La máquina del tiempo: mujeres actrices

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en octubre de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

kikiActriz, modelo, cantante, pintora… Alice Prin o Kiki luchó por convertir una vida llena de privaciones en una obra de arte. A pesar de haber sido elegida como la Reina de Montparnasse, el barrio artístico de los años 30 por excelencia, de ser prologada por el mismísimo Ernest Hemingway, poco se dice de Kiki en los libros de historia. Me subí a la máquina del tiempo para hablar con la modelo de una de las fotos más conocidas de todos los tiempos El violín de Ingres del fotógrafo norteamericano Man Ray.

Nace a principios de siglo en un pueblito borgoñés al sureste de París y la cría su abuela a la que usted adoraba…

Sí, cuando nací, mi madre se fue a París a trabajar en una linotipia y me dejó a cargo de mi abuela junto con mis cinco primos, también huérfanos o abandonados. Mi abuela lavaba y cosía para darnos de comer y educarnos. Malvivíamos, pero nunca nos dejó.

Su padre era rico y vivía en el mismo pueblo con su otra familia. ¿Lo veía?

Cuando nos encontrábamos, me decía que quería llevarme al bosque. Mi abuela me decía que nunca le hiciera caso, que me mataría. De hecho, un día bebí un vaso de leche que me había regalado y me sentí muy mal. Para salvarme, mi abuela me obligó a vomitar.

En su biografía dice que las monjas la humillaban y que no aprendió nada en el colegio, ¿qué le hacían?

No nos veían con buenos ojos porque estábamos sucios, nos vestíamos en harapos, teníamos piojos. Nos hacían notar continuamente que éramos menos con tal mezquindad…

A los doce años la envían a París. 

Me fui a vivir con mi madre para ganarme la vida: trabajé en un taller de encuadernación, vendí flores, fui criada en una panadería… la dueña era una déspota que me maltrataba; un día me cansé y le di una paliza tremenda.

Gracias a eso inicia su primer contacto con la vida artística de la ciudad.

Empecé a posar desnuda, la primera vez gané cinco francos en tres horas. Me pareció una fortuna ¡en la panadería ganaba veinte en todo el mes! Pero mi madre lo descubrió, se puso furiosa y me echó de casa.

A partir de ese momento, con quince años, vive en la calle y empieza un peregrinaje para perder la virginidad. 

Eva, una amiga del pueblo, se empeñó en que tenía que espabilarme, a cambio de sexo te podían dar algo de dinero o de comer. Tuve tres intentos fallidos hasta que llegó mi novio ruso [el pintor Maurice Mendjizky]; nos fuimos a vivir juntos a los tres días de conocernos.

Frecuentaba los cafés de Montparnasse y allí conoció a los artistas más importantes del siglo XX; de muchos fue musa, modelo y amiga. ¿Encontró su lugar en el mundo?

Conocí a Soutine, Modigliani, Foujita, Tristan Tzara, Gustav Gwozdecki, Moïse Kisling, Per Krohg, Pablo Gargallo, los surrealistas y tantos otros… Éramos una gran familia que vivía en la miseria, pero compartíamos una sopa, una copa de vino, un café con una pasión creativa y una solidaridad inagotables. Me sentí feliz por primera vez en mi vida.

Se convierte en la musa y pareja del fotógrafo Man Ray durante ocho años, aunque he de confesarle que me sorprendió que hablara tan poco de él en su biografía.

Tuvimos una relación muy creativa, hacíamos películas, fotos, pintábamos, pero era una relación tempestuosa. Una tarde me confesó que se había enamorado de Lee Miller, su aprendiz. No pude contenerme y le tiré el plato de comida por la cabeza…

¿Fue su gran amor? 

Fue un gran amor, como también lo fue Henri [el periodista Henri Broca que acabó internado en un manicomio], pero André Laroque es a quien más he querido y quien más me ha ayudado. Si no fuera por él, me habría muerto en algún callejón.

Tuvo su propio cabaret, hizo giras por Europa, probó fortuna en Nueva York, los diarios se hacían eco de sus exposiciones; sin embargo, ha dicho: ‹‹Lo único que necesito es una cebolla, un poco de pan y una botella de vino tinto, y siempre encontraré a alguien que esté dispuesto a dármelo».

Nunca he necesitado ni la fama ni el dinero, solo un poco de alegría y el calor de la gente.

 

En 1953, Alice Prin se desplomó en la calle Brea de Montparnasse, seguramente por una enfermedad derivada del alcoholismo y la adicción a las drogas. Está enterrada en el cementerio de su querido barrio, su epitafio dice: ‹‹Kiki, 1901–1953, cantante, actriz, pintora, Reina de Montparnasse».

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La máquina del tiempo: mujeres libertadoras

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en junio de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

Manuela_Sáenz

No ando muy errada si digo que todos, en América y Europa, sabemos quién fue Simón Bolívar, pero pocos, y me incluyo en este grupo selecto, sabemos quién fue Manuela Sáenz. Una mujer clave en la gesta libertadora no solo por ser amante de Bolívar, sino por un derecho ganado, con creces, en la contienda. Hoy, en nuestra máquina del tiempo, viajamos a Paita, Perú, en 1854 para que ella nos hable de su vida. 
Me parece, desde que escribo esta columna, que el hecho de ser hija ilegítima ayuda a algunas mujeres a ser más libres. ¿Me equivoco?
Yo crecí siendo la diferente, y eso ya te acostumbra a serlo siempre y a luchar contra la injusticia. Mi madre, Joaquina Aizpuru, pertenecía a una familia bien de Ecuador que la rechazó al saber de su embarazo y, a mí, me mandaron al convento de la Concepción. Sabía que Simón Sáenz de Vergara era mi padre, pero viví con él más tarde, ya muerta mi madre. Entonces, me presentó a su familia legítima y se aseguró de que yo tuviera una buena educación. 
Su padre la casa con un comerciante inglés, James Thorne, 27 años mayor que usted.
Sí, yo tenía 19. Mi padre me lo propuso y me sedujo la idea de ser una aristócrata en Lima, pero James era formal, rígido, dejaba poco a la improvisación.
¿Por eso abraza la causa libertadora?
No, yo leía mucho y me interesé por los ideales libertarios, por la conciencia americana. Fue un momento de lucha, difícil, pero también inspirador. Además, gran parte de la sociedad limeña apoyaba a los rebeldes. Me hice muy amiga de Rosa Campuzano [informadora y amante de San Martín] y convencí a mi hermano militar, José María Sáenz, para cambiar de bando. Me involucré por completo.
Y San Martín las condecora con la Orden del Sol, pero ¿cómo conoce a Simón Bolívar? 
Volví a Quito para reclamar parte de mi herencia materna, ya formaba parte del círculo independentista, y coincidí con la entrada triunfal del General. Cuando pasó bajo nuestro balcón, arrojé una corona de laurel que le dio de lleno. Entonces, sorprendido, miró al balcón y me saludó. Más tarde, nos vimos en el baile en su honor y no nos separamos más.
Nunca vuelve con Thorne, aunque él se lo pide, y sigue con Bolívar durante ocho años.
Perseguía mis ideales y Simón luchaba por ellos. No estaba dispuesta a dejar la causa libertadora o al General por una convención social. Muchos pensaron que yo sería una más en la larga lista de amantes. No me conocían. 
Hasta le salva la vida.
Yo participé activamente en la contienda, conservé el archivo de Simón, lideré tropas, atendí a los enfermos. Alcancé el grado de Coronela por mi contribución en la batalla de Ayacucho. Y, además, le salvé la vida varias veces. La más significativa fue cuando me enteré de que querían matarlo en Bogotá; entonces, me fui al palacio, lo desperté, le di un arma y le obligué a saltar por la ventana, mientras yo me quedé para hacer frente a los conspiradores hasta que se reagrupó el ejército y pasó el peligro.
Bolívar cae en desgracia y de camino al exilio, muere. 
Su sueño de crear una única república americana se complica por intereses locales de una minoría poderosa. Su influencia menguó tanto que renunció y se marchó. Estaba, además, enfermo. Después, también yo tengo que huir por ser fiel a su ideología. Intenté volver a Quito, pero lo más cerca que he llegado es aquí.
¿Y a qué se dedica ahora?
Vendo tabaco y dulces. Le va a hacer gracia, pero ahora la educación que me dio mi padre y mi matrimonio con James, me ayudan. En este puerto ballenero, utilizo el francés y el inglés como intérprete, y recibo a muchas personas que me visitan para saber más sobre la independencia y el Libertador.
Cuando murió su marido inglés, Manuela sólo cobró la parte de la herencia que correspondía a su dote, renunció al resto por ser coherente con sus ideas. Se dice que Manuela Sáenz murió a los 59 años durante una epidemia de difteria. Nunca volvió a Ecuador.

La máquina del tiempo: mujeres artistas

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en mayo de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

suzanne-valadon-1865-1938-self-portrait-with-her-family-c-1910-valdon-son-maurice-utrillo-1883-1955-husband-andre-utter-1886-1948-and-utters-motherEl fin de semana fui a visitar la Colección Phillips instalada temporalmente en Barcelona. Esta colección reúne sesenta obras de artistas del SXX entre las que se incluye la del pintor francés Maurice Utrillo, hijo de la gran artista Suzanne Valadon. Suzanne fue una reconocida pintora de la belle époque que, sin embargo, cayó posteriormente en un cierto olvido. Por eso y sin dudarlo, decidí subirme allí mismo a mi máquina del tiempo para hacerle esta entrevista. 
Nace en Bessines, un pueblo cerca de París, en 1865. Sus comienzos son más que humildes y, sin embargo, se convierte en una pintora excepcional. 
Sí, yo soy hija natural. De hecho, mi madre, Madelaine, era costurera, lavandera, servía. Nunca supe quién fue mi padre. Con cinco años, nos trasladamos a Montmartre. Un barrio que vivía una transformación artística; estaba en ebullición total. Tuve mil oficios —incluso trabajé de acróbata en el circo, pero un accidente me obligó a dejarlo— hasta que el pintor Pierre Puvis me propone ser modelo para sus cuadros.
Y se convierte en modelo y amante de Renoir; Toulouse Lautrec; Erik Satie le pide que se case con él… Montmartre se rinde a sus pies.
¡Es que era tan joven! Pero a mí siempre me había gustado la pintura, así que no solo posaba, sino que observaba la técnica y después la copiaba en casa. Aprendí rápido de Lautrec que era una persona extremadamente generosa, él me presentó al maestro Degas quien me animó a que siguiera pintando. “Eres una de los nuestros”, me dijo. El mejor día de mi vida. Fuimos grandes amigos, le debo muchísimo. ¡Ay, Erik! Era demasiado celoso, tuve que rechazarlo.
A los 18 años tiene un hijo natural, Maurice, que luego fue reconocido por Miquel Utrillo. Sigue pintando…
Sí, mi madre me ayudó a cuidar a Maurice y Miquel lo reconoció algo más tarde. Yo posaba y pintaba sin parar. Se me criticaba porque no intentaba idealizar la figura humana, sino que pintaba cuerpos desnudos, tanto de mujeres como de hombres, en posturas naturales. Era poco habitual.
Aun así, en 1894, se convierte en la primera mujer que expone en la Société Nationale des Beaux Arts. Todo un hito. 
Por entonces ya había comenzado a pintar con óleos y el maestro Degas me animó a presentarme. Increíblemente me aceptaron.
La estabilidad económica viene de la mano de su casamiento con Paul Maussis que era un rico financiero. ¿Aumenta su producción?
No sé si aumenta, pero consigo pintar con más tranquilidad. Nos trasladamos al campo con Maurice, aunque él nunca se adaptó. Volvió a París, sus problemas mentales continuaron y comenzó a beber en exceso. Para que dejara esa etapa destructiva, lo animé a que pintara.
Se la ha acusado de haberlo explotado para ganar dinero. ¿Qué hay de cierto en ello?
Nada. Siempre alenté a Maurice a pintar porque se encontraba mejor así. Sin proyecto, se emborrachaba hasta perderse. A veces, alguien llamaba al timbre para traerlo porque se lo habían encontrado tirado en la calle. La pintura lo salvaba. Además, yo ya había triunfado como pintora cuando él empezó. 
Usted se divorcia de Maussis y se va a vivir con el mejor amigo de su hijo, André Utter, que era 20 años más joven. Un escándalo. 
Yo venía de tan abajo que la burguesía no esperaba menos de mí [Se ríe]. Fue Paul [Maussis] el que me pide el divorcio cuando ya no soporta la relación con André que yo nunca oculté. André vendía tanto los cuadros de Maurice como los míos. Estuvimos más de catorce años juntos y conseguimos volver a vivir bien.
Pero finalmente las relaciones en ese triángulo se deterioran…
Mi hijo se casa y se va de casa, aunque nunca consiguió recuperarse. André siguió su vida, y es que nuestra diferencia de edad así lo exigía. Yo me sentía afortunada siempre que pudiera vivir pintando. Y lo logré.

 

En 1938, Suzanne sufre un ictus mientras pinta y muere horas más tarde. Aunque su hijo la eclipsa como artista, existe un renovado interés en su obra caracterizada por su originalidad y fuerza, un claro reflejo de su personalidad y de su vida.

La máquina del tiempo: mujeres deportistas

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en abril de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

portrait Anne LondonderryEl viaje de hoy nos lleva al Nueva York del SXIX. Si esta mujer hubiese tenido una máquina del tiempo, como la nuestra, sin lugar a dudas habría visitado otros planetas. Annie Londonderry nacida en Riga (Letonia) en 1870 no conocía la palabra imposible y en 1894 se embarcó en la aventura de dar la vuelta al mundo en una bicicleta. Pero será mejor que nos lo cuente ella misma que para eso se ganó la vida también como periodista. 
Su verdadero nombre es Anna Cohen Kopchovsky. ¿Cómo llega a EE. UU.?
Tengo varias versiones, pero le voy a contar la que más se acerca a la realidad [Se ríe]. Mi familia era judía y, en Latvia, ser judío significaba vivir en un gueto y ser perseguido. Así que, cuando yo era una niña, la familia decide emigrar a Boston como ya habían hecho mis tíos y muchos otros, entre ellos la familia de mi marido Max (Kopchovsky). 
Y se casan…
Sí, me casé al cumplir los 18. Tuvimos tres hijos en los siguientes cuatros años. Cuando decidí dar la vuelta al mundo, tenía 23 años y tres hijos menores de seis años (5, 3 y 2) y aún así no lo dudé.
¿Y cómo se convierte en Annie Londonderry?
Escuché a dos miembros de nuestro club de Boston diciendo que la epopeya de Thomas Stevens, quien había dado la vuelta al mundo en bicicleta hacía diez años, sólo era posible si eras un hombre. Ellos defendían que ahí se apreciaba su superioridad y que una mujer jamás podría hacerlo sola. Yo me opuse con vehemencia. La discusión dio como resultado una apuesta de 10 mil dólares: dar la vuelta al mundo en bicicleta en 15 meses y recaudar, al mismo tiempo, 5 mil dólares. Mi primer sponsor fue la empresa de agua Londonderry Lithia. Por eso, me cambié el nombre.
Pero usted no había andado antes en bicicleta…
No, era algo nuevo, pero que cambiaría la forma de vida de las mujeres. Nos daría la libertad de ir adonde quisiéramos. Al principio del viaje, casi desisto porque la primera bicicleta pesaba 20 kg. Así es que decidí cambiarla por una de hombre y, en lugar de esos vestidos tan incómodos, me puse unos pantalones bombachos que me dejaban pedalear cómodamente. 
En plena época victoriana, deja a su familia en Boston, inicia un viaje sola, se viste como un hombre ¿la habrán criticado?
[Se ríe] Sí, imagino que me habrán criticado. La mujer victoriana debía quedarse en casa y ser muy discreta. Lo contrario de lo que hice durante mi viaje. Mi marido lo vio como una inversión en nuestro futuro porque el evento iba a generar mucha publicidad y, en consecuencia, dinero. Así que me dio una pistola para protegerme. Max era muy práctico. 
En ese momento comenzaba la lucha por el voto femenino ¿era miembro de algún movimiento?
No, pero sí que estoy convencida de que las mujeres podemos hacer lo mismo que los hombres. En este sentido, y siempre lo digo, me siento una representante de la «nueva mujer».
La acusan de haber dado la vuelta al mundo más «con» que «en» bicicleta.
Bueno, siempre que haces algo de envergadura, habrá alguien que lo cuestione. Era obvio que parte del trayecto tenía que ser por mar. Por eso fui de Marsella hasta Singapur en barco, al recalar en los puertos sí hacía todos los trayectos en la bicicleta porque debía conseguir la firma del embajador para demostrar que había llegado hasta allí. Lo que le aseguro es que ninguna mujer hasta entonces había viajado así y casi ningún hombre, claro.
Y daba charlas para recaudar el dinero…
Sí, daba charlas, escribía crónicas, vendía mis fotos, llevaba pancartas de empresas en la bicicleta. Todo lo que se me ocurría para llegar a Boston. Y lo logré en quince meses justos. Gané la apuesta.
¿Qué sintió al llegar?
Me sentí con una fuerza casi sobrehumana. Pensé: «Annie, no hay nada que no puedas hacer».
Annie Londonderry se convirtió en una mujer célebre y se trasladó con su familia a Nueva York donde inició su carrera como periodista.

La máquina del tiempo: mujeres intérpretes

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en marzo de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.
La malincheIntérprete es la persona que explica a otras, en lengua que entienden, lo dicho en una lengua que les es desconocida. Es decir, por medio oral y no escrito (que es el traductor). Estamos a principios del SXVI, son tiempos de la conquista y Hernán Cortés ha llegado a lo que conocemos hoy como México. ¡Dios nos pille confesados! (literalmente). Pero, ¿cómo se comunica Cortés con los habitantes de América? En esta máquina se los contamos. 
¿Malinche, Malintzin, Malinalli o Doña Marina? Una mujer intérprete y en esas fechas. ¿Cómo aprende el español o castellano?
Malintzin, es mi nombre. ¡Qué difícil de resumir! Yo era esclava del cacique maya Tabscoob, pero mi lengua materna era el náhuatl. Cuando Hernán Cortés triunfa en la Batalla de Centla, los caciques nos dan a otras diecinueve mujeres y a mí como regalo a los españoles. Cortés me entrega a Alonso Hernández Portacarrero que era pariente suyo. Entonces, me bautizan como Marina. 
¿Y cómo se convierte en la intérprete oficial del ejército español?
De allí nos trasladamos hacia el interior y cuando llegaron los embajadores de Moctezuma, Jerónimo Aguilar que había sido el intérprete hasta entonces, no entendía la lengua de los aztecas: el náhuatl. La única que la hablaba allí era yo. En un principio, Hernán hablaba con Jerónimo en español; Jerónimo, conmigo en maya, y yo, en náhuatl con los embajadores.
Y la relación con el conquistador se estrecha…
Como aprendo rápidamente el español, Cortés se da cuenta de que yo le serviría no sólo como intérprete del náhuatl sino de nuestra cultura. Le ayudé a comprender nuestra forma de relacionarnos y de negociar; a cambio, me prometió favores y la libertad. Los españoles no traían a sus mujeres, así es que nosotras nos convertíamos en sus esclavas en todo, en la cama también. Era así, ni lo cuestionábamos.
Pero usted tenía un talento natural para las lenguas porque no existían las clases…
¿Clases? No, no. Me di cuenta con la práctica que yo comprendía en unas semanas lo que otros tardaban meses. Mi familia era una familia noble, así es que yo tenía una formación más completa que mis compañeros. Además, tenía buen oído y, sobre todo, necesitaba o anhelaba mejorar mi situación.
¿Cuándo acaba su labor de intérprete y su relación con Cortés?
Cortés conquista Tenochitlán y controla el territorio dominado por los aztecas. Tuvimos un hijo, Martín, pero no me lo dejaron. Lo enviaron a España. Cuando Hernán enviudó de su mujer, Catalina, no se casó conmigo sino que me organizó un casamiento con Juan Jaramillo y, tal como me había prometido, me dio la libertad.
¿Sabe que en la actualidad la palabra «malinche» se asocia con alguien que traiciona a su pueblo?
¡Qué curioso! Cortés recibió el apoyo de muchos otros, como los totonacas, tlaxcaltecas y otomíes que querían sublevarse contra Moctezuma porque ignoraban que los españoles se convertirán en sus dominadores y los apoyaron. Yo sólo era la intérprete. Nosotros creímos, al principio, que Cortés era  el dios Quetzalcoátl, pero, luego, nos dimos cuenta de que no…
¿Qué le sorprendía de esta cultura que conoció tan de cerca?
Me llamaba la atención que hablaban mucho, mucho más que nosotros. En las charlas de Hernán Cortés con Monctezuma sobre su religión yo tenía que resumir para no causar una mala impresión. Además, nos explicaban cómo era el camino correcto que les había marcado su dios, nos bautizaban, pero, en realidad, ellos mismos no seguían estas leyes, que eran muy estrictas. Pienso que tenían muchas contradicciones y máscaras. ¿Esto sigue así?
Sí, creo que, en el fondo, sigue así. Cuando hay guerras e invasiones, tampoco se trata mucho mejor a las mujeres que en su tiempo, Malintzin. Y, a veces, cuando existe una crisis política también culpan al intérprete o al traductor. Pero la esclavitud… mejor me callo.