La máquina del tiempo: mujeres libertadoras

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en junio de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

Manuela_Sáenz

No ando muy errada si digo que todos, en América y Europa, sabemos quién fue Simón Bolívar, pero pocos, y me incluyo en este grupo selecto, sabemos quién fue Manuela Sáenz. Una mujer clave en la gesta libertadora no solo por ser amante de Bolívar, sino por un derecho ganado, con creces, en la contienda. Hoy, en nuestra máquina del tiempo, viajamos a Paita, Perú, en 1854 para que ella nos hable de su vida. 
Me parece, desde que escribo esta columna, que el hecho de ser hija ilegítima ayuda a algunas mujeres a ser más libres. ¿Me equivoco?
Yo crecí siendo la diferente, y eso ya te acostumbra a serlo siempre y a luchar contra la injusticia. Mi madre, Joaquina Aizpuru, pertenecía a una familia bien de Ecuador que la rechazó al saber de su embarazo y, a mí, me mandaron al convento de la Concepción. Sabía que Simón Sáenz de Vergara era mi padre, pero viví con él más tarde, ya muerta mi madre. Entonces, me presentó a su familia legítima y se aseguró de que yo tuviera una buena educación. 
Su padre la casa con un comerciante inglés, James Thorne, 27 años mayor que usted.
Sí, yo tenía 19. Mi padre me lo propuso y me sedujo la idea de ser una aristócrata en Lima, pero James era formal, rígido, dejaba poco a la improvisación.
¿Por eso abraza la causa libertadora?
No, yo leía mucho y me interesé por los ideales libertarios, por la conciencia americana. Fue un momento de lucha, difícil, pero también inspirador. Además, gran parte de la sociedad limeña apoyaba a los rebeldes. Me hice muy amiga de Rosa Campuzano [informadora y amante de San Martín] y convencí a mi hermano militar, José María Sáenz, para cambiar de bando. Me involucré por completo.
Y San Martín las condecora con la Orden del Sol, pero ¿cómo conoce a Simón Bolívar? 
Volví a Quito para reclamar parte de mi herencia materna, ya formaba parte del círculo independentista, y coincidí con la entrada triunfal del General. Cuando pasó bajo nuestro balcón, arrojé una corona de laurel que le dio de lleno. Entonces, sorprendido, miró al balcón y me saludó. Más tarde, nos vimos en el baile en su honor y no nos separamos más.
Nunca vuelve con Thorne, aunque él se lo pide, y sigue con Bolívar durante ocho años.
Perseguía mis ideales y Simón luchaba por ellos. No estaba dispuesta a dejar la causa libertadora o al General por una convención social. Muchos pensaron que yo sería una más en la larga lista de amantes. No me conocían. 
Hasta le salva la vida.
Yo participé activamente en la contienda, conservé el archivo de Simón, lideré tropas, atendí a los enfermos. Alcancé el grado de Coronela por mi contribución en la batalla de Ayacucho. Y, además, le salvé la vida varias veces. La más significativa fue cuando me enteré de que querían matarlo en Bogotá; entonces, me fui al palacio, lo desperté, le di un arma y le obligué a saltar por la ventana, mientras yo me quedé para hacer frente a los conspiradores hasta que se reagrupó el ejército y pasó el peligro.
Bolívar cae en desgracia y de camino al exilio, muere. 
Su sueño de crear una única república americana se complica por intereses locales de una minoría poderosa. Su influencia menguó tanto que renunció y se marchó. Estaba, además, enfermo. Después, también yo tengo que huir por ser fiel a su ideología. Intenté volver a Quito, pero lo más cerca que he llegado es aquí.
¿Y a qué se dedica ahora?
Vendo tabaco y dulces. Le va a hacer gracia, pero ahora la educación que me dio mi padre y mi matrimonio con James, me ayudan. En este puerto ballenero, utilizo el francés y el inglés como intérprete, y recibo a muchas personas que me visitan para saber más sobre la independencia y el Libertador.
Cuando murió su marido inglés, Manuela sólo cobró la parte de la herencia que correspondía a su dote, renunció al resto por ser coherente con sus ideas. Se dice que Manuela Sáenz murió a los 59 años durante una epidemia de difteria. Nunca volvió a Ecuador.
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La máquina del tiempo: mujeres artistas

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en mayo de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

suzanne-valadon-1865-1938-self-portrait-with-her-family-c-1910-valdon-son-maurice-utrillo-1883-1955-husband-andre-utter-1886-1948-and-utters-motherEl fin de semana fui a visitar la Colección Phillips instalada temporalmente en Barcelona. Esta colección reúne sesenta obras de artistas del SXX entre las que se incluye la del pintor francés Maurice Utrillo, hijo de la gran artista Suzanne Valadon. Suzanne fue una reconocida pintora de la belle époque que, sin embargo, cayó posteriormente en un cierto olvido. Por eso y sin dudarlo, decidí subirme allí mismo a mi máquina del tiempo para hacerle esta entrevista. 
Nace en Bessines, un pueblo cerca de París, en 1865. Sus comienzos son más que humildes y, sin embargo, se convierte en una pintora excepcional. 
Sí, yo soy hija natural. De hecho, mi madre, Madelaine, era costurera, lavandera, servía. Nunca supe quién fue mi padre. Con cinco años, nos trasladamos a Montmartre. Un barrio que vivía una transformación artística; estaba en ebullición total. Tuve mil oficios —incluso trabajé de acróbata en el circo, pero un accidente me obligó a dejarlo— hasta que el pintor Pierre Puvis me propone ser modelo para sus cuadros.
Y se convierte en modelo y amante de Renoir; Toulouse Lautrec; Erik Satie le pide que se case con él… Montmartre se rinde a sus pies.
¡Es que era tan joven! Pero a mí siempre me había gustado la pintura, así que no solo posaba, sino que observaba la técnica y después la copiaba en casa. Aprendí rápido de Lautrec que era una persona extremadamente generosa, él me presentó al maestro Degas quien me animó a que siguiera pintando. “Eres una de los nuestros”, me dijo. El mejor día de mi vida. Fuimos grandes amigos, le debo muchísimo. ¡Ay, Erik! Era demasiado celoso, tuve que rechazarlo.
A los 18 años tiene un hijo natural, Maurice, que luego fue reconocido por Miquel Utrillo. Sigue pintando…
Sí, mi madre me ayudó a cuidar a Maurice y Miquel lo reconoció algo más tarde. Yo posaba y pintaba sin parar. Se me criticaba porque no intentaba idealizar la figura humana, sino que pintaba cuerpos desnudos, tanto de mujeres como de hombres, en posturas naturales. Era poco habitual.
Aun así, en 1894, se convierte en la primera mujer que expone en la Société Nationale des Beaux Arts. Todo un hito. 
Por entonces ya había comenzado a pintar con óleos y el maestro Degas me animó a presentarme. Increíblemente me aceptaron.
La estabilidad económica viene de la mano de su casamiento con Paul Maussis que era un rico financiero. ¿Aumenta su producción?
No sé si aumenta, pero consigo pintar con más tranquilidad. Nos trasladamos al campo con Maurice, aunque él nunca se adaptó. Volvió a París, sus problemas mentales continuaron y comenzó a beber en exceso. Para que dejara esa etapa destructiva, lo animé a que pintara.
Se la ha acusado de haberlo explotado para ganar dinero. ¿Qué hay de cierto en ello?
Nada. Siempre alenté a Maurice a pintar porque se encontraba mejor así. Sin proyecto, se emborrachaba hasta perderse. A veces, alguien llamaba al timbre para traerlo porque se lo habían encontrado tirado en la calle. La pintura lo salvaba. Además, yo ya había triunfado como pintora cuando él empezó. 
Usted se divorcia de Maussis y se va a vivir con el mejor amigo de su hijo, André Utter, que era 20 años más joven. Un escándalo. 
Yo venía de tan abajo que la burguesía no esperaba menos de mí [Se ríe]. Fue Paul [Maussis] el que me pide el divorcio cuando ya no soporta la relación con André que yo nunca oculté. André vendía tanto los cuadros de Maurice como los míos. Estuvimos más de catorce años juntos y conseguimos volver a vivir bien.
Pero finalmente las relaciones en ese triángulo se deterioran…
Mi hijo se casa y se va de casa, aunque nunca consiguió recuperarse. André siguió su vida, y es que nuestra diferencia de edad así lo exigía. Yo me sentía afortunada siempre que pudiera vivir pintando. Y lo logré.

 

En 1938, Suzanne sufre un ictus mientras pinta y muere horas más tarde. Aunque su hijo la eclipsa como artista, existe un renovado interés en su obra caracterizada por su originalidad y fuerza, un claro reflejo de su personalidad y de su vida.

La máquina del tiempo: mujeres deportistas

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en abril de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

portrait Anne LondonderryEl viaje de hoy nos lleva al Nueva York del SXIX. Si esta mujer hubiese tenido una máquina del tiempo, como la nuestra, sin lugar a dudas habría visitado otros planetas. Annie Londonderry nacida en Riga (Letonia) en 1870 no conocía la palabra imposible y en 1894 se embarcó en la aventura de dar la vuelta al mundo en una bicicleta. Pero será mejor que nos lo cuente ella misma que para eso se ganó la vida también como periodista. 
Su verdadero nombre es Anna Cohen Kopchovsky. ¿Cómo llega a EE. UU.?
Tengo varias versiones, pero le voy a contar la que más se acerca a la realidad [Se ríe]. Mi familia era judía y, en Latvia, ser judío significaba vivir en un gueto y ser perseguido. Así que, cuando yo era una niña, la familia decide emigrar a Boston como ya habían hecho mis tíos y muchos otros, entre ellos la familia de mi marido Max (Kopchovsky). 
Y se casan…
Sí, me casé al cumplir los 18. Tuvimos tres hijos en los siguientes cuatros años. Cuando decidí dar la vuelta al mundo, tenía 23 años y tres hijos menores de seis años (5, 3 y 2) y aún así no lo dudé.
¿Y cómo se convierte en Annie Londonderry?
Escuché a dos miembros de nuestro club de Boston diciendo que la epopeya de Thomas Stevens, quien había dado la vuelta al mundo en bicicleta hacía diez años, sólo era posible si eras un hombre. Ellos defendían que ahí se apreciaba su superioridad y que una mujer jamás podría hacerlo sola. Yo me opuse con vehemencia. La discusión dio como resultado una apuesta de 10 mil dólares: dar la vuelta al mundo en bicicleta en 15 meses y recaudar, al mismo tiempo, 5 mil dólares. Mi primer sponsor fue la empresa de agua Londonderry Lithia. Por eso, me cambié el nombre.
Pero usted no había andado antes en bicicleta…
No, era algo nuevo, pero que cambiaría la forma de vida de las mujeres. Nos daría la libertad de ir adonde quisiéramos. Al principio del viaje, casi desisto porque la primera bicicleta pesaba 20 kg. Así es que decidí cambiarla por una de hombre y, en lugar de esos vestidos tan incómodos, me puse unos pantalones bombachos que me dejaban pedalear cómodamente. 
En plena época victoriana, deja a su familia en Boston, inicia un viaje sola, se viste como un hombre ¿la habrán criticado?
[Se ríe] Sí, imagino que me habrán criticado. La mujer victoriana debía quedarse en casa y ser muy discreta. Lo contrario de lo que hice durante mi viaje. Mi marido lo vio como una inversión en nuestro futuro porque el evento iba a generar mucha publicidad y, en consecuencia, dinero. Así que me dio una pistola para protegerme. Max era muy práctico. 
En ese momento comenzaba la lucha por el voto femenino ¿era miembro de algún movimiento?
No, pero sí que estoy convencida de que las mujeres podemos hacer lo mismo que los hombres. En este sentido, y siempre lo digo, me siento una representante de la «nueva mujer».
La acusan de haber dado la vuelta al mundo más «con» que «en» bicicleta.
Bueno, siempre que haces algo de envergadura, habrá alguien que lo cuestione. Era obvio que parte del trayecto tenía que ser por mar. Por eso fui de Marsella hasta Singapur en barco, al recalar en los puertos sí hacía todos los trayectos en la bicicleta porque debía conseguir la firma del embajador para demostrar que había llegado hasta allí. Lo que le aseguro es que ninguna mujer hasta entonces había viajado así y casi ningún hombre, claro.
Y daba charlas para recaudar el dinero…
Sí, daba charlas, escribía crónicas, vendía mis fotos, llevaba pancartas de empresas en la bicicleta. Todo lo que se me ocurría para llegar a Boston. Y lo logré en quince meses justos. Gané la apuesta.
¿Qué sintió al llegar?
Me sentí con una fuerza casi sobrehumana. Pensé: «Annie, no hay nada que no puedas hacer».
Annie Londonderry se convirtió en una mujer célebre y se trasladó con su familia a Nueva York donde inició su carrera como periodista.

La máquina del tiempo: mujeres intérpretes

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en marzo de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.
La malincheIntérprete es la persona que explica a otras, en lengua que entienden, lo dicho en una lengua que les es desconocida. Es decir, por medio oral y no escrito (que es el traductor). Estamos a principios del SXVI, son tiempos de la conquista y Hernán Cortés ha llegado a lo que conocemos hoy como México. ¡Dios nos pille confesados! (literalmente). Pero, ¿cómo se comunica Cortés con los habitantes de América? En esta máquina se los contamos. 
¿Malinche, Malintzin, Malinalli o Doña Marina? Una mujer intérprete y en esas fechas. ¿Cómo aprende el español o castellano?
Malintzin, es mi nombre. ¡Qué difícil de resumir! Yo era esclava del cacique maya Tabscoob, pero mi lengua materna era el náhuatl. Cuando Hernán Cortés triunfa en la Batalla de Centla, los caciques nos dan a otras diecinueve mujeres y a mí como regalo a los españoles. Cortés me entrega a Alonso Hernández Portacarrero que era pariente suyo. Entonces, me bautizan como Marina. 
¿Y cómo se convierte en la intérprete oficial del ejército español?
De allí nos trasladamos hacia el interior y cuando llegaron los embajadores de Moctezuma, Jerónimo Aguilar que había sido el intérprete hasta entonces, no entendía la lengua de los aztecas: el náhuatl. La única que la hablaba allí era yo. En un principio, Hernán hablaba con Jerónimo en español; Jerónimo, conmigo en maya, y yo, en náhuatl con los embajadores.
Y la relación con el conquistador se estrecha…
Como aprendo rápidamente el español, Cortés se da cuenta de que yo le serviría no sólo como intérprete del náhuatl sino de nuestra cultura. Le ayudé a comprender nuestra forma de relacionarnos y de negociar; a cambio, me prometió favores y la libertad. Los españoles no traían a sus mujeres, así es que nosotras nos convertíamos en sus esclavas en todo, en la cama también. Era así, ni lo cuestionábamos.
Pero usted tenía un talento natural para las lenguas porque no existían las clases…
¿Clases? No, no. Me di cuenta con la práctica que yo comprendía en unas semanas lo que otros tardaban meses. Mi familia era una familia noble, así es que yo tenía una formación más completa que mis compañeros. Además, tenía buen oído y, sobre todo, necesitaba o anhelaba mejorar mi situación.
¿Cuándo acaba su labor de intérprete y su relación con Cortés?
Cortés conquista Tenochitlán y controla el territorio dominado por los aztecas. Tuvimos un hijo, Martín, pero no me lo dejaron. Lo enviaron a España. Cuando Hernán enviudó de su mujer, Catalina, no se casó conmigo sino que me organizó un casamiento con Juan Jaramillo y, tal como me había prometido, me dio la libertad.
¿Sabe que en la actualidad la palabra «malinche» se asocia con alguien que traiciona a su pueblo?
¡Qué curioso! Cortés recibió el apoyo de muchos otros, como los totonacas, tlaxcaltecas y otomíes que querían sublevarse contra Moctezuma porque ignoraban que los españoles se convertirán en sus dominadores y los apoyaron. Yo sólo era la intérprete. Nosotros creímos, al principio, que Cortés era  el dios Quetzalcoátl, pero, luego, nos dimos cuenta de que no…
¿Qué le sorprendía de esta cultura que conoció tan de cerca?
Me llamaba la atención que hablaban mucho, mucho más que nosotros. En las charlas de Hernán Cortés con Monctezuma sobre su religión yo tenía que resumir para no causar una mala impresión. Además, nos explicaban cómo era el camino correcto que les había marcado su dios, nos bautizaban, pero, en realidad, ellos mismos no seguían estas leyes, que eran muy estrictas. Pienso que tenían muchas contradicciones y máscaras. ¿Esto sigue así?
Sí, creo que, en el fondo, sigue así. Cuando hay guerras e invasiones, tampoco se trata mucho mejor a las mujeres que en su tiempo, Malintzin. Y, a veces, cuando existe una crisis política también culpan al intérprete o al traductor. Pero la esclavitud… mejor me callo.

Muerte en el Everest

Este artículo se publicó impreso en diciembre de 2015 en El Observador Prensa Libre y también se puede leer en su versión digital aquí. Fue el último artículo (por ahora) de la serie La realidad supera a la ficción. A partir de enero, comenzamos una nueva sección llamada La máquina del tiempo.
everest-newLa altura de este imponente pico, 8848 metros sobre el nivel del mar, lo convierte en un trofeo codiciado por montañeros y alpinistas de todo el mundo. La ambición por alcanzar la cumbre —lograda por unas 1000 personas después de que Hillary y Norgay lo hicieran por primera vez en 1953— ha dejado también un reguero de desesperación y muerte, más de 200 personas han perecido en el intento. Sus cadáveres, todavía presentes en la montaña, simbolizan el alto precio a pagar para lograrlo. A esta altitud, las condiciones son tan extremas —hasta -40º, tormentas, avalanchas, hipoxia, hipotermia— que volver vivo es un verdadero milagro. Sin embargo, la crónica que les traigo hoy no habla de esta ambición sino de la solidaridad ejercida contra todo pronóstico en circunstancias del todo adversas.
Lincoln Hall, un alpinista australiano de 50 años y con una dilatada experiencia, había intentado alcanzar la cima en dos ocasiones anteriores sin éxito. En 2006 es invitado a una gran expedición liderada por Alexander Abramov; sabe que es su última oportunidad para llegar a la cumbre del Everest. Después de seis semanas de aclimatación, el 25 de mayo, Hall sale de madrugada del campo III con tres sherpas Doljee, Dawa y Lakcha. El cielo está despejado, la temperatura es buena y se encuentran en forma así que consiguen llegar al techo del mundo a las 9 de la mañana. Se sacan la foto de rigor y Hall informa al campo base de su hazaña. Pero esto es solo la mitad del camino, lo importante es el descenso y es justamente aquí donde se tuerce la suerte de Lincoln.
De repente, se encuentra terriblemente cansado, pierde la conciencia por momentos y su discurso se vuelve incoherente. Los sherpas reconocen los síntomas: se trata de un edema cerebral de altitud, una de las enfermedades habituales en la llamada «zona de la muerte». Debido a la altitud se acumula líquido en el cerebro y este se dilata, el enfermo pierde coordinación y niveles de consciencia, sufre alucinaciones y psicosis hasta que entra en coma, y muere. Los sherpas saben que para sobrevivir Lincoln debe moverse y descender. A esa altura, el peso se multiplica y nadie puede cargar con un compañero; tampoco el rescate es una opción ya que no llegaría antes de la noche. Con muchísima dificultad y arriesgando su vida, los sherpas consiguen que baje algunos metros. 
Abramov pide a otro sherpa, Pemba, que sube a ayudar al resto del equipo. Pero cuando llega, Hall se derrumba sobre la nieve y entra en coma. La hora idónea para regresar de «la zona» no puede pasar de las 2 de la tarde, ya son las 5 y los sherpas no consiguen reanimarlo. Aún así, se quedan dos horas más, hasta que Abramov les ordena bajar para salvarse. Los sherpas dan a Hall por muerto y como es tradicional se llevan su mochila para enviarla a los familiares. Lincoln se queda a 8700 metros sin oxígeno, sin protección y sin agua.
Pero sucede algo extraordinario. La temperatura esa noche no baja de los -25º, Hall se despierta del coma y aunque tiene hipotermia, está deshidratado y delira, consigue mantenerse vivo. A las 7:30 de la mañana del 26, Andrew Brash, Myles Osborne y el sherpa Jangbu liderados por Daniel Mazur, ven, a tan solo 200 metros de la cima, a un hombre sentado al borde de un precipicio de 3000 metros. No lleva gorro ni guantes, y el equipo está bajado hasta la cintura. Tampoco tiene oxígeno ni agua, y muestra signos evidentes de congelación y edema cerebral. Al verlos, les dice: «Imagino que estarán sorprendidos de verme acá».

Los cuatro —sin salir de su asombro, nadie ha sobrevivido a esa altura hasta entoncesdeciden ayudar a Hall. Lo cubren, le dan oxígeno, comida y agua, y movilizan a toda la expedición de rescate. Se quedan con él cuatro horas hasta que llegan 12 sherpas del campamento base. Saben que ellos han perdido la oportunidad de alcanzar la cima, no tienen ni tiempo ni oxígeno para intentar el último ascenso. Antes de bajar, dirigen una última mirada a ese pico que está tan cerca y, a la vez, tan lejos de su alcance, pero saben que la montaña permanecerá siempre allí, en cambio Lincoln Hall solo tenía una oportunidad para vivir.

El atraco

 Este artículo se publicó (impreso) en el periódico El Observador Prensa Libre y, un mes más tarde, se puede leer en línea aquí y en este blog.

El atraco 

pistol-29549_1280En esta nueva sección del periódico que se estrena con este año 2015, les quiero contar historias reales perdidas entre las páginas de una revista o de un diario y que son, como dicen en inglés, «más extrañas que la ficción». Historias que de ser encontradas en una novela o un cuento seguramente se catalogarían de «poco creíbles». 
Quizás porque desde chica intenté maquillar detalles de mi historia familiar porque nadie creería la verdad –mi realidad superaba o, al menos, se igualaba con el realismo mágico de una novela de García Márquez‑, estas noticias siempre me han atraído. De hecho, me sorprende cuando alguien dice de una ficción: «¡Eso no es posible!» Realmente lo único que suele pasar es que el desarrollo de los hechos no es lógico o que se nos presenta una solución de última hora sacada de la chistera de un mago pero rara vez que el hecho en sí no pueda ocurrir. 

La primera historia que les quiero relatar es, entonces, una aparecida en el diario catalán La Vanguardia el 29 de diciembre de 2014. Una mujer española de 47 años acude el 22 de diciembre a las 13:45 a una sucursal bancaria en el barrio de Santa Coloma de Gramanet –un barrio popular de Barcelona. El banco está a punto de cerrar ‑aquí cierran a las 14:00‑ y todavía quedan algunos clientes que han apurado hasta el último minuto para ir al banco. La mujer relativamente alta, morena y delgada, va vestida con unos vaqueros, una camisa blanca y unos zapatos de taco. Se dirige con determinación a uno de los trabajadores de la ventanilla que habla por teléfono, le apunta con un revólver, le pide que, por favor, cuelgue el aparato porque está atracando la entidad y no es momento para la cháchara (la verdad es que no). A continuación, le exige la recaudación del día. Todos en la sucursal dejan lo que están haciendo y miran a la mujer como congelados en una pantalla. No se creen que lo que está pasando es verdad y que la mujer, a la que todos describirían más tarde como una clienta “normal y corriente”, es una ladrona y no una profesora o funcionaria del estado. Hasta aquí los hechos podrían catalogarse de lógicos en el marco de un atraco a mano armada de una sucursal bancaria y es justamente a partir de este punto cuando la realidad se torna más extraña que la ficción. 

En la cola de los clientes rezagados se encuentra un mosso d’esquadra (un miembro de la policía autonómica catalana) que acaba de entrar en el último minuto para hacer un ingreso. Está fuera de servicio y, por tanto, va vestido de paisano. El mosso observa a la mujer y algo en su gesto le llama la atención: sostiene el arma como si fuera demasiado ligera. Mientras el cajero prepara el dinero y la mujer, sin dejar de observarlo, lo apunta con la pistola, el policía se desplaza con sigilo pero rápidamente hasta colocarse por detrás de la mujer y, con un movimiento certero, la desarma. En ese momento confirma su sospecha: la pistola es de juguete. La mujer lo mira sorprendida pero también de una forma altiva, como si le dijera: «Pero tú, ¿quién eres?» y «Sí, es de juguete ¿y qué?»
Mientras un par de clientes voluntarios ‑ahora que saben que la mujer es inofensiva‑ la sujetan, el mosso abre la cartera y descubre una segunda pistola de juguete. ¡Una segunda pistola de juguete! Se produce un revuelo de sorpresa entre todos los presentes y, entonces, el policía la mira de forma acusadora: una pistola de juguete vaya y pase, pero ¡dos!, eso es alevosía y premeditación. Ella, esta vez, baja la mirada y se concentra demasiado tiempo en sus zapatos de taco alto. «No hacía falta mancillar así mi dignidad», piensa. El cajero ya ha llamado al 112 y la mujer es detenida por ser la presunta autora de un delito de robo con intimidación. 
Es cierto que el plan de nuestra ladrona de Disney era descabellado pero su final me dejó un mal sabor de boca. ¡Cuánta mala suerte! Justamente en el último minuto entra en la sucursal un policía vestido de paisano y con la suficiente prestancia y agilidad como para resolver el conflicto sin estar de servicio ni armado. Mi primera reacción fue pensar que la mujer padecía algún tipo de trastorno psicológico, y es posible que así sea, pero el hecho de que fuera un 22 de diciembre en un barrio trabajador del extrarradio barcelonés me hace pensar que quizás nuestro personaje hubiera querido recaudar fondos para las celebraciones que se avecinaban. Por un momento, y sin desestimar el miedo lógico del cajero y de los clientes, deseé que la mujer se hubiera llevado el botín y que hubiera celebrado una gran fiesta o se hubiera hecho un inmenso regalo el final del que fuera, quizás, el peor año de su vida. No lo sé, la realidad será aun más increíble, sin duda, pero lo que es del todo seguro es que la banca siempre gana.

El remoto

Este artículo se publicó (impreso) en el periódico El Observador Prensa Libre y, un mes más tarde, se puede leer en línea aquí y en este blog.

feminismoEn mi visita anual a la ginecóloga derivamos en una conversación informal sobre las consultas que recibía y cuál no fue mi sorpresa al decirme que ella creía, según los datos que constataba a diario en su consultorio, que, en general, una gran cantidad de mujeres no decidían libremente sobre su vida sexual. Y me aclaró: «Podría entenderlo en señoras grandes que a veces me dicen que les de algo que les alivie cuando su marido quiere sexo, pero me sorprende cuando son jóvenes en la veintena o menos». ¿Cómo? No salía de mi asombro. Yo pensaba que las mujeres más jóvenes tenían una relación más abierta con su cuerpo que las generaciones anteriores. Le pregunté si no creía que las jóvenes estaban más expuestas a una educación y libertad sexual y, por tanto, sabían mejor lo que querían. «Creo que menos que nuestra generación. Ha habido un retroceso. Yo les digo incluso: ¿no deberías decir primero si tú quieres tener sexo con este chico en lugar de hacerlo porque él te presiona? ¿No tienes otras motivaciones en la vida que lo que piense tu novio?». Salí de la consulta meditativa. Es natural y comprensible que los cambios sean lentos pero ¿un retroceso? Pensé que se trataba de un solo testimonio y que no debía generalizar.
Días más tarde, sin embargo, participé en un encuentro de profesionales de la lengua al que asistían periodistas, escritores, correctores, profesores y un gran número de traductores. Durante la comida del último día comentamos las distintas ponencias y también los talleres a los que habíamos asistido. Un compañero traductor comentó que, aunque en los eventos sobre lengua a los que asistía el 70% eran mujeres, al final un «tipo les contaba cómo iba la película». En efecto, hice un cálculo y de los 30 instructores de todos los talleres, 19 eran hombres y de los 6 ponentes, 4 eran hombres en este encuentro en concreto. El porcentaje era justamente inverso al de asistentes: casi el 70% de los que contaban la película eran hombres. De hecho había más colaboradoras y organizadoras que ponentes. Entonces, nuestro compañero dijo: «Chicas, ¿cuándo van a agarrar el control remoto y empezar a dirigir todo esto?». Hubo un poco de revuelo en la mesa. Lamentablemente, estamos más acostumbradas a hacer que las cosas pasen mientras permanecemos en la sombra que a convertirnos en referentes para otros y, si lo hacemos, muchas veces es con el beneplácito o aprobación de una figura masculina de la forma más tradicional.
Estoy de acuerdo con mi colega en que las mujeres tenemos que agarrar el remoto pero también pienso que estamos todos, hombres y mujeres, tan acostumbrados a unos referentes anticuados que tendemos a juzgar con unos baremos muy exigentes y no equitativos a aquellas mujeres que ostentan posiciones de referencia. Y que la crítica que hacemos no está basada en lo que hacen sino en lo que creemos que deberían ser. No es que no se pueda criticar o alabar la ponencia, la gestión política, la clase de traducción de una mujer, es que debemos dejar de hacerlo por lo que creemos que son y más bien ceñirnos a lo que hacen. «Se cree superior», «Es una mandona», «Quién se cree que es», «Es ambiciosa», «Va vestida de tal o cual manera», «No sólo es inteligente sino guapa», «Es simpática además de organizar bien». No tenemos que «ser» nada para desempeñar un cargo, debemos saber o tener experiencia en ese campo. Debemos de dejar de creer que todas las mujeres tienen que saber y, además, ser dulces, amables, conciliadoras, transparentes y perfectas mientras buscamos en los hombres la aprobación implícita de lo que es política, cultural, económica o éticamente correcto.
Ya sé que muchas mujeres dirán que a ellas no les pasa esto y que incluso negarán estar supeditadas a una aprobación de una sociedad «patriarcal», pero quizás sean las mismas que se morirían antes de decir que son feministas precisamente por miedo a ser rechazadas y perder ese lugar cómodo al que se acostumbraron. Esto no es una guerra, sino que, simplemente, ya nos llegó la hora de tomar el control remoto de nuestra vida.

¿Hacia dónde vamos?

Artículo publicado en El Observador Prensa Libre disponible aquí.

«Una sociedad como la nuestra donde los ricos invierten millones en evitar que suba el salario mínimo de aquellos que se hunden cada vez más en la miseria y donde se sabotea la cobertura médica para los que más la necesitan, no es una auténtica sociedad sino un estado de guerra, como diría Mark Twain.»

Esto publicaba el poeta serboestadounidense, Charles Simic en el blog The New York Review of books (http://www.nybooks.com), el 5 de agosto. Él sabe muy bien de lo que habla. Nació en 1938, vivió y sufrió las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. Los que conocen sus poemas saben que las referencias son innumerables. Carencias, sufrimiento, emigración. Que Simic, un escritor que vivió tan de cerca la devastación bélica piense que vivimos un período similar, da para pensar. En España este estado de tensión social llegó hace años, antes incluso de que estallara la crisis en 2008, pero ahora acampa a sus anchas sin pudor, con una desfachatez e impunidad vergonzosas. No sé cómo se explicará este período en los libros de historia, pero ¿cómo nos afecta en el día a día?
A los argentinos que nos gusta ganar a veces en cosas inexplicables nos parece que lo que se vive hoy en España ya lo hemos vivido cien mil veces antes y que ahora lo que tienen que hacer es bancársela. Yo creo, en cambio, que lo que pasa ahora tiene marcadas diferencias. Antes, ante una o varias crisis locales siempre quedaba un ideal, un lugar al que se podía ir y con el que se fantaseaba (sí, quizás erróneamente) y donde creíamos que existían valores democráticos y sociales verdaderos y duraderos, que existía algo mejor y que una vez llegados a ese lugar sería como encontrar el Santo Grial o alcanzar el cielo en la rayuela de nuestra vida. Ahora, en cambio, no sólo ha desaparecido ese paraíso imaginario sino que además todos sabemos por qué, ni siquiera se ocultan las pruebas, se declara abiertamente que ese 1% controla la sanidad, la educación, las pensiones y que su intención es privatizarlo todo para luego revenderlo a los mismos que lo financiaron en primer lugar. Es un atraco a plena luz del día y todos los sabemos. Los salarios bajan hasta que la única posibilidad que existe es comprar en los mismos supermercados que el 1% abastece de productos de dudoso origen (no sólo por su calidad sino por la forma de obtenerlos) y nos venden unas vacaciones de bajo coste en vuelos de seguridad dudosa.
La vida de cada uno se ve afectada: el amigo que no sabe si cobrará a final de mes, confía y espera que sí; la amiga que trabaja horas interminables, noches y fines de semana, sin cobrar más que el mínimo porque a los arquitectos ya no les queda qué construir; el otro que trabaja en unos grandes almacenes por un salario que no le daría ni para pagar el alquiler de una habitación y que, aun así, tiene que aguantar la supervisión constante con cámaras. Todo debe hacerse sin quejarse porque «esto es lo que hay»: salarios congelados hace años, más responsabilidades, horarios «flexibles», menos prestaciones, bajada de precios a los proveedores. Y si no te gusta, te callas, no quedan energía ni ganas, además nadie te apoyará.
Este estado provoca que se pierda la fe en derechos conseguidos, el pensar «que te exploten está mal», «no descansar está mal», las ganas de luchar porque el sentimiento es que todo está perdido, que no podemos controlar lo que pasa, ni los gobiernos pueden. Nos estamos convirtiendo en una sociedad competitiva por un trocito de vida que es la mitad de lo que se tenía antes y el doble de caro. Nos estamos acostumbrando a eso. Nos relacionamos en base a esos nuevos valores, criticamos a quienes critican o se quejan y queremos pensar que cada uno tiene lo que se merece y que es el momento de los «emprendedores». Las similitudes con 1984 de Orwell producen escalofríos y no sólo porque exista un Gran Hermano sino porque este nuevo mundo abandona el espíritu de lucha, de comunidad, de solidaridad. En definitiva, se deshumaniza.

Nuestra vida entre mundiales

Artículo publicado en El Observador Prensa Libre disponible aquí.

Hace cuatro años empecé a escribir en este periódico con una crónica sobre el Mundial en Sudáfrica, en el que ganó España. En esa otra crónica les contaba lo distinto que se vive una copa en un país tan intensamente dividido como España. Aquí, en Cataluña, la celebración palidecía en comparación a una celebración patria.

Pero ¿cómo se vive un Mundial acá cuando Argentina juega una final contra Alemania?
Según las estadísticas, que se trasmitían por la televisión momentos previos al partido, un 70% de los españoles querían que ganaran los germanos. ¡España nunca dejará de sorprenderme! Es cierto que muchos brasileños querían lo mismo pero es más comprensible por la rivalidad histórica y porque, por qué no decirlo, los maltratamos bastante durante el torneo y porque además si ganaba Alemania era como si Brasil hubiera perdido menos. Pero ¿España? ¿Qué motivos tenía? ¿Qué le habíamos hecho? ¿Y la madre patria? ¿Y los lazos de sangre y culturales? No se me ocurrían demasiadas explicaciones así que me dediqué a preguntarles a los más allegados. Estas fueron algunas de las respuestas recogidas en ese tiempo:
“Es el mejor equipo del mundo y se merece ganar”.
Aunque esta respuesta me parecía un pelín exagerada era cierto que el equipo teutón había hecho un gran Mundial y había eliminado a Brasil de forma épica, un partido que se recordaría más incluso que la propia final. Los fans del “tiki-taka” en cualquiera de sus versiones y algunos fans de Guardiola (que era ahora entrenador del Bayern Munich) se encontraban en este grupo.
“Argentina no ha jugado bien y no se merece ganar”.
Era la otra cara de la moneda. Esta afirmación me dejaba un poco perpleja. Me preguntaba si las personas que decían esto, creían que era fácil llegar a una final. Parecía la respuesta de aquellos que cuando su equipo no gana una medalla de oro en una competición de alto nivel, hablan de “fracaso”. Quizás estas personas habían visto otro Mundial. Tantas veces las selecciones van creciendo a medida que avanza la competición.
“Soy de la selección alemana desde chiquitito”.
Como España sólo llegaba a cuartos y ni soñaba con ser campeona por aquel entonces, se buscaban un equipo alternativo. Esta opinión me gustaba más porque era más poética y quizás fuera la más válida. Después de todo es el mismo motivo por el que una persona va con la selección de su país. El cariño al lugar de origen. Como decía Gabriel García Márquez, al final siempre volvemos a nuestra infancia. Apoyar a tu equipo de la infancia es como volver a un lugar feliz.
“Porque los alemanes son europeos y nosotros también”.
De acuerdo, la geografía tiene un peso. Después de todo, los argentinos apoyamos a la selección argentina porque nacimos ahí, aunque sea un accidente geográfico, el lugar de origen marca. Pero, y este “pero” es importante, ¿no son más importantes los lazos culturales? E incluso los lazos afectivos, que hacen que yo, por ejemplo, prefiera que gane España en un España-Holanda. ¿No existe una lengua común? ¿No tienen más familiares, amigos, escritores favoritos en Argentina que en Alemania?
Misterios… Quizás existieran otros motivos encubiertos y menos nobles que no se atrevían a confesarme. Lo cierto es que España en general nunca ha sido una gran simpatizante de la selección argentina. Supongo que uno tiene un motivo que expresa y otro más profundo, y que las razones para ir con una selección u otra obedecen a miles de factores casi inexplicables: geográficos (lugar de nacimiento, de adopción), futbolísticos (un jugador, un entrenador, un equipo favoritos), afectivos (simpatía por el que nunca gana o por el que siempre gana) y un largo etcétera.
No se desanimen, claro que había personas que querían que ganara Argentina porque querían mucho a Messi; habían elegido a Argentina como su selección (como jugaban Messi y Mascherano era como si jugara el Barça); tenían un amigo/a, novio/a, familiar argentino/a; simplemente no querían que ganara Alemania o porque, como tantos de nosotros, eran argentinos que veían el partido desde el otro lado.

¿Paraíso tropical?

Artículo publicado en El Observador Prensa Libre disponible aquí.

Cuando me dijeron que tenía que ir a Singapur, por una reunión de trabajo, intenté ubicarlo en el mapa pero, para mi vergüenza, se me confundieron todas las fronteras del sudeste asiático. Así que lo primero que hice, secretamente para que no se notara mi ignorancia, fue consultar los mapas de Google. Quería saber cuál era la distancia con respecto a Beijing, que era mi siguiente destino, y descubrí que está relativamente cerca, 6 horas de avión, pero distante en todo lo demás. Singapur es una ciudad-estado con aproximadamente 5 millones de habitantes en contraposición a los 1,300 millones de China. Ocupa además el tercer puesto en países con la renta per cápita más alta del mundo, 64 mil $ al año (frente a los 9 mil $ de China, según el FMI), lo que lo sitúa delante de otros más conocidos por su riqueza como Estados Unidos, Suiza o Noruega. Está formado por 63 islas que se encuentran en el extremo sur de Malasia, de la que se separó en 1965, tras proclamarse la independencia del Reino Unido. Es, por tanto, un país muy joven que ha conseguido en estos últimos cuarenta años subirse a la lista de los más ricos de forma casi meteórica. Todo un ejemplo.
Imaginé con esta información que me encontraría con un paraíso tropical y, lo cierto es que al sobrevolar la isla, uno queda maravillado por lo frondoso del paisaje, el color índigo del mar, las playas (sorprendentemente desiertas) y el intenso tráfico de la costa (repleta de barcos de mercancías). Pero las sorpresas no se acaban aquí. Por la autopista de camino al hotel, llama la atención la profusión de flores tropicales y el prolijo cuidado del césped a ambos lados de la ruta, salpicada de plantas de un verde intenso. ¿Sería verdad? ¿Habría llegado por fin al paraíso? ¿Cómo era posible que supiera tan poco de este pequeño país?
Después de dejar la valija en el hotel y ponerme cómoda para pasear con una temperatura de 32º (con un alto porcentaje de humedad) y colocar en la mochila un impermeable (la lluvia es algo impredecible por estos lares), salí a descubrir si, en efecto, había hallado el paraíso en la Tierra. Al merodear por la ciudad se aprecian de inmediato varias de las características más destacadas de Singapur. Todo el mundo habla inglés. No es de extrañar ya que es una de las cuatro lenguas oficiales además del chino, malayo y tamil. Todo está muy limpio. Existe un riguroso control y las multas por arrojar basura, por ejemplo, pueden alcanzar los 250 $. Está prohibido comer chicle y fumar. Conviven varias religiones en asombrosa armonía: el budismo, el islam, el cristianismo, el taoísmo y el hinduismo, entre otras. Esta diversidad religiosa es un reflejo de una diversidad étnica paralela que se hace evidente en la división de la ciudad en barrios comoChinatown y Little India. Es un verdadero lugar de mestizaje. Como los medios de transporte son baratos, limpios y fáciles de utilizar, me trasladé de un lugar a otro con la sensación de que había visitado China, India y Corea en pocas horas y sin necesidad de tomar un avión. Los singapurenses te tratan con la amabilidad asiática de la que tanto había oído hablar pero que no es frecuente en China donde la vida es mucho más dura para el turista y también para los nativos.
¿Es oro todo lo que reluce? La vida en Singapur parece idílica pero la perfección, lectores, no existe. Aunque es una democracia parlamentaria, el mismo partido ostenta del poder desde la independencia y Lee Kuan Yew permanece en el gobierno con distintos cargos en algo que tiene tintes de poder vitalicio mientras que su hijo Lee Hsien Loong es el Primer Ministro. Las leyes son más que estrictas y vulneran, en ocasiones, los derechos humanos (pena de muerte por tráfico de drogas, azotes con vara), la libertad de prensa está restringida y el estado, militarizado. El precio de vivir en Singapur es elevado ya que se tienen que importar una gran cantidad de bienes, y no existe un estado de bienestar per se, de manera que si una persona pierde su trabajo no cuenta con una red de ayuda inmediata. La sociedad está basada por completo en la meritocracia, un modelo que, según dicen, ofrece oportunidades a los que más se esfuerzan. Sin embargo, la educación no es gratuita y el grado de competitividad que genera es elevado entre los jóvenes aunque el estado haga hincapié precisamente en la educación.
En definitiva, puede que Singapur no sea el paraíso que imaginaba pero podría ser un destino fácil para quien quiere visitar Asia sin los inconvenientes del idioma o de un sitio más “exótico”. Eso sí, mezclar el calor tropical con un delicioso curry quizás no sea lo más recomendable para los estómagos más sensibles.