La máquina del tiempo: mujeres exploradoras

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en enero de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.
220px-Jeanne_BarreNo todo los días se presenta la ocasión de entrevistar a una persona de la talla de Jeanne Baret, la primera mujer que circunnavegó el globo en el siglo XVIII. Quizás pensemos que, por entonces, las mujeres exploraban más bien poco y menos aún desarrollaban una pasión tan intensa por la ciencia como ella. Pero Jeanne desafió a su época, como desvela esta charla a través de la máquina del tiempo.
En el siglo XVIII, no es frecuente que las mujeres se dediquen a la botánica. ¿Cómo lo logra usted?
Mis padres eran campesinos en la Borgoña. Siempre me interesé por la naturaleza, conocía todas las plantas y las hierbas de la región, su uso práctico, sus poderes medicinales. Cuando mis padres mueren, me acogieron en las Ursulinas, donde aprendo a leer y a escribir. A los 22 años, entré de gobernanta en la casa de Philibert Commerson, que era viudo, para cuidar a su hijo único: Archimbaud. Él era un hombre muy culto, había estudiado leyes y medicina, pero su gran pasión era la botánica. Recorríamos el campo juntos, yo le explicaba lo que sabía y él me instruía.
Tenían una relación íntima e incluso tuvieron dos hijos que dio en adopción…
Yo fui mucho más que su mujer, además de vivir con él, fui su colaboradora. Él admiraba mi vitalidad, curiosidad y su conocimiento, me deslumbraba. De mis hijos, prefiero no hablar. Eran otros tiempos, yo no estaba casada, fue todo muy complicado.
La marina francesa prohibía que las mujeres viajaran en su flota. ¿Cómo forma parte de la expedición del conde de Bougainville que daría la vuelta al mundo?
Luis XVI nombró a Commerson botánico de la corte así que nos trasladamos a París. En 1767, lo invitan a esta expedición. Una oportunidad única: poder clasificar la flora de un mundo nuevo. Pero estaba muy enfermo, así que me hice pasar por su asistente Jean Baré. 
El viaje duraba dos años con más de 200 hombres a bordo, ¿nadie se dio cuenta de que era una mujer?
Commerson no resistió bien la vida en alta mar, así que lo cuidaba en su camarote privado. Además, salía a recolectar los especímenes y lo ayudaba en la clasificación. Por ejemplo, cuando estuvimos en Brasil fui yo quien descubrió la planta que luego se llamaría Bougainvillea en honor al conde.
En el barco se sospechaba de mí pero como yo hacía el trabajo de cualquier hombre, cargaba y descargaba, nadie creía que eso lo podía hacer una mujer. Hacía incluso más que un hombre para pasar desapercibida.
Todo cambia cuando llegan a Tahití ¿qué pasó allí?
Ni bien bajé del barco, los nativos me reconocieron como mujer y se abalanzaron sobre mí. Fue inmediato, claro, allí la vestimenta o los gestos no contaban, sino la esencia, el olor. Bougainville tuvo que intervenir para protegerme. Confesé la verdad aunque me inculpé para no perjudicar al señor Commerson.
Más tarde, los dejan en Ille de France (hoy Isla Mauricio).
Debimos quedarnos allí porque si volvíamos a Francia tendríamos problemas con la justicia. Pierre Poivre, el gobernador de la isla, era también botánico y gran amigo del señor. Fue como vivir en el paraíso. Hicimos un viaje a Madagascar para recoger más especímenes. Pero ya estaba muy enfermo, murió el 13 de marzo de 1773, con solo 46 años.
Y se queda allí sin medios para sobrevivir ¿qué hace y cómo consigue volver a Francia y completar la vuelta al mundo en 9 años?
Abrí un bar en Port Louis pero como servíamos alcohol, las autoridades lo cerraron. Mi suerte cambió cuando conocí a Jean Dubernat, un marino francés. Nos casamos el 17 de mayo de 1774 y pude volver a Francia.
¿Consigue reconocimiento por su hazaña?
Yo llevo en mi viaje de vuelta 30 cajas con más de 5000 especímenes, 3000 de los cuales eran nuevos, y las entrego al Jardín del Rey que luego pasa al Museo de Historia Natural. Nadie me menciona como parte de la expedición. Pero, en 1785, el Ministerio de la Marina reconoce mi contribución y me otorga una pensión de 200 libras anuales.
¿No le molesta que Philibert Commerson se haya llevado toda la gloria?, hay más de 70 especies con el nombre de commersonii, y en cambio usted solo tiene una planta con su nombre, la Solanum Baretiae, 250 años más tarde…
Al contrario, amé la botánica, el viaje alrededor del mundo, al señor Commerson. Él me dejó todo su patrimonio francés en herencia. No me arrepiento de nada, estoy orgullosa.
Jeanne murió el 5 de agosto de 1807 con 67 años. Archimbaud Commerson fue su heredero universal.
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¿Paraíso tropical?

Artículo publicado en El Observador Prensa Libre disponible aquí.

Cuando me dijeron que tenía que ir a Singapur, por una reunión de trabajo, intenté ubicarlo en el mapa pero, para mi vergüenza, se me confundieron todas las fronteras del sudeste asiático. Así que lo primero que hice, secretamente para que no se notara mi ignorancia, fue consultar los mapas de Google. Quería saber cuál era la distancia con respecto a Beijing, que era mi siguiente destino, y descubrí que está relativamente cerca, 6 horas de avión, pero distante en todo lo demás. Singapur es una ciudad-estado con aproximadamente 5 millones de habitantes en contraposición a los 1,300 millones de China. Ocupa además el tercer puesto en países con la renta per cápita más alta del mundo, 64 mil $ al año (frente a los 9 mil $ de China, según el FMI), lo que lo sitúa delante de otros más conocidos por su riqueza como Estados Unidos, Suiza o Noruega. Está formado por 63 islas que se encuentran en el extremo sur de Malasia, de la que se separó en 1965, tras proclamarse la independencia del Reino Unido. Es, por tanto, un país muy joven que ha conseguido en estos últimos cuarenta años subirse a la lista de los más ricos de forma casi meteórica. Todo un ejemplo.
Imaginé con esta información que me encontraría con un paraíso tropical y, lo cierto es que al sobrevolar la isla, uno queda maravillado por lo frondoso del paisaje, el color índigo del mar, las playas (sorprendentemente desiertas) y el intenso tráfico de la costa (repleta de barcos de mercancías). Pero las sorpresas no se acaban aquí. Por la autopista de camino al hotel, llama la atención la profusión de flores tropicales y el prolijo cuidado del césped a ambos lados de la ruta, salpicada de plantas de un verde intenso. ¿Sería verdad? ¿Habría llegado por fin al paraíso? ¿Cómo era posible que supiera tan poco de este pequeño país?
Después de dejar la valija en el hotel y ponerme cómoda para pasear con una temperatura de 32º (con un alto porcentaje de humedad) y colocar en la mochila un impermeable (la lluvia es algo impredecible por estos lares), salí a descubrir si, en efecto, había hallado el paraíso en la Tierra. Al merodear por la ciudad se aprecian de inmediato varias de las características más destacadas de Singapur. Todo el mundo habla inglés. No es de extrañar ya que es una de las cuatro lenguas oficiales además del chino, malayo y tamil. Todo está muy limpio. Existe un riguroso control y las multas por arrojar basura, por ejemplo, pueden alcanzar los 250 $. Está prohibido comer chicle y fumar. Conviven varias religiones en asombrosa armonía: el budismo, el islam, el cristianismo, el taoísmo y el hinduismo, entre otras. Esta diversidad religiosa es un reflejo de una diversidad étnica paralela que se hace evidente en la división de la ciudad en barrios comoChinatown y Little India. Es un verdadero lugar de mestizaje. Como los medios de transporte son baratos, limpios y fáciles de utilizar, me trasladé de un lugar a otro con la sensación de que había visitado China, India y Corea en pocas horas y sin necesidad de tomar un avión. Los singapurenses te tratan con la amabilidad asiática de la que tanto había oído hablar pero que no es frecuente en China donde la vida es mucho más dura para el turista y también para los nativos.
¿Es oro todo lo que reluce? La vida en Singapur parece idílica pero la perfección, lectores, no existe. Aunque es una democracia parlamentaria, el mismo partido ostenta del poder desde la independencia y Lee Kuan Yew permanece en el gobierno con distintos cargos en algo que tiene tintes de poder vitalicio mientras que su hijo Lee Hsien Loong es el Primer Ministro. Las leyes son más que estrictas y vulneran, en ocasiones, los derechos humanos (pena de muerte por tráfico de drogas, azotes con vara), la libertad de prensa está restringida y el estado, militarizado. El precio de vivir en Singapur es elevado ya que se tienen que importar una gran cantidad de bienes, y no existe un estado de bienestar per se, de manera que si una persona pierde su trabajo no cuenta con una red de ayuda inmediata. La sociedad está basada por completo en la meritocracia, un modelo que, según dicen, ofrece oportunidades a los que más se esfuerzan. Sin embargo, la educación no es gratuita y el grado de competitividad que genera es elevado entre los jóvenes aunque el estado haga hincapié precisamente en la educación.
En definitiva, puede que Singapur no sea el paraíso que imaginaba pero podría ser un destino fácil para quien quiere visitar Asia sin los inconvenientes del idioma o de un sitio más “exótico”. Eso sí, mezclar el calor tropical con un delicioso curry quizás no sea lo más recomendable para los estómagos más sensibles.

El año del caballo

Artículo publicado en El Observador Prensa Libre disponible aquí

China entró el 31 de enero en el año del caballo. Mi compañera Hazel, que en realidad se llama Jing, dice que no le gustaba el anterior, el de la serpiente. Como la mayor parte de mis colegas chinos, ella también tiene dos nombres que en lugar de simplificar la comunicación, me crea cierta confusión porque tengo que memorizar los dos y, al final, acabo por no recordar ninguno. Le doy la razón, a mí tampoco me gustó el de la serpiente. Tenemos muchas esperanzas depositadas en el caballo; tiene fuerza, es elegante, creativo y libre. Pero ningún mensaje agorero podría empañar el crecimiento y el dinamismo chinos. Beijing está cubierta de grúas, allá donde se mira se construye un bloque de oficinas, una estación de trenes, un centro comercial, departamentos. Es una ciudad en efervescencia. La población está deseosa de crear, construir, aprender. Por momentos, es cierto que parece una copia deslucida de cualquier ciudad de EE.UU. y digo deslucida porque de alguna manera los acabados no son los mismos y el uso tan intenso acaba deteriorándolos. Se trata de una impresión pasajera porque pesa más el empuje de una economía que el año pasado creció alrededor del 7%. Sí, menos que otros años pero que Europa y EE.UU. observan con envidia (con tímidos crecimientos) y Argentina no logra arañar (con un 2,5%). Uno acaba contagiándose de ese entusiasmo, de la energía de una población joven que tiene la esperanza en un futuro que imaginan es suyo. Ese futuro tiene un coste, contaminación, largas jornadas laborales, desplazamientos prolongados, precios elevadísimos de la vivienda, encarecimiento de los productos básicos. La contaminación en Beijing es tan alta que durante los primeros días siento una opresión en el pecho constante y sequedad en la garganta y nariz. Ellos me dicen que tengo suerte porque justo esa semana está a unos niveles “normales para Beijing”. La contaminación se mide en microgramos (un índice de partículas “peligrosas”) y estos días está en 300 en contraposición a los casi 700 de la semana anterior. Para que se hagan una idea la OMS recomienda 25 de máxima. No puedo evitar notar un polvo marrón sobre todos los autos (en su mayoría nuevos modelos). Me pregunto en cuánto acortará la esperanza de vida estar expuesto desde el nacimiento a estos niveles de polución. Me dicen que en las ciudades pequeñas (esas de 4 millones de habitantes) los índices son más bajos, pero con el crecimiento imparable y no regulado llegarán a igual destino. Sé que las condiciones salariales de algunos han mejorado en los años de prosperidad e imagino que, como consecuencia, la calidad de vida de muchos habrá aumentado pero el coste que paga la sociedad es elevado. Como a un niño que le hayan negado unos caramelos o jugar a la Play durante la semana y que el fin de semana se lanza desbocado a todo, así ha abrazado China al capitalismo, con una fuerza que produce vértigo.En general, los comentarios que me han hecho sobre los chinos a raíz de mi visita no han sido del todo benévolos: que si maleducados, que si “guarros” (es decir unos “chanchos”), que si mentirosos. Mi experiencia laboral-digital se ha caracterizado por una gran incomprensión mutua, como si intentáramos hablar un mismo idioma (el inglés en nuestro caso) pero cada palabra significara algo diferente en cada cultura. Como si un zapato fuera un sombrero y un sombrero, un paraguas. Pero al llegar, al estar allí cara a cara, las palabras parecen volver a su cauce y logramos comprendernos. Los encuentro amables y hospitalarios en las distancias cortas, mucho más cercano al carácter de un sudamericano que al de un europeo. En todo lo que es público me da la impresión de que se trata de un sálvese quien pueda, si hay que pisar, se pisa. Sin embargo, en un tren repleto (todo parece saturado de personas en China) siempre noto una sonrisa que parece decir que están allí para ayudarte si no entiendes su lengua. Debemos de parecer extraterrestres intentando descifrar los símbolos a nuestro alrededor. Aún así, ciudades como Beijing o Shanghái son amables con el visitante y los carteles también están escritos con alfabeto latino que ayudan a no perderse del todo. Pero es en las comidas donde realmente despliegan sus habilidades de grandes anfitriones, siempre se pide una gran variedad y en exceso pero a decir verdad todo está delicioso. Esta hora se transforma para mí en una fiesta, primero por la degustación de esos manjares y segundo por las traducciones de las fotos en los menús. No tienen precio. Puedes pedirte unos brotes de soja estúpidos de madre (mi traducción del inglés) por ejemplo, por el simple hecho de matar la curiosidad.China, aunque mi visita sea demasiado breve, me deja buen sabor de boca, con todos esos contrastes que veo y otros que sólo puedo intuir. Me gusta especialmente cuando te explican con detenimiento lo que significa un nombre, cómo cada carácter actúa para descifrar una personalidad. Y una se llama Águila que además significa ser independiente y otra se llama Jazmín pero uno de sus caracteres significa alegría. Es aquí cuando la China más capitalista e implacable desaparece y adquiere un toque humano y poético que, aunque más inaccesible para un occidental, no deja de ser el más interesante.Queda mucho por ver, en efecto.