Muerte en el Everest

Este artículo se publicó impreso en diciembre de 2015 en El Observador Prensa Libre y también se puede leer en su versión digital aquí. Fue el último artículo (por ahora) de la serie La realidad supera a la ficción. A partir de enero, comenzamos una nueva sección llamada La máquina del tiempo.
everest-newLa altura de este imponente pico, 8848 metros sobre el nivel del mar, lo convierte en un trofeo codiciado por montañeros y alpinistas de todo el mundo. La ambición por alcanzar la cumbre —lograda por unas 1000 personas después de que Hillary y Norgay lo hicieran por primera vez en 1953— ha dejado también un reguero de desesperación y muerte, más de 200 personas han perecido en el intento. Sus cadáveres, todavía presentes en la montaña, simbolizan el alto precio a pagar para lograrlo. A esta altitud, las condiciones son tan extremas —hasta -40º, tormentas, avalanchas, hipoxia, hipotermia— que volver vivo es un verdadero milagro. Sin embargo, la crónica que les traigo hoy no habla de esta ambición sino de la solidaridad ejercida contra todo pronóstico en circunstancias del todo adversas.
Lincoln Hall, un alpinista australiano de 50 años y con una dilatada experiencia, había intentado alcanzar la cima en dos ocasiones anteriores sin éxito. En 2006 es invitado a una gran expedición liderada por Alexander Abramov; sabe que es su última oportunidad para llegar a la cumbre del Everest. Después de seis semanas de aclimatación, el 25 de mayo, Hall sale de madrugada del campo III con tres sherpas Doljee, Dawa y Lakcha. El cielo está despejado, la temperatura es buena y se encuentran en forma así que consiguen llegar al techo del mundo a las 9 de la mañana. Se sacan la foto de rigor y Hall informa al campo base de su hazaña. Pero esto es solo la mitad del camino, lo importante es el descenso y es justamente aquí donde se tuerce la suerte de Lincoln.
De repente, se encuentra terriblemente cansado, pierde la conciencia por momentos y su discurso se vuelve incoherente. Los sherpas reconocen los síntomas: se trata de un edema cerebral de altitud, una de las enfermedades habituales en la llamada «zona de la muerte». Debido a la altitud se acumula líquido en el cerebro y este se dilata, el enfermo pierde coordinación y niveles de consciencia, sufre alucinaciones y psicosis hasta que entra en coma, y muere. Los sherpas saben que para sobrevivir Lincoln debe moverse y descender. A esa altura, el peso se multiplica y nadie puede cargar con un compañero; tampoco el rescate es una opción ya que no llegaría antes de la noche. Con muchísima dificultad y arriesgando su vida, los sherpas consiguen que baje algunos metros. 
Abramov pide a otro sherpa, Pemba, que sube a ayudar al resto del equipo. Pero cuando llega, Hall se derrumba sobre la nieve y entra en coma. La hora idónea para regresar de «la zona» no puede pasar de las 2 de la tarde, ya son las 5 y los sherpas no consiguen reanimarlo. Aún así, se quedan dos horas más, hasta que Abramov les ordena bajar para salvarse. Los sherpas dan a Hall por muerto y como es tradicional se llevan su mochila para enviarla a los familiares. Lincoln se queda a 8700 metros sin oxígeno, sin protección y sin agua.
Pero sucede algo extraordinario. La temperatura esa noche no baja de los -25º, Hall se despierta del coma y aunque tiene hipotermia, está deshidratado y delira, consigue mantenerse vivo. A las 7:30 de la mañana del 26, Andrew Brash, Myles Osborne y el sherpa Jangbu liderados por Daniel Mazur, ven, a tan solo 200 metros de la cima, a un hombre sentado al borde de un precipicio de 3000 metros. No lleva gorro ni guantes, y el equipo está bajado hasta la cintura. Tampoco tiene oxígeno ni agua, y muestra signos evidentes de congelación y edema cerebral. Al verlos, les dice: «Imagino que estarán sorprendidos de verme acá».

Los cuatro —sin salir de su asombro, nadie ha sobrevivido a esa altura hasta entoncesdeciden ayudar a Hall. Lo cubren, le dan oxígeno, comida y agua, y movilizan a toda la expedición de rescate. Se quedan con él cuatro horas hasta que llegan 12 sherpas del campamento base. Saben que ellos han perdido la oportunidad de alcanzar la cima, no tienen ni tiempo ni oxígeno para intentar el último ascenso. Antes de bajar, dirigen una última mirada a ese pico que está tan cerca y, a la vez, tan lejos de su alcance, pero saben que la montaña permanecerá siempre allí, en cambio Lincoln Hall solo tenía una oportunidad para vivir.

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El sueño de Chi

Este artículo se publicó (impreso) en el periódico El Observador Prensa Libre en noviembre de 2015. Ahora, se puede leer en línea aquí y en este blog.

china-682083_1280Leo en el diario catalán La Vanguardia del 28 de octubre una noticia sorprendente ocurrida en China. Siempre me intereso por toda lo que arroje algo de luz sobre el nuevo imperio (o no tan nuevo). Y ya verán cómo esta historia tampoco a ustedes les dejará indiferentes.
Nuestro protagonista, Shi Erqun, es de Zhumadian, una “pequeña” ciudad de 7 millones de habitantes en la provincia de Henan al sur del país. A principio de los 90, Shi decide trasladarse a la capital de la misma provincia, Zhengzhou, porque ofrece más oportunidades. Se traslada con su hermano y otros tres amigos y encuentra trabajo en la construcción —que es la industria en alza en esos años. Pronto Shi, que es astuto y que sabe trabajar su red —muy necesaria en la sociedad china— es ascendido a jefe de equipo.
Sin embargo, Shi no es feliz. Se queja de que no ha dejado su ciudad natal para dejarse el lomo en la obra. Tiene 37 años y ha pasado más de veinte trabajando por una miseria. Ha visto cómo sus patrones se enriquecían a su costa. Él también quiere cumplir su sueño: comprarse un Chevrolet, casarse con una mujer joven y bonita, volver a su tierra convertido en un rico hombre de negocios y construirse una casa de dos plantas custodiada por dos leones, como si se tratara de un palacio de la dinastía Shang.
Entonces, en el poco tiempo que le queda libre, Shi comienza a urdir un plan para atracar la sucursal del Banco de Zhengzhou por el que pasan de regreso del trabajo todos los días. Sólo hay un guardia de seguridad y cinco empleados, y, antes de cerrar, apenas hay clientes. Se pide un sábado libre y viaja hasta Xuchang para comprar cinco armas y municiones en el mercado negro. A partir de entonces, cada domingo, Shi y sus amigos practican tiro a las afueras de la ciudad y ultiman el plan.
El 5 de diciembre de 1999 a las 7 y 20 de la tarde, los cinco hombres armados entran en el banco. El guardia intenta detenerlos pero ellos son más rápidos y le disparan. Con una puntería algo casual, hieren al guarda y a uno de los empleados. El cajero, que no para de temblar, les entrega todo lo que hay en el banco: 2 millones de yuanes (unos 320.000 dólares). En la China de entonces es una cantidad imposible de reunir aun si se sumara el trabajo de toda una vida de estos cinco hombres. Después del atraco, pasan por su ciudad natal donde se reparten el dinero. Shi se lleva la mayor parte del botín por ser el cerebro de la operación. Pero, temerosos de ser atrapados, se trasladan rápidamente a Yunnan, una provincia más alejada y aislada, donde han decidido permanecer ocultos durante unos años.
El robo ocupa las primeras planas de los diarios y los telenoticias de toda China. La policía admite que no conoce la identidad de los ladrones y que no sigue ninguna pista. A los pocos meses, todo se olvida y el caso se cierra. Shi decide entonces volver a casa. Invierte gradualmente el dinero robado en el sector de la construcción e inmobiliario, sector que conoce bien, para después ampliar sus inversiones a comercios y locales de entretenimiento. Poco a poco, amasa una gran fortuna y se convierte en un magnate muy respetado en Zhumadian, donde vive con sus cuatro mujeres y sus doce hijos. Construye una casa de dos plantas custodiada por dos grandes leones de piedra. Por fin Shi ha cumplido su sueño. Tiene 53 años.
Pero en abril de 2015, dieciséis años más tarde del atraco, un nuevo equipo criminológico de Zhengzhou reabre el caso y, valiéndose de tecnología más moderna que le permite cotejar la evidencia encontrada en el lugar del crimen con los residentes de la zona, va tras la pista de los sospechosos. Shi es uno de ellos. A finales de octubre, 80 policías armados detienen a los cinco amigos.
Según el diario ChinaDaily.com.cn, Shi confesó que no había conseguido dormir una noche tranquilo en todos estos años. Pero cuando llega esa primera noche en la celda, Shi se pregunta si su imperio fue un espejismo o si está viviendo una pesadilla de la que se despertará pronto en su palacio custodiado por leones.

El Olimpo e internet

Este artículo se publicó (impreso) en el periódico El Observador Prensa Libre en septiembre de 2015. Ahora, se puede leer en línea aquí y en este blog.
 Eros En la mitología griega Eros es el dios del amor y del deseo y, a menudo, se representa con un arco y flechas para indicar que la atracción no obedece a ninguna lógica ya que quien es alcanzado por la flecha está sujeto a los designios del dios sin más. En algunas ocasiones, Eros se representa incluso con los ojos vendados para ilustrar que el enamorado no sabe quién es realmente el objeto de su deseo. En otras, Eros es un endiablado demonio que se dedica a hacer travesuras: lanza sus flechas creando relaciones, en su mayoría ilícitas, entre dioses y humanos, y se burla con descaro de sus debilidades. 
En la era de la tecnología parece que el Olimpo se ha sustituido por las redes sociales que emparejan o desparejan de formas, en ocasiones, tan extravagantes como la que les traigo hoy. 
El diario británico Daily Mail publicaba una noticia ocurrida en Irlanda en septiembre. Denise O’Reilly descubrió un billete de 20 euros en su cartera con una nota escrita (en el mismo billete) que decía: «Christy: Siempre fuiste vos. Vení a buscarme. Besos, Megan». Denise, con un lado romántico muy desarrollado –nadie es perfecto– o quizás sea el mismísimo Eros disfrazado, ni corta ni perezosa publicó en Facebook una foto del billete con la nota a la que añadió el siguiente mensaje: «Me encontré este billete en la cartera esta mañana. Christy, no ves que te quiere. Andá a buscar a tu amor». Increíble la influencia que las películas románticas de Hollywood ejercen en el imaginario colectivo. Si yo me hubiera encontrado este mensaje en un billete, hubiera cuestionado que alguien en el SXXI no recurriera a métodos más prácticos, por ejemplo, buscar a Christy personalmente y explicar lo que sentía. ¿Demasiado pragmático? Ahora entienden por qué nunca escribo sobre el amor… Denise remataba su llamamiento con un: «Vamos, amigos, compartan este mensaje»
Y eso hicieron exactamente 16.000 usuarios de la conocida red social. Parece que no sólo Denise es una ferviente defensora del amor romántico sino que su petición cuajó en un amplio círculo de amigos y de amigos de sus amigos. Eventualmente, el mensaje llegó a un tal Christy Leech, irlandés también como cabía esperar, quien respondió en la red social que ya estaba en contacto con Megan –esperemos que Christy sí utilizara un método más moderno y no enviara una paloma mensajera– y que todo iba bien.
¿Bien?
Esto no sonaba al tipo de desenlace que esperaba Denise ni los 16.000 seguidores de este cuento de hadas. ¿Bien?
Christy, que es músico, explicó en una emisora de radio irlandesa que Megan y él habían salido juntos durante un año y medio, que en realidad no se llamaba Megan sino que él la llamaba así por una confusión inicial (juegos de enamorados) y que le había compuesto una canción titulada: It’s always been you (el «Siempre fuiste vos» del mensaje). Después, habían roto. Cuando Christy vio el mensaje en la red, supo que era él y llamó a Megan por teléfono (¡Aleluya!). Ella le explicó, a su vez, que hacía seis meses había ido a uno de sus conciertos y que había utilizado el ya conocido billete para pagar y que allí –no explicaba si influenciada por el alcohol– escribió la notita pensando que le llegaría. Lo que –ahora lo sabemos todos– no ocurrió. Como Megan no recibió respuesta a su laberíntica llamada pensó que él ya no estaba interesado. Lamentablemente, la situación había cambiado y Megan salía ahora con otra persona. Ya decía yo que Megan…  

Denise debe estar muy desilusionada. Más de uno en las redes sugería a Megan romper con su novio actual para así poder tener el final de película que se esperaba de ellos. Las malas lenguas comentaban que todo era una estrategia de marketing para promocionar la banda de Christy. Quizás. También podría ser que los dioses del Olimpo estén jugando con nosotros y urdieron esta complicada historia para demostrarnos una vez más que, en las cosas del amor, estamos todos completamente ciegos y que Eros sigue siendo tan arbitrario en la era digital como lo era en la analógica.

Mensaje de ultratumba

Este artículo se publicó (impreso) en el periódico El Observador Prensa Libre en septiembre de 2015. Ahora, se puede leer en línea aquí y en este blog.

lazaroEn el mes de agosto, el mes de vacaciones por excelencia en España, pasé más de una semana atendiendo a mi madre en el hospital por una rotura de cadera. Los hospitales suelen regirse por un tiempo similar al de los centros comerciales. Es como entrar en un agujero negro: no sabemos si ha pasado un minuto, una hora o una semana. Olvidamos la vida exterior, e incluso sepultamos la interior, y actuamos como autómatas movidos por el horario-hospital, como si nos abandonara el «yo» y errara por los pasillos del edificio ante las puertas del purgatorio. Aunque las circunstancias que rodean al caso ya dan para una de estas crónicas, no es la historia que vine a contarles hoy.
Mientras mi madre se recuperaba, mi hermana y yo nos turnábamos para acompañarla, tomábamos café y leíamos revistas de chimentos (o del corazón como dicen acá) que intercambiábamos con las compañeras de habitación. Precisamente, fue en una de estas publicaciones que encontré —entre el casamiento de uno de los miembros de la familia monegasca, el permiso carcelario de una conocida tonadillera, la ruptura de una pareja conocidísima por haber participado en uno de esos reality donde adelgazan más que sobreviven— la noticia que les traigo este mes.
Desde hace diez años, Günther trabaja en una funeraria que se encuentra a las afueras de Essen (Alemania). Cuando lo contrataron, nunca pensó que se quedaría tantos años pero ahí sigue, se ha acostumbrado, aunque el horario sea sacrificado y hayan desaparecido los fines de semana y fiestas de guardar. Todo en su familia se mide según su semana laboral que consiste en trabajar 6 días y descansar 3. Durante este tiempo, ha visto de todo: muertes naturales, asesinados, accidentados y suicidas de todas las edades, géneros y etnias. Como se trata de una funeraria pequeña, todos se dedican a todas las tareas: recogida, transporte, preparación y administración. Esa tarde está solo porque le toca guardia en la oficina hasta las 22:30.
Es un día tranquilo, ha contestado a un par de llamados equivocados. Como dicen en la funeraria, los «tiempos muertos» son los peores. A eso de las 20:30, mientras mira un video en Youtube donde unos elefantes entran en la recepción de un hotel de Zambia, oye unos gritos que cree son de los turistas que acuden a ver a los mamíferos. Pero una vez acabado el video, vuelve a oírlos. Los gritos provienen de la propia funeraria. Günther sigue el sonido como si fuera el de un flautista hasta el sótano donde tienen las cámaras frigoríficas. No está asustado, sino hipnotizado por los ruidos que parecen llamarlo desde la ultratumba. Una vez en el sótano, sale de su hipnosis y actúa con rapidez, abre varias cámaras hasta que da con el origen: una señora de 92 años que recogieron esa misma mañana de una residencia de ancianos. Él no participó en el servicio porque entraba a su guardia a las 14:30 pero ha leído los informes de sus compañeros. Causa de la muerte: natural.
La mujer se agarra a su brazo con la firmeza de un águila cuando atrapa a su presa mientras grita: «¡Estoy viva!», «¡Estoy viva!», como si tratara de convencerse más a ella misma que a Günther. «No se preocupe, ahora mismo la saco de aquí», la tranquiliza él. Está acostumbrado a mover a los muertos pero es la primera vez que tiene que tratar con una resucitada. Con cierta dificultad, porque la mujer se aferra a él como un nadador a punto de ahogarse, consigue sentarla en una silla y la tapa con una manta; luego, llama a la ambulancia, al responsable de la funeraria y a la familia de la presunta difunta ‑un sobrino que vive en Frankfurt y que aún no ha llegado a Essen-.
Trasladan a la anciana al hospital donde Günther acude cada día a visitarla. El sobrino lo observa de forma sospechosa. Sin embargo, dos días más tarde, la señora se vuelve a morir por un paro cardíaco no relacionado con el incidente (según los diarios). Esta vez, sí es la definitiva. El fiscal de Essen presenta cargos por negligencia contra el médico de la residencia que certificó la primera defunción. Günther se encarga de la preparación final del cuerpo. De alguna manera, está ligado para siempre a ella. Mientras la prepara, y a pesar de ser ateo ‑como casi todas las personas que trabajan en una funeraria‑, se pregunta si no fue testigo de una resurrección. Como decía Borges, quienes fueron testigos de la resurrección de Lázaro habrán quedado horrorizados, lo milagroso da miedo. Günther se pregunta si aquella buena señora no llegó a su vida para dejarle un mensaje y se siente, de repente, impelido a dejarlo todo y volver a empezar.

Robó, huyó y …

 Este artículo se publicó (impreso) en el periódico El Observador Prensa Libre en agosto de 2015. Ahora, se puede leer en línea aquí y en este blog.
take-the-money-and-run-movie-poster-1969-1010463661Que le roben a un banco hoy por hoy suele provocar en las personas un ligero sentimiento de satisfacción, de revancha. Todos vemos en el ladrón a un Robin Hood de los bosques. Sin pensar en los posibles daños, no ya económicos sino personales, la mayoría piensa: ¡Que se jodan! (los bancos, claro está).
Y sí, a esto hemos llegado después de siete años de crisis y de varios rescates a la banca. La gente está enojada. Además, la información de los medios de comunicación no ayuda: unos defienden los rescates como una necesidad imperiosa para salvar al país del descalabro económico y generar trabajo (en definitiva, volver a entrar en la rueda), y otros condenan lo que ven como una ayuda desproporcionada que no se traducirá en beneficios para los que realmente pagan las deudas, es decir, los ciudadanos. Los recientes sucesos de Grecia muestran el grado de saturación del ciudadano medio y su falta de confianza en los organismos financieros. Fuera cual fuera el resultado de las negociaciones del gobierno griego con la temible troika, quedó bastante claro que los griegos estaban hartos y que habían perdido la fe, que tenían hace unos quince años, en las instituciones.
Por todo esto, cuando leí en The New York Times que un hombre había robado una sucursal del Banco Santander en Queens (Nueva York), lo primero que me vino a la cabeza fue precisamente eso: ¡Que se joda el Santander! Admito que esta confesión no dice mucho de mí como ser racional, dejarse llevar «por la crispación» no es bueno, pero, si sirve de atenuante, es totalmente sincera. La noticia decía que un hombre, vestido con un buzo gris y pantalón haciendo juego, había entrado en la sucursal y había pasado un papelito al empleado de la ventanilla en el que decía: «Deme todo lo que tenga. Llevo un revólver». El sabio empleado entregó lo que se le pedía, como hubiéramos hecho todos nosotros, sin rechistar. El botín que entregó al malhechor contenía 1.212 dólares. Seguramente el empleado bancario pensó: «Pobre desgraciado». Y luego: «Y por unos míseros mil dólares, ahora me voy a tener que quedar hasta las tantas para prestar declaración a la policía». La vida del trabajador. Ingrata. Pero aquí llegamos a la parte más interesante de la noticia. El ladrón toma el dinero y no corre, no, sino que sale de la sucursal en una silla de ruedas. Sí, han leído bien, en una silla de ruedas. Las cámaras del banco y de los comercios de la zona recogen el momento en que el ladrón huye tranquilamente empujando su silla. Pensé en ese momento que era un golpe maestro, un disfraz impecable, nadie pensaría que un minusválido que se desplaza por el barrio de Queens acaba de atracar un banco de la familia Botín (sí, curioso apellido para unos banqueros) en Nueva York. Y si lo supiera es posible que, junto al sentimiento descrito al inicio de la crónica, sintiera también algo de admiración por lo que interpretaría como un plan perfecto (si no tenemos en cuenta la cantidad de dinero robada).
Pero, haciendo honor al título de esta sección, la realidad siempre supera a la ficción. El ladrón, que se llama Kelvin Denninson y tiene 23 años, está paralizado de cintura para abajo y vive en el mismo barrio (relativamente cerca de su «escenario del crimen»). No se sabe si Kelvin tenía realmente el arma con la que amenazó de forma epistolar al empleado en el momento del atraco ni qué pretendía con su hazaña. ¿Probar que podía hacerlo? ¿Estaba harto de que lo ningunearan? Lo curioso del caso es que según ha declarado el propio Kelvin su parálisis se debe a una bala perdida durante un tiroteo en su barrio. Trágico.
Lamentablemente, el reto le ha salido caro a Kelvin ya que está detenido por robo con intimidación bajo fianza de 15.000 dólares. Doce veces la cantidad de su botín. Y pensar que hay exbanqueros y exdirectores del FMI, y no diré nombres, que han robado millones y que pasan sus vacaciones en un yate navegando por la isla de Mallorca. Mundo cruel.

Ansiedad… de tenerte en mis brazos

Este artículo se publicó (impreso) en el periódico El Observador Prensa Libre en julio de 2015. Ahora, se puede leer en línea aquí y en este blog.

prison-451445_1920Lyle Mitchell, de 49 años, está casado con Joyce, de 51, y tiene un hijo adolescente: Tobias. La feliz pareja vive en Dickinson, un pueblo al norte del estado de Nova York, y trabaja en los talleres de formación de la prisión de máxima seguridad Clinton en Dannemora.

Lyle y Tillie, como se la conoce en su círculo íntimo, pasan juntos casi todo el tiempo. Se levantan a las siete de la mañana, mientras que los hombres toman cereales y zumo de naranja, Joyce se sirve un café con sacarina; está a dieta aunque no logra controlar su sobrepeso. Se propone hacer ejercicio cada día pero lo posterga. Tobey tiene registro pero no auto así que sus padres lo llevan hasta el instituto St. Regis Falls y luego recorren los 85 km hasta el correccional. Una vez por semana, al volver del trabajo se detienen en el supermercado que queda junto a la autopista; los otros días van directos a casa, preparan la cena y se sientan frente al televisor. Tobey —que es hincha del Real Madrid— juega al fútbol y vuelve tarde de los entrenamientos. Lyle y su hijo son voluntarios en el cuerpo de bomberos de la localidad. Los viernes se reúnen con los compañeros. Joyce siempre prepara un sabroso plato para llevar a los encuentros.
El 5 de junio todo cambia en la vida de la familia Mitchell. No acuden al centro de voluntarios, sino que Lyle lleva a su mujer al servicio de urgencias porque esta se queja de un fuerte dolor en el pecho. El médico la examina y le dice que es un ataque de ansiedad. Le recetan tomar Xanax dos veces al día. Lyle atribuye los problemas de salud al trabajo y le sugiere que den un paseo por el río Deer. Tillie prefiere descansar. La medicación la deja exhausta y un poco grogui, dice.
Mientras su mujer duerme, Lyle se sienta a mirar la televisión y contempla perplejo las noticias. Richard Matt y David Sweat se han fugado de la prisión donde trabajan los Mitchell siguiendo un plan que parece sacado de una película de Hollywood. Lyle los conoce desde que ingresaron por asesinato hace más de diez años; cumplían una condena de cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional. Matt había secuestrado, matado y descuartizado a su exjefe y, más tarde, había acuchillado a un hombre en México. Sweat, había disparado 22 veces contra un policía y, luego, lo había arrollado con su vehículo. En la cárcel, los dos presos se habían hecho amigos. Al parecer esa misma madrugada y valiéndose de herramientas eléctricas, los presos cortaron la pared metálica hasta llegar al intrincado sistema de tuberías de la prisión, perforaron una cañería y recorrieron unos 20 metros hasta salir al exterior por una boca de alcantarillado. Los funcionarios no notaron su ausencia de inmediato porque los hombres colocaron a dos muñecos cubiertos con una manta en su lugar.
Los días que siguen a la fuga son una auténtica locura. La prisión se cierra a cal y canto, ningún preso puede salir de permiso ni ser visitado. La búsqueda reúne a más de 1000 agentes que rastrean toda la zona. Los vecinos, que hasta entonces ni cerraban la puerta con llave, tienen miedo y se atrincheran. Si todavía no tienen armas, las compran.
El 10 de junio tocan el timbre de los Mitchell, la policía busca a Joyce para interrogarla en conexión al caso. Se sospecha que, tras iniciar una relación romántica con los presos, fue ella quien los ayudó a escapar y quien debía esperarlos a la salida con un auto. Pero nunca acudió a la cita, de ahí su ataque de pánico. Lyle contempla atónito a su mujer, la mira pero ve cómo no opone resistencia, no dice: «¿Qué está pasando? ¡Yo no tengo nada que ver!», sino que agacha la cabeza y camina como si hubiese envejecido diez años en tan solo un instante. 
Joyce está detenida en espera de juicio. Richard Matt fue abatido la madrugada del 26 de junio en una zona boscosa cerca de la zona. David Sweat fue detenido en la frontera con Canadá dos días más tarde.
Aunque su mujer le confesó que lo sigue queriendo y que hizo todo para protegerlo, víctima de una supuesta extorsión, Lyle no cree que pueda volver a confiar en ella.

Llamada perdida

Este artículo se publicó (impreso) en el periódico El Observador Prensa Libre en junio de 2015. Ahora, se puede leer en línea aquí y en este blog.

phone-499991_1920Hanan Mahmoud Abdul Karim vive en Amán, Jordania. Tiene treinta y seis años, y hace tan solo cuatro días, tuvo a su primer hijo en una clínica privada del centro de la ciudad. El niño al que quieren llamar Abdul, en honor a su bisabuelo, pesó al nacer nada menos que 4,8 kg. El día 24 de abril el ginecólogo de Hanan decidió practicarle una cesárea porque el niño no estaba bien colocado, venía de nalgas. 

Cuando le dan el alta en el hospital, le informan que se sentirá cansada durante la primera semana pero que luego todo volverá a la normalidad. Hanan nunca imaginó que ese cansancio le impidiera casi moverse. Sí, piensa, está feliz por haber tenido al primogénito que tanto deseaba y que tanto había tardado en llegar, pero le cuesta compartir la alegría de sus familiares y amigos. A veces le duele hasta reírse. Da gracias a Alá por su pequeño milagro y le pide que le dé fuerzas para recuperarse. Por ahora, su madre, Majeda, se encarga de todas las tareas del hogar mientras ella intenta aprender a darle el pecho a su hijo que siempre parece tener hambre, justo al revés de lo que le ocurre a ella. 
Al segundo día de estar en casa, Hanan siente unos fuertes dolores abdominales que ella piensa son debidos a la operación y el agotamiento. Hanan duerme una media de tres horas diarias. Decide, entonces, que se recostará un rato en la cama mientras Majeda le prepara una tisana. Sólo necesita descansar. Cuando Majeda vuelve a la habitación, encuentra a su hija muy pálida y a su nieto llorando. Hanan no puede casi moverse y suplica a su hijo que deja de llorar. Pero el niño pasa de un llanto quejoso a un berreo desesperado. Su abuela intenta tranquilizarlo sin éxito así que lo coloca en el regazo de su madre mientras ayuda a su hija a darle de mamar. Así, logran que se tranquilice durante unos momentos.
Los dolores abdominales no cesan, Majeda advierte que su hija pierde en ocasiones el conocimiento a causa del dolor y decide salir a la calle y pedir a un taxista que la ayude a llevar a su hija de vuelta a la clínica para que la examinen. Desde el taxi, llama a su yerno, Jamal, quien casi no puede entender las explicaciones de la suegra porque su hijo ha comenzado a llorar de nuevo y el ruido es ensordecedor. Finalmente, quedan en encontrarse en la puerta de la clínica.
Una vez allí, el médico de guardia les explica que los dolores son frecuentes en los casos de cesárea y que tanto Hanan como su hijo se encuentran en un óptimo estado de salud y añade que el ginecólogo realizó un gran trabajo teniendo en cuenta la posición tan complicada del feto. Se deben considerar afortunados, les dice. Majeda insiste, presiona, vuelve a explicar que su hija ha perdido el conocimiento por el dolor y pide que la ingresen. Pero el médico la invita a que se tranquilice y que vuelvan todos a casa, así, en ese ambiente de comodidad, aclara, la recuperación será más rápida. Jamal le dice que es mejor que se vayan.
En el camino de vuelta, Abdul deja de llorar y se queda dormido plácidamente en el coche de su padre. Sin embargo, Hanan se sigue quejando del dolor y comienza a decir frases incoherentes, y a gritar: «¡Quitadme al diablo! ¡Quitádmelo! ¡Alá, ten piedad de mí y haz que me ayuden!» Majeda toca el vientre de su hija —que todavía está abultado— y siente una vibración. Esta se detiene unos segundos y luego vuelve a reanudarse. Tras varios intervalos, la vibración finalmente se detiene. Majeda y Jamal se miran unos instantes y llegan a un acuerdo tácito. Jamal da un volantazo, gira a la izquierda en Príncipe Al Hasan y toma Al Taj hasta llegar a la puerta de urgencias del hospital público Al Bashir.
El equipo de urgencias de Al Bashir examina a Hanan, escucha la explicación de sus síntomas y decide hacerle una radiografía. Los médicos descubren atónitos un objeto extraño –demasiado parecido a un celular– en el abdomen de la mujer y deciden operarla de urgencia esa misma tarde. Durante la operación, extraen el objeto que es, en efecto, un teléfono de una conocida marca de celulares con múltiples llamadas perdidas. Por fin, Hanan está fuera de peligro.
El despistado ginecólogo acude ese mismo día al shopping Taj Mall para adquirir el último modelo en celulares porque no puede recordar, por mucho que lo intenta, dónde extravió el anterior y, la verdad, es que sin el celular se siente como perdido.