Lugares en el mundo: Casa Museo Lope de Vega

Este artículo apareció impreso en el número de febrero de El Observador Prensa Libre (Chabás, Argentina).

Existe una rivalidad, a veces tácita, entre Madrid y Barcelona, de tal forma que los de fuera nos vemos obligados a manifestar nuestra preferencia y así comprobar cuál de las dos ciudades gana en votos. Lo cierto es que son ciudades tan diferentes que es difícil mezclar churras con merinas (como dicen acá). No soy la única que se niega a decantarse por una de las dos. Barcelona es más cómoda, tiene mar y mejor clima. Madrid es más vital, cercana y tiene los mejores museos. Sí, es cierto, Barcelona tiene el mejor arte Románico de la península, pero El Prado es insuperable y, además, a pocos metros se pude visitar el museo Thyssen-Bornemisza, otra maravilla.

Aunque Madrid es posiblemente la ciudad que más he visitado en mi vida, tanto que me siento como si fuera mi casa, no sabía de la existencia de la Casa Museo Lope de Vega. Esta casa se encuentra en el famoso Barrio de las letras, justamente ubicado entre el Paseo del Prado y la Puerta del Sol, y se llama así porque allí vivieron los grandes escritores del Siglo de Oro español: Góngora, Quevedo, Cervantes y el propio Lope de Vega. En este barrio se instalaron también los corrales de comedia donde se representaron por primera vez las obras del dramaturgo. El barrio conserva su tremendo encanto: estrechas calles peatonales, edificios del siglo pasado (cuando menos) y aunque queden pocas viviendas del s. XVI y XVII, se compensan con una proliferación de bares y restaurantes de todo tipo.

La Casa Museo Lope de Vega está paradójicamente en la calle Cervantes número 11. Y es paradójico por la rivalidad abierta que existía entre los dos escritores, aun cuando habían sido amigos y se profesaron admiración mutua ya de archi enemigos. Existen distintas teorías sobre el motivo de sus desavenencias, los dos escribieron críticas feroces de la obra del otro. Se dice que Lope, que fue el más famoso en vida, veía a Cervantes como un viejo sin talento y pensaba que El Quijote era una obra menor, mientras que Cervantes veía a Lope como un escritor que prefería, por sobre todas las cosas, agradar al vulgo y sentirse halagado. Aunque dejaron de hablarse en 1602, no sería raro que se cruzaran por la calle o se encontraran en los corrales de este mismo Barrio de las letras.

También resulta llamativo que Lope de Vega se asentara en esta casa durante veinticinco años ya que su vida es de lo más azarosa. No solo tuvo una producción literaria exorbitante (se baraja una cifra de más de mil obras entre lírica, prosa y piezas teatrales), sino que su vida sentimental fue una auténtica novela de enredos que le ocasionó infinidad de problemas: tuvo que mudarse en un sinfín de ocasiones, estuvo en la cárcel y fue desterrado de Castilla por difamar a Elena Osorio de la que estaba perdidamente enamorado. Aunque el escritor se casó dos veces -con Isabel de Alderete y Urbina y con Juana de Guardo-, tuvo numerosas amantes, entre ellas varias mujeres casadas. La más conocida fue la actriz Micaela de Luján. Al contrario de lo que pudiéramos imaginar de la época, Lope no ocultó sus romances, incluso escribió sobre ellos y tuvo quince hijos reconocidos con diferentes mujeres. Ni aun ordenándose sacerdote, abandonó su ajetreada vida sentimental y se enamoró de Marta Nevares a quien se llevó a vivir a esta casa.

En el dintel de la puerta de entrada se lee la inscripción «D.O.M PARVA PROPIA MAGNA / MAGNA ALIENA PARVA» que viene a ser más vale casa pequeña, pero nuestra, que grande, pero de otro. Y es que al parecer Lope encontró aquí el sosiego que buscaba, sin abandonar, por lo que parece, sus grandes pasiones: la literatura y las mujeres. La casa tiene dos plantas que se han decorado para reproducir la atmósfera de la época. Una de las partes más bonitas es el jardín donde el escritor pasaba las primeras horas de la mañana y las últimas de la tarde, y al que hizo referencia en muchos poemas. En la primera planta se encuentra el oratorio y, lo más importante, el estudio donde escribió un gran número de sus obras. El escritorio es de estilo castellano, está rodeado de libros del siglo XVII, y lo preside un retrato del autor. Aquí recibía a sus amigos, colegas y admiradores. Llama la atención que su alcoba es las más pequeña de la casa y muy austera. Aquí murió con 72 años de escarlatina. El resto de la casa: comedor, cocina, habitaciones de los hijos, sirvientas, invitados son curiosas y nos transportan a la forma de vida de ese siglo.

Si viajan a Madrid, les aconsejo que visiten el barrio y la casa. Tendrán que reservar con antelación porque solo se permiten visitas de diez personas y se ocupa con facilidad, pero agradecerán alejarse de las multitudes y del precio de otros museos.

Escritorio-Lope

La máquina del tiempo: mujeres libertadoras

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en junio de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

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No ando muy errada si digo que todos, en América y Europa, sabemos quién fue Simón Bolívar, pero pocos, y me incluyo en este grupo selecto, sabemos quién fue Manuela Sáenz. Una mujer clave en la gesta libertadora no solo por ser amante de Bolívar, sino por un derecho ganado, con creces, en la contienda. Hoy, en nuestra máquina del tiempo, viajamos a Paita, Perú, en 1854 para que ella nos hable de su vida. 
Me parece, desde que escribo esta columna, que el hecho de ser hija ilegítima ayuda a algunas mujeres a ser más libres. ¿Me equivoco?
Yo crecí siendo la diferente, y eso ya te acostumbra a serlo siempre y a luchar contra la injusticia. Mi madre, Joaquina Aizpuru, pertenecía a una familia bien de Ecuador que la rechazó al saber de su embarazo y, a mí, me mandaron al convento de la Concepción. Sabía que Simón Sáenz de Vergara era mi padre, pero viví con él más tarde, ya muerta mi madre. Entonces, me presentó a su familia legítima y se aseguró de que yo tuviera una buena educación. 
Su padre la casa con un comerciante inglés, James Thorne, 27 años mayor que usted.
Sí, yo tenía 19. Mi padre me lo propuso y me sedujo la idea de ser una aristócrata en Lima, pero James era formal, rígido, dejaba poco a la improvisación.
¿Por eso abraza la causa libertadora?
No, yo leía mucho y me interesé por los ideales libertarios, por la conciencia americana. Fue un momento de lucha, difícil, pero también inspirador. Además, gran parte de la sociedad limeña apoyaba a los rebeldes. Me hice muy amiga de Rosa Campuzano [informadora y amante de San Martín] y convencí a mi hermano militar, José María Sáenz, para cambiar de bando. Me involucré por completo.
Y San Martín las condecora con la Orden del Sol, pero ¿cómo conoce a Simón Bolívar? 
Volví a Quito para reclamar parte de mi herencia materna, ya formaba parte del círculo independentista, y coincidí con la entrada triunfal del General. Cuando pasó bajo nuestro balcón, arrojé una corona de laurel que le dio de lleno. Entonces, sorprendido, miró al balcón y me saludó. Más tarde, nos vimos en el baile en su honor y no nos separamos más.
Nunca vuelve con Thorne, aunque él se lo pide, y sigue con Bolívar durante ocho años.
Perseguía mis ideales y Simón luchaba por ellos. No estaba dispuesta a dejar la causa libertadora o al General por una convención social. Muchos pensaron que yo sería una más en la larga lista de amantes. No me conocían. 
Hasta le salva la vida.
Yo participé activamente en la contienda, conservé el archivo de Simón, lideré tropas, atendí a los enfermos. Alcancé el grado de Coronela por mi contribución en la batalla de Ayacucho. Y, además, le salvé la vida varias veces. La más significativa fue cuando me enteré de que querían matarlo en Bogotá; entonces, me fui al palacio, lo desperté, le di un arma y le obligué a saltar por la ventana, mientras yo me quedé para hacer frente a los conspiradores hasta que se reagrupó el ejército y pasó el peligro.
Bolívar cae en desgracia y de camino al exilio, muere. 
Su sueño de crear una única república americana se complica por intereses locales de una minoría poderosa. Su influencia menguó tanto que renunció y se marchó. Estaba, además, enfermo. Después, también yo tengo que huir por ser fiel a su ideología. Intenté volver a Quito, pero lo más cerca que he llegado es aquí.
¿Y a qué se dedica ahora?
Vendo tabaco y dulces. Le va a hacer gracia, pero ahora la educación que me dio mi padre y mi matrimonio con James, me ayudan. En este puerto ballenero, utilizo el francés y el inglés como intérprete, y recibo a muchas personas que me visitan para saber más sobre la independencia y el Libertador.
Cuando murió su marido inglés, Manuela sólo cobró la parte de la herencia que correspondía a su dote, renunció al resto por ser coherente con sus ideas. Se dice que Manuela Sáenz murió a los 59 años durante una epidemia de difteria. Nunca volvió a Ecuador.

La máquina del tiempo: mujeres artistas

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en mayo de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

suzanne-valadon-1865-1938-self-portrait-with-her-family-c-1910-valdon-son-maurice-utrillo-1883-1955-husband-andre-utter-1886-1948-and-utters-motherEl fin de semana fui a visitar la Colección Phillips instalada temporalmente en Barcelona. Esta colección reúne sesenta obras de artistas del SXX entre las que se incluye la del pintor francés Maurice Utrillo, hijo de la gran artista Suzanne Valadon. Suzanne fue una reconocida pintora de la belle époque que, sin embargo, cayó posteriormente en un cierto olvido. Por eso y sin dudarlo, decidí subirme allí mismo a mi máquina del tiempo para hacerle esta entrevista. 
Nace en Bessines, un pueblo cerca de París, en 1865. Sus comienzos son más que humildes y, sin embargo, se convierte en una pintora excepcional. 
Sí, yo soy hija natural. De hecho, mi madre, Madelaine, era costurera, lavandera, servía. Nunca supe quién fue mi padre. Con cinco años, nos trasladamos a Montmartre. Un barrio que vivía una transformación artística; estaba en ebullición total. Tuve mil oficios —incluso trabajé de acróbata en el circo, pero un accidente me obligó a dejarlo— hasta que el pintor Pierre Puvis me propone ser modelo para sus cuadros.
Y se convierte en modelo y amante de Renoir; Toulouse Lautrec; Erik Satie le pide que se case con él… Montmartre se rinde a sus pies.
¡Es que era tan joven! Pero a mí siempre me había gustado la pintura, así que no solo posaba, sino que observaba la técnica y después la copiaba en casa. Aprendí rápido de Lautrec que era una persona extremadamente generosa, él me presentó al maestro Degas quien me animó a que siguiera pintando. “Eres una de los nuestros”, me dijo. El mejor día de mi vida. Fuimos grandes amigos, le debo muchísimo. ¡Ay, Erik! Era demasiado celoso, tuve que rechazarlo.
A los 18 años tiene un hijo natural, Maurice, que luego fue reconocido por Miquel Utrillo. Sigue pintando…
Sí, mi madre me ayudó a cuidar a Maurice y Miquel lo reconoció algo más tarde. Yo posaba y pintaba sin parar. Se me criticaba porque no intentaba idealizar la figura humana, sino que pintaba cuerpos desnudos, tanto de mujeres como de hombres, en posturas naturales. Era poco habitual.
Aun así, en 1894, se convierte en la primera mujer que expone en la Société Nationale des Beaux Arts. Todo un hito. 
Por entonces ya había comenzado a pintar con óleos y el maestro Degas me animó a presentarme. Increíblemente me aceptaron.
La estabilidad económica viene de la mano de su casamiento con Paul Maussis que era un rico financiero. ¿Aumenta su producción?
No sé si aumenta, pero consigo pintar con más tranquilidad. Nos trasladamos al campo con Maurice, aunque él nunca se adaptó. Volvió a París, sus problemas mentales continuaron y comenzó a beber en exceso. Para que dejara esa etapa destructiva, lo animé a que pintara.
Se la ha acusado de haberlo explotado para ganar dinero. ¿Qué hay de cierto en ello?
Nada. Siempre alenté a Maurice a pintar porque se encontraba mejor así. Sin proyecto, se emborrachaba hasta perderse. A veces, alguien llamaba al timbre para traerlo porque se lo habían encontrado tirado en la calle. La pintura lo salvaba. Además, yo ya había triunfado como pintora cuando él empezó. 
Usted se divorcia de Maussis y se va a vivir con el mejor amigo de su hijo, André Utter, que era 20 años más joven. Un escándalo. 
Yo venía de tan abajo que la burguesía no esperaba menos de mí [Se ríe]. Fue Paul [Maussis] el que me pide el divorcio cuando ya no soporta la relación con André que yo nunca oculté. André vendía tanto los cuadros de Maurice como los míos. Estuvimos más de catorce años juntos y conseguimos volver a vivir bien.
Pero finalmente las relaciones en ese triángulo se deterioran…
Mi hijo se casa y se va de casa, aunque nunca consiguió recuperarse. André siguió su vida, y es que nuestra diferencia de edad así lo exigía. Yo me sentía afortunada siempre que pudiera vivir pintando. Y lo logré.

 

En 1938, Suzanne sufre un ictus mientras pinta y muere horas más tarde. Aunque su hijo la eclipsa como artista, existe un renovado interés en su obra caracterizada por su originalidad y fuerza, un claro reflejo de su personalidad y de su vida.

La máquina del tiempo: mujeres deportistas

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en abril de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

portrait Anne LondonderryEl viaje de hoy nos lleva al Nueva York del SXIX. Si esta mujer hubiese tenido una máquina del tiempo, como la nuestra, sin lugar a dudas habría visitado otros planetas. Annie Londonderry nacida en Riga (Letonia) en 1870 no conocía la palabra imposible y en 1894 se embarcó en la aventura de dar la vuelta al mundo en una bicicleta. Pero será mejor que nos lo cuente ella misma que para eso se ganó la vida también como periodista. 
Su verdadero nombre es Anna Cohen Kopchovsky. ¿Cómo llega a EE. UU.?
Tengo varias versiones, pero le voy a contar la que más se acerca a la realidad [Se ríe]. Mi familia era judía y, en Latvia, ser judío significaba vivir en un gueto y ser perseguido. Así que, cuando yo era una niña, la familia decide emigrar a Boston como ya habían hecho mis tíos y muchos otros, entre ellos la familia de mi marido Max (Kopchovsky). 
Y se casan…
Sí, me casé al cumplir los 18. Tuvimos tres hijos en los siguientes cuatros años. Cuando decidí dar la vuelta al mundo, tenía 23 años y tres hijos menores de seis años (5, 3 y 2) y aún así no lo dudé.
¿Y cómo se convierte en Annie Londonderry?
Escuché a dos miembros de nuestro club de Boston diciendo que la epopeya de Thomas Stevens, quien había dado la vuelta al mundo en bicicleta hacía diez años, sólo era posible si eras un hombre. Ellos defendían que ahí se apreciaba su superioridad y que una mujer jamás podría hacerlo sola. Yo me opuse con vehemencia. La discusión dio como resultado una apuesta de 10 mil dólares: dar la vuelta al mundo en bicicleta en 15 meses y recaudar, al mismo tiempo, 5 mil dólares. Mi primer sponsor fue la empresa de agua Londonderry Lithia. Por eso, me cambié el nombre.
Pero usted no había andado antes en bicicleta…
No, era algo nuevo, pero que cambiaría la forma de vida de las mujeres. Nos daría la libertad de ir adonde quisiéramos. Al principio del viaje, casi desisto porque la primera bicicleta pesaba 20 kg. Así es que decidí cambiarla por una de hombre y, en lugar de esos vestidos tan incómodos, me puse unos pantalones bombachos que me dejaban pedalear cómodamente. 
En plena época victoriana, deja a su familia en Boston, inicia un viaje sola, se viste como un hombre ¿la habrán criticado?
[Se ríe] Sí, imagino que me habrán criticado. La mujer victoriana debía quedarse en casa y ser muy discreta. Lo contrario de lo que hice durante mi viaje. Mi marido lo vio como una inversión en nuestro futuro porque el evento iba a generar mucha publicidad y, en consecuencia, dinero. Así que me dio una pistola para protegerme. Max era muy práctico. 
En ese momento comenzaba la lucha por el voto femenino ¿era miembro de algún movimiento?
No, pero sí que estoy convencida de que las mujeres podemos hacer lo mismo que los hombres. En este sentido, y siempre lo digo, me siento una representante de la «nueva mujer».
La acusan de haber dado la vuelta al mundo más «con» que «en» bicicleta.
Bueno, siempre que haces algo de envergadura, habrá alguien que lo cuestione. Era obvio que parte del trayecto tenía que ser por mar. Por eso fui de Marsella hasta Singapur en barco, al recalar en los puertos sí hacía todos los trayectos en la bicicleta porque debía conseguir la firma del embajador para demostrar que había llegado hasta allí. Lo que le aseguro es que ninguna mujer hasta entonces había viajado así y casi ningún hombre, claro.
Y daba charlas para recaudar el dinero…
Sí, daba charlas, escribía crónicas, vendía mis fotos, llevaba pancartas de empresas en la bicicleta. Todo lo que se me ocurría para llegar a Boston. Y lo logré en quince meses justos. Gané la apuesta.
¿Qué sintió al llegar?
Me sentí con una fuerza casi sobrehumana. Pensé: «Annie, no hay nada que no puedas hacer».
Annie Londonderry se convirtió en una mujer célebre y se trasladó con su familia a Nueva York donde inició su carrera como periodista.

La máquina del tiempo: mujeres intérpretes

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en marzo de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.
La malincheIntérprete es la persona que explica a otras, en lengua que entienden, lo dicho en una lengua que les es desconocida. Es decir, por medio oral y no escrito (que es el traductor). Estamos a principios del SXVI, son tiempos de la conquista y Hernán Cortés ha llegado a lo que conocemos hoy como México. ¡Dios nos pille confesados! (literalmente). Pero, ¿cómo se comunica Cortés con los habitantes de América? En esta máquina se los contamos. 
¿Malinche, Malintzin, Malinalli o Doña Marina? Una mujer intérprete y en esas fechas. ¿Cómo aprende el español o castellano?
Malintzin, es mi nombre. ¡Qué difícil de resumir! Yo era esclava del cacique maya Tabscoob, pero mi lengua materna era el náhuatl. Cuando Hernán Cortés triunfa en la Batalla de Centla, los caciques nos dan a otras diecinueve mujeres y a mí como regalo a los españoles. Cortés me entrega a Alonso Hernández Portacarrero que era pariente suyo. Entonces, me bautizan como Marina. 
¿Y cómo se convierte en la intérprete oficial del ejército español?
De allí nos trasladamos hacia el interior y cuando llegaron los embajadores de Moctezuma, Jerónimo Aguilar que había sido el intérprete hasta entonces, no entendía la lengua de los aztecas: el náhuatl. La única que la hablaba allí era yo. En un principio, Hernán hablaba con Jerónimo en español; Jerónimo, conmigo en maya, y yo, en náhuatl con los embajadores.
Y la relación con el conquistador se estrecha…
Como aprendo rápidamente el español, Cortés se da cuenta de que yo le serviría no sólo como intérprete del náhuatl sino de nuestra cultura. Le ayudé a comprender nuestra forma de relacionarnos y de negociar; a cambio, me prometió favores y la libertad. Los españoles no traían a sus mujeres, así es que nosotras nos convertíamos en sus esclavas en todo, en la cama también. Era así, ni lo cuestionábamos.
Pero usted tenía un talento natural para las lenguas porque no existían las clases…
¿Clases? No, no. Me di cuenta con la práctica que yo comprendía en unas semanas lo que otros tardaban meses. Mi familia era una familia noble, así es que yo tenía una formación más completa que mis compañeros. Además, tenía buen oído y, sobre todo, necesitaba o anhelaba mejorar mi situación.
¿Cuándo acaba su labor de intérprete y su relación con Cortés?
Cortés conquista Tenochitlán y controla el territorio dominado por los aztecas. Tuvimos un hijo, Martín, pero no me lo dejaron. Lo enviaron a España. Cuando Hernán enviudó de su mujer, Catalina, no se casó conmigo sino que me organizó un casamiento con Juan Jaramillo y, tal como me había prometido, me dio la libertad.
¿Sabe que en la actualidad la palabra «malinche» se asocia con alguien que traiciona a su pueblo?
¡Qué curioso! Cortés recibió el apoyo de muchos otros, como los totonacas, tlaxcaltecas y otomíes que querían sublevarse contra Moctezuma porque ignoraban que los españoles se convertirán en sus dominadores y los apoyaron. Yo sólo era la intérprete. Nosotros creímos, al principio, que Cortés era  el dios Quetzalcoátl, pero, luego, nos dimos cuenta de que no…
¿Qué le sorprendía de esta cultura que conoció tan de cerca?
Me llamaba la atención que hablaban mucho, mucho más que nosotros. En las charlas de Hernán Cortés con Monctezuma sobre su religión yo tenía que resumir para no causar una mala impresión. Además, nos explicaban cómo era el camino correcto que les había marcado su dios, nos bautizaban, pero, en realidad, ellos mismos no seguían estas leyes, que eran muy estrictas. Pienso que tenían muchas contradicciones y máscaras. ¿Esto sigue así?
Sí, creo que, en el fondo, sigue así. Cuando hay guerras e invasiones, tampoco se trata mucho mejor a las mujeres que en su tiempo, Malintzin. Y, a veces, cuando existe una crisis política también culpan al intérprete o al traductor. Pero la esclavitud… mejor me callo.

La máquina del tiempo: mujeres inventoras

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en febrero de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

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Hoy nos vamos en la máquina del tiempo a visitar a Josephine Garis-Cochrane. Es el año 1912, Josephine ya ha patentado su gran invento: el lavaplatos. Nos recibe en el estudio de su casa en Shelbyville (Illinois). En el cobertizo del jardín trasero de esta casa victoriana es donde se construyó el primer modelo.
Háblenos de su infancia para comprender cómo se convirtió en inventora. ¿Estudió mecánica?
Solo estudié la escuela secundaria. Mi madre murió cuando era una niña así que mi padre me envió a un colegio en Indiana y, luego, a casa de mi tía aquí. Me casé con 19. Mi padre, John Garis, sí era un ingeniero de Chicago que inventó una bomba hidráulica para drenar ciénagas. También, mi bisabuelo materno, John Fitch, había patentado un diseño de barco de vapor. No me era del todo ajeno.
Se casa en 1858 con William A. Cochran, ¿cómo influye él en su carrera?
En realidad, su influencia es indirecta. William era comerciante, tenía una tienda de tejidos muy próspera pero, además, le interesaba la política. Era una persona muy vital, afable y le gustaba recibir en casa. Así que siempre organizábamos cenas y fiestas para ayudarlo en su negocio y carrera política.
¿Es en estas recepciones cuando se da cuenta de la necesidad de crear una máquina que lave la vajilla?
Como le decía, recibíamos invitados con mucha frecuencia. Yo tenía una vajilla de porcelana china del SXVII que había heredado de mi madre. Pero iba perdiendo piezas a manos del servicio. Llegó un momento en que, para evitar perder más, decidí encargarme personalmente de esta tarea. Pero, además, me di cuenta de las horas que nos pasábamos, las mujeres, lavando platos. ¿Cómo era posible que nadie hubiese inventado una máquina? Si se había inventado la de coser y la de cortar el césped. Mi padre decía que lo mejor ante un problema era tomar un lápiz y un papel, y pensar. Eso hice.
Pero no tenía conocimientos de mecánica ¿cómo hizo el prototipo?
Primero, la lógica y, luego hablé con varios mecánicos que intentaron cambiar mi diseño sin éxito. Hasta que di con George [Butters], un mecánico del ferrocarril. Siguió mis instrucciones al pie de la letra: una caja con compartimentos de alambre para los platos y las tazas que se colocaba en una rueda de madera conectada a una caldera que lanzaba un chorro de agua caliente y jabón. 
Pero Joel Houghton había patentado una máquina similar…
Sí, lo descubrí cuando fui a patentar la nuestra. La de Houghton era manual y no había acabado de funcionar. Yo recibí la patente el 28 de diciembre de 1886 como una mejora a ese modelo.
¿Y cómo comercializa su invento? Imagino que no era fácil para una mujer vender…
Mi marido había muerto hacía tres años y me dejó deudas. Así que mi máquina y su comercialización se convirtieron en una necesidad. Recuerdo el día que fui al Hotel Sherman House de Chicago y pedí hablar con el encargado. Nunca había estado en un hotel sin mi marido. Cruzar la recepción ¡una mujer en un hotel para vender una máquina nueva! Era impensable… Pensé que me desmayaría, pero avancé con paso firme. Mi premio fue un pedido.
¿Qué supuso presentar su producto en la Exposición Universal de Chicago en 1893?
Un gran paso porque varios hoteles usaron mi máquina durante la exposición y, además, gané varios premios con lo que pude abrir una fábrica para producir más modelos que distribuimos en hospitales, colegios, universidades…
Pero no se comercializó en los hogares.
El principal problema para la distribución en masa eran los sistemas de tuberías. Solo lo compraban instituciones o familias con buenos ingresos que tenían casas bien equipadas. Además, el coste de cada aparato era alto porque era una producción completamente manual.
Josephine siguió dirigiendo la compañía hasta su muerte con sesenta y cuatro años. Hobart Manufacturing la adquirió y vendió el producto bajo la marca KitchenAid que ahora pertenece a Whirlpool. Los lavaplatos se comercializaron en masa en Estados Unidos a partir de 1950 con un diseño basado en el de Cochrane.

La máquina del tiempo: mujeres exploradoras

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en enero de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.
220px-Jeanne_BarreNo todo los días se presenta la ocasión de entrevistar a una persona de la talla de Jeanne Baret, la primera mujer que circunnavegó el globo en el siglo XVIII. Quizás pensemos que, por entonces, las mujeres exploraban más bien poco y menos aún desarrollaban una pasión tan intensa por la ciencia como ella. Pero Jeanne desafió a su época, como desvela esta charla a través de la máquina del tiempo.
En el siglo XVIII, no es frecuente que las mujeres se dediquen a la botánica. ¿Cómo lo logra usted?
Mis padres eran campesinos en la Borgoña. Siempre me interesé por la naturaleza, conocía todas las plantas y las hierbas de la región, su uso práctico, sus poderes medicinales. Cuando mis padres mueren, me acogieron en las Ursulinas, donde aprendo a leer y a escribir. A los 22 años, entré de gobernanta en la casa de Philibert Commerson, que era viudo, para cuidar a su hijo único: Archimbaud. Él era un hombre muy culto, había estudiado leyes y medicina, pero su gran pasión era la botánica. Recorríamos el campo juntos, yo le explicaba lo que sabía y él me instruía.
Tenían una relación íntima e incluso tuvieron dos hijos que dio en adopción…
Yo fui mucho más que su mujer, además de vivir con él, fui su colaboradora. Él admiraba mi vitalidad, curiosidad y su conocimiento, me deslumbraba. De mis hijos, prefiero no hablar. Eran otros tiempos, yo no estaba casada, fue todo muy complicado.
La marina francesa prohibía que las mujeres viajaran en su flota. ¿Cómo forma parte de la expedición del conde de Bougainville que daría la vuelta al mundo?
Luis XVI nombró a Commerson botánico de la corte así que nos trasladamos a París. En 1767, lo invitan a esta expedición. Una oportunidad única: poder clasificar la flora de un mundo nuevo. Pero estaba muy enfermo, así que me hice pasar por su asistente Jean Baré. 
El viaje duraba dos años con más de 200 hombres a bordo, ¿nadie se dio cuenta de que era una mujer?
Commerson no resistió bien la vida en alta mar, así que lo cuidaba en su camarote privado. Además, salía a recolectar los especímenes y lo ayudaba en la clasificación. Por ejemplo, cuando estuvimos en Brasil fui yo quien descubrió la planta que luego se llamaría Bougainvillea en honor al conde.
En el barco se sospechaba de mí pero como yo hacía el trabajo de cualquier hombre, cargaba y descargaba, nadie creía que eso lo podía hacer una mujer. Hacía incluso más que un hombre para pasar desapercibida.
Todo cambia cuando llegan a Tahití ¿qué pasó allí?
Ni bien bajé del barco, los nativos me reconocieron como mujer y se abalanzaron sobre mí. Fue inmediato, claro, allí la vestimenta o los gestos no contaban, sino la esencia, el olor. Bougainville tuvo que intervenir para protegerme. Confesé la verdad aunque me inculpé para no perjudicar al señor Commerson.
Más tarde, los dejan en Ille de France (hoy Isla Mauricio).
Debimos quedarnos allí porque si volvíamos a Francia tendríamos problemas con la justicia. Pierre Poivre, el gobernador de la isla, era también botánico y gran amigo del señor. Fue como vivir en el paraíso. Hicimos un viaje a Madagascar para recoger más especímenes. Pero ya estaba muy enfermo, murió el 13 de marzo de 1773, con solo 46 años.
Y se queda allí sin medios para sobrevivir ¿qué hace y cómo consigue volver a Francia y completar la vuelta al mundo en 9 años?
Abrí un bar en Port Louis pero como servíamos alcohol, las autoridades lo cerraron. Mi suerte cambió cuando conocí a Jean Dubernat, un marino francés. Nos casamos el 17 de mayo de 1774 y pude volver a Francia.
¿Consigue reconocimiento por su hazaña?
Yo llevo en mi viaje de vuelta 30 cajas con más de 5000 especímenes, 3000 de los cuales eran nuevos, y las entrego al Jardín del Rey que luego pasa al Museo de Historia Natural. Nadie me menciona como parte de la expedición. Pero, en 1785, el Ministerio de la Marina reconoce mi contribución y me otorga una pensión de 200 libras anuales.
¿No le molesta que Philibert Commerson se haya llevado toda la gloria?, hay más de 70 especies con el nombre de commersonii, y en cambio usted solo tiene una planta con su nombre, la Solanum Baretiae, 250 años más tarde…
Al contrario, amé la botánica, el viaje alrededor del mundo, al señor Commerson. Él me dejó todo su patrimonio francés en herencia. No me arrepiento de nada, estoy orgullosa.
Jeanne murió el 5 de agosto de 1807 con 67 años. Archimbaud Commerson fue su heredero universal.