Breves: Mènage

Este texto se publicó en el blog La historia sin fin que pueden visitar aquí.

bar-171179_1280—Los dos, ¿cómo que los dos?

—Sí, primero se me acerca el camarero y me dice que nos juntemos a las tres cuando él sale. Y luego, cuando voy al baño, se me acerca el amigo del camarero, guapísimo, y me dice que qué hago más tarde y me besa delante del servicio. Ahí, le doy gracias al Todopoderoso por haberse fijado en mí esa noche.
—¿Un mènage? ¿Querían un mènage?
—Sí, me estaban proponiendo un mènage. Yo, tonta de mí, pensé que iba a ser demasiado. Me faltó confianza en mí misma. Flaqueé.
—¿Les dijiste que no?
—Flaqueé, pero me convencí a mí misma. No podía desperdiciar una oportunidad así, te imaginas que eso solo te presenta una vez en la vida. Que podríamos pasar miles de horas analizando esta aventura con las amigas. Me habían propuesto uno antes, pero eran unos amigos que estaban muy borrachos, pero ahora…
—Tus amigos eran feos y estos eran guapos.
—Sí, bastante. Se me presentaban dos adonis, unos cuerpos, unos músculos, unos ojos verdes. Juventud y belleza, no podía decir que no. ¿Por qué se habían fijado en mí? Ni idea. Me convencí de que era una mujer muy atractiva.
—¿Y cómo fue? ¿Cómo os lo montasteis?
—No pasó nada.
—¿Cómo?
—El guapísimo y yo esperamos hasta las tres a que el camarero acabara su turno. Cogimos algo de bebida para llevar a su departamento. Yo necesitaba beber más para acabar de animarme porque la situación me imponía un poco de respeto. Y entonces cuando salíamos con las bolsas, el más guapo, el amigo del camarero, cruza la calle y ¡zas! lo embiste un coche.
—¡No! ¿Lo matan?
—Espera. Queda tendido en la calle. Mira, yo ahí de pie sujetando una de las bolsas como una estúpida. El del coche se baja, el camarero se arrodilla, y le dice: «Hay que llamar a una ambulancia». Y sí había que llamar a una ambulancia, pero yo no me podía quedar allí con ese lío. Yo tengo un marido, unos hijos, una familia ¿me entiendes?
—¿Te fuiste?
—Se empezaron a acercar otras personas que salían de los bares y yo no pintaba nada allí, ya habían llamado a la ambulancia, así que me camuflé entre todos y me fui.
—¿Y no sabes qué pasó?
—Lo que pasó es que me quedé sin mi mènage, eso pasó, y otra oportunidad así no se me va a presentar a estas alturas de mi vida ¿no te parece?

Breves: Noticias del frente

Este texto se publicó en el blog La historia sin fin que pueden visitar aquí .

man-1519665_640«Está dentro de mis cálculos que se sorprenda al recibir esta carta. Aunque también está dentro de mis cálculos que quizás nunca llegue a leerla. No he encontrado otra forma de ponerme en contacto con usted; se han cortado los suministros en su zona y no creo que tenga ya ni correo electrónico ni un móvil con batería. Es posible que el servicio de distribución del correo postal ya no exista allí. Solo los que vivimos aquí, en el este, continuamos conectados al sistema y, aun así, le confieso que no funciona del todo bien. Digamos que envío un mensaje en una botella y que la lanzo al mar. Aun así, deseo que le llegue.

Ayer Vasily salió en un vehículo de exploración en la zona norte y, aparentemente, un grupo de rebeldes había colocado explosivos en el puente que cruza el río Kario. Nos dijeron que no había supervivientes. Nunca sabemos a ciencia cierta qué está ocurriendo. No se imagina lo extraño que es todo aquí, tanto que nunca estamos seguros de nada. A veces creo que los rebeldes no existen o que, incluso, los otros nos consideran «los rebeldes».

Su hijo y yo nos hemos hecho, o nos hicimos, muy amigos durante estos últimos años y siempre hablaba de su casa, un poco como hacemos todos, y de usted, sobre todo, de su empeño por seguir allí. Habíamos acordado que si a alguno de nosotros le pasaba algo, el otro avisaría a la familia. Me ha tocado a mí. Hubiera ido personalmente, pero bien sabe que es casi imposible salir de aquí. No sé si esto la aliviará, pero quería explicarle que estos años no han sido del todo malos. Dentro de esta rutina absurda de la que no podemos escapar, tenemos nuestros momentos de casi felicidad. Usted lo comprenderá bien porque también los tendrá, aunque esté sola en una ciudad destruida, ¿verdad? A veces es el sol en un día helado; otras, una flor que crece contra todo pronóstico, y otras, la charla íntima, esas auténticas, con un amigo, como las mías con Vasily. Incluso tenemos, o teníamos, una mascota, un gato que habíamos encontrado vagando hambriento por una de las zonas deshabitadas. Se llama Misha, así le puso su hijo en honor al gato que tenían ustedes cuando él era pequeño.

Siento darle la noticia así por carta, pero ya sabe… Le adjunto con esta carta una foto que nos sacamos con Misha para que tenga un recuerdo de nuestros días felices».

Anna dejó la carta sobre la mesa y se quedó con la fotografía en la mano. Le pareció oír la puerta abrirse y corrió, como no había hecho en años; presintió que era él, que era Vasily que, por fin, había conseguido volver.

Breves: La teoría de las puertas

Este texto apareció por primera vez en el blog La historia sin fin, échale un vistazo aquí

doors-1767564_1920

En una fiesta hace unos años, conocí a un chico finlandés que me explicó, en medio de la algarabía y del baile, que una persona solo disponía del tiempo necesario para atender a unos cien amigos a la vez. Si incluía a alguien más, alguna de aquellas personas (las atesoradas cien) debía salir, como si uno más nos impidiera respirar. Donde se abría una puerta, se cerraba otra.

Aunque al principio, su razonamiento me pareció frío —claro, era nórdico—, pensé que escondía una parte de verdad. Era otra formulación de aquello de que cuando se abre una puerta, se cierra otra. Mi tiempo era limitado, no había para todos. ¿Me había tomado la amistad demasiado a la ligera? ¿Merecía le pena dedicarme a personas nuevas si iba a abandonar a otras? Yo iba por la vida como si fuera un perro al que le tiran un hueso y corre, atolondrado, detrás de él. ¿Había que razonar y racionar la amistad? Esta teoría descartaba también cualquier posibilidad de tener un novio, o un marido, y, además, un amante; justificaba la fidelidad no por una falta de ganas, sino de espacio, y esto eliminaba complicaciones y culpas. Por otro lado, si se trataba de rupturas, no era necesario indagar en los problemas, sino que había una persona nueva a punto de abrir una puerta u otra ya la había abierto de par en par.

Más adelante, descubrí, ya que los finlandeses no son lo que se dice charlatanes, que me explicó esta teoría porque se había bebido una botella de vodka, quizás no la seguía a rajatabla, o sí. Y aunque ya había plantado la semilla de la teoría y, a partir de entonces, cuando conozco a alguien tiendo a sopesar quién se verá afectado por la onda expansiva del tsunami, lo cierto es que existe una especie de ley de selección natural darwiniana que hace que nos elijamos y nos descartemos sin necesidad de mantener un cálculo. Algunas veces nos quedamos cortos y otras nos excedemos.

También descubrí que yo no estaba dentro de esas cien personas que el finlandés atesoraba en su círculo; la puerta se cerró. Se ve que mi ansia de comunicación resultaba agotadora para un nórdico sobrio. Bueno. Nadie es perfecto.

 

Breves: Confesión

Este texto se publicó en el blog La historia sin fin que pueden visitar aquí.

confesion-ana-guerberof

—Dime, hija, ¿qué te preocupa?

—Padre, las notas bajaron otra vez.

—¿No estudias?

—Sí, me siento a estudiar, pero me cuesta porque me pongo a pensar en comer.

Voy a la cocina y me preparo un sandwich de jamón y queso con un poco de

mostaza y mayonesa, y también me llevo galletitas. Si mi mamá compró las que

a mí me gustan, esas que están rellenas de chocolate, entonces me puedo comer

todo el paquete de una sentada. Y como se me seca la boca, me llevo algo para

tomar también. Mi mamá compra bebidas sin azúcar para que no engorde, dice,

pero yo acabo preparándome un Nesquick y le pongo azúcar porque me gusta

que la leche esté muy dulce. Me llevo todo al cuarto y me pongo a comer

mientras estudio, pero no me quedo con nada, porque me pongo a pensar en

que me gustaría hacerme otro sandwich. A veces, ni me da tiempo a leerme la

página que ya quiero prepararme otro, y me paso toda la tarde yendo y viniendo

de la cocina.

—¿Y tus padres te llevaron a un médico?

—Sí, padre, el médico me pregunta por mis preocupaciones y yo no sé qué

decirle. Me da vergüenza. Con él, no tengo la confianza que tengo con usted.

—¿Qué te da vergüenza?

—Lo que pasa padre es que … no sé, yo no estoy en el cuerpo correcto. Esta chica

gordita no soy yo. Yo lo sé esto hace mucho, pero no sé qué hacer. No sé si Dios

lo decidió así o si justo hubo un fallo divino cuando nací y se confundieron.

Entiendo que cualquiera, hasta el más divino, pueda cometer un error. Usted

mismo lo ha dicho alguna vez. En resumen: no tengo el cuerpo que me

corresponde. Yo no soy una chica, padre, no soy una chica, y esa es la verdad.

Pero no sé por dónde se empieza con esto, ¿me entiende?

 

Lugares en el mundo: La huerta de Lorca

Este artículo apareció impreso en el número de enero de El Observador Prensa Libre (Chabás, Argentina).

img_20161228_173524747_hdrEn 1981 se llegaba a la Huerta de San Vicente, llamada así en honor a Vicenta Lorca (madre del poeta), por un sendero rodeado de otras huertas de flores y hortalizas con el constante sonido del agua de las acequias (ese sonido tan presente en Granada). Recuerdo el olor a las higueras que crecían a intervalos por el camino y de las que comíamos unos higos sabrosísimos. La casa no estaba, no está, lejos de Granada -hoy integrada en la ciudad-, pero ese sendero de tierra hacía pensar en iniciar un paseo, un viaje, una aventura. Después de unos viente minutos, en una bifurcación, te encontrabas con la casa blanca de dos plantas y de tejas rojas tan típicamente andaluza. En la puerta de entrada, un jazmín le daba un perfume inconfundible a las tardes de sol y frío. Si te colocabas frente a la casa, se veía a la derecha la ciudad y detrás la sierra muy nevada, en especial en invierno, y a la izquierda, la Vega, uno de los trozos de tierra más fértiles de Andalucía que el crecimiento de la ciudad ha cercenado poco a poco.

Entonces, la casa pertenecía a la familia García Lorca. Había que llamar a la puerta de los caseros para entrar gratis. Es difícil creer que nos abrieran siempre con una sonrisa y nos dejaran deambular por las habitaciones de la casa. Quizás el hecho de venir de Argentina jugaba a nuestro favor o quizás fuera la ferviente admiración de mi madre por Lorca que sabía trasmitir a la perfección. Yo había llegado a Granada, sin ningunas ganas de emigrar, con el aliciente de que era la ciudad de Federico y que, por consiguiente, tendría la misma magia que su poesía y su teatro.

La municipalidad adquirió la casa en 1985 y la convirtió en un museo por el que se paga una entrada muy barata por una visita guiada de media hora. El Parque Federico García Lorca rodea la casa. «No es bonito, pero es mejor que edificios», comenta el guía y es cierto, pero mejor todavía hubiese sido conservar ese camino de tierra con higueras que recuerdo de la adolescencia. Por suerte, el jazmín sigue allí como único testigo de ese otro lugar donde todavía había huertas y una Vega para el esparcimiento dominical.

En la planta de abajo se conserva la casa más o menos como estuvo en los años en los que veraneaba la familia -de 1926 a 1936-. Se entra por un recibidor amplio que distribuye el comedor y salón a la derecha, y otro salón a la izquierda con el piano de media cola que tocaba Federico y algunos cuadros: Mujer fumando en pipa de Dalí, el retrato de Lorca pintado por Gregorio Toledo, decorados y bocetos de las obras de teatro de La Barraca. También están colgados el diploma de maestra de Vicenta Lorca y de Derecho de Federico. El guía apunta que la madre obtuvo un Sobresaliente mientras que el poeta un simple Aprobado; y es que sólo cursó los estudios para complacer a su padre, nadie dudaba de que su futuro era la literatura. Y en un rincón, el gramófono donde el escritor escuchaba música, parte inequívoca de su formación. En esta planta también está la cocina, donde se dice que se fraguó más de un diálogo de sus famosas obras de teatro, y la habitación de su hermano Paco, también poeta, cerrada al público.

En la planta superior, la habitación de Lorca tiene una cama pequeña y un gran escritorio donde se acabaron obras como Romancero gitano, Bodas de sangre, Yerma, Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, El Diván del Tamarit… Según cuenta su hermana pequeña, Isabel, en su biografía, Federico trabajaba con gran intensidad, sobre todo, por las noches. A veces, durante la tarde (cuando el calor obligaba a la reclusión total) le leía un pasaje. Ella le decía que le gustaba aunque no sabía por qué. Federico prefería esta respuesta a ninguna otra, siempre alejado de la adulación fácil. En la pared junto a la ventana, hay un cuadro de Rafael Alberti, un regalo de la época de la Residencia de estudiantes de Madrid.

En las habitaciones de los padres y las hermanas se ha dispuesto una exposición fotográfica de la familia y de la evolución de la casa hasta hoy. Las más interesantes son las de los veranos. Una familia unida, abierta, alegre, decididamente muy singular para el ambiente cerrado y conservador granadino (un ambiente que acabó con la vida del poeta en 1936). Hay fotos de Federico con sus hermanos Paco, Concha e Isabel; con sus sobrinos Tica, Manolo y Conchita; con su cuñado Manuel Fernández Montesinos (también asesinado por la dictadura franquista), y con otros muchos visitantes. Las fotos más tristes son las de la familia en la Huerta en 1937; su hermana Concha, vestida con un luto riguroso tras la muerte de su marido y de su hermano, sonríe mientras posa con sus tres hijos.

Me voy cuando ya es de noche, paso por el parque y oigo el ruido del agua de una fuente de un color rosa de dudoso gusto. Todo parece haber cambiado, me siento afortunada de haber visitado este lugar cuando se tocaba el timbre y los caseros, ya muy viejos, abrían la puerta a ese mundo lorquiano que al menos sigue presente en esta casa y en sus libros.

Breves: Los paciagos

Este texto se publicó en el blog La historia sin fin que pueden visitar aquí 

wright-brothers-1386238_1280Había una vez una isla en el océano Atlántico donde vivían los paciagos, un pueblo de personas muy, muy pequeñas que subsistían de lo que daban sus huertas y de la recolección de frutos del bosque. Cada uno de ellos tenía una pequeña cabaña individual en lo alto de un árbol. El árbol llevaba una etiqueta con el nombre de su dueño, también llevaban etiquetas las huertas, las flores y los árboles y frutos del bosque, de manera que la isla estaba plagada de carteles que indicaban a quién pertenecía cada objeto animado o inanimado de la isla; sí, también los gatos, perros, canarios, palomas llevaban su etiqueta con el nombre de su propietario.
Los paciagos vivían en un clima de aparente armonía porque a nadie se le ocurría traspasar la ley no escrita de la isla: no tocarás los bienes ajenos. Por las noches, se juntaban en la tierra de uno de ellos, por turnos estrictos y alfabéticos, encendían una hoguera y hablaban mientras bebían un vaso de aguardiente hecha de caña de azúcar, abundante en la isla. Los paciagos no se entretenían en prácticas sexuales, se consideraba que cada uno debía respetar su individualidad en todos los sentidos; así que no tenían hijos y vivían eternamente.
Todo hubiera transcurrido así por los siglos de los siglos, si no hubiera llegado a la orilla de la isla un cofre que contenía un libro con unas magníficas ilustraciones para construir un aeroplano. Los paciagos nunca habían visto algo igual y pensaron que si construían uno podrían etiquetar el cielo, las nubes, el sol y la luna. Aunque los paciagos estaban acostumbrados a trabajar en solitario, se organizaron por turnos de diez miembros para avanzar más rápido en la construcción a la vez que trabajaban sus tierras. Ese contacto diario hizo que se estrecharan algunas relaciones y el aumento del trabajo conllevó un aumento en el consumo de aguardiente. Más de una pareja de paciagos se escondía ahora tras los arbustos para dar rienda suelta a sus deseos tantos años aplacados. Otras relaciones se rompieron por discusiones ridículas sobre la interpretación de los dibujos, por las noches de sexo desenfrenado que se pretendía disimular o por la ausencia de las noches de sexo con alguien en particular.
Lo cierto es que la tranquila vida de la isla se vio francamente alterada con la llegada de los planos. Algunos querían volver al pasado, no les parecía tolerable el aumento en la carga de trabajo y el desenfreno nocturno, y otros, los que se escondían en los arbustos sobre todo, no querían volver ni locos. Decían que ahora se sentían vivos e insistían en la construcción del dichoso aeroplano que les ayudaría a etiquetar todo el mundo. Y entonces pasó lo que ya se veía venir, una noche cuando el aparato estaba casi acabado, solo quedaban retoques como asientos o ventanas, el aguardiente corrió en abundancia y un grupo de tres paciagos se envalentonó y decidió subirse al aeroplano y etiquetar alguna estrella. Algunos intentaron impedirlo con poco entusiasmo, ya estaban pensando en arrimarse a un arbusto para pasar la noche en compañía. Los tres intrépidos se subieron al aeroplano, encendieron el motor, alzaron el vuelo y se perdieron en la noche. No los volvieron a ver ni las estrellas quedaron etiquetadas, se quejaron los más prácticos. Sin el aeroplano que construir y la pérdida de tres habitantes de la isla, se decidió que la locura ya había causado el daño suficiente a la vez que les había perder tiempo valioso de siembra, así que todos volvieron a la antigua rutina, casi avergonzados de sus desmanes. Se prohibió el aguardiente y el sexo volvió a quedar en desuso.
Diez años después llegó a la isla otro cofre. En esta ocasión nadie quiso abrirlo por miedo a que se repitieran los mismos hechos del pasado. Le pusieron varias piedras para hundirlo en el fondo del mar. Y fue una lástima porque contenía una carta de los tres paciagos extraviados que les invitaban a construir otro aeroplano, el suyo se había estrellado al aterrizar, y les enviaban las direcciones para llegar a una nueva isla mucho más benigna y más rica en comida lo que les permitía pasar el día bebiendo y procreando como conejos.

La máquina del tiempo: una mujer del futuro

Esta entrevista apareció publicada en El Observador Prensa Libre en diciembre de 2016 y también se puede leer en formato digital aquí.

cityscape-919050_1280Esta es la última máquina del tiempo de este año y, en esta ocasión y por ese deseo de aventura que me suscitan las fiestas, me subí, como cada mes, a mi divertido artilugio, pero en lugar de ir al pasado y entrevistar a una mujer destacable, decidí girar la manivela y probar suerte en el futuro, más concretamente fui al año 2080. Aquí estoy de vuelta, así que ya ven que viví para contarlo. Solo podía estar en el futuro tres horas —cosas de la ciencia—, podría haberme paseado por la Barcelona del futuro, haber visitado la Sagrada Familia por fin terminada, pero entrevisté a la primera mujer que logré aceptara mi propuesta. No creyó que viniera del pasado, pero accedió a este reportaje.

Cuéntame cómo te llamas y a qué te dedicas.

Me llamo Graciela Castro y trabajo en la oficina de turismo virtual de Barcelona.

¿Turismo virtual? ¿En qué consiste?

Turistas de cualquier parte del mundo se ponen en contacto con nosotros, que somos el organismo oficial, y pueden visitar la ciudad desde allí donde estén con solo conectarse a nuestro sistema, no tienen que perder tiempo en transportarse. Es todo muy fácil y muy rápido. La experiencia puede durar una hora o tres días.

¿Tres días conectado para vivir otra experiencia?

Tres días en total. Se pueden conectar en el momento y el tiempo que quieran. No hay un límite. Pero muchos eligen dormir en su país y pasar el día visitando Barcelona, así aprovechan el tiempo.

¿Es una empresa privada? ¿Cómo funciona ahora una empresa?

Es una empresa multinacional que gestiona todo el turismo virtual de Europa, además de ofrecer otros servicios relacionados con el turismo. Yo trabajo desde mi casa y una vez al mes nos reunimos en Barcelona para comentar lo que va bien, lo que se debe cambiar. Es una organización horizontal, no vemos a los jefes, pero sabemos que existe una junta de accionistas que a final de año quiere ver beneficios.

¿Trabajas muchas horas?

Depende del día. Hay días que trabajo doce o trece horas porque quiero facturar más dinero, pero otros días quizás solo trabaje seis. Cobro al mes en función del tiempo invertido.

En mi época, se hablaba de que las mujeres se encontraban con un «techo de cristal», es decir, que no accedían a puestos de mando, solo a los intermedios. ¿Todavía es así?

Ha cambiado bastante. Hace tiempo se aprobó una ley que obligaba a las empresas a tener un número igual de hombres que de mujeres en altos cargos y a equiparar los salarios. Poco a poco, las empresas cumplieron, se evitaban las multas y obtenían ayudas. Ahora se ha flexibilizado la ley, pero los números continúan parejos.

Es que uno de los problemas para no acceder a estos puestos era, en parte, que la mujer solía estar a cargo de los hijos y esto dificultaba la organización de su tiempo. ¿Cómo es ahora la crianza de los hijos?

La mayoría de las mujeres congelamos los óvulos cuando tenemos unos veinticinco años. La decisión de ser madre se toma cuando creemos que es un buen momento en el trabajo o en lo personal, en función de tu proyecto vital. La maternidad suele ocurrir ahora entre los 35 y los 55 años, depende, pero se ajusta al calendario personal.

¿Qué modelo de familia existe? Si existe alguno…

La familia «tradicional» es muy poco frecuente. Algunas mujeres (u hombres) tienen a los hijos solas, otras en parejas, otras deciden vivir en una comunidad y hacer una crianza compartida.

¿Una comunidad en el campo? 

Sí, puede ser en el campo o puede ser en la ciudad. Muchas veces es en el campo o en una zona residencial porque las viviendas son más grandes. Se comparten los gastos y también el cuidado de los hijos. Mi idea, por ejemplo, es que trabajaré a distancia y compartiré la crianza en una comunidad. Otras personas deciden encargarle un hijo a una madre de alquiler que lo cría en los primeros años hasta que esa persona se pueda dedicar de pleno. Esto se está empezando a ver ahora.

¿Y las relaciones afectivas? ¿El sexo?

Casi todos tenemos un perfil creado en una aplicación a partir de nuestros gustos, actividades, parejas anteriores, profesión, ocio. Esta aplicación te propone a alguien en función de tu perfil para tener relaciones sexuales o para una relación sentimental, en general, virtuales. Así no perdemos tiempo…

Parece que todo se orienta al ahorro de tiempo ¿es así?

Puede que sí, aunque la esperanza de vida es de 107 años. Así que tenemos más tiempo que antes, pero también hacemos mucho más que antes: viajes, cursos, otras carreras (virtuales o presenciales) y conocemos a más personas fuera de nuestro entorno.

Me tengo que despedir de mi nueva amiga porque se me acaba el tiempo. Me costaría adaptarme al mundo de Graciela, pero reconozco que estaba tan alegre y jovial en nuestro encuentro, que no puede ser mala señal.