La máquina del tiempo: una mujer del futuro

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en diciembre de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

cityscape-919050_1280Esta es la última máquina del tiempo de este año y, en esta ocasión y por ese deseo de aventura que me suscitan las fiestas, me subí, como cada mes, a mi divertido artilugio, pero en lugar de ir al pasado y entrevistar a una mujer destacable, decidí girar la manivela y probar suerte en el futuro, más concretamente fui al año 2080. Aquí estoy de vuelta, así que ya ven que viví para contarlo. Solo podía estar en el futuro tres horas —cosas de la ciencia—, podría haberme paseado por la Barcelona del futuro, haber visitado la Sagrada Familia por fin terminada, pero entrevisté a la primera mujer que logré aceptara mi propuesta. No creyó que viniera del pasado, pero accedió a este reportaje.

Cuéntame cómo te llamas y a qué te dedicas.

Me llamo Graciela Castro y trabajo en la oficina de turismo virtual de Barcelona.

¿Turismo virtual? ¿En qué consiste?

Turistas de cualquier parte del mundo se ponen en contacto con nosotros, que somos el organismo oficial, y pueden visitar la ciudad desde allí donde estén con solo conectarse a nuestro sistema, no tienen que perder tiempo en transportarse. Es todo muy fácil y muy rápido. La experiencia puede durar una hora o tres días.

¿Tres días conectado para vivir otra experiencia?

Tres días en total. Se pueden conectar en el momento y el tiempo que quieran. No hay un límite. Pero muchos eligen dormir en su país y pasar el día visitando Barcelona, así aprovechan el tiempo.

¿Es una empresa privada? ¿Cómo funciona ahora una empresa?

Es una empresa multinacional que gestiona todo el turismo virtual de Europa, además de ofrecer otros servicios relacionados con el turismo. Yo trabajo desde mi casa y una vez al mes nos reunimos en Barcelona para comentar lo que va bien, lo que se debe cambiar. Es una organización horizontal, no vemos a los jefes, pero sabemos que existe una junta de accionistas que a final de año quiere ver beneficios.

¿Trabajas muchas horas?

Depende del día. Hay días que trabajo doce o trece horas porque quiero facturar más dinero, pero otros días quizás solo trabaje seis. Cobro al mes en función del tiempo invertido.

En mi época, se hablaba de que las mujeres se encontraban con un «techo de cristal», es decir, que no accedían a puestos de mando, solo a los intermedios. ¿Todavía es así?

Ha cambiado bastante. Hace tiempo se aprobó una ley que obligaba a las empresas a tener un número igual de hombres que de mujeres en altos cargos y a equiparar los salarios. Poco a poco, las empresas cumplieron, se evitaban las multas y obtenían ayudas. Ahora se ha flexibilizado la ley, pero los números continúan parejos.

Es que uno de los problemas para no acceder a estos puestos era, en parte, que la mujer solía estar a cargo de los hijos y esto dificultaba la organización de su tiempo. ¿Cómo es ahora la crianza de los hijos?

La mayoría de las mujeres congelamos los óvulos cuando tenemos unos veinticinco años. La decisión de ser madre se toma cuando creemos que es un buen momento en el trabajo o en lo personal, en función de tu proyecto vital. La maternidad suele ocurrir ahora entre los 35 y los 55 años, depende, pero se ajusta al calendario personal.

¿Qué modelo de familia existe? Si existe alguno…

La familia «tradicional» es muy poco frecuente. Algunas mujeres (u hombres) tienen a los hijos solas, otras en parejas, otras deciden vivir en una comunidad y hacer una crianza compartida.

¿Una comunidad en el campo? 

Sí, puede ser en el campo o puede ser en la ciudad. Muchas veces es en el campo o en una zona residencial porque las viviendas son más grandes. Se comparten los gastos y también el cuidado de los hijos. Mi idea, por ejemplo, es que trabajaré a distancia y compartiré la crianza en una comunidad. Otras personas deciden encargarle un hijo a una madre de alquiler que lo cría en los primeros años hasta que esa persona se pueda dedicar de pleno. Esto se está empezando a ver ahora.

¿Y las relaciones afectivas? ¿El sexo?

Casi todos tenemos un perfil creado en una aplicación a partir de nuestros gustos, actividades, parejas anteriores, profesión, ocio. Esta aplicación te propone a alguien en función de tu perfil para tener relaciones sexuales o para una relación sentimental, en general, virtuales. Así no perdemos tiempo…

Parece que todo se orienta al ahorro de tiempo ¿es así?

Puede que sí, aunque la esperanza de vida es de 107 años. Así que tenemos más tiempo que antes, pero también hacemos mucho más que antes: viajes, cursos, otras carreras (virtuales o presenciales) y conocemos a más personas fuera de nuestro entorno.

Me tengo que despedir de mi nueva amiga porque se me acaba el tiempo. Me costaría adaptarme al mundo de Graciela, pero reconozco que estaba tan alegre y jovial en nuestro encuentro, que no puede ser mala señal.

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La máquina del tiempo: mujeres artistas

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en mayo de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

suzanne-valadon-1865-1938-self-portrait-with-her-family-c-1910-valdon-son-maurice-utrillo-1883-1955-husband-andre-utter-1886-1948-and-utters-motherEl fin de semana fui a visitar la Colección Phillips instalada temporalmente en Barcelona. Esta colección reúne sesenta obras de artistas del SXX entre las que se incluye la del pintor francés Maurice Utrillo, hijo de la gran artista Suzanne Valadon. Suzanne fue una reconocida pintora de la belle époque que, sin embargo, cayó posteriormente en un cierto olvido. Por eso y sin dudarlo, decidí subirme allí mismo a mi máquina del tiempo para hacerle esta entrevista. 
Nace en Bessines, un pueblo cerca de París, en 1865. Sus comienzos son más que humildes y, sin embargo, se convierte en una pintora excepcional. 
Sí, yo soy hija natural. De hecho, mi madre, Madelaine, era costurera, lavandera, servía. Nunca supe quién fue mi padre. Con cinco años, nos trasladamos a Montmartre. Un barrio que vivía una transformación artística; estaba en ebullición total. Tuve mil oficios —incluso trabajé de acróbata en el circo, pero un accidente me obligó a dejarlo— hasta que el pintor Pierre Puvis me propone ser modelo para sus cuadros.
Y se convierte en modelo y amante de Renoir; Toulouse Lautrec; Erik Satie le pide que se case con él… Montmartre se rinde a sus pies.
¡Es que era tan joven! Pero a mí siempre me había gustado la pintura, así que no solo posaba, sino que observaba la técnica y después la copiaba en casa. Aprendí rápido de Lautrec que era una persona extremadamente generosa, él me presentó al maestro Degas quien me animó a que siguiera pintando. “Eres una de los nuestros”, me dijo. El mejor día de mi vida. Fuimos grandes amigos, le debo muchísimo. ¡Ay, Erik! Era demasiado celoso, tuve que rechazarlo.
A los 18 años tiene un hijo natural, Maurice, que luego fue reconocido por Miquel Utrillo. Sigue pintando…
Sí, mi madre me ayudó a cuidar a Maurice y Miquel lo reconoció algo más tarde. Yo posaba y pintaba sin parar. Se me criticaba porque no intentaba idealizar la figura humana, sino que pintaba cuerpos desnudos, tanto de mujeres como de hombres, en posturas naturales. Era poco habitual.
Aun así, en 1894, se convierte en la primera mujer que expone en la Société Nationale des Beaux Arts. Todo un hito. 
Por entonces ya había comenzado a pintar con óleos y el maestro Degas me animó a presentarme. Increíblemente me aceptaron.
La estabilidad económica viene de la mano de su casamiento con Paul Maussis que era un rico financiero. ¿Aumenta su producción?
No sé si aumenta, pero consigo pintar con más tranquilidad. Nos trasladamos al campo con Maurice, aunque él nunca se adaptó. Volvió a París, sus problemas mentales continuaron y comenzó a beber en exceso. Para que dejara esa etapa destructiva, lo animé a que pintara.
Se la ha acusado de haberlo explotado para ganar dinero. ¿Qué hay de cierto en ello?
Nada. Siempre alenté a Maurice a pintar porque se encontraba mejor así. Sin proyecto, se emborrachaba hasta perderse. A veces, alguien llamaba al timbre para traerlo porque se lo habían encontrado tirado en la calle. La pintura lo salvaba. Además, yo ya había triunfado como pintora cuando él empezó. 
Usted se divorcia de Maussis y se va a vivir con el mejor amigo de su hijo, André Utter, que era 20 años más joven. Un escándalo. 
Yo venía de tan abajo que la burguesía no esperaba menos de mí [Se ríe]. Fue Paul [Maussis] el que me pide el divorcio cuando ya no soporta la relación con André que yo nunca oculté. André vendía tanto los cuadros de Maurice como los míos. Estuvimos más de catorce años juntos y conseguimos volver a vivir bien.
Pero finalmente las relaciones en ese triángulo se deterioran…
Mi hijo se casa y se va de casa, aunque nunca consiguió recuperarse. André siguió su vida, y es que nuestra diferencia de edad así lo exigía. Yo me sentía afortunada siempre que pudiera vivir pintando. Y lo logré.

 

En 1938, Suzanne sufre un ictus mientras pinta y muere horas más tarde. Aunque su hijo la eclipsa como artista, existe un renovado interés en su obra caracterizada por su originalidad y fuerza, un claro reflejo de su personalidad y de su vida.

La máquina del tiempo: mujeres intérpretes

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en marzo de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.
La malincheIntérprete es la persona que explica a otras, en lengua que entienden, lo dicho en una lengua que les es desconocida. Es decir, por medio oral y no escrito (que es el traductor). Estamos a principios del SXVI, son tiempos de la conquista y Hernán Cortés ha llegado a lo que conocemos hoy como México. ¡Dios nos pille confesados! (literalmente). Pero, ¿cómo se comunica Cortés con los habitantes de América? En esta máquina se los contamos. 
¿Malinche, Malintzin, Malinalli o Doña Marina? Una mujer intérprete y en esas fechas. ¿Cómo aprende el español o castellano?
Malintzin, es mi nombre. ¡Qué difícil de resumir! Yo era esclava del cacique maya Tabscoob, pero mi lengua materna era el náhuatl. Cuando Hernán Cortés triunfa en la Batalla de Centla, los caciques nos dan a otras diecinueve mujeres y a mí como regalo a los españoles. Cortés me entrega a Alonso Hernández Portacarrero que era pariente suyo. Entonces, me bautizan como Marina. 
¿Y cómo se convierte en la intérprete oficial del ejército español?
De allí nos trasladamos hacia el interior y cuando llegaron los embajadores de Moctezuma, Jerónimo Aguilar que había sido el intérprete hasta entonces, no entendía la lengua de los aztecas: el náhuatl. La única que la hablaba allí era yo. En un principio, Hernán hablaba con Jerónimo en español; Jerónimo, conmigo en maya, y yo, en náhuatl con los embajadores.
Y la relación con el conquistador se estrecha…
Como aprendo rápidamente el español, Cortés se da cuenta de que yo le serviría no sólo como intérprete del náhuatl sino de nuestra cultura. Le ayudé a comprender nuestra forma de relacionarnos y de negociar; a cambio, me prometió favores y la libertad. Los españoles no traían a sus mujeres, así es que nosotras nos convertíamos en sus esclavas en todo, en la cama también. Era así, ni lo cuestionábamos.
Pero usted tenía un talento natural para las lenguas porque no existían las clases…
¿Clases? No, no. Me di cuenta con la práctica que yo comprendía en unas semanas lo que otros tardaban meses. Mi familia era una familia noble, así es que yo tenía una formación más completa que mis compañeros. Además, tenía buen oído y, sobre todo, necesitaba o anhelaba mejorar mi situación.
¿Cuándo acaba su labor de intérprete y su relación con Cortés?
Cortés conquista Tenochitlán y controla el territorio dominado por los aztecas. Tuvimos un hijo, Martín, pero no me lo dejaron. Lo enviaron a España. Cuando Hernán enviudó de su mujer, Catalina, no se casó conmigo sino que me organizó un casamiento con Juan Jaramillo y, tal como me había prometido, me dio la libertad.
¿Sabe que en la actualidad la palabra «malinche» se asocia con alguien que traiciona a su pueblo?
¡Qué curioso! Cortés recibió el apoyo de muchos otros, como los totonacas, tlaxcaltecas y otomíes que querían sublevarse contra Moctezuma porque ignoraban que los españoles se convertirán en sus dominadores y los apoyaron. Yo sólo era la intérprete. Nosotros creímos, al principio, que Cortés era  el dios Quetzalcoátl, pero, luego, nos dimos cuenta de que no…
¿Qué le sorprendía de esta cultura que conoció tan de cerca?
Me llamaba la atención que hablaban mucho, mucho más que nosotros. En las charlas de Hernán Cortés con Monctezuma sobre su religión yo tenía que resumir para no causar una mala impresión. Además, nos explicaban cómo era el camino correcto que les había marcado su dios, nos bautizaban, pero, en realidad, ellos mismos no seguían estas leyes, que eran muy estrictas. Pienso que tenían muchas contradicciones y máscaras. ¿Esto sigue así?
Sí, creo que, en el fondo, sigue así. Cuando hay guerras e invasiones, tampoco se trata mucho mejor a las mujeres que en su tiempo, Malintzin. Y, a veces, cuando existe una crisis política también culpan al intérprete o al traductor. Pero la esclavitud… mejor me callo.

Cuento de hadas

wp-1460302503502.jpegLa Biblioteca Guinardó-Mercè Rodoreda —la responsable de poesía de la red de Barcelona— y el Espai Jove Boca Nord organizaban un concurso titulado FemRimes FemGraff que consistía en escribir un micropoema con un máximo de 200 caracteres sobre la condición de la mujer en la sociedad actual; de todos los presentados, se seleccionaban 12 para crear 12 murales en el distrito de Horta-Guinardó. Tuve la gran suerte de que seleccionaran mi micropoema «Cuento de hadas» y que la ilustradora y grafitera Amaia Arrazola lo interpretara. Aquí está el micropoema y las fotos que saqué del mural. Lo podéis ver «en vivo» en la calle Coll i Alentorn 1 (se puede llegar desde el metro Horta, salida calle Lisboa), pero si no podéis os dejo un vídeo con mi voz melodiosa (en realidad es que no puedo hacer dos cosas a la vez: grabar y hablar; parezco fumada).

 

Cuento de hadas

—Espejito, espejito, dime: ¿quién es la más guapa del reino?

Sarika, de Calcuta.

El fuego le abrasó la cara,

pero en sus ojos alza el vuelo un colibrí.

 

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El remoto

Este artículo se publicó (impreso) en el periódico El Observador Prensa Libre y, un mes más tarde, se puede leer en línea aquí y en este blog.

feminismoEn mi visita anual a la ginecóloga derivamos en una conversación informal sobre las consultas que recibía y cuál no fue mi sorpresa al decirme que ella creía, según los datos que constataba a diario en su consultorio, que, en general, una gran cantidad de mujeres no decidían libremente sobre su vida sexual. Y me aclaró: «Podría entenderlo en señoras grandes que a veces me dicen que les de algo que les alivie cuando su marido quiere sexo, pero me sorprende cuando son jóvenes en la veintena o menos». ¿Cómo? No salía de mi asombro. Yo pensaba que las mujeres más jóvenes tenían una relación más abierta con su cuerpo que las generaciones anteriores. Le pregunté si no creía que las jóvenes estaban más expuestas a una educación y libertad sexual y, por tanto, sabían mejor lo que querían. «Creo que menos que nuestra generación. Ha habido un retroceso. Yo les digo incluso: ¿no deberías decir primero si tú quieres tener sexo con este chico en lugar de hacerlo porque él te presiona? ¿No tienes otras motivaciones en la vida que lo que piense tu novio?». Salí de la consulta meditativa. Es natural y comprensible que los cambios sean lentos pero ¿un retroceso? Pensé que se trataba de un solo testimonio y que no debía generalizar.
Días más tarde, sin embargo, participé en un encuentro de profesionales de la lengua al que asistían periodistas, escritores, correctores, profesores y un gran número de traductores. Durante la comida del último día comentamos las distintas ponencias y también los talleres a los que habíamos asistido. Un compañero traductor comentó que, aunque en los eventos sobre lengua a los que asistía el 70% eran mujeres, al final un «tipo les contaba cómo iba la película». En efecto, hice un cálculo y de los 30 instructores de todos los talleres, 19 eran hombres y de los 6 ponentes, 4 eran hombres en este encuentro en concreto. El porcentaje era justamente inverso al de asistentes: casi el 70% de los que contaban la película eran hombres. De hecho había más colaboradoras y organizadoras que ponentes. Entonces, nuestro compañero dijo: «Chicas, ¿cuándo van a agarrar el control remoto y empezar a dirigir todo esto?». Hubo un poco de revuelo en la mesa. Lamentablemente, estamos más acostumbradas a hacer que las cosas pasen mientras permanecemos en la sombra que a convertirnos en referentes para otros y, si lo hacemos, muchas veces es con el beneplácito o aprobación de una figura masculina de la forma más tradicional.
Estoy de acuerdo con mi colega en que las mujeres tenemos que agarrar el remoto pero también pienso que estamos todos, hombres y mujeres, tan acostumbrados a unos referentes anticuados que tendemos a juzgar con unos baremos muy exigentes y no equitativos a aquellas mujeres que ostentan posiciones de referencia. Y que la crítica que hacemos no está basada en lo que hacen sino en lo que creemos que deberían ser. No es que no se pueda criticar o alabar la ponencia, la gestión política, la clase de traducción de una mujer, es que debemos dejar de hacerlo por lo que creemos que son y más bien ceñirnos a lo que hacen. «Se cree superior», «Es una mandona», «Quién se cree que es», «Es ambiciosa», «Va vestida de tal o cual manera», «No sólo es inteligente sino guapa», «Es simpática además de organizar bien». No tenemos que «ser» nada para desempeñar un cargo, debemos saber o tener experiencia en ese campo. Debemos de dejar de creer que todas las mujeres tienen que saber y, además, ser dulces, amables, conciliadoras, transparentes y perfectas mientras buscamos en los hombres la aprobación implícita de lo que es política, cultural, económica o éticamente correcto.
Ya sé que muchas mujeres dirán que a ellas no les pasa esto y que incluso negarán estar supeditadas a una aprobación de una sociedad «patriarcal», pero quizás sean las mismas que se morirían antes de decir que son feministas precisamente por miedo a ser rechazadas y perder ese lugar cómodo al que se acostumbraron. Esto no es una guerra, sino que, simplemente, ya nos llegó la hora de tomar el control remoto de nuestra vida.