Breves: Preferiría no hacerlo

Este texto se publicó en noviembre de 2016 en el blog La historia sin fin que pueden visitar aquí.

foto-preferiria-no-hacerlo-ana-g

No es que no hiciera nada, es que prefería… Ya, pero como ha dicho que no hacía nada, quise aclararle que… Ya, que esperaban más de mí. Yo también esperaba más, la verdad, desde chiquita, en el trabajo, en las relaciones, después pasó lo que pasó: que dejé de esperar. Dicen que es una forma de alcanzar la sabiduría. Sí, tiene razón, me fui por las ramas, pero como hablábamos de mí. Sí, sí, si yo lo entiendo. No se lo tomo a mal. Le mandaron a decírmelo. Si puedo decir en mi defensa…ah, no puedo. No, no, no solo contestaba a los correos urgentes, también fui a reuniones. ¿Que no participaba? No, nunca tomé notas, pero siempre había alguien que lo hacía. Cierto, no propuse acciones para mejorar la productividad del equipo. Pero no es que no quisiera hacerlo es que no era… importante. ¿La pantalla en blanco? Estaba apagada, en blanco, no. ¿Más proactiva? No, si no me río, solo que me sorprende la palabra. Si lo piensa…

¿Lo de la paloma?, ¿la última gota? Pero cómo iba yo a saber que nos visitaría un cliente clave para la empresa justo entonces. ¿Cientos de trabajos perdidos? Pero si somos veinte. La paloma estaba atrapada entre los cristales. Tampoco grité tanto. Sí, un poco sí, simplemente quise advertir a los compañeros que algo de verdad importante estaba pasando. Valore al menos que fui proactiva ¿no? Puedo pagar el mobiliario, si quiere, solo son un par de ventanas. ¿Que qué es importante? Su vida, la vida de la paloma. No diga eso, no le importa una mierda, eso no. Lo dice ahora porque está disgustado. Sí, muy bien, me voy. No se sulfure. Ya, ya lo sé, es intolerable.

¿Le cierro la puerta al salir?

Anuncio publicitario

Breves: Divertimento

Este texto se publicó en octubre en el blog La historia sin fin que pueden visitar aquí.

phone-divertimentoNo sé qué decirte, fue como cuando mirás una serie de televisión, una espectadora, así, de lejos. ¿Que si él se dio cuenta? No, no lo creo. Estaba demasiado concentrado en las acrobacias. ¿Por qué hacer todas las posturas del Kama Sutra? ¿Había visto mucho porno? Me revoleaba las piernas, me giraba de un lado al otro. Agotador. Sí, sí que intenté tomar la iniciativa, pero no pude. Ya me hubiera gustado. ¿Cómo me iba a ir de mi propia casa? Pensé en darle una excusa, pero eran las dos de la mañana. ¿Qué podía decir? ¿Quedé para un café? Y si lo echaba, iba a tener una confrontación. Ya sabés que me cuestan las confrontaciones. Que sí, que lo estoy trabajando con mi psicóloga. ¿A vos no te pasó nunca? Ah…ves. ¿Y qué hiciste? Ah, hablar. ¿Y se calmó la cosa o siguió la preparación olímpica? Se calmó…un poco. Bueno, yo no dije nada, fíjate. Un poco de inventiva, me gusta, perfecto, pero me empujó al borde la cama y tuve que hacer la rueda para no abrirme la cabeza, después se paró así contra la pared … te ahorro los detalles. Yo temí por él, se veía enclenque. ¿Disfrutar? No había tiempo en esa carrera de obstáculos. ¿Si él se lo pasaba bien? Yo creo que, al principio, no y, después, sí porque empezó a gemir bajito, lo normal, pero después fue en crescendo. No sé cómo podía salir tanta voz de un cuerpo tan chico, unos gritos descomunales que inundaban el edificio. No paraba nunca. Y yo pensaba en los vecinos. Una vergüenza. De hecho, esta mañana me crucé con la del sexto y no me miró bien. Y bueno, che… ¡y las peleas que yo les aguanto!

¿Que si lo voy a volver a ver? Quedamos para este viernes, pero en su casa. Ya lo sé. No me digás nada. Nada.

Breves: Cómplice

Este texto se publicó en octubre en el blog La historia sin fin que pueden visitar aquí.

imagen-_complice_ana-guerberof

—Llegué a las cuatro de la mañana y en la entrada, se me abalanzó el vecino: «¡Se cayó por la escalera! ¡Se cayó por la escalera!». En el rellano, la vecina tenía la cabeza abierta, como un huevo que se ha roto contra un bol y se ha desparramado en una sartén. «¿Llamó a la ambulancia?». No me contestó; mareado de pánico. Se lo repetí tres veces. «¡Ayúdame!», me dijo al fin.

—¿Estaba viva?

—Sí, estaba inconsciente, extendida como una muñeca de trapo en los últimos escalones, partes de la masa cerebral caían sobre un inmenso charco rojo que se oscurecía al alcanzar la orilla; todavía mascullada palabras inconexas.

»Saltamos por encima de ese lago para llegar a la casa y llamé a urgencias.

»–Necesitamos el número de la seguridad social.

»—¿Cómo? Soy la vecina, son mayores y su marido está conmocionado…

»—Sin el número no podemos enviar la ambulancia.

»Entonces me volví a él:

»—¡El número de la seguridad social!

»Me miró ausente. Le agarré el brazo fuerte casi para lastimarlo y le grité:

»—El número de la seguridad social. ¿Me escucha? ¡Ahora!

»Volvió de muy lejos, se giró, sacó de un cajón la tarjeta y me la pasó con un redoble de temblores. Le dicté el número a la operadora.

»—No la muevan.

»Para entonces, el edificio se había levantado y se congregaba en el rellano, junto al cuerpo que repetía su letanía.

»Llegó la ambulancia y, antes de irse, la médica me dijo:

»—No creo que pase de esta noche.

—¿Y se murió?

—Estuvo más de un mes en cuidados intensivos, pero vivió. Nunca se recuperó del todo. Una vez, me la encontré por la calle, extraviada, y le pregunté: «¿Sabe volver?». No me reconoció y dijo: «Estoy cerca, ¿no?»; volvimos juntas a nuestro edificio. Otras veces, la trajo la policía.

»Sé que fue él quien la empujó; desde mi departamento, escuchaba los gritos de la vecina cuando le pegaba. Después de esa noche, no volvió a hacerlo.

»Al menos eso no volvió a pasar.

Cuento: Los cangrejos

Este cuento fue finalista en el V Certamen de narrativa Breve Canal Literatura en 2008 y se publicó por primera vez aquí.

 

crab-48162_1280Los alumnos de tercero repetían la rima inglesa mientras Florencia señalaba las palabras en la pizarra. A la izquierda del aula, tras la puerta con la mitad acristalada, se encontraban la directora del colegio con dos hombres vestidos de traje azul oscuro. Uno llevaba gafas de pasta y el otro, un bigote recortado. Cuando Florencia giró la cabeza desde la pizarra hacia los alumnos, alcanzó a ver a las dos figuras expectantes. No eran profesores. Dejó entonces de escuchar lo que repetían los alumnos y sólo vio el movimiento de los labios de todos los niños en una especie de vacío lunar.

La celda donde se encuentra Florencia es gris y fría con una ventana muy pequeña en el lado izquierdo, parece un respiradero. Cree que ya han pasado tres días, pero ha perdido la cuenta. No le dan ni agua ni comida. Le duele todo el cuerpo, ha intentado concentrase en cada miembro para conseguir determinar qué se le ha roto, qué ha dejado de funcionar, pero no puede hacerlo porque el dolor se ha generalizado. De un ojo ve sombras y del otro cree que ya no ve nada. Como tiene las manos atadas detrás de la silla, no puede tocarse la cara y palpar los daños infligidos. En el oído izquierdo tiene un zumbido incesante. Tiene la sensación de estar en una gran pecera donde existen sonidos confusos y colores borrosos. Está descalza pero no puede inclinarse para comprobar los pies que ya hace un par de horas que no siente. El dolor abdominal ha disminuido ligeramente. Está tan agotada que intenta dormir los pocos ratos que la dejan. En su somnolencia, oye abrirse la puerta.

—Me deberían haber llamado antes—. Es una voz de hombre distinta a las demás.

Poco a poco y con gran precaución intenta abrir los ojos. Cuando lo consigue, con uno semiabierto, inclina su cabeza y la gira hacia arriba para verlo mejor. Sólo intuye que es un hombre alto pero siente un olor fuerte a colonia fresca. Un perfume que le recuerda a su infancia, a las tardes en que su padre llegaba del despacho y la abrazaba. Ella hurgaba en sus bolsillos y siempre encontraba alguna golosina. El hombre permanece de pie delante de ella. Florencia siente algo similar a cuando les dijeron que su madre tenía cáncer. Su padre se quedó ahí parado en el medio de la sala, como un muñeco de trapo, pero no lloró, no lloró nunca, por lo menos delante de ella. Florencia no sabía lo que era cáncer y se imaginaba a un cangrejo devorando las entrañas de su madre porque había visto en el horóscopo de una revista el símbolo del signo del zodíaco. Cuando empeoró, pensó que no se trataba solamente de uno, sino de cientos de cangrejos, toda una colonia que la invadía paulatinamente. Le daba miedo tocarla por si saltaban fuera del cuerpo de su madre en un afán de conquistar otro cuerpo, joven y sano. Su padre, en cambio, pasaba muchas horas hablándole mientras la acariciaba: «¿Te acordás cuando fuimos a Mendoza y nos bañamos en el río? En el agua marrón que parecía un vaso de chocolate con leche. Vos estabas negra como el tizón, como te ponías cuando íbamos a la playa. Yo me ponía un poco colorado y después volvía a mi blanco natural». Su madre no contestaba porque hacía tiempo que la morfina la acunaba en un sueño profundo y aparentemente plácido. Sin embargo, el traqueteo de los cangrejos que devoraban su cuerpo no cesaba. Florencia lo sabía pero no quería desvelar el secreto a su padre para que siguiera hablando con ella y ahuyentara así a los cangrejos. Quería que su padre se los llevara muy lejos al igual que lo había hecho el flautista de Hamelín con las ratas en aquel cuento de sus lecturas nocturnas.

—Voy a examinarla— dice bajito el hombre perfumado.

El médico examina los ojos, los hombros, el abdomen, las piernas mientras que, por un instante, Florencia se olvida de donde está y se deja transportar a un jardín lleno de arbustos y flores, con la hortensia de la abuela al fondo y la palta que nunca dio frutos. Están todos comiendo un asado y ella, aún una niña, se lleva el pan con chorizo, sin que la vean, a uno de los rincones y lo comparte con el perro. Su madre también está allí, lleva ese vestido blanco de tirantes con flores azules que tanto le gustaba, bebiendo una copa de vino tinto; permanece atenta a la conversación de su padre que charla con el tío que acaba de llegar de viaje y que explica las diferencias entre la pizza argentina y la italiana. Después su padre la lleva al parque para enseñarle a montar en bicicleta. Tiene miedo pero como sabe que él está detrás sujetándola se siente segura. De repente se da la vuelta y lo ve lejos mientras la saluda con un movimiento de la mano y una amplia sonrisa casi de niño vergonzoso. Ya anda sola. La imagen del médico se cuela en su recuerdo. Desearía hablar con su padre y explicarle que Pablo y ella no querían que sufriera. Desde que desapareció Pablo pensó varias veces en llamarlo para contárselo, para explicarle que a ella le podía pasar algo similar. No lo hizo. No quería involucrarlo y, sobre todo, tenía miedo de su ira, miedo a que le dijera que él ya se lo había advertido, que eso no podía llevar a nada bueno, que los cambios no se hacían así, jugándose la vida sin posibilidades de ganar, que ella era lo único que le quedaba y que no podía perderla. Cómo desearía que su padre la salvara de todo esto, estar en la habitación de su casa mientras él le leía un cuento. Quiere borrar el momento en que se separaron, en que cada uno siguió por vidas tan dispares, en ese gran delta donde confluían y divergían las vidas de todos.

A Facundo lo habían llamado del cuartel a las dos de la mañana para examinar a una presa. Se había incorporado de la cama medio dormido y había permanecido así inclinado, con la cabeza gacha esperando a despertarse, se había mirado las manos, cubiertas ya de pequeña pecas, con las venas surcando la piel resquebrajada y el anillo de casado estrangulándole el dedo. Eran manos grandes que en ese momento le resultaban totalmente ajenas a su cuerpo. A su derecha había visto a Irene aparentemente dormida. Sabía perfectamente que la mitad del tiempo se hacía la dormida porque no podía afrontar la realidad que les quedaba por vivir. Prácticamente desde la muerte de su hijo Carlos que no se levantaba de la cama y pasaba el día atiborrada de pastillas.

Llegó al cuartel a las dos y media, y le explicaron que tenían una mujer en la sala de interrogaciones seis, llevaban unos tres días con ella y querían saber si podría aguantar. Se acercó a la sala muy lentamente como si llevara zapatillas de andar por casa, arrastrándolas por el pasillo. El policía de guardia le abrió la puerta. Ella estaba en el centro de la celda, atada a una silla. Facundo se sorprendió de que fuera una silla de colegio, de esas de madera verde, como la que tenía Carlitos en su cuarto cuando era chico. Era una mujer bonita, bastante alta, con una melena castaña que le llegaba casi a la cintura, su piel era muy morena. La habían golpeado bien, un ojo estaba semiabierto y violáceo y le había caído sangre de la nariz manchándole la camisa celeste que llevaba, había creado un pequeño Mar Rojo dentro de un océano azul. Se quedó unos instantes sólo mirándola y notó su miedo. Se preguntó si Carlos había sentido miedo cuando el camión se lo llevó por delante. Si sintió algo cuando su moto recorrió los cien metros hasta estrellarse en la mediana y se fracturó tantas partes del cuerpo que los médicos no pudieron ni contarlas. Cuando Irene y él fueron al hospital ya supo que estaba todo perdido. Irene rezó para que viviera. Él, que sabía que los daños eran irremediables, para que muriera. Carlos antes lleno de vida. Carlos con las manchas de chocolate con leche en la comisura de los labios y sentado en la mesa de la cocina mientras él se cebaba unos mates.

A pesar de la deformación producida por los golpes, ella lo mira fijamente, levantando la cabeza pero con los labios apretados, la mandíbula tensa. Intenta ocultar su soberbia natural, eso ya le ha ganado unos cuantos palos. El ojo que tiene peor no lo ha perdido aún. Parece tener una rotura de clavícula y fracturados dos dedos del pie. Facundo sabe que necesita atención médica, pero que no se la darán, no puede saber si hay derrame interno pero intuye que es bastante posible. Sabe que no dirá nada, que no intentará salvarla. Sólo desea que acabe esta pesadilla, que sea mañana, que ella esté muerta. Mira hacia abajo, respira hondo un par de veces hasta volver a encontrar un equilibrio. Entonces se esfuerza en recordar un trozo de su vida anterior, un trozo de aquella vida normal. Llevaba a Carlos al colegio y, al llegar, él le soltaba la mano y corría a encontrarse con sus amigos: «¡Chau, papi!». Se incorpora, recoge el maletín y se da media vuelta.

—Es una mujer fuerte, pero no aguantará mucho más.

Las palabras son como una metralleta que despierta a Florencia de su ensoñación. Tiene la confirmación que tanto temía, su padre no la ha perdonado y la abandona. Miles de cangrejos han conseguido al fin meterse en su cuerpo y la devoran allí mismo. Un grito profundo sube por el estómago y se apaga en la garganta. Recuerda su primer paseo en bicicleta, a sus padres antes de que llegaran los cangrejos y, en  la claridad de la cocina, finalmente está Pablo que la mira sonriente desde la silla mientras ella coloca el dibujo de un alumno en la puerta del frigorífico.

Cuento: El zepelín

Este relato fue finalista en el VIII Certamen de Narrativa Breve 2011 y se publicó por primera vez aquí.

pyramids-67748_1280Cuando tenía nueve años me enamoré de Patricio Gutiérrez y dejé de comer. Fue, más o menos, en ese orden. Al igual que la ley de vasos comunicantes, a medida que el amor de Patricio me llenaba de peces de colores que nadaban en el mar, me vaciaba de comida. Empecé con pequeños gestos que pasaban desapercibidos en mi familia. Quitaba la mantequilla del pan en el desayuno y, luego, retiraba también toda la miga hasta dejarlo ahuecado como el casco de un barco abandonado en la playa, ligeramente inclinado en la orilla. Me entretenía con la comida del plato como si jugara a construir pequeños castillos que arrastraría el mar. Más tarde, escondía en la servilleta parte de la comida y, cuando recogíamos los platos con mi hermana, la tiraba a la basura en la cocina. Es fácil engañar si no te observan.

Enamorarse a los nueve años puede parecer demasiado prematuro, pero no fue elección propia, me ocurrió así como quien te da una bofetada en mitad de la calle a plena luz del día y nadie, absolutamente nadie, intenta impedirlo. No puede evitarse lo que no quiere verse porque se teme o se ignora lo qué hay detrás de esa pared tan difícil de trepar que es la vida de los otros. Enamorarme de Patricio fue como si me dieran veinte mil bofetadas seguidas. Me ocurrió y me dejó aturdida. Fue difícil compartirlo con otros porque si decía, si pronunciaba siquiera, la frase: “Me enamoré de Patricio Gutiérrez”, a mi hermana, por ejemplo, causaría una irremediable burla o, peor, risas burlonas. Que con nueve años me enamorara era difícil de entender, incluso se podría decir que inexplicable. Pero claro no se trataba de explicarlo. Eran las veinte mil bofetadas seguidas que no podían dejarme indiferente. Cuando estaba con Patricio, no solos sino en compañía de todos, me sentía como un globo enorme con unos ojos y una boca muy pequeños, y pensaba que él sólo veía en mí a un gran globo dirigible sobrevolando el cielo nuboso de la playa como aquel avión que lo recorría con un cartel publicitario que decía “Marquesa, los mejores helados del verano”. Él no le dedicaba al avión ni cinco minutos de su tiempo porque no le interesaban ni los aviones ni los globos dirigibles como yo.

Durante el invierno, como no nos veíamos, comencé a escribir un diario, que jamás me atrevería a mostrarle, donde le explicaba a Patricio mis experiencias en el colegio o los detalles intrascendentes de mi vida familiar. Le contaba cómo la madre superiora me había llamado la atención porque no llevaba la camisa reglamentaria del uniforme. En realidad, yo siempre intentaba colocar algún adorno que marcara la diferencia porque odiaba ese uniforme tan poco agraciado, esa camisa con el cuello de picos rectos sin ninguna ondulación que rompiera la monotonía, ese azul marino que de marino no tenía nada, era un azul triste casi negro; se tendría que haber llamado azul tristeza o, mejor, azul confesión. Cuando le escribía a Patricio, modificaba ligeramente los acontecimientos porque no quería contarle que mis notas eran cada vez peores y que las monjas habían convocado en un par de ocasiones a mis padres (sólo fue mamá) por mis problemas de conducta. En realidad, yo no tenía problemas de conducta sino que me resultaba difícil concentrarme en lo que decían los profesores y, por consiguiente, no acertaba a contestar a ninguna pregunta y, si lo hacía, mis respuestas se referían a mis propias interpretaciones, al parecer erróneas, sobre ese tema en concreto. Nunca hablé de la comida, no quise contarle que no quería comer para no convertirme en una mujer gorda como mamá. Me horrorizaba la idea de parecerme a ella, pero al mismo tiempo sentía vergüenza de explicarle que no deseaba ser una mujer gorda como mamá porque era como insultarla (y esto me provocaba cierta culpa) y porque no quería admitir que al ser su hija yo estaba abocada al fracaso estético más estrepitoso: ser una gordita simpática como ella. Mamá no parecía estar preocupada en absoluto por ser gorda ni parecía querer ser otra persona de la que era, a pesar de que papá ya casi no venía por casa, se había trasladado a la provincia y sólo nos visitaba ocasionalmente cuando tenía que cerrar los negocios del campo. Ella se había quedado en el apartamento de la capital con nosotros donde llevaba una vida social intensa. La casa estaba siempre llena. En general, otras mujeres, gordas y flacas, recalaban en casa en busca de engañar el paso de las horas a bordo de sus enormes transatlánticos.

Papá siempre nos escribía cartas que yo respondía de inmediato en forma de pequeños poemas con rimas acaracoladas o, a veces, tan solo le enviaba un dibujo sin palabras; en cambio, mi hermana le escribía largas cartas explicándole cómo se desarrollaba la vida de la casa durante su ausencia. Tenía una capacidad increíble para fijarse en los detalles y reproducirlos en el papel, como si entendiera lo que ocurría a su alrededor, como si pudiera nombrar las cosas que yo, a veces, no lograba siquiera distinguir con claridad. Creo que fue ella quien le explicó que yo estaba demasiado flaca, aunque ella me dijo que había sido mamá y había añadido que si yo creía que mamá era tonta. Yo no pensaba que mamá fuera tonta pero sólo que estaba demasiado ocupada en la organización de aquellos fantásticos cruceros que llegaban a casa. Además, no pensé que se fijaría en mí, el pequeño globo dirigible que gravitaba por los cuartos de aquella gran casa llena de turistas. En ese momento me hubiera gustado explicarle a mi hermana que no tenía hambre, que no sentía nada porque Patricio y sus peces ya lo ocupaban todo, el mar del verano se me había metido en las venas y me alimentaba todos los órganos sin necesidad de comer, salándolos poco a poco. Tampoco podía explicar que no quería ser como mamá porque sentía algo parecido al odio por haber dejado que todo se colapsara a su alrededor mientras ella sonreía y se tomaba unos langostinos con salsa rosa a bordo de su yate, engordando sin remedio. Mi hermana no lo hubiera entendido.

Un día llegó papá de la provincia y estuvieron horas encerrados en la sala. A veces se oían voces más altas pero ningún grito. Por un momento, dado el murmullo conciliador que se escuchaba detrás de la puerta, pensé que papá volvía a casa para quedarse. Pero, al día siguiente, me llevaron a un médico que me examinó, me auscultó y me pesó. Tenía las manos rosadas con manchas marrones y olía a polvos de talco. A él tampoco le expliqué lo de Patricio, le dije que no tenía hambre cuando me preguntó por qué no comía. Me pareció lo más convincente para un médico, hablar de peces y mar hubiera complicado las cosas, y no tenía ganas de quedarme allí mucho tiempo con un hombre que olía como lo hace un bebé pero que parecía tener mil años. Luego habló con mis padres y comenzaron a darme un jarabe para despertarme el apetito. Si algo despertó fue su profunda frustración y decepción porque veían que no se operaban cambios ni en mi comportamiento en el colegio ni en mi aspecto físico.

Aunque había comenzado el buen tiempo otra vez y eso me animaba porque significada que pronto iríamos a la casa de la playa, no conseguía sentir el calor. Observaba como todos iban quitándose la ropa, las capas de la cebolla, mientras yo seguía con los botines negros y ese abrigo azul marino del colegio. Era como si el calor sofocante de la ciudad se hubiese convertido en nieve del invierno sólo para mí. Digamos que el sol proyectaba los rayos de forma selectiva y calentaba a los otros mientras me dejaba a mí en el invierno. No sabía si era el famoso castigo que me habían prometido mis padres si no mejoraba en el colegio. No creía que mis padres tuvieran esa influencia en algo tan poderoso y grande como los astros, y en especial en el sol, que los profesores llamaban “astro rey” en este país sin reino, pero era verdad que mis padres tenían ciertas influencias, como decían mis tíos, y una cierta sed de venganza por mis continuas “excentricidades”, como decía mamá. Así, a medida que la primavera tomaba la ciudad y ofrecía un adelanto de lo que nos depararía el verano, no cesaba de nevar en mi pequeño círculo vital, como si nevara por dentro empañando los cristales al enfrentarse al calor de fuera, al revés de lo que sucedía en el invierno cuando los cristales se empañaban porque dentro hacía calor y fuera estaba helado. Era una nieve interna que me hacía ver todo como en una película en blanco y negro, como si se hubieran apagado las luces de la ciudad. Me era difícil imaginar un verano tan próximo en un invierno para mí tan lleno de frío, de lluvia y de nieve pero la esperanza de los juegos en la playa representaba para mí el único bote salvavidas durante mi propio hundimiento del Titanic. Una vez llegada a la casa de la playa, todo sería distinto.

La casa estaba patas arriba porque se acercaba la fecha en que nos trasladaríamos todos a la playa. Mamá dirigía el traslado como un capitán de barco de ultramar, le pedía a algún criado que levantara una vela o que cargara las bodegas con provisiones, o que subiera los baúles con ropa a los depósitos de la proa. Solamente la vi una vez entrar en la cocina, mientras yo mojaba unas galletas en un vaso de chocolate y las contemplaba mientras se hundían en el mar marrón como si fueran tesoros perdidos de un bucanero, pero pareció tan turbada, como si acabara de entrar a la morgue de un hospital, que se marchó rápidamente mientras la cocinera y yo nos mirábamos intrigadas y luego estallábamos en una gran carcajada. Una noche me despertó un llanto ahogado en el mar, unos sollozos vergonzosos y, cuando me desperté, vi a mamá a los pies de la cama llorando, lloraba de una manera tan extraña como si nunca lo hubiera hecho antes, como si las lágrimas le salieran de los ojos sin quererlo y cada una le produjera espasmos incontrolables en todo el cuerpo. Cuando me vio que la miraba, sorprendida me pidió, me rogó que volviera a comer, me dijo que ya no sabía qué hacer, que no sabía qué me estaba pasando, que había seguido todas las instrucciones del médico, que ya no le quedaban más fuerzas, que, por favor, comiera, que comiera o me acabaría muriendo. Nunca había visto llorar a mamá y supongo que la helada de mi invierno me impidió sentir esa tristeza tan enorme que parecía querer explicarme. Mi hermana hubiera podido escribir seguramente todos esos sentimientos en una prolongada carta a papá, pero mi testigo dormía hacía tiempo en la habitación contigua. Si no hubiese sido invierno en mi cama, le hubiese explicado mi amor por Patricio y también que yo era un inmenso zepelín volando por encima de las calles de la ciudad y que, al igual que aquel famoso Hindenburg que nos mostró papá en una foto, me precipitaría en llamas sobre la playa causando más estragos de los que pudiera evitar pero apagándome finalmente en el mar sin lograr que Patricio me prestara atención en ese último intento desesperado de agradarle.

Cuento: Los peces

La revista literaria Literatura Chèvere publicó este relato en su sección El Chévere invitado hace un tiempito. No sé si esto es exactamente un relato, pero como le gusta mucho a mi hermana Mercedes, lo incluyo ahora en este blog.

ichthyology-152985_1280Los peces

Fue en el tiempo que se enfermó la gata que las dos nos replegamos en un ovillo de lana blanca y negra. Ella para protegerse de un mar oscuro que la consumía y yo para cubrir el vacío de su partida o es posible que por el peso exógeno de demasiadas renuncias. Siempre era más fácil centrarse en un propósito que exigiera toda nuestra atención que hacer frente a unas opciones laborales cansinas con pingüinos vestidos de fiesta, a fracasos sentimentales de escaso interés poético y a logros académicos otorgados por diminutas lechuzas con gafas para la presbicia. Y aunque se tuviera una vida plena de emociones intensas, de aquellas que tienen los zorros, la enfermedad y un mal pronóstico le confieren a la existencia un sentido único e inequívoco. Me centré en los cuidados de una gata que quizás no demandaba tanta atención pero que yo ofrecía a raudales. Las puertas de la presa, tanto tiempo cerrada, se abrían ahora de par en par, desbordando los ríos e inundando los campos a su paso, cosechas perdidas y ratones ahogados, tal es el precio, a veces, del amor.

Sin embargo, sentía que a pesar de esa cúpula de cristal de colores luminosos, unos fucsias y otros verdes esmeralda, con los que yo protegía la casa y a la gata y que nos separaba de los otros sin que ellos se dieran cuenta, los peces gordos y resbaladizos querían colarse por las hendijas de puertas y ventanas, con esas bocas dentadas y sangrantes en busca de su siguiente víctima. Siempre los peces, incesantes y al acecho. Esa oscuridad verde viscosa se filtraba sin remedio y al llegar a casa notaba detalles de su presencia ominosa y taimada. Unas gotas de un líquido negro en el florero marchitaban unos girasoles ennegrecidos, antes amarillos, o un trozo de pan se cubría de un moho verde azulado que avanzaba lentamente por entre las migas pálidas y resignadas. En ocasiones era tan solo el olor intenso a pescado podrido que me obligaba a abrir las ventanas de par en par y dejar que el aire puro se llevara el hedor y nos limpiara los pulmones cansados. La gata se acostumbró a mis cuidados y a pesar de los agoreros anuncios del veterinario, un oso grande y marrón que vivía en una zona más alejada de la ciudad, continuó viviendo mientras se consumía nuestro tiempo y los peces se escondían debajo del váter en la tubería más putrefacta del apartamento.

Otra en mi lugar hubiese llenado la casa de velas perfumadas e inciensos mientras realizaba ejercicios de meditación o de algún tipo de yoga, pero yo no era dada en exceso a una dimensión espiritual complementaria, no estaba abocada a una perenne satisfacción y unión con el cosmos. Los espíritus, si presentes, ya no habitaban la casa custodiada por la fauna marina y adornarla con velas sólo hubiese servido para indicar un camino que yo quería obliterar para cualquier visitante. El cosmos no estaba para bromas pesadas de un viejo gurú arrugado repitiendo un mantra de la misma forma que mi abuela rezaba el rosario cada noche a la luz de esa virgen que se encendía aún en total oscuridad. Una virgen de luminosidad verdosa que nunca le otorgó ningún deseo sino más bien el deseo de no desear nada hasta el final. Fue entonces cuando se le acumularon todos ellos pero ya fue tarde para realizarlos y se cayeron de la cama moribunda, como mi hermana de la litera cuando éramos niñas, estrepitosamente.

Una mañana los ojos verdes de la gata comenzaron a teñirse de tenues puntitos azul oscuro. La única alternativa era alejarnos de la terrible voracidad del mar, siempre en demanda de un bucanero para seguir reinando en costas e islas, adentrarnos en las montañas para las que solo bastaba unos pequeños copos de avena que cubrieran sus picos más altos. Entonces, aprovechando la claridad del día, cargué el maletero del coche con miles de latas y bolsas de frutos secos para subsistir en nuestro retiro hibernal. Durante el trayecto cantamos mil canciones infantiles que, aunque sabíamos anacrónicas y banales, nos hicieron pensar en teatros de ópera y sopranos enormemente gordas y delicadas, que morían de una tuberculosis demasiado temprana. Ahí estaba la enfermedad, otra vez, presente aún en nuestros juegos más íntimos. Podría parecer que estábamos mentando al diablo pero era nuestra manera de retarla, de ganarle una partida a fuerza de reírnos de ella porque dicen las urracas que si ríes de las cosas importantes encuentras la clave de la felicidad. Quizás, no. 

Sólo nos detuvimos para repostar porque en las paradas radica la sensación de movimiento y aunque nuestro viaje era una huída, no por ello queríamos restarle ese carácter renovador que lo caracteriza. Éramos como excursionistas de domingo, llenos de alegría, por un lado, ante la perspectiva del día de asueto, y de tristeza, por otro, fruto de la realización de los días que se habían escapado por los radiadores del cuarto de baño. Cuando finalmente divisé las montañas, como reinas de picas, su inmovilidad me hizo recordar a la gata cuando contempla la realidad desde la ventana y sonó una cantata acompañada de violines y platos a modo de bienvenida. Por delante un camino de tierra entre árboles y a ambos lados campos sembrados de colza. Al llegar la casa estaba fría pero el fuego caldeó las dos diminutas habitaciones casi al mismo tiempo que colocaba la última lata en el armario. 

Algunos días, si no llueve, recorremos los caminos que marcan las montañas, ella va delante olfateando otros animales o incluso flores. Es más difícil que los peces lleguen a las montañas pero se han dado demasiados casos en la historia de esta comarca como para ignorarlos, se guían por brújulas pegajosas que les muestran caminos recónditos incluso subterráneos, de forma que a veces se presentan en un pozo o nadan en la fuente de algún pueblo perdido de la montaña.

Cuento: El hermano imaginario

La Revista Eñe digital premió mi relato El hermano imaginario en enero de 2016. Se puede leer aquí.  La premisa del concurso era que la revista impresa viviera en la revista digital, así que pidieron escritos inspirados en la contraseña: desvelados. «Algo que se desconocía, algo que se intuye sin certeza». La fotografía, de Sam Brelsfoard, se publica bajo licencia Creative Commons.

tv El hermano imaginario

«¿Te parece bien acá? ¿Ya estás filmando? Bueno, es un poco difícil explicar cómo pasó todo. No sé si te voy a contar las cosas medio enquilombadas. Si vos querés que te aclare algo, avisame. Mirá, recuerdo que desde que yo era muy chiquito decía que tenía un hermano gemelo que se llamaba Alberto. Pero yo no tenía ningún hermano, claro, solo tenía dos hermanas mayores que yo: Verónica, que me llevaba diez años, y Marcela, cuatro. Con Marcela éramos más amigos por la edad, crecimos juntos.

»Así que todos se lo tomaban a joda ¿viste? No me extraña, un petiso como yo que hablaba con un ser imaginario, lo veían como un capricho de chico. Y me decían: “Ah, y tiene nombre y todo tu amigo invisible”. Y yo contestaba muy enojado para que lo entendieran bien: “No es mi amigo, es mi hermano gemelo”. Marcela se prendía de la invisibilidad. Imaginate el potencial tan enorme que tenía este personajes para nosotros. “Decile a Alberto que venga a jugar con nosotros”. Yo servía de médium o intérprete. Hacíamos programas de televisión donde Alberto era el invitado o jugábamos a las cartas y repartíamos para los tres, aunque yo jugaba por él. De repente yo decía: “Alberto dice que quiere un leche con Nesquik y galletitas” o cualquier otra boludez de esas. Era obvio que lo utilizaba para lo que yo quería pero también me hacía compañía. Antes de irme a dormir, por ejemplo, cuando apagaban la luz, me daba mucho miedo y entonces me ponía a hablar con él, muy bajito, sobre lo que íbamos a hacer al día siguiente. Después me fui haciendo grande, empecé a hablarle en silencio para no despertar sospechas o risas entre la gente grande. Tampoco querés que te tomen por loco. Pero ya te da una idea de que me ocurrían cosas a mí, así de bien chiquito.

»En la adolescencia medio lo borré por completo. ¿Sabés cuando soñás algo muy real y decís me voy a acordar, me voy a acordar, pero después te levantás y se te olvidó todo? Lo intentás pero no te acordás de nada. Así que bueno…abandoné un poco a Alberto. Pero creo que estaba presente, como si fuera una cosa de piel ¿viste? Era una presencia desdibujada. Pero realmente sí, poco a poco, todos nos fuimos olvidando de Alberto y quedó como una fantasía de chico, como cuando dicen: “De chiquito no podías decir ‘pantalón’ y decías ‘pantalón’». Así quedó, como una fantasía.

»Cuando acabé la secundaria, decidí no entrar en el ejército como venía siendo la tradición familiar. No es que no me gustara la vida militar sino que yo veía que me faltaba el carácter castrense. Pensé que me iban a matar en casa. Fijate que yo era el único varón, el único que podía continuar con la larga estirpe de tenientes, capitanes, tenientes coroneles y voy y digo: “Es que no sé. Ya sabés que soy un poco tímido y me gusta hacer las cosas a mi manera”. ¿Sabés qué pasaba? Yo no me sentía con la autoridad que les veía a los otros familiares militares y que, además, les había llevado a ascender en la carrera. Imagino que fue un golpe duro porque ahí se acababa la saga por nuestra parte. Pero la verdad es que se lo tomaron bien. Ya sabían que yo no tenía las cualidades innatas, me conocían, claro. “De lo que se trata es de hacer algo que te convierta en una persona de provecho”. Así que me matriculé en ingeniería, otra carrera que estaba bien vista. No dije: “Quiero ser actor” o algo así. Se hubieran muerto. A mí, la ingeniería no me apasionaba pero sacaba buenas notas y podía acabar la carrera. De hecho, así fue ¿no? Me fue muy bien, trabajo bien, no me puedo quejar. Pero eso medio que te da más pistas.

»Y un día vino mi novia a casa. Sí, la que conociste el lunes. Hacía tiempo que salíamos pero fue la primera vez que vino a comer a casa con toda la familia. Una presentación formal. Entonces ella va y se queda mirando las fotos. Las típicas fotos que hay en todas las casas: los tres haciendo la comunión, cuando acabé la secundaria, el casamiento de Verónica, la graduación de Marcela. Se quedó mirando las fotos un rato largo mientras nosotros poníamos la mesa. Ella es mucho más curiosa y observadora que yo. Había, sobre el mueble del comedor, unas fotos de cuando éramos bebitos. Había dos prácticamente iguales, hechas en el mismo estudio y todo. Eso que se nota, el bebé en la misma postura, mirando a la cámara sonriente, el mismo decorado detrás. Mi novia me pregunta: “¿Y la tuya?”. Y yo le digo que creo que esa es la mía. “Ese no sos vos”, me dice. “Esa parece Marcela y esta otra debe ser Verónica”. Me sorprendí de que ella lo viera tan claro. Para mí todos éramos muy parecidos y nunca le di ni una vuelta al tema de las fotos. Yo ni las veía, formaban parte del mobiliario. Siempre había asumido, no sé… pero me puse a fijarme y la verdad es que no me parecía a ninguna de las dos fotos. Además, ¿viste que yo tengo ojos claros? Y no me acordaba si me habían dicho que yo era uno de las fotos o si yo siempre lo vi así. Pensé que simplemente yo había decidido que yo era ese bebé y punto. Y me acuerdo que le dije: “Es que como soy el más chico, ya no hicieron más. Ya no era novedad”. Y ella se río, nos conformamos con esa explicación medio improvisada mía pero también muy posible. Pensé que después preguntaría pero, al final, no pregunté. Igual, la idea se quedó ahí latente.

»Hasta que una tarde necesitaba un certificado del secundario y me fui a las cajas con todos los papeles que se guardaban en el armario del cuarto de Verónica. Hacía tiempo que se había casado, ya habían nacido mis sobrinos, y su cuarto se había convertido en el almacén de todo. Bajé varias cajas del estante de arriba. Descubrí fotos sueltas de cuando éramos chicos: todos en un asado en el cuartel, unas vacaciones en la playa, el viaje al sur. Lo pasamos tan bien en ese viaje al sur de camping… bueno, y ahí cuando subo la caja de nuevo, ¡bum!, se cae un sobre grande marrón. El sobre tenía todos mis papeles. Los tuve que mirar varias veces porque no me lo podía creer. Habré estado una media hora como procesando la información y pensando en todo lo que me había llevado a ese momento. Como en las películas, que van mostrando imágenes que justifican la llegada de ese instante. Fue como un temblor de los cimientos, como un terremoto, sentía que se hundía el piso, que perdía estabilidad. Medio tambaleándome, me fui con el sobre para el living. No sé si en ese momento buscaba confirmación o más bien consuelo.

»El televisor estaba encendido, no sé si era la hora de la telenovela. Entonces me acerqué a mi mamá —la que yo creía que era mi mamá— que estaba mirando fijamente, como hipnotizada, la televisión. Me quedé ahí parado sin poder hablar. Yo creo que lloraba pero no sé, está todo muy borroso lo de ese día. Sé que no sabía cómo empezar. Fueron unos segundos, quizás, pero se me hizo eterno. Y ella se dio cuenta de que yo estaba ahí, se giró y vio el sobre que yo llevaba. Ahora… no sé… pienso que tampoco lo escondió mucho, que a lo mejor quería que yo lo encontrara ¿viste? Esas cosas que hacés de manera inconsciente. Ella se dio cuenta de todo al toquecito nomás, me sostuvo la mirada un ratito como con mucho cansancio pero no me dijo nada. Solamente bajó la mirada, así, mirá, hizo así… me pareció que se había encogido y se había fundido con el sofá. Y ahí pensé en Alberto, en mi mundo paralelo, porque yo, en realidad, me llamo Alberto, aunque eso no lo sabíamos entonces. Todo eso vino después. Y así empezó la búsqueda de mi verdadera familia, el encuentro con mi abuela… Y bueno, lo demás ya lo sabés, ya hablaste con ella. El resto ya es historia.»