La máquina del tiempo: mujeres libertadoras

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en junio de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

Manuela_Sáenz

No ando muy errada si digo que todos, en América y Europa, sabemos quién fue Simón Bolívar, pero pocos, y me incluyo en este grupo selecto, sabemos quién fue Manuela Sáenz. Una mujer clave en la gesta libertadora no solo por ser amante de Bolívar, sino por un derecho ganado, con creces, en la contienda. Hoy, en nuestra máquina del tiempo, viajamos a Paita, Perú, en 1854 para que ella nos hable de su vida. 
Me parece, desde que escribo esta columna, que el hecho de ser hija ilegítima ayuda a algunas mujeres a ser más libres. ¿Me equivoco?
Yo crecí siendo la diferente, y eso ya te acostumbra a serlo siempre y a luchar contra la injusticia. Mi madre, Joaquina Aizpuru, pertenecía a una familia bien de Ecuador que la rechazó al saber de su embarazo y, a mí, me mandaron al convento de la Concepción. Sabía que Simón Sáenz de Vergara era mi padre, pero viví con él más tarde, ya muerta mi madre. Entonces, me presentó a su familia legítima y se aseguró de que yo tuviera una buena educación. 
Su padre la casa con un comerciante inglés, James Thorne, 27 años mayor que usted.
Sí, yo tenía 19. Mi padre me lo propuso y me sedujo la idea de ser una aristócrata en Lima, pero James era formal, rígido, dejaba poco a la improvisación.
¿Por eso abraza la causa libertadora?
No, yo leía mucho y me interesé por los ideales libertarios, por la conciencia americana. Fue un momento de lucha, difícil, pero también inspirador. Además, gran parte de la sociedad limeña apoyaba a los rebeldes. Me hice muy amiga de Rosa Campuzano [informadora y amante de San Martín] y convencí a mi hermano militar, José María Sáenz, para cambiar de bando. Me involucré por completo.
Y San Martín las condecora con la Orden del Sol, pero ¿cómo conoce a Simón Bolívar? 
Volví a Quito para reclamar parte de mi herencia materna, ya formaba parte del círculo independentista, y coincidí con la entrada triunfal del General. Cuando pasó bajo nuestro balcón, arrojé una corona de laurel que le dio de lleno. Entonces, sorprendido, miró al balcón y me saludó. Más tarde, nos vimos en el baile en su honor y no nos separamos más.
Nunca vuelve con Thorne, aunque él se lo pide, y sigue con Bolívar durante ocho años.
Perseguía mis ideales y Simón luchaba por ellos. No estaba dispuesta a dejar la causa libertadora o al General por una convención social. Muchos pensaron que yo sería una más en la larga lista de amantes. No me conocían. 
Hasta le salva la vida.
Yo participé activamente en la contienda, conservé el archivo de Simón, lideré tropas, atendí a los enfermos. Alcancé el grado de Coronela por mi contribución en la batalla de Ayacucho. Y, además, le salvé la vida varias veces. La más significativa fue cuando me enteré de que querían matarlo en Bogotá; entonces, me fui al palacio, lo desperté, le di un arma y le obligué a saltar por la ventana, mientras yo me quedé para hacer frente a los conspiradores hasta que se reagrupó el ejército y pasó el peligro.
Bolívar cae en desgracia y de camino al exilio, muere. 
Su sueño de crear una única república americana se complica por intereses locales de una minoría poderosa. Su influencia menguó tanto que renunció y se marchó. Estaba, además, enfermo. Después, también yo tengo que huir por ser fiel a su ideología. Intenté volver a Quito, pero lo más cerca que he llegado es aquí.
¿Y a qué se dedica ahora?
Vendo tabaco y dulces. Le va a hacer gracia, pero ahora la educación que me dio mi padre y mi matrimonio con James, me ayudan. En este puerto ballenero, utilizo el francés y el inglés como intérprete, y recibo a muchas personas que me visitan para saber más sobre la independencia y el Libertador.
Cuando murió su marido inglés, Manuela sólo cobró la parte de la herencia que correspondía a su dote, renunció al resto por ser coherente con sus ideas. Se dice que Manuela Sáenz murió a los 59 años durante una epidemia de difteria. Nunca volvió a Ecuador.
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Independencia

Artículo publicado en El Observador Prensa Libre disponible aquí.

El 18 de septiembre, una mayoría de escoceses, un 55.3 %, votaron que «No» a la independencia. Pero la carrera hacia ese día había sido más accidentada de lo que esperaba el gobierno conservador porque los votantes del «Sí», que finalmente fueron un 44.7 %, habían ido in crescendo a medida que se acercaba el día señalado. El gobierno respiró aliviado, al menos por ahora.
Desde Cataluña se seguía la evolución de la votación con una mezcla de expectación y de admiración. El periódico conservador La Vanguardia, publicaba un anuncio de una página felicitando a los escoceses por el mero hecho de poder votar. Un anuncio, en realidad, dirigido con cierta sorna al gobierno central que no permite en Cataluña el referendo para decidir su independencia. Prohibir algo, como ya se sabe, es despertar el deseo. Si en 2012, tras el anuncio unilateral del gobierno catalán de que el 9 de noviembre de 2014 se llevaría a cabo la consulta, el gobierno central hubiera abierto el diálogo y facilitado la votación, hoy por hoy seguramente estaríamos ante un electorado en su mayoría favorable al «No». Si antes en una conversación informal los amigos no estaban interesados en el referendo o preferían permanecer en España, ahora lo frecuente es que estén a favor de la consulta y de la independencia. La negativa ha contribuido a que cada vez más personas apoyen no sólo el derecho a votar sino también la independencia.
Existen similitudes y grandes diferencias entre las realidades históricas y sociales de Escocia y Cataluña. Es evidente que la gran tensión social, provocada por la crisis mundial y los recortes sociales, inclina a que algunos escoceses y catalanes se planteen que estarían mejor separándose de un estado central que decide en contra de sus intereses. Es posible que la gestión a pequeña escala redunde en el bienestar de sus habitantes, eso preconizan muchos de los que están a favor del «Sí». En el caso de Escocia, laborista por antonomasia, la situación es extrema ya que la representación escocesa en el gobierno central conservador es mínima. En Cataluña, en cambio, la derecha nacionalista ostenta el poder y sus planes económicos no son my diferentes a los de Rajoy. Esta derecha supo hacer suyas las protestas de los ciudadanos y canalizarlas en la lucha por la consulta y así ocultar otros problemas sociales y económicos.
El pasado 11 de septiembre, una semana antes del plebiscito escocés, día nacional de Cataluña, se organizó en Barcelona la formación de una «, de victoria y votar, en dos de las principales arterias de la ciudad con los colores de la bandera catalana. La organización estaba a cargo de la Asamblea Nacional Catalana, un organismo civil que ha canalizado la lucha por la independencia y que no está afiliada a ningún partido pero que cuenta con el beneplácito de los partidos independentistas. Si a raíz del escándalo de corrupción delexpresident Jordi Pujol (sí, chorros hay en todos lados y, en este caso, muy cerca del govern) se decía que la participación sería más escasa que el año anterior, cuando se organizó una cadena humana por la costa catalana de 400 km, los ciudadanos salieron a la calle en una marea de amarillos, rojos y banderas independentistas. El éxito de la convocatoria debe de haber dejado a Mariano Rajoy pensando en el tremendo embrollo en que se había metido. Había personas de todas las edades. Muchos luchaban por el sueño catalán o querían inspirar a los más jóvenes; otros protestaban por el recorte a sus derechos sociales; algunos, contrarios al modelo económico capitalista, aprovechan la coyuntura para pedir una sociedad diferente. Como ven es amplio el mosaico de ideologías y deseos aglutinados bajo la idea de independencia.
¿Qué pasará hasta el 9 de noviembre? ¿Se permitirá el referendo? ¿Se convocarán nuevas elecciones en Cataluña? ¿Desobediencia civil? Yo, a veces, me siento como si viviera en la casa de un matrimonio que se lleva muy mal y hace mil que se quiere divorciar. Los familiares de ambos lados te rompen la cabeza y uno quiere que finalmente tomen una decisión.