Breves: Volare

Este texto apareció por primera vez en el blog colaborativo La historia sin fin, lo podés ver acá.

wings-berlinVolé por los aires. Esto sí que era el final porque no me imaginaba cómo después de tremendo vuelo iba a aterrizar sin matarme. Y no lo elaboré así tan clarito, sino que fueron una sucesión de ideas. Estoy volando. No puede ser. ¿Cómo se aterriza? ¡No puede acabar esto bien! ¿Cómo me está pasando esto? Pero si yo iba tranquilamente… Cuando caiga se me abre la cabeza y me mato. ¿Y si me rompo una pierna o un brazo? Mínimo te rompés una pierna y un brazo. Mínimo. Bueno, ya está hecho. Ya saliste volando y no podés hacer nada. 

Y ahí sentí un ligero alivio, unos segundos de descanso en el vuelo libre porque la suerte estaba echada. No pensé en nadie. No repasé momentos inolvidables. Nada. Ni siquiera pensé que me podía quedar paralítica o tetrapléjica. Esos últimos segundos fueron un abandono completo del cuerpo y de la voluntad. Ni te imaginás el esfuerzo tan gran que es vivir, pensar en posibilidades. Cuando no hay nada que hacer, cuando no queda más que ser espectador de tu vida inmediata, se pierde un peso casi físico. Estás volando, sabés que no va acabar bien y no podés hacer nada.

Ya sabemos que la dicha es breve, así que de pronto el suelo se acercaba y también mi aterrizaje. Creo que ahí, de forma automática, puse las manos por delante para no abrirme la cara. Imagino que también quise proteger la cabeza. No sé dónde leí que siempre tenemos el acto reflejo de proteger la cabeza cuando nos caemos. Y mientras tanto pensaba: ¡Ay, dios, ahora viene un golpe que me va a doler! Yo nunca me he roto nada. Esto va a ser un dolor insoportable. Me voy a romper todo. De nuevo, nada de repaso de la vida. Nada de luces ni de momentos de clarividencia. Ni una sola conclusión. Ni pensar en quedarme paralítica, tetrapléjica. Nada. Puro miedo al impacto.

Y aterricé. De lo primero que me di cuenta es de que estaba viva porque abrí los ojos. Se ve que los cerré antes de tocar el suelo. Hice una comprobación del cuerpo como si fuera un piloto de avión que comprueba el motor izquierdo, el derecho, las ruedas de aterrizaje. Seguro que me he roto algo. He caído sobre el lado izquierdo y me duele, seguro que está roto. El brazo, roto. No voy a mover nada. Y ahora sí que pensé lo que era más probable. ¿Y si no puedo mover las piernas? ¿Y si te quedaste paralítica? Bueno. Ya está hecho. Ya aterrizaste. Mejor me quedo acá y no hago nada porque no quiero saber que no volveré a caminar. Prefiero tener unos momentos de calma antes de saberlo. Antes de enfrentarme al peor momento de mi vida, voy a quedarme un rato acá disfrutando de que no me abrí la cabeza.

Entonces volvieron los sonidos. Distinguí voces y algunos gritos. Sí, gritos. Si hay gritos, debo de tener las piernas destrozadas. Me voy a quedar acá un rato más, un descanso. Sentí un dolor intenso en la rodilla y moví las piernas. No me había quedado paralítica. Decidí ver si podía pararme. Y lo hice. Sola. Estaba todavía muy mareada, pero pude caminar. Había mucha gente, se me acercaban, algunos me preguntaban si estaba todo bien. Les dije que creía que iba a desmayarme. Sentí como un vértigo. Dos personas me sujetaron y me sentaron en el borde de la vereda.

Y ahí vi que, justo enfrente, había un grupo que rodeaba a una mujer grande, una anciana, que no se movía, que tenía la cabeza cubierta de sangre, abierta, que el pie no estaba en el lugar que iba un pie. Y a unos metros más allá, vi un bolso marrón y más allá, mi bicicleta en el medio de la calle. Abandonada, alejada de la multitud, como si nos mirara. La rueda de delante estaba abollada, ahuecada, y los rayos tenían un color rojo que antes tampoco estaba allí.

Breves: Noticias del frente

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man-1519665_640«Está dentro de mis cálculos que se sorprenda al recibir esta carta. Aunque también está dentro de mis cálculos que quizás nunca llegue a leerla. No he encontrado otra forma de ponerme en contacto con usted; se han cortado los suministros en su zona y no creo que tenga ya ni correo electrónico ni un móvil con batería. Es posible que el servicio de distribución del correo postal ya no exista allí. Solo los que vivimos aquí, en el este, continuamos conectados al sistema y, aun así, le confieso que no funciona del todo bien. Digamos que envío un mensaje en una botella y que la lanzo al mar. Aun así, deseo que le llegue.

Ayer Vasily salió en un vehículo de exploración en la zona norte y, aparentemente, un grupo de rebeldes había colocado explosivos en el puente que cruza el río Kario. Nos dijeron que no había supervivientes. Nunca sabemos a ciencia cierta qué está ocurriendo. No se imagina lo extraño que es todo aquí, tanto que nunca estamos seguros de nada. A veces creo que los rebeldes no existen o que, incluso, los otros nos consideran «los rebeldes».

Su hijo y yo nos hemos hecho, o nos hicimos, muy amigos durante estos últimos años y siempre hablaba de su casa, un poco como hacemos todos, y de usted, sobre todo, de su empeño por seguir allí. Habíamos acordado que si a alguno de nosotros le pasaba algo, el otro avisaría a la familia. Me ha tocado a mí. Hubiera ido personalmente, pero bien sabe que es casi imposible salir de aquí. No sé si esto la aliviará, pero quería explicarle que estos años no han sido del todo malos. Dentro de esta rutina absurda de la que no podemos escapar, tenemos nuestros momentos de casi felicidad. Usted lo comprenderá bien porque también los tendrá, aunque esté sola en una ciudad destruida, ¿verdad? A veces es el sol en un día helado; otras, una flor que crece contra todo pronóstico, y otras, la charla íntima, esas auténticas, con un amigo, como las mías con Vasily. Incluso tenemos, o teníamos, una mascota, un gato que habíamos encontrado vagando hambriento por una de las zonas deshabitadas. Se llama Misha, así le puso su hijo en honor al gato que tenían ustedes cuando él era pequeño.

Siento darle la noticia así por carta, pero ya sabe… Le adjunto con esta carta una foto que nos sacamos con Misha para que tenga un recuerdo de nuestros días felices».

Anna dejó la carta sobre la mesa y se quedó con la fotografía en la mano. Le pareció oír la puerta abrirse y corrió, como no había hecho en años; presintió que era él, que era Vasily que, por fin, había conseguido volver.

Breves: La teoría de las puertas

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En una fiesta hace unos años, conocí a un chico finlandés que me explicó, en medio de la algarabía y del baile, que una persona solo disponía del tiempo necesario para atender a unos cien amigos a la vez. Si incluía a alguien más, alguna de aquellas personas (las atesoradas cien) debía salir, como si uno más nos impidiera respirar. Donde se abría una puerta, se cerraba otra.

Aunque al principio, su razonamiento me pareció frío —claro, era nórdico—, pensé que escondía una parte de verdad. Era otra formulación de aquello de que cuando se abre una puerta, se cierra otra. Mi tiempo era limitado, no había para todos. ¿Me había tomado la amistad demasiado a la ligera? ¿Merecía le pena dedicarme a personas nuevas si iba a abandonar a otras? Yo iba por la vida como si fuera un perro al que le tiran un hueso y corre, atolondrado, detrás de él. ¿Había que razonar y racionar la amistad? Esta teoría descartaba también cualquier posibilidad de tener un novio, o un marido, y, además, un amante; justificaba la fidelidad no por una falta de ganas, sino de espacio, y esto eliminaba complicaciones y culpas. Por otro lado, si se trataba de rupturas, no era necesario indagar en los problemas, sino que había una persona nueva a punto de abrir una puerta u otra ya la había abierto de par en par.

Más adelante, descubrí, ya que los finlandeses no son lo que se dice charlatanes, que me explicó esta teoría porque se había bebido una botella de vodka, quizás no la seguía a rajatabla, o sí. Y aunque ya había plantado la semilla de la teoría y, a partir de entonces, cuando conozco a alguien tiendo a sopesar quién se verá afectado por la onda expansiva del tsunami, lo cierto es que existe una especie de ley de selección natural darwiniana que hace que nos elijamos y nos descartemos sin necesidad de mantener un cálculo. Algunas veces nos quedamos cortos y otras nos excedemos.

También descubrí que yo no estaba dentro de esas cien personas que el finlandés atesoraba en su círculo; la puerta se cerró. Se ve que mi ansia de comunicación resultaba agotadora para un nórdico sobrio. Bueno. Nadie es perfecto.

 

Breves: Divertimento

Este texto se publicó en octubre en el blog La historia sin fin que pueden visitar aquí.

phone-divertimentoNo sé qué decirte, fue como cuando mirás una serie de televisión, una espectadora, así, de lejos. ¿Que si él se dio cuenta? No, no lo creo. Estaba demasiado concentrado en las acrobacias. ¿Por qué hacer todas las posturas del Kama Sutra? ¿Había visto mucho porno? Me revoleaba las piernas, me giraba de un lado al otro. Agotador. Sí, sí que intenté tomar la iniciativa, pero no pude. Ya me hubiera gustado. ¿Cómo me iba a ir de mi propia casa? Pensé en darle una excusa, pero eran las dos de la mañana. ¿Qué podía decir? ¿Quedé para un café? Y si lo echaba, iba a tener una confrontación. Ya sabés que me cuestan las confrontaciones. Que sí, que lo estoy trabajando con mi psicóloga. ¿A vos no te pasó nunca? Ah…ves. ¿Y qué hiciste? Ah, hablar. ¿Y se calmó la cosa o siguió la preparación olímpica? Se calmó…un poco. Bueno, yo no dije nada, fíjate. Un poco de inventiva, me gusta, perfecto, pero me empujó al borde la cama y tuve que hacer la rueda para no abrirme la cabeza, después se paró así contra la pared … te ahorro los detalles. Yo temí por él, se veía enclenque. ¿Disfrutar? No había tiempo en esa carrera de obstáculos. ¿Si él se lo pasaba bien? Yo creo que, al principio, no y, después, sí porque empezó a gemir bajito, lo normal, pero después fue en crescendo. No sé cómo podía salir tanta voz de un cuerpo tan chico, unos gritos descomunales que inundaban el edificio. No paraba nunca. Y yo pensaba en los vecinos. Una vergüenza. De hecho, esta mañana me crucé con la del sexto y no me miró bien. Y bueno, che… ¡y las peleas que yo les aguanto!

¿Que si lo voy a volver a ver? Quedamos para este viernes, pero en su casa. Ya lo sé. No me digás nada. Nada.

Breves: Cómplice

Este texto se publicó en octubre en el blog La historia sin fin que pueden visitar aquí.

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—Llegué a las cuatro de la mañana y en la entrada, se me abalanzó el vecino: «¡Se cayó por la escalera! ¡Se cayó por la escalera!». En el rellano, la vecina tenía la cabeza abierta, como un huevo que se ha roto contra un bol y se ha desparramado en una sartén. «¿Llamó a la ambulancia?». No me contestó; mareado de pánico. Se lo repetí tres veces. «¡Ayúdame!», me dijo al fin.

—¿Estaba viva?

—Sí, estaba inconsciente, extendida como una muñeca de trapo en los últimos escalones, partes de la masa cerebral caían sobre un inmenso charco rojo que se oscurecía al alcanzar la orilla; todavía mascullada palabras inconexas.

»Saltamos por encima de ese lago para llegar a la casa y llamé a urgencias.

»–Necesitamos el número de la seguridad social.

»—¿Cómo? Soy la vecina, son mayores y su marido está conmocionado…

»—Sin el número no podemos enviar la ambulancia.

»Entonces me volví a él:

»—¡El número de la seguridad social!

»Me miró ausente. Le agarré el brazo fuerte casi para lastimarlo y le grité:

»—El número de la seguridad social. ¿Me escucha? ¡Ahora!

»Volvió de muy lejos, se giró, sacó de un cajón la tarjeta y me la pasó con un redoble de temblores. Le dicté el número a la operadora.

»—No la muevan.

»Para entonces, el edificio se había levantado y se congregaba en el rellano, junto al cuerpo que repetía su letanía.

»Llegó la ambulancia y, antes de irse, la médica me dijo:

»—No creo que pase de esta noche.

—¿Y se murió?

—Estuvo más de un mes en cuidados intensivos, pero vivió. Nunca se recuperó del todo. Una vez, me la encontré por la calle, extraviada, y le pregunté: «¿Sabe volver?». No me reconoció y dijo: «Estoy cerca, ¿no?»; volvimos juntas a nuestro edificio. Otras veces, la trajo la policía.

»Sé que fue él quien la empujó; desde mi departamento, escuchaba los gritos de la vecina cuando le pegaba. Después de esa noche, no volvió a hacerlo.

»Al menos eso no volvió a pasar.