Cuento: Los cangrejos

Este cuento fue finalista en el V Certamen de narrativa Breve Canal Literatura en 2008 y se publicó por primera vez aquí.

 

crab-48162_1280Los alumnos de tercero repetían la rima inglesa mientras Florencia señalaba las palabras en la pizarra. A la izquierda del aula, tras la puerta con la mitad acristalada, se encontraban la directora del colegio con dos hombres vestidos de traje azul oscuro. Uno llevaba gafas de pasta y el otro, un bigote recortado. Cuando Florencia giró la cabeza desde la pizarra hacia los alumnos, alcanzó a ver a las dos figuras expectantes. No eran profesores. Dejó entonces de escuchar lo que repetían los alumnos y sólo vio el movimiento de los labios de todos los niños en una especie de vacío lunar.

La celda donde se encuentra Florencia es gris y fría con una ventana muy pequeña en el lado izquierdo, parece un respiradero. Cree que ya han pasado tres días, pero ha perdido la cuenta. No le dan ni agua ni comida. Le duele todo el cuerpo, ha intentado concentrase en cada miembro para conseguir determinar qué se le ha roto, qué ha dejado de funcionar, pero no puede hacerlo porque el dolor se ha generalizado. De un ojo ve sombras y del otro cree que ya no ve nada. Como tiene las manos atadas detrás de la silla, no puede tocarse la cara y palpar los daños infligidos. En el oído izquierdo tiene un zumbido incesante. Tiene la sensación de estar en una gran pecera donde existen sonidos confusos y colores borrosos. Está descalza pero no puede inclinarse para comprobar los pies que ya hace un par de horas que no siente. El dolor abdominal ha disminuido ligeramente. Está tan agotada que intenta dormir los pocos ratos que la dejan. En su somnolencia, oye abrirse la puerta.

—Me deberían haber llamado antes—. Es una voz de hombre distinta a las demás.

Poco a poco y con gran precaución intenta abrir los ojos. Cuando lo consigue, con uno semiabierto, inclina su cabeza y la gira hacia arriba para verlo mejor. Sólo intuye que es un hombre alto pero siente un olor fuerte a colonia fresca. Un perfume que le recuerda a su infancia, a las tardes en que su padre llegaba del despacho y la abrazaba. Ella hurgaba en sus bolsillos y siempre encontraba alguna golosina. El hombre permanece de pie delante de ella. Florencia siente algo similar a cuando les dijeron que su madre tenía cáncer. Su padre se quedó ahí parado en el medio de la sala, como un muñeco de trapo, pero no lloró, no lloró nunca, por lo menos delante de ella. Florencia no sabía lo que era cáncer y se imaginaba a un cangrejo devorando las entrañas de su madre porque había visto en el horóscopo de una revista el símbolo del signo del zodíaco. Cuando empeoró, pensó que no se trataba solamente de uno, sino de cientos de cangrejos, toda una colonia que la invadía paulatinamente. Le daba miedo tocarla por si saltaban fuera del cuerpo de su madre en un afán de conquistar otro cuerpo, joven y sano. Su padre, en cambio, pasaba muchas horas hablándole mientras la acariciaba: «¿Te acordás cuando fuimos a Mendoza y nos bañamos en el río? En el agua marrón que parecía un vaso de chocolate con leche. Vos estabas negra como el tizón, como te ponías cuando íbamos a la playa. Yo me ponía un poco colorado y después volvía a mi blanco natural». Su madre no contestaba porque hacía tiempo que la morfina la acunaba en un sueño profundo y aparentemente plácido. Sin embargo, el traqueteo de los cangrejos que devoraban su cuerpo no cesaba. Florencia lo sabía pero no quería desvelar el secreto a su padre para que siguiera hablando con ella y ahuyentara así a los cangrejos. Quería que su padre se los llevara muy lejos al igual que lo había hecho el flautista de Hamelín con las ratas en aquel cuento de sus lecturas nocturnas.

—Voy a examinarla— dice bajito el hombre perfumado.

El médico examina los ojos, los hombros, el abdomen, las piernas mientras que, por un instante, Florencia se olvida de donde está y se deja transportar a un jardín lleno de arbustos y flores, con la hortensia de la abuela al fondo y la palta que nunca dio frutos. Están todos comiendo un asado y ella, aún una niña, se lleva el pan con chorizo, sin que la vean, a uno de los rincones y lo comparte con el perro. Su madre también está allí, lleva ese vestido blanco de tirantes con flores azules que tanto le gustaba, bebiendo una copa de vino tinto; permanece atenta a la conversación de su padre que charla con el tío que acaba de llegar de viaje y que explica las diferencias entre la pizza argentina y la italiana. Después su padre la lleva al parque para enseñarle a montar en bicicleta. Tiene miedo pero como sabe que él está detrás sujetándola se siente segura. De repente se da la vuelta y lo ve lejos mientras la saluda con un movimiento de la mano y una amplia sonrisa casi de niño vergonzoso. Ya anda sola. La imagen del médico se cuela en su recuerdo. Desearía hablar con su padre y explicarle que Pablo y ella no querían que sufriera. Desde que desapareció Pablo pensó varias veces en llamarlo para contárselo, para explicarle que a ella le podía pasar algo similar. No lo hizo. No quería involucrarlo y, sobre todo, tenía miedo de su ira, miedo a que le dijera que él ya se lo había advertido, que eso no podía llevar a nada bueno, que los cambios no se hacían así, jugándose la vida sin posibilidades de ganar, que ella era lo único que le quedaba y que no podía perderla. Cómo desearía que su padre la salvara de todo esto, estar en la habitación de su casa mientras él le leía un cuento. Quiere borrar el momento en que se separaron, en que cada uno siguió por vidas tan dispares, en ese gran delta donde confluían y divergían las vidas de todos.

A Facundo lo habían llamado del cuartel a las dos de la mañana para examinar a una presa. Se había incorporado de la cama medio dormido y había permanecido así inclinado, con la cabeza gacha esperando a despertarse, se había mirado las manos, cubiertas ya de pequeña pecas, con las venas surcando la piel resquebrajada y el anillo de casado estrangulándole el dedo. Eran manos grandes que en ese momento le resultaban totalmente ajenas a su cuerpo. A su derecha había visto a Irene aparentemente dormida. Sabía perfectamente que la mitad del tiempo se hacía la dormida porque no podía afrontar la realidad que les quedaba por vivir. Prácticamente desde la muerte de su hijo Carlos que no se levantaba de la cama y pasaba el día atiborrada de pastillas.

Llegó al cuartel a las dos y media, y le explicaron que tenían una mujer en la sala de interrogaciones seis, llevaban unos tres días con ella y querían saber si podría aguantar. Se acercó a la sala muy lentamente como si llevara zapatillas de andar por casa, arrastrándolas por el pasillo. El policía de guardia le abrió la puerta. Ella estaba en el centro de la celda, atada a una silla. Facundo se sorprendió de que fuera una silla de colegio, de esas de madera verde, como la que tenía Carlitos en su cuarto cuando era chico. Era una mujer bonita, bastante alta, con una melena castaña que le llegaba casi a la cintura, su piel era muy morena. La habían golpeado bien, un ojo estaba semiabierto y violáceo y le había caído sangre de la nariz manchándole la camisa celeste que llevaba, había creado un pequeño Mar Rojo dentro de un océano azul. Se quedó unos instantes sólo mirándola y notó su miedo. Se preguntó si Carlos había sentido miedo cuando el camión se lo llevó por delante. Si sintió algo cuando su moto recorrió los cien metros hasta estrellarse en la mediana y se fracturó tantas partes del cuerpo que los médicos no pudieron ni contarlas. Cuando Irene y él fueron al hospital ya supo que estaba todo perdido. Irene rezó para que viviera. Él, que sabía que los daños eran irremediables, para que muriera. Carlos antes lleno de vida. Carlos con las manchas de chocolate con leche en la comisura de los labios y sentado en la mesa de la cocina mientras él se cebaba unos mates.

A pesar de la deformación producida por los golpes, ella lo mira fijamente, levantando la cabeza pero con los labios apretados, la mandíbula tensa. Intenta ocultar su soberbia natural, eso ya le ha ganado unos cuantos palos. El ojo que tiene peor no lo ha perdido aún. Parece tener una rotura de clavícula y fracturados dos dedos del pie. Facundo sabe que necesita atención médica, pero que no se la darán, no puede saber si hay derrame interno pero intuye que es bastante posible. Sabe que no dirá nada, que no intentará salvarla. Sólo desea que acabe esta pesadilla, que sea mañana, que ella esté muerta. Mira hacia abajo, respira hondo un par de veces hasta volver a encontrar un equilibrio. Entonces se esfuerza en recordar un trozo de su vida anterior, un trozo de aquella vida normal. Llevaba a Carlos al colegio y, al llegar, él le soltaba la mano y corría a encontrarse con sus amigos: «¡Chau, papi!». Se incorpora, recoge el maletín y se da media vuelta.

—Es una mujer fuerte, pero no aguantará mucho más.

Las palabras son como una metralleta que despierta a Florencia de su ensoñación. Tiene la confirmación que tanto temía, su padre no la ha perdonado y la abandona. Miles de cangrejos han conseguido al fin meterse en su cuerpo y la devoran allí mismo. Un grito profundo sube por el estómago y se apaga en la garganta. Recuerda su primer paseo en bicicleta, a sus padres antes de que llegaran los cangrejos y, en  la claridad de la cocina, finalmente está Pablo que la mira sonriente desde la silla mientras ella coloca el dibujo de un alumno en la puerta del frigorífico.

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2 comentarios en “Cuento: Los cangrejos

  1. Maravilloso, el cuento, es un océano de sensaciones donde el lector necesariamente se sumerge. Has recreado a la perfección la confusión de la mujer en la tortura. Una mezcla de recuerdos y vivencias que funcionan como mordaza a la realidad. Magnífico. Un universo de personajes torturados por un ejercito de cangrejos que son cancer, que son la muerte de un hijo, que son aquellas situaciones que nunca se superarán. Bravo Ana.

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