericano Man Ray.

Nace a principios de siglo en un pueblito borgoñés al sureste de París y la cría su abuela a la que usted adoraba…

Sí, cuando nací, mi madre se fue a París a trabajar en una linotipia y me dejó a cargo de mi abuela junto con mis cinco primos, también huérfanos o abandonados. Mi abuela lavaba y cosía para darnos de comer y educarnos. Malvivíamos, pero nunca nos dejó.

Su padre era rico y vivía en el mismo pueblo con su otra familia. ¿Lo veía?

Cuando nos encontrábamos, me decía que quería llevarme al bosque. Mi abuela me decía que nunca le hiciera caso, que me mataría. De hecho, un día bebí un vaso de leche que me había regalado y me sentí muy mal. Para salvarme, mi abuela me obligó a vomitar.

En su biografía dice que las monjas la humillaban y que no aprendió nada en el colegio, ¿qué le hacían?

No nos veían con buenos ojos porque estábamos sucios, nos vestíamos en harapos, teníamos piojos. Nos hacían notar continuamente que éramos menos con tal mezquindad…

A los doce años la envían a París. 

Me fui a vivir con mi madre para ganarme la vida: trabajé en un taller de encuadernación, vendí flores, fui criada en una panadería… la dueña era una déspota que me maltrataba; un día me cansé y le di una paliza tremenda.

Gracias a eso inicia su primer contacto con la vida artística de la ciudad.

Empecé a posar desnuda, la primera vez gané cinco francos en tres horas. Me pareció una fortuna ¡en la panadería ganaba veinte en todo el mes! Pero mi madre lo descubrió, se puso furiosa y me echó de casa.

A partir de ese momento, con quince años, vive en la calle y empieza un peregrinaje para perder la virginidad. 

Eva, una amiga del pueblo, se empeñó en que tenía que espabilarme, a cambio de sexo te podían dar algo de dinero o de comer. Tuve tres intentos fallidos hasta que llegó mi novio ruso [el pintor Maurice Mendjizky]; nos fuimos a vivir juntos a los tres días de conocernos.

Frecuentaba los cafés de Montparnasse y allí conoció a los artistas más importantes del siglo XX; de muchos fue musa, modelo y amiga. ¿Encontró su lugar en el mundo?

Conocí a Soutine, Modigliani, Foujita, Tristan Tzara, Gustav Gwozdecki, Moïse Kisling, Per Krohg, Pablo Gargallo, los surrealistas y tantos otros… Éramos una gran familia que vivía en la miseria, pero compartíamos una sopa, una copa de vino, un café con una pasión creativa y una solidaridad inagotables. Me sentí feliz por primera vez en mi vida.

Se convierte en la musa y pareja del fotógrafo Man Ray durante ocho años, aunque he de confesarle que me sorprendió que hablara tan poco de él en su biografía.

Tuvimos una relación muy creativa, hacíamos películas, fotos, pintábamos, pero era una relación tempestuosa. Una tarde me confesó que se había enamorado de Lee Miller, su aprendiz. No pude contenerme y le tiré el plato de comida por la cabeza…

¿Fue su gran amor? 

Fue un gran amor, como también lo fue Henri [el periodista Henri Broca que acabó internado en un manicomio], pero André Laroque es a quien más he querido y quien más me ha ayudado. Si no fuera por él, me habría muerto en algún callejón.

Tuvo su propio cabaret, hizo giras por Europa, probó fortuna en Nueva York, los diarios se hacían eco de sus exposiciones; sin embargo, ha dicho: ‹‹Lo único que necesito es una cebolla, un poco de pan y una botella de vino tinto, y siempre encontraré a alguien que esté dispuesto a dármelo».

Nunca he necesitado ni la fama ni el dinero, solo un poco de alegría y el calor de la gente.

 

En 1953, Alice Prin se desplomó en la calle Brea de Montparnasse, seguramente por una enfermedad derivada del alcoholismo y la adicción a las drogas. Está enterrada en el cementerio de su querido barrio, su epitafio dice: ‹‹Kiki, 1901–1953, cantante, actriz, pintora, Reina de Montparnasse».

Cuento: Los cangrejos

Este cuento fue finalista en el V Certamen de narrativa Breve Canal Literatura en 2008 y se publicó por primera vez aquí.

 

crab-48162_1280Los alumnos de tercero repetían la rima inglesa mientras Florencia señalaba las palabras en la pizarra. A la izquierda del aula, tras la puerta con la mitad acristalada, se encontraban la directora del colegio con dos hombres vestidos de traje azul oscuro. Uno llevaba gafas de pasta y el otro, un bigote recortado. Cuando Florencia giró la cabeza desde la pizarra hacia los alumnos, alcanzó a ver a las dos figuras expectantes. No eran profesores. Dejó entonces de escuchar lo que repetían los alumnos y sólo vio el movimiento de los labios de todos los niños en una especie de vacío lunar.

La celda donde se encuentra Florencia es gris y fría con una ventana muy pequeña en el lado izquierdo, parece un respiradero. Cree que ya han pasado tres días, pero ha perdido la cuenta. No le dan ni agua ni comida. Le duele todo el cuerpo, ha intentado concentrase en cada miembro para conseguir determinar qué se le ha roto, qué ha dejado de funcionar, pero no puede hacerlo porque el dolor se ha generalizado. De un ojo ve sombras y del otro cree que ya no ve nada. Como tiene las manos atadas detrás de la silla, no puede tocarse la cara y palpar los daños infligidos. En el oído izquierdo tiene un zumbido incesante. Tiene la sensación de estar en una gran pecera donde existen sonidos confusos y colores borrosos. Está descalza pero no puede inclinarse para comprobar los pies que ya hace un par de horas que no siente. El dolor abdominal ha disminuido ligeramente. Está tan agotada que intenta dormir los pocos ratos que la dejan. En su somnolencia, oye abrirse la puerta.

—Me deberían haber llamado antes—. Es una voz de hombre distinta a las demás.

Poco a poco y con gran precaución intenta abrir los ojos. Cuando lo consigue, con uno semiabierto, inclina su cabeza y la gira hacia arriba para verlo mejor. Sólo intuye que es un hombre alto pero siente un olor fuerte a colonia fresca. Un perfume que le recuerda a su infancia, a las tardes en que su padre llegaba del despacho y la abrazaba. Ella hurgaba en sus bolsillos y siempre encontraba alguna golosina. El hombre permanece de pie delante de ella. Florencia siente algo similar a cuando les dijeron que su madre tenía cáncer. Su padre se quedó ahí parado en el medio de la sala, como un muñeco de trapo, pero no lloró, no lloró nunca, por lo menos delante de ella. Florencia no sabía lo que era cáncer y se imaginaba a un cangrejo devorando las entrañas de su madre porque había visto en el horóscopo de una revista el símbolo del signo del zodíaco. Cuando empeoró, pensó que no se trataba solamente de uno, sino de cientos de cangrejos, toda una colonia que la invadía paulatinamente. Le daba miedo tocarla por si saltaban fuera del cuerpo de su madre en un afán de conquistar otro cuerpo, joven y sano. Su padre, en cambio, pasaba muchas horas hablándole mientras la acariciaba: «¿Te acordás cuando fuimos a Mendoza y nos bañamos en el río? En el agua marrón que parecía un vaso de chocolate con leche. Vos estabas negra como el tizón, como te ponías cuando íbamos a la playa. Yo me ponía un poco colorado y después volvía a mi blanco natural». Su madre no contestaba porque hacía tiempo que la morfina la acunaba en un sueño profundo y aparentemente plácido. Sin embargo, el traqueteo de los cangrejos que devoraban su cuerpo no cesaba. Florencia lo sabía pero no quería desvelar el secreto a su padre para que siguiera hablando con ella y ahuyentara así a los cangrejos. Quería que su padre se los llevara muy lejos al igual que lo había hecho el flautista de Hamelín con las ratas en aquel cuento de sus lecturas nocturnas.

—Voy a examinarla— dice bajito el hombre perfumado.

El médico examina los ojos, los hombros, el abdomen, las piernas mientras que, por un instante, Florencia se olvida de donde está y se deja transportar a un jardín lleno de arbustos y flores, con la hortensia de la abuela al fondo y la palta que nunca dio frutos. Están todos comiendo un asado y ella, aún una niña, se lleva el pan con chorizo, sin que la vean, a uno de los rincones y lo comparte con el perro. Su madre también está allí, lleva ese vestido blanco de tirantes con flores azules que tanto le gustaba, bebiendo una copa de vino tinto; permanece atenta a la conversación de su padre que charla con el tío que acaba de llegar de viaje y que explica las diferencias entre la pizza argentina y la italiana. Después su padre la lleva al parque para enseñarle a montar en bicicleta. Tiene miedo pero como sabe que él está detrás sujetándola se siente segura. De repente se da la vuelta y lo ve lejos mientras la saluda con un movimiento de la mano y una amplia sonrisa casi de niño vergonzoso. Ya anda sola. La imagen del médico se cuela en su recuerdo. Desearía hablar con su padre y explicarle que Pablo y ella no querían que sufriera. Desde que desapareció Pablo pensó varias veces en llamarlo para contárselo, para explicarle que a ella le podía pasar algo similar. No lo hizo. No quería involucrarlo y, sobre todo, tenía miedo de su ira, miedo a que le dijera que él ya se lo había advertido, que eso no podía llevar a nada bueno, que los cambios no se hacían así, jugándose la vida sin posibilidades de ganar, que ella era lo único que le quedaba y que no podía perderla. Cómo desearía que su padre la salvara de todo esto, estar en la habitación de su casa mientras él le leía un cuento. Quiere borrar el momento en que se separaron, en que cada uno siguió por vidas tan dispares, en ese gran delta donde confluían y divergían las vidas de todos.

A Facundo lo habían llamado del cuartel a las dos de la mañana para examinar a una presa. Se había incorporado de la cama medio dormido y había permanecido así inclinado, con la cabeza gacha esperando a despertarse, se había mirado las manos, cubiertas ya de pequeña pecas, con las venas surcando la piel resquebrajada y el anillo de casado estrangulándole el dedo. Eran manos grandes que en ese momento le resultaban totalmente ajenas a su cuerpo. A su derecha había visto a Irene aparentemente dormida. Sabía perfectamente que la mitad del tiempo se hacía la dormida porque no podía afrontar la realidad que les quedaba por vivir. Prácticamente desde la muerte de su hijo Carlos que no se levantaba de la cama y pasaba el día atiborrada de pastillas.

Llegó al cuartel a las dos y media, y le explicaron que tenían una mujer en la sala de interrogaciones seis, llevaban unos tres días con ella y querían saber si podría aguantar. Se acercó a la sala muy lentamente como si llevara zapatillas de andar por casa, arrastrándolas por el pasillo. El policía de guardia le abrió la puerta. Ella estaba en el centro de la celda, atada a una silla. Facundo se sorprendió de que fuera una silla de colegio, de esas de madera verde, como la que tenía Carlitos en su cuarto cuando era chico. Era una mujer bonita, bastante alta, con una melena castaña que le llegaba casi a la cintura, su piel era muy morena. La habían golpeado bien, un ojo estaba semiabierto y violáceo y le había caído sangre de la nariz manchándole la camisa celeste que llevaba, había creado un pequeño Mar Rojo dentro de un océano azul. Se quedó unos instantes sólo mirándola y notó su miedo. Se preguntó si Carlos había sentido miedo cuando el camión se lo llevó por delante. Si sintió algo cuando su moto recorrió los cien metros hasta estrellarse en la mediana y se fracturó tantas partes del cuerpo que los médicos no pudieron ni contarlas. Cuando Irene y él fueron al hospital ya supo que estaba todo perdido. Irene rezó para que viviera. Él, que sabía que los daños eran irremediables, para que muriera. Carlos antes lleno de vida. Carlos con las manchas de chocolate con leche en la comisura de los labios y sentado en la mesa de la cocina mientras él se cebaba unos mates.

A pesar de la deformación producida por los golpes, ella lo mira fijamente, levantando la cabeza pero con los labios apretados, la mandíbula tensa. Intenta ocultar su soberbia natural, eso ya le ha ganado unos cuantos palos. El ojo que tiene peor no lo ha perdido aún. Parece tener una rotura de clavícula y fracturados dos dedos del pie. Facundo sabe que necesita atención médica, pero que no se la darán, no puede saber si hay derrame interno pero intuye que es bastante posible. Sabe que no dirá nada, que no intentará salvarla. Sólo desea que acabe esta pesadilla, que sea mañana, que ella esté muerta. Mira hacia abajo, respira hondo un par de veces hasta volver a encontrar un equilibrio. Entonces se esfuerza en recordar un trozo de su vida anterior, un trozo de aquella vida normal. Llevaba a Carlos al colegio y, al llegar, él le soltaba la mano y corría a encontrarse con sus amigos: «¡Chau, papi!». Se incorpora, recoge el maletín y se da media vuelta.

—Es una mujer fuerte, pero no aguantará mucho más.

Las palabras son como una metralleta que despierta a Florencia de su ensoñación. Tiene la confirmación que tanto temía, su padre no la ha perdonado y la abandona. Miles de cangrejos han conseguido al fin meterse en su cuerpo y la devoran allí mismo. Un grito profundo sube por el estómago y se apaga en la garganta. Recuerda su primer paseo en bicicleta, a sus padres antes de que llegaran los cangrejos y, en  la claridad de la cocina, finalmente está Pablo que la mira sonriente desde la silla mientras ella coloca el dibujo de un alumno en la puerta del frigorífico.

La máquina del tiempo: mujeres guerreras

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en julio de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

photo-of-queen-nzinga-of-angolaUno de los principales motivos de nuestro desconocimiento de las culturas del continente africano es que la tradición es principalmente oral y no escrita. Aun así, algunas mujeres han pasado a la historia por su valentía y singularidad gracias a los cronistas de la época. Una de estas mujeres es la reina Nzinga de Ndongo y Matamba (reinos que formaban parte de la actual República de Angola). Con la intención de contarles más detalles sobre su vida me subí a la máquina del tiempo hasta llegar al reino de Matamba en el año 1659.

Su alteza, acaba de firmar otro acuerdo de paz con Portugal, ¿cree que esta vez lo cumplirán?

No, no lo creo, pero parte de mi estrategia ha sido la negociación. Somos un pueblo pequeño que lucha contra una potencia marítima y la trata de esclavos. Se necesita negociar, resistir y atacar cuando sea necesario.

Usted pasó casi cuarenta años luchando por la soberanía de su pueblo. ¿Está abocado a la extinción el reino de Matamba?

Espero que no, aunque los portugueses consigan doblegarnos, resurgiremos. Un país no puede construirse sin su soberanía y sobre la base de la trata de esclavos.

En eso estoy de acuerdo. Igualmente, los portugueses la respetan más de lo que respetaron a su hermano. 

Mi medio hermano, yo sólo he tenido dos hermanas, Kifunji y Mukumbu. Él era una persona perezosa y caprichosa. Creía que por el hecho de ser rey, se cumplirían sus órdenes; lo cierto es que la diplomacia y la estrategia son las armas fundamentales para negociar con Portugal.

Dicen las malas lenguas que su hermano Mbandi no se suicidó en 1624, sino que usted lo envenenó. 

¿Eso dicen? Todos sabían que yo no quería a mi hermano; mandó a matar a mi hijo para evitar que le usurparan el trono. Cuando le exigí que luchara contra los portugueses, que habían incumplido el tratado de paz del 22, se deshizo en dudas y el pueblo pagó las consecuencias. Muchos deseaban su muerte.

Entonces, usted se convierte en reina, Ngola en la lengua kimbundu [de ahí proviene el nombre actual del país]. ¿Cuál ha sido el momento más difícil de su reinado?

Sin duda la pérdida de Ndongo en 1625, los portugueses colocan a un rey afín a su causa, una marioneta. No me queda más remedio que huir, buscar aliados y conquistar Matamba.

¿Se convierte al catolicismo para liberar a su hermana Mukumbu de los portugueses?

No, yo ya me había convertido en el 22 cuando fui embajadora de Mbandi en Luanda, mi madrina fue precisamente la mujer del gobernador Correia de Sousa, de ahí mi nombre cristiano: Ana de Sousa. Sí es cierto que volví al catolicismo para liberar a Mukumbu.

¿En la negociación que siguió a su alianza con los holandeses?

Sí, me había aliado a los holandeses, derrotamos a Portugal y volvimos a ocupar parte de nuestro territorio, pero los portugueses lo recuperaron un año más tarde, en 1648. Comprobé que tanto los portugueses como los holandeses sólo querían abrir rutas para la trata de esclavos y que no cumplirían ninguna alianza.

Además de utilizar la vía diplomática, se la conoce como una gran guerrera. ¿Lo aprendió de su padre el rey Kiluanje? 

Sí, de pequeña ya acompañaba a mi padre en las batallas. Aprendí a utilizar el arco y la flecha casi antes de saber caminar. Mi padre fue mi gran maestro en el arte de la guerra y de la diplomacia.

Además de practicar la poliandria, se dice que usted come carne humana. ¿Qué hay de cierto en ello?

No es mi carne favorita, pero debo comerla para mostrar mi fortaleza. ¿Quiere probarla? Hacemos un guiso exquisito.

Mejor que no, su alteza, no merezco tantos honores, soy una simple periodista. Le agradezco igualmente… 

 

La reina Nzinga muere en 1663 con 80 años. Su hermana Mukumbu la sucede como nueva Ngola de Matamba. En 1671 los portugueses pasaron a controlar parte de esta zona que no sería totalmente ocupada hasta el siglo XX. Nzinga continúa siendo en la Angola libre un símbolo de la lucha contra la esclavitud y por la independencia.

La máquina del tiempo: mujeres primatólogas

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en julio de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

gorilaExisten tres eminencias en el estudio de los primates: Jane Goodall, especialista en chimpancés, Biruté Galdikas, en orangutanes, y la ya fallecida Dian Fossey, en los gorilas de las montañas. Dian adquirió fama mundial gracias a su libro “Gorilas en la niebla”, más tarde llevado al cine con Sigourney Weaver en el papel protagónico. Aprovechando que visitaba a los gorilas en Biwindi (la parte del parque natural que pertenece a Uganda), decidí subirme a mi máquina del tiempo y entrevistarla. 

Dian, es un honor conocerla. Sus estudios en este campo han hecho posible que no se extinguieran los gorilas a finales del SXX como se vaticinaba y que la población crezca. ¿Cómo nace esta pasión por los gorilas?

Me alegra saberlo teniendo en cuenta que la población disminuía de forma dramática cuando me trasladé a Ruanda. Mi pasión comenzó cuando leí los libros del zoólogo George Schaller sobre los gorilas. En 1963, decidí pedir un préstamo y recorrer varios países de África para ver la fauna salvaje. Regresé a Estados Unidos, pero supe que tenía que volver.

Usted era terapeuta ocupacional, trabajaba con niños autistas, pero el conocido antropólogo Louis Leakey le consigue una ayuda de la fundación Wilkie para estudiar a los gorilas en Congo. ¿Cómo lo consigue sin tener experiencia?

Se dieron varios factores: no había muchas personas dispuestas a dejarlo todo, adentrarse en la selva en condiciones realmente difíciles y pasarse varios años observando gorilas; además, el doctor Leakey pensaba que una mujer tenía una serie de características que facilitaba esta labor (así había ocurrido con Jane en Tanzania), y, finalmente, mi entusiasmo y perseverancia no le dejaron alternativa.

¿Es cierto que se quitó el apéndice para poder ir? 

Sí. Leakey me lo pidió para ponerme a prueba, pero yo le creí… ahí se dio cuenta de que yo iba en serio.

Una vez en Kabara, sola y sin experiencia, ¿cómo comienza el estudio?

Con la ayuda inicial de Alan y Joan Roots, una pareja de fotógrafos que había conocido en mi primera visita a los gorilas, y de Sanwekwe, un rastreador experto, gracias a quien conocí los primeros tres grupos de gorilas; más adelante yo misma formaba al personal.

Se produce una crisis interna en Congo y la detienen dos semanas. En su libro explica que huyó gracias a su Land Rover y al huevo de una de sus gallinas…

Mentí diciendo que tenía dinero en Uganda para registrar mi Land Rover en Congo y cuando hice tantos aspavientos con el primer huevo de una de mis gallinas pensaron que estaba loca y me dejaron pasar la frontera; huí al hotel de Walter Baumgärtel quien me protegió.

La han tratado de loca, de bruja, de racista, de persona difícil…

He luchado con las armas a mi alcance para poner en práctica una conservación activa (en contraposición a una teórica), es decir, educar a la población local y facilitar que tengan una vida digna, organizar un turismo muy controlado y patrullar de forma constante el parque para detener a los cazadores furtivos.

Tras su detención se trasladó a Ruanda donde crea el centro de investigación de gorilas de montaña Karisoke.

Lo que hice fue cruzar la frontera y establecerme en Virunga donde estudié a cinco grupos de gorilas, sus relaciones familiares, comportamiento, vocalizaciones, etc. También descubrí los principales problemas para su supervivencia: los cazadores furtivos, la invasión de sus tierras, una administración sin formación…

En su libro explica la estrecha relación que estableció con muchos de los gorilas. Algunos estudiantes y visitantes de Karisoke la acusan de preferir a los animales antes que a las personas. 

No todos los que quieren estudiar la vida animal están preparados para pasar las incomodidades, aislamiento y dedicación necesarios. Yo siempre me sentí como en casa, pero he visto a muchas estudiantes y asistentes que no se adaptaron a este tipo de vida…

De su relación con tantos gorilas: Digit, Coco, Pucker, Uncle Bert, Simba… ¿qué es lo que más le ha impactado de este animal?

Cada hora con los gorilas me producía una inmensa satisfacción. Pero todavía recuerdo la primera mirada de aceptación de Peanuts -2 años más tarde me dio la mano-, ver crecer a Digit hasta convertirse en un imponente espalda plateada, ayudar a que Coco y Pucker sobrevivieran. Me fascinaba los intensos lazos familiares en los grupos, la protección de sus crías hasta incluso morir para salvarlas.

Dian, si le dijera que su vida corre peligro en estas montañas, ¿se iría?

Sé que soy una persona incómoda, pero no me iría nunca…

Dian Fossey pasó sus últimos 18 años en Karisoke estudiando a los gorilas y luchando para su conservación. El 26 de diciembre de 1985 alguien entró en su cabaña y la asesinó con un machete. Las exactas circunstancias de su asesinato no se han esclarecido aún. Está enterrada junto a aquellos gorilas que perdieron la vida a manos de cazadores furtivos.